Novela con aliento selvático


Publicado porJosé Homero el 15:11


El texto que leerán a continuación es la reproducción de las palabras que pronunció el poeta Enrique Pimentel durante la presentación de Historia de todas las cosas en el Centro Cultural Profética de Puebla.
En la ingenuidad y vigor de la pintura de Rosseau  que ilustra la portada de la nueva novela de Marco Tulio Aguilera Garramuño hay algo así como un adelanto del  erotismo salvaje que campea en las páginas de  Historia de todas las cosas (Educación y Cultura, México; Trama Editorial, Madrid, 2012).  Hay en la pintura y en la novela un primitivismo feroz que nos enfrenta a una agresiva y fundamental propuesta erótica. El erotismo al que se entregan las criaturas angélicamente condenadas de San Isidro de El General, pueblo-ciudad protagonista de esta obra, es un despliegue fársico hecho de jadeos primaverales y de resuellos agónicos, más cerca de las fiestas del dios Priapo que de los  de los rituales demorados e íntimos de los castos  pornógrafos. Y  esa erótica presente en la novela, me parece, corre paralela a la del texto poético: en la sintaxis, en la adjetivación barroca y exuberante de Marco Tulio, hay toda una propuesta erótica y que, de alguna manera, hace vigente la afirmación de Octavio Paz cuando nos dice que la relación entre erotismo y poesía es tal, que puede decirse sin afectación, que,  primero, el erotismo  es una poética corporal y que, la segunda,  la poesía, es una erótica verbal. En esta novela, el amor, el sexo, las mujeres, son un cuerpo en medio de una selva de palabras, como lo es La mujer en el sofá  en esta selva que pinta El Aduanero Rosseau.
No me  parece exagerado decir que Marco Tulio reinventa esa erótica verbal para su propio beneficio,  y que al hacerlo reinventa, inventa otras cosas, entre ellas a sí mismo. Y es cierto, Marco Tulio Aguilera Garramuño es un invento que uno debe buscar en las calles de San Isidro de El General, o más bien en las páginas de Historia de todas las cosas, esa novela que se publica reenergetizada o remasterizada, causando de nuevo inquietud y sorpresa en el mundo literario de habla hispana, quizá porque han transcurrido ya 36 años desde que saliera publicada por primera vez en Argentina por ediciones La Flor, la misma editorial que publicó a Quino y su Mafalda. Originalmente la novela de Marco Tulio fue publicada  bajo el circunspecto título de Breve Historia de todas las cosas. A pesar de los años transcurridos y a pesar de haber sido reescrito e incansablemente revisado por su autor, este libro esperpéntico, sudoroso, amoroso  y extenso, es uno de esos bichos que va por ahí con la mala fama a cuestas: que si es Cien años de soledad, pero más divertido; que si el autor es el mismísimo García Márquez , o más bien el mismísimo Antigarcía Márquez; que  si  su apetito se extiende más allá de los mitos fundacionales, se estaciona en los personajes que como un mosaico abigarrado  invertido deambulan por calles, casas, cantinas y burdeles de San Isidro de el General movidos por el puro impulso de su libido, su hambre, o su desazón.
Más allá de chismes literarios y meticherías de críticos, Historia de todas las cosas es una novela que se sostiene por su enorme calidad literaria, así como por su exuberancia imaginativa. Su aliento selvático nos planta sin misericordia en medio de una plaza, a veces en medio de una selva, donde el sol rezuma y mata los malos pensamientos. Los humanos de carne y hueso de este pintoresco pueblo habitan según algunos estudiosos sin remedio en Colombia, aunque otros insisten en suponer que habitan en Costa Rica. Son seres extremistas que se deslumbran y se desbarrancan en los socorridos moldes de la picaresca universal.
Para mí, Historia de todas las cosas es, sin duda, una de las obras fundamentales, capitales, de la moderna picaresca en lengua española. Porque la larguísima corte de los milagros de Historia de todas las cosas, como su nombre lo indica, refleja o retrata los estereotipos más convencionales, para desmandarse con ellos, para desnudarlos y ponerles ropas nuevas y de esa forma presentarnos una cara renovada de las largas, existentes y vigentes en todo latinoamericano que se respete.
Atento a su propio proceso creativo, el narrador de esta originalísima historia de todas las cosas  se mete, como chivo en cristalería, a comentar pasajes y a opinar sobre lo acontecido con una impunidad que sólo la proverbial soberbia de su autor puede sustentar, pues el universo creativo de Marco Tulio Aguilera Garramuño, el dios único y único diablo el defenestrador principal, es quien sostiene la sartén por el mango y pobre del que se queje, incluso si es el autor mismo.

Historia de todas las cosas no es sólo una novela, sino también es una trampa, una trampa porque Marco Tulio Aguilera Garramuño es también uno de los mejores cuentistas que hay actualmente en la lengua española. Esa novela que es una novela río, también  puede leerse, como él lo hace, al azar, en cualquier capítulo, porque también tiene atrás la maestría que ejerce en el cuento, muchos de estos capítulos pueden ser cuentos por sí mismos. Y ello sucede como sucede un poco con las historias que nos cuenta el Quijote, y  bueno, aquí también hay un paralelismo que decía yo en la mañana: así como  el Quijote de Cervantes es una recreación satírica de las novelas de  caballerías, así también yo leo Historia de todas las cosas como esa recreación satírica que puede superar en calidad y en intención a las novelas, no sólo de García Márquez, sino de todo el realismo mágico (y no creo estar exagerando): Historia de todas las cosas no es pues la epopeya de la vida latinoamericana, no persigue entender ni fundar una mitología ni una épica, es una travesía por un imaginario narrado por un aventurero de la palabra, una parodia de la vida sentimental, pasional y cotidiana de seres que parecen sacados de los más oscuros retratos de la historia del día a día de cada pueblo nuestro, de cada casa, de cada alcoba, de cada burdel, de cada esquina donde se gestan las pequeñas risibles y grandes ambiciones de personajes demasiado cercanos a nosotros mismos.

Por Jorge Enrique Pimentel


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