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Ilustración para la celebración del centenario de Dylan Thomas |
Dylan Thomas (1914-1953) habría cumplido cien
años el pasado 27 de octubre (y cumple este 9 de noviembre 51 años de muerto).
Uno de los grandes poetas de expresión inglesa –“el más musical” lo llama
Antúnez– fue también uno de los últimos poetas consagrados por la multitud y
emblema final del poeta maldito. Con ternura no exenta de erudicción, Antúnez
explora la vida y las dimensiones de la obra de este poeta galés cuyo
centenario repercutió en el mundo anglosajón y también en el orbe romance;
testimonio de su herencia universal.
Lo que las
palabras representan, simbolizan o querían decir tenía una importancia
secundaria; lo que importaba era su sonido cuando las oía por primera vez en
los labios de la remota e incomprensible gente grande que, por alguna razón,
vivía en mi mundo. Y para mí esas palabras eran como pueden ser para un sordo
de nacimiento que ha recuperado milagrosamente el oído, los tañidos de las
campanas, los sonidos de instrumentos musicales, los rumores del viento, el mar
y la lluvia, el ruido de los carros de lechero, los golpes de los cascos sobre
el empedrado, el jugueteo de las ramas contra el vidrio de una ventana.
Dylan Thomas, Manifiesto
poético.
El mejor retrato que conozco de Dylan Thomas lo hizo alguien que no
lo trató personalmente. Quizá por ello sea el mejor. Es de Pietro Citati y no
tiene desperdicio: “Dylan Thomas era un muchacho pequeño y delgado. Tenía el
cabello rizado, color castaño, grandes ojos de conejo marrones y verdes, tímidos,
presuntuosos y maravillados; la nariz respingada, labios gruesos y carnosos, de
los que pendía el eterno cigarrillo, y un diente anterior roto en el pub de La
Sirena, durante un juego llamado ‘perros y gatos’. Se parecía a Harpo Marx
–pero su escritura, pequeña, nítida, inclinada hacia atrás, recordaba a la de
Emily Brontë. Usaba una corbata de artista con el nudo grueso, hecha con una
bufanda femenina; y una playera de criquet
color verde botella, o suntuosas camisas color escarlata. Los otros veían
en él sólo a un muchacho parlanchín, que quería hacerse el duro y se daba
muchos aires.” Esta última imagen difería por completo de la que él guardaba de
sí mismo: “Contengo en mí a una bestia, un ángel y un loco”, afirmó sin
modestia, y algo de eso había en él. Al final de sus días (aunque sólo contaba
con 39 años) ya no era más el joven apuesto y elegante, estaba gordo y usaba la
ropa sin planchar; según el periodista Harvey Breit, más que un ángel parecía
“una cama sin tender”, pero aún seguía siendo “en términos generales,
inteligente, imaginativo e intransigente”.
Hay poetas, y Dylan Marlais Thomas es uno de ellos,
en los que todo, o casi todo lo que los rodea parece pertenecer a la leyenda.
En el caso de Dylan, un hombre obsedido por convertirse en una figura mítica,
por construirse una imagen mítica, el resultado final fue el que deseaba,
aunque quizá pagó un alto precio por ello. Precoz, brillante, autodidacto,
dueño de una voz y de un oído envidiables, a los cuatro años era capaz de
recitar pasajes enteros de Shakespeare con una modulación que asombraba a
cuantos lo llegaron a escuchar. Y sin embargo, nos dice Citati, “no sabía hacer
casi nada”, entre otras cosas porque había dedicado buena parte de su tiempo a
formarse como poeta y a los quince años
–escribe Jorge Brash– “su formación de autodidacto en poesía era insuperable”.
Amante de los pájaros, del mar y de las colinas de
Swansea, era un poeta que, a más de la poesía, servía para muy pocas cosas
prácticas. Reprobó el examen de admisión para la carrera de Medicina en las
fuerzas armadas, y durante un tiempo él y el también poeta Roy Campbell
sobrevivieron gracias a la generosa ayuda de T. S. Eliot. Según Campbell, Eliot
los ayudó “tan pródigamente” que el dinero que les prestó les duró hasta que ambos
consiguieron sus primeros trabajos en la radio y fueron capaces de pagarle al
poeta. “Dylan nunca olvidó su bondad”. Y aunque era considerado por algunos
como un genio, salvo un periodo de dos años en que había trabajado como
periodista, Dylan seguía sin ser lo que se llama “un hombre de bien”. Bebía y
escribía. A la edad de 23 años se casó con la bailarina Caitlin MacNamara (si
no el amor de su vida, sí la mujer que lo acompañó durante buena parte de su
vida) “sin dinero, sin perspectiva alguna de dinero, sin la compañía de amigos
y parientes, y completamente felices”. Sí, él encarnaba la figura del joven
genio, el poeta alcohólico, sin dinero, iluminado y feliz.
En efecto, era un hombre que no necesitaba mucho
para ser feliz. No le gustaba viajar, Citati dice que era tan hogareño como una
pantufla (lo cual lo dice todo) y sin una casa “se sentía perdido”. La casa le
era necesaria para escribir y para poseer un centro. Nunca le agradó Londres ni
se sentía cómodo en los círculos literarios que frecuentó a disgusto. Años más
tarde, cuando conoció los Estados Unidos, tampoco le gustaron las grandes
ciudades americanas, a excepción de San Francisco. “No soy un trotamundos...
–le escribió a su mujer– Quiero sentarme en mi cabaña a escribir, quiero comer
de tu estofado y tocarte los senos y cada noche quiero acostarme en amor y paz
cerca, muy cerca de ti, cerca de la médula de tu alma”. Sin embargo, cuando
estaba cerca de ella (y también cuando no lo estaba) buscaba la compañía de
cualquier otra mujer que se le pusiera enfrente. La relación entre Caitlin y
Dylan Thomas era apasionada y llena de celos y relaciones adúlteras por ambos
lados. En una ocasión, mientras él estaba de gira en Estados Unidos en 1952,
Caitlin declaró en voz alta en una fiesta: “¿No hay un hombre lo
suficientemente hombre para mí en América?” Odiaba el éxito de Thomas en
América y despreciaba a las chicas que gritaban por él como si fuera una
estrella de rock. Una cabaña, la compañía de sus hijos, una mesa y hojas para
escribir, su mujer (que lo traicionaba y a quien él traicionaba), whisky, mucho
whisky... eso era lo que él necesitaba para escribir, para vivir y ser feliz.
Pero su familia (tuvo dos niños y una niña)
necesitaba mucho más que eso. Con sus colaboraciones en la radio y sus guiones
y préstamos de los amigos apenas conseguía mantener a flote el hogar. Debía,
además, conseguir dinero para whisky, cerveza y cigarros. La familia Thomas
conoció una severa, prolongada y dickensiana pobreza que los viajes a América
apenas consiguieron aliviar. A diferencia de muchos escritores, en el caso de
Dylan, la fama no se tradujo en dinero.
El
muchacho ebrio
Contra lo que él hubiera deseado, es ahora un autor
más conocido por su alcoholismo, por sus libros de prosa y sus guiones para
cine, que por su excelsa poesía. A pesar de que se había preparado a conciencia
para convertirse no sólo en poeta, sino en un gran poeta. Esta preparación
conllevaba, a más de largas horas de lectura y escritura, la ingesta de grandes
dosis de whisky, mismas que consumía ya solo, ya en compañía de sus amigos y
muchas veces de desconocidos. Se ha discutido mucho si bebía “por inclinación o
por programa”, para ambas versiones sobra material de apoyo. Beber, a más de la
euforia inherente, le proporcionaba también un sentido destructivo, mismo que
él “debía de juzgar propicio al irrumpir el oscuro torrente de la poesía”
(Citati). Ahora bien, justo es señalar que Dylan Thomas no era un hombre que
escribiera al calor del whisky. Su escritura revela un cuidado y un amor por el
idioma enormes. Sentía gran desprecio por los poetas improvisados, como podemos
apreciar en este fragmento de una de sus cartas: “Hubo un tiempo en que sólo se
llamaba poeta a los poetas, pero hoy en día se le llama poeta a cualquier
persona que se atreve, con un conocimiento insuficiente de la lengua inglesa y
una cursilería propia de Marie Corelli, a esparcir dos o tres imágenes
‘brillantes’ en forma de verso. Ni siquiera tienen la decencia de ocultar sus
excrementos en un lugar privado, sino que buscan un ‘rincón’ público para
mostrarlos.” Como Joyce, Dylan Thomas guardaba una profunda relación con las
palabras, con su sonido, con su ritmo y sus múltiples posibilidades de
combinación y de significado. El verso de Thomas, como la prosa de Joyce, se
vale de una sintaxis (a veces) ilógica y muy a menudo revolucionaria en la que
abundan metáforas de contenido ya sexual, ya mítico, oscuras referencias
autobiográficas y no pocas analogías. Eder Olson vio en La poesía de Dylan Thomas cómo se establece “una analogía entre la
anatomía del hombre y la estructura del universo... [Dylan ve] el microcosmos
humano como una imagen del macrocosmos y viceversa”.
Siendo aún muy joven publicó un libro que por sí
solo le hubiera ganado un puesto en la poesía inglesa del siglo XX, un libro
que podemos pensar, dada su excelencia, le granjearía lectores y cimentaría su
fama. No fue así; los Eighteen Poems no
tuvieron la recepción que merecían. Un lugar común es repetir que fue aclamado
por la crítica, aunque no haya sido así. Elizabeth Azcona Cranwell, su
traductora al español, nos dice que “cuando en 1934
apareció su primer libro Eighteen Poems la crítica no investigó
demasiado, sino que halló a su poesía difícil, irracional e indisciplinada. Mac
Niece la juzgó salvaje, como el discurso rítmico de un ebrio. Porteous la llamó
‘una peregrinación sin guía hacia el hospicio’. Spender afirmó categóricamente
que se trataba de material poético en bruto, sin control inteligente o
inteligible”. Por supuesto esta respuesta no era unánime. Un par de años antes
Dylan le había enviado algunos de sus poemas a Robert Graves, y éste los halló
“irreprochables”. Sin embargo, un reseñista anónimo del Morning Post señaló un tópico que con los años se volvería un lugar
común en la poesía de Thomas: “un psicólogo observaría el uso constante del
señor Thomas de imágenes y epítetos que
son secretorios o glandulares.”
Entre los 16 y los 19 años, Thomas, que
parecía querer hacerlo todo (amar, beber, escribir y beber más) a una “verde edad”, escribió
todos los poemas para su primer libro de poesía, la mayor parte de lo que sería
el segundo, y las primeras versiones de muchos de sus poemas posteriores. “Tres
cuartas partes de su obra como poeta”, escribió uno de sus biógrafos. Todo esto
entre borracheras que han forjado su leyenda, aunque haya quien diga que como Poe (autor con el que suele comparársele),
Dylan Thomas no era un genio borracho. Como Poe, era un mal bebedor. Según el
diario de su viuda, Dylan tenía más que suficiente con solo dos pintas de
cerveza. Testimonio que no concuerda en nada con el de una de sus últimas
conquistas, Ruth Reitell, quien describió a Thomas como “terriblemente,
clínicamente alcohólico... No existía la gran musa que hacía a Dylan beber.
Bebía porque él era un alcohólico. Tenía todos los demonios, y algunos ángeles,
también”. Jorge Brash cita el siguiente testimonio: “Para él –refiere la escritora
Pamela Hansford Johnson– beber era un aderezo más de la imagen del ‘poeta
maldito’ que necesitaba dar. Fantaseaba mucho al respecto. Después, por
desgracia, la fantasía se hizo realidad. Los otros aderezos imprescindibles
eran tener tuberculosis y –algo extremadamente curioso– ser gordo.” Dos años
después de su libro de debut, daría a la imprenta un título consagratorio: Veinticinco poemas. Ya no era un joven
del todo desconocido, en ese tiempo había viajado de Gales a Londres y había
conocido a varios escritores. Entre ellos al poeta Vernon Watkins, quien
también lo ayudaría económicamente. Su segundo libro era también una obra de
juventud, pero, a la vez, mostraba ya a un poeta completamente maduro. Edith
Sitwell no reparó en elogios para él: “no podría nombrar un poeta de la
generación joven que nos muestre tan gran promesa, y tan grandes logros.” Pero
el dinero seguía siendo una faltante. El trabajo en la radio le brindaba
grandes satisfacciones a nivel personal, pero no cubría ni con mucho sus necesidades.
Autor,
autor
Para un hombre tan profundamente egocéntrico como
Dylan Thomas, la radio debió resultar una tentación irresistible y también un
paraíso. No sólo podía leer (era, ya lo hemos dicho, un extraordinario lector),
escucharse y ser escuchado, la radio difundía no sólo su voz y sus versos,
también la imagen de él como un consumado artista, era un actor y su vida una
obra de teatro. Leer por la radio le permitía exhibirse: “presumía, se hacía el
bufón, ya sarcástico, feroz, ya diabólico, rebelde, ya profético, angelical u
obsceno. Era bromista, pero nosotros cuando lo escuchamos leer, escuchamos una
voz grave, confusa y oscura como si la bufonería fuese la más trágica de sus
máscaras.” Consciente o inconscientemente Dylan Thomas empezaba a dejar de ser
el ángel y alternaba ya, cada vez con más frecuencia, las facetas de bestia y
demonio. Pasados los treinta años empezó a mostrar fuertes signos de decadencia
física. Había engordado, a tal punto que le era ya muy difícil caminar de prisa
y su rostro ya no era el de un joven iluminado, sino el rostro abotagado y
enrojecido de un alcohólico consuetudinario. “La bruja nerviosa de la obsesión
lo cabalgaba, mordiéndolo y arañándolo hasta el insomnio y las pesadillas”
(Citati). Para Eugenio Montale, Dylan Thomas fue un “surrealista y razonante,
místico y hundido en la materia hasta el punto de no poder escribir sino bajo
los signos del alcohol [...] era fundamentalmente un analogista de fondo
religioso que no habría escrito una sola línea si él se hubiera entendido a sí
mismo mediante la razón. Dylan fue realmente moderno en esto y en todos los sentidos, en los buenos y en los no
tanto, y quien lo admira lo acepta
como es”. Si en Inglaterra su trabajo fue visto con cierto recelo, sería en los
Estados Unidos donde primero encontraría esa aceptación de la que habla Montale.
Su tercer libro pasó un tanto
inadvertido, tanto por la guerra como por el hecho de no ser uno de sus más
relevantes trabajos. Pero en 1946 publica un nuevo título, Muertes y entradas, que contiene muchos de sus mejores poemas, entre ellos “Negativa a lamentar la muerte por
fuego de una niña en Londres” y “Fern Hill”, poema que influiría años más tarde
en el joven Paul McCartney a la hora de componer su popular “Penny Lane”. Por
primera vez un libro suyo alcanzó el éxito casi de inmediato: se vendieron más
de tres mil ejemplares tan sólo en el primer mes. En este pequeño libro
parecían menos herméticos que los anteriores aunque eran dueños de las mismas
cualidades. Para Dylan en sus poemas el sonido seguía siendo tan importante
como el sentido, quizá más que el sentido. Y para lograrlo hace uso de todo un
arsenal de recursos: la aliteración, la asonancia, la rima interna, y la rima
aproximada... mismos que hacen casi imposible su traducción. No es gratuito que
sea considerado el poeta más musical del siglo XX.
Muertes
y entradas marca no sólo la
madurez total del poeta, también el momento más alto de su fama: para el
momento de su publicación, Dylan ya era lo que siempre había querido ser: una
leyenda viva: el poeta que seducía a las multitudes en sus lecturas, el
escritor que despertaba en la gente común un cariño y una admiración más
parecidos a los que despiertan los cantantes de baladas más que los poetas. Era
el bardo celta, el gran bebedor, el seductor... la leyenda viviente.
Su suerte parecía cambiar por completo.
Una admiradora le proporcionó una casa flotante a la cual trasladó a su familia
y en la cual vivió, escribió y bebió felizmente. Los últimos cuatro años de su
vida los alternó entre esta casa y sus viajes a los Estados Unidos, donde
ofreció exitosas lecturas de poesía y recibió, a más de una buena paga (que no tardó en dilapidar), la
entrega incondicional del público norteamericano. Estos viajes, las más de las
veces sórdidos por las largas y constantes borracheras, así como los
escandalosos romances que Dylan sostuvo, más que su fortuna, acrecentaron su
leyenda y precipitaron su fin. Durante ellos comía y dormía poco y mal, fumaba
mucho, y bebía más.
En 1953 emprendió, en contra de los
consejos y ruegos de su mujer, el cuarto y último viaje a los Estados Unidos.
El viaje fue, como los anteriores, un largo peregrinar de un coctel a otro, de
una cena a otra cena en su honor, fiestas, encuentros con escritores,
periodistas y nuevas amantes... Nada parecía distinto, salvo que él ya no era
el de años anteriores. Su salud estaba al borde del derrumbe: el insomnio, la
inanición, la deshidratación causada por las largas borracheras... lo obligaron
a cancelar todas las actividades programadas para la gira. Por prescripción
médica se le prohibió tomar una sola gota de alcohol más. Dylan hizo caso omiso
de la prohibición y, ante la impotencia de su biógrafo John Malcon Brinnin y de
una amiga que lo acompañaba, pronunció la frase que, más que expresar su
infinita sed, parecía la enunciación de una condena: “tengo que tomar un trago,
volveré en media hora”.
No tomó un trago ni volvió en media
hora. Lo hizo dos horas más tarde en completo estado de ebriedad. Entró a su
habitación, la 206, del mítico hotel Chelsea
y pronunció las ya clásicas palabras:
“Acabo de beberme 18 whiskies. He batido mi propio record.” Después se
quedó dormido.
Su última borrachera, donde apuró los
famosos 18 whiskys (un número en el que no pocos han querido ver la clausura de
un ciclo que empezó con la publicación a los 18 años de sus célebres 18 poemas), fue en una cantina de
abolengo literario (no podía ser menos tratándose de él), The Old White Horse
Tavern, fundada en 1880, al principio una taberna para estibadores que pronto
ganó cierta reputación entre los escritores, pues contó entres sus clientes al
joven Eugene O’Neil, la activista Dorothy Day, los novelistas James Baldwin y
Norman Mailer, y algunos de los miembros de la generación beat: Allen Ginsberg
y Jack Kerouac.
Liam Clancy, un músico que integró los Clancy
Brothers, alguna vez llamados “los Beatles irlandeses”, contó algunos años
después de la muerte de Thomas la siguiente versión de los 18 whiskys (aunque
en su versión fueron mucho más de 18). Según Clancy, colocaron en la barra de The Old White Horse Tavern una pirámide de 36 shuts
de whisky, Dylan los miró largamente, tomó el vaso que coronaba la pirámide y,
con una certeza suicida, los siguió apurando uno tras otro hasta acabar con la
pirámide. En realidad no hace falta saber si su versión es cierta o falsa, nada
puede hacerle ya a la leyenda del poeta ebrio, del ángel caído.
Los días siguientes Dylan sufrió principios de
delirium tremens, fiebres y
alucinaciones en las que balbuceaba y describía horrendas visiones. El 4 de
noviembre fue llevado al hospital St. Vincent y poco después entró en un coma
alcohólico del que ya no pudo salir. Murió, mientras lo bañaban, sin recobrar
la conciencia y sin proferir palabra, él, cuyas palabras “están vivas para
siempre en su propia delicia, gloria, rareza y luz”. ♦Por Rafael Antúnez