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Un gato teto



Esta vez llegué más temprano de lo que acostumbro llegar al teatro. Las últimas veces me quedé afuera por no encontrar boletos o porque la compañía que se presenta es perfectamente puntual. Pero esta vez no fue así. Para Leche de gato de Lucila Castillo había boletos de sobra, tanto que esperaron casi una hora después de la programada para comenzar.
Son las 20:20, el Ágora de la Ciudad parece lleno desde afuera. La gente entra y sale con celulares en mano. Muchos de los presentes se conocen entre sí, se saludan. En el lobby, se forma una especie de fila que va culebreándose hasta llenar el lugar. Se encierra el calor. La función empezaba a las 19:30 horas y aún no entramos ni a la sala. Hay gente que desesperada por el tiempo, sube al parque a comprar una papitas y un refresco, otros salen a fumar. Por fin, se abren las puertas y podemos pasar.
Busco el mejor lugar, me gusta sentarme no muy cerca para ver todo, alguien se me acerca y me pide que me mueva, que llene primero los lugares del frente. Ya no dije nada y me moví, de cualquier manera la sala no se llenó.
En menos de dos minutos de entrar a la sala, aún cuando la gente no estaba bien sentada o quizá no todos habían llegado a sus lugares, se dejaron caer las “tres llamadas” de un jalón. Así, sin recomendaciones ni sugerencias. Supusieron un público muy educado y comenzaron.
Comienza con un audio muy quedito, no se entiende. La imagen que proyecta un cañón sobre la pantalla en el escenario no coincide con la narración. Un intento más con el audio y por fin encaja. El audio es muy malo. Termina el video y no saben cómo apagarlo, o quitarlo, o lo que sea que quisieran hacer lo estaban intentando por primera vez en ese momento. Sólo se oía el murmullo de una discusión entre las personas que operaban el video y que, por desgracia, tenía frente a mí.
Va de lleno la obra, pero la voz de los actores no es suficiente. No se escucha con tanta fuerza como para opacar el crujir de las papas que se estaba comiendo un fulanito detrás de mí. De igual manera intento captar la idea de la obra y sigo con la historia.
Trato de poner más atención para oír pero las voces de los actores siguen siendo insuficientes, hasta que por fin se consigue el silencio del público. Entonces irrumpe una nueva voz. Quien quiera que sea que cuidaba la puerta no tenía el más mínimo respeto por la gente que estaba adentro. Yo no sé de qué estaba platicando pero por un momento el público estaba mirándola más que a los propios actores, fue de lo más incómodo, pero eso no fue lo peor.
Ya dije que fue en el Ágora, y como algunos saben, el auditorio del Ágora tiene dos puertas laterales en medio de la sala, puertas que no dejaron de abrirse y cerrarse en el transcurso de la obra. Gente que se ponía hablar afuera de la sala sin cerrar la puerta. ¿Pues qué no han hecho funciones antes? Mejor la hubieran hecho en el foro abierto que se ubica al frente. Estaríamos preparados para la incomodidad del ruido y la distracción, pero en fin.
Nuevamente mi atención estaba al frente, en el escenario. Entonces se escucha en las butacas de atrás: ¿Verdad que está bien aburrida? ¡Ni tú te estás riendo! De mal gusto.
Definitivamente más de una vez pensé en que lo mejor era salirme, aunque la verdad eso me hubiera convertido en una distracción más y de alguna manera hay que ser congruentes. Decidí ser paciente y poner atención a la obra.
La gente ya estaba aburrida o tenían otras cosas que atender. Luces alrededor de la sala, todos con la cara al teléfono celular.
Lo más impactante fue definitivamente el final, y es que verdaderamente fue inesperado. Es más, ni siquiera permitió que llegara la trama. Una historia medio teta que de pronto quiere ser profunda y otro tanto medio cómica, aunque más cómica que profunda, por supuesto.
Y es que si a esto le sumamos que entre cambios de escena no entraban a tiempo las luces, pues quien las dirigía parecía que lo estaba haciendo por primera vez. No me imagino cómo habría estado el ensayo general.
Una historia que se cuenta en dos partes, una en diapositivas y otra con actores, una historia que para mí no tiene ni final. Una propuesta que no dudo que podría mejorarse, un guión que aún carece de posibles huecos que encerrarían una historia más formal, una obra que no dé gracia por las repetidas mentadas de madre a gritos sino porque el chiste es bueno, un proyecto enriquecido por el posible talento que seguramente tienen lo que llevaron a cabo la producción y que, sin embargo, viven de sus laureles pues hay que resaltar que la obra ganó Mejor montaje dirigido por estudiantes en la XXI edición del Festival Nacional e Internacional de Teatro Universitario de la UNAM.
¿Entonces qué está pasando? ¿Este es el teatro que se está formando en las universidades? ¿Este es el teatro que en general se está haciendo por parte de los jóvenes en los ámbitos nacional e internacional? ¿Este es el teatro que queremos? ¿Se debe premiar por los errores y justificarlos por su inexperiencia?
No se trata de ser Paco Beverido, Abraham Oceransky o Jorge Castillo para hablar de un buen teatro, pienso que se trata de hacer un teatro con seriedad y respeto. No creo que se trate de abrir funciones para que tus cuates vean con qué obra ganaste un premio. Yo creo que se trata de hacer teatro en serio. 

Leche de gato de Lucila Castillo. Con el colectivo Nosotros, Ustedes y Ellos: Lucila Castillo, Estefanía Ahumada, José Goró, Gina Cima, Jorge Tejeda, Sandy Deseano y Niza Rendón.



Por Víctor Benítez



Sara García, la esencia de un legado



Las películas de Sara García de Emilio García Riera y Eduardo de la Vega Alfaro, publicado recientemente por el Patronato del Festival Internacional de Cine de Guadalajara y la Universidad de Guadalajara, ofrece el registro fílmico de uno de los íconos de la llamada edad de oro del cine mexicano. Raúl Criollo conversó con Eduardo de la Vega Alfaro en torno a la gran actriz veracruzana Sara García, “una mujer con una disciplina rigurosísima, espartana”.
La investigación fílmica en México no se hace por sistema, ni es parte de un conjunto de valores académicos como continuación de un proceso. Es apenas impulsada por algunas instituciones como parte de la catalogación de sus acervos o producto de iniciativas personales. La crítica cinematográfica también ha legado su gran divulgación, registro y compilación. Los críticos del cine mexicano han pasado a ser sus historiadores, gracias al esfuerzo, necedad y dedicación de un puñado de personas como Aurelio de los Reyes, Jorge Ayala Blanco, Emilio García Riera o Eduardo de la Vega Alfaro, entre algunos más.
El trabajo esmerado del maestro Eduardo de la Vega Alfaro (profesor, investigador y doctor en Historia) ha permitido a los cinéfilos entender, desde la agudeza de la lectura fílmica (sentido del lenguaje, peso histórico, trascendencia de los realizadores y sus apuestas narrativas), al conjunto de la obra estética que permanece, como en su libro Del muro a la pantalla. S. M.Eisenstein y el arte pictórico mexicano (Universidad de Guadalajara, Instituto Mexiquense de Cultura e Imcine, 1995) y el escenario personal de las figuras esenciales de nuestro cine (Arcady Boytler, Fernando Méndez, Roberto Gavaldón, Jorge Fons, Gabriel Retes…).
Parte de la agenda más importante del Festival Internacional de Cine de Guadalajara 2014 (FICG 29) fue reconocer a dos figuras emblemáticas del cine nacional: Sara García y María Victoria. Con presencia de doña María, el festival cumplió con una de sus facetas recurrentes y celebradas de reconocer en vida a las estrellas que han cruzado nuestra pantalla. Por su parte, Eduardo de la Vega Alfaro presentó el libro Las películas de Sara García. Un recorrido “no biográfico, sino filmográfico”, por las 154 películas de la actriz, veracruzana de nacimiento (Orizaba, 1895), y mucho más que sólo –si bien es parte de la esencia de su legado en el cine– “la abuelita del cine mexicano”.
Concluyendo una ruta de investigación que inició Emilio García Riera, De la Vega Alfaro –su amigo y discípulo– concluyó a iniciativa de Iván Trujillo, director del festival tapatío, esta aproximación a la actriz, con una revisión rigurosa por cada una de sus cintas, permitiendo comprender el conjunto de una obra monumental de disciplina histriónica en todos los géneros.
“Este libro” –precisa el autor– “es la suma filmográfica en primera instancia de Sara García, que también es un homenaje al trabajo de Emilio García Riera. Al trabajo que hizo como filmólogo, filmógrafo y filmófago del cine mexicano […] Emilio lo dejó muy avanzado en la cuestión filmográfica, pero hacía falta una nota biográfica, una introducción. Y también hice una revisión de una buena parte de la filmografía para completar datos, y agregarle mi punto de vista a algunas películas que me parecen importantes y que a Emilio no le parecían tanto.”
El estreno de la película hispano-italiana Los dinamiteros (Juan García Atienza, 1962), nunca exhibida previamente en México, acompañó la presentación del libro firmado por De la Vega Alfaro y Emilio García Riera, con un diseño de buen gusto en estricto blanco y negro, como una permanencia de la memoria con que el cinéfilo nacional recuerda a la actriz. El libro fue diseñado por Amanda García, la hija de García Riera, y corregido por Cristina Martín Sarrat, la viuda del propio Emilio. 
Aclara Eduardo de la Vega Alfaro: “En los casos de Caridad de Jorge Fons; Porque nací mujer de Rogelio A. González; o en Los dinamiteros de Juan García Atienza, yo tengo la impresión de que Sara era muy consciente de que su figura, de que su icono, de que su estereotipo, de que su arquetipo incluso, era utilizado con un sentido muy diferente al de la estructura industrial. Y le daba gusto eso, le satisfacía porque ese tipo de películas eran propicias para demostrar que era una gran actriz. Mujer con una disciplina rigurosísima, espartana, estaba en el set a la hora que le decían, vestida, maquillada … era la que daba el ejemplo, de rigor y de pasión y de amor por su trabajo. En esa medida ella era muy consciente de que sus posibilidades no fueron explotadas lo suficiente.”

Con una muy buena selección iconográfica, surgida de una gran búsqueda en los archivos de Filmoteca de la UNAM, la colección personal del cineasta Roberto Fiesco (dueño de más de 6 mil fotografías del cine mexicano), los cuadernos de la Cineteca Nacional y otros más, el libro conforma un documento atesorable de una de sus principales figuras del cine mexicano.



Por Raúl Criollo


Nicolas Jaar en Buenos Aires



Nicolas Jaar
Todo sucedió de manera subrepticia, en un susurro, como una flama. De golpe y porrazo –y más bien por los efectivos poderes seductores de radio Bemba– fui notificado de que Nicolas Jaar  –master of puppets he’s pulling your strings!– tocaría una sola noche en Buenos Aires, ciudad que si  de algo sabe, para gozo de los locales y envidia de la escena trendy latinoamericana, es de la hipsterización efectiva de la rumba alucinada.
Habiendo arrancado la noche en un célebre puterío conocido como Pampita, sugerido por un camarada a quien llamaremos Larry, pude observar un vestigio de lo que fue el auge menemista, ubicado en una zona que le daba, al grupo de estadistas argentinos de los dorados años noventa, acceso directo al club de golf, una discreta zona de moteles y todo tipo de apetitosas prostitutas.
Acidulada la voz con ron venezolano y un par de joints de manufactura casera –en Buenos Aires se cultiva el sano hábito de la plantación personal– partimos rumbo a Crobar, ubicado en los Bosques de Palermo que –sin ser el Roy– es mucho más que complaciente (la ventaja de vivir en un país menos clasista es que las cosas están más cerca de las manos, como la belleza por ejemplo).
Llegamos temprano –ya he dicho antes que en la Argentina la fiesta empieza tarde–   debido a mi temperamento de grupi desquiciada y porque no quería perderme un momento de la magia del niño genio. Desde hace varios años, en la Guardería Riveroll S.A. de C.V. sede Escandón, se ha instituido la tradición de escucharlo al amparo del canto de las aves y las copas, por lo que la ocasión de presenciar un milagro predispuso todo mi cuerpo.
Poco a poco la explanada del bar –que es grande– se fue llenando con todo tipo de elementos, algunos jóvenes y una buena medianía de gente pasada de treinta hasta algunos cuarentones que, en atención al ojo atento, darían una exótica lección de moda en alguna mezquina pasarela.
Un dj de medio pelo arrancó el triplete así que Larry sugirió, luego de que llegaran un par de chicas cuasi amables, que se acompañaran los tragos con un par de tachas.
El lugar ya estaba hasta la madre cuando apareció el jovenzuelo que ha puesto al mundo entero a bailar a su ritmo. Fresco como un jazmín, dio una cátedra de estilo y sobre todo de elegancia que Larry, su piruja y yo pudimos dimensionar en su justa medida gracias a generosas dosis de MDMA recién desembarcado de Europa.
Jaar llevó a la audiencia –predecible por naturaleza– a donde quiso. Fue anticlimático pero seductivo; su presencia física es muy discreta, pero a los pocos minutos uno siente todo el poder de su talento atravesando el cuerpo. Jaar es el Bach del momento.
Con prontitud el caos se volvió una orgía demencial, la gente se brindó a la noche y el profeta compartió su evangelio. El concierto corrió ligero, con la espesura de los sueños vívidos así que decidí pisar a fondo y colocarme el antifaz lisérgico, tecnología alemana que me tuvo despierto 36 horas de un rush pavoroso e intenso (vi el corazón de la locura y supe que tiene forma de poema. Todo lo vivo tiene sentido y el mundo es cruel y terrible, como un orgasmo del tiempo).
Se vino el día sin que me diera cuenta. Al final sólo quedaba un dj desconocido, algunos vampiros y las vestidas, puros cascajos del viento.
Caminé, con la pinta de un errante decadente, por los bosques insurrectos. Pude ver la luz con que despierta Buenos Aires y lloré, lloré por la vida y la belleza y la soledad y el sentimiento.

Me sobrepuse a mí mismo y ahora soy un hombre nuevo.



Por Rafael Toriz


Octavio Paz en la calzada de los poetas


Jorge González Durán, Xavier Villaurrutia y Octavio Paz en Los Berros (Xalapa, 1942) Foto de Lola Álvarez Bravo
A partir de una fotografía de Lola Álvarez Bravo de principios de los cuarenta, José Homero recrea la visita a Xalapa de Xavier Villaurrutia y Octavio Paz, acompañados de Jorge González Durán, para una lectura organizada por el antecedente del INBA.
A PRINCIPIOS de los años cuarenta Octavio Paz visitó Xalapa. Fue una mañana fría. El viento agitaba las hojas y las nubes rumiaban lluvia mientras la humedad maceraba a los poetas que rindieron tributo a Salvador Díaz Mirón visitando su célebre casa de Xalapa, aunque ninguno lo admirara especialmente. Jorge Cuesta, quien mejor comprendió la tentativa satánica de los versos del veracruzano, había ya muerto. No quedan datos ni registro de dónde se efectuó la lectura. Apenas un testimonio: la fotografía de Lola Álvarez Bravo con Xavier Villaurrutia como eje semántico y simbólico de la composición.
Villaurrutia, ya un poeta consagrado, viste un traje de raya diplomática con un protector chaleco, perfecto el nudo americano de la corbata, ensaya sonriente una pose, los brazos cruzados, la sonrisa levemente irónica mirando a la cámara. Lo flanquean dos jóvenes. Jorge González Durán, poeta de la promoción de Tierra Nueva, posa su mano izquierda sobre el hombro de Villaurrutia mientras guasón reclina el rostro . Siendo el más joven de los tres, viste informal y se comporta campechano, confianzudo. Mano en los bolsillos, suéter con cierre. Un detalle: sus zapatos relumbran, los de sus compañeros no. Mucha chulería para ser tan joven, ¿es porque ha comenzado ya su carrera burocrática?
Octavio Paz, a la izquierda de Villaurrutia, luce dubitativo, expectante. Contrario a Jorge, se mantiene apartado de Xavier, aun cuando sus pies casi se tocan. Es indicativo que Villaurrutia adelante su pie izquierdo en dirección a Paz, delatando coqueto su preferencia. Pese al rostro sonriente, seguramente a causa de un comentario en chanza de González Durán, Octavio asume una actitud distante. Contrito el puño, torso erguido, latente la tensión en su hombro. Sus zapatos estilo Boston están gastados, innobles, aunque las líneas de su saco de casimir no desmerecen ante el corte de Xavier. De no ser por las mangas…
Por la vegetación –helechos, se han detenido cerca de la otrora Calzada de los Poetas, donde bustos de Salvador Díaz Mirón, Rafael Delgado, Josefa Murillo, realizados por el escultor Carlos Bracho, circundaban los muros de una antigua casona. Hoy nada queda: la rapiña y el descuido de las autoridades municipales terminó con esos bustos que honraban la tradición literaria de Xalapa gracias al mecenazgo de Adalberto Tejeda. El más hermoso parque de Xalapa, donde bajo los altos eucaliptos y las roñosas araucarias se respiran aires de otros tiempos, con ramalazos de ese abandono pútrido que envenenó la imaginación decadentista, ha quedado trunco sin que a nadie le importe. Huera memoria de una ciudad que se ufana de culta.
Benito Coquet (1912-1993), a la sazón un célebre hombre de cultura y hoy en el completo olvido –lo cual es una injusticia, acaudillaba a comienzos de la década de los cuarenta (1941-43) la Dirección General de Educación Extraescolar y Estética, antecedente directo del Instituto Nacional de Bellas Artes. Como parte de su labor titánica –anteriormente había sido delegado de la joven Universidad Veracruzana, secretario de la Confederación Nacional de Estudiantes y posteriormente crearía el Instituto Mexicano del Seguro Social además de ejercer como secretario del presidente Adolfo Ruiz Cortinez–, Coquet promovió el arte en sus facetales expresiones a lo largo del país. Presumiblemente los poetas de estas distintas edades y promociones estuvieron presentes esa mañana para una lectura –Rafael Vargas dixit–. Coquet, joven ya integrado a los colaboradores de Manuel Ávila Camacho, había convocado a los miembros de Contemporáneos y a escritores como Mauricio Magdaleno para sus giras culturales. El año del encuentro permanece dudoso; debió ser sin embargo 1942 o 1943, ya que González Durán se incorporó a las misiones culturales en los estados en 1942 y la dirección devino INBA en 1944.
Incluida por vez primera en el volumen Xavier Villaurrutia en persona y en obra de Octavio Paz (FCE, 1978), cortada y con información errónea –se lee Parque Díaz Mirón, siendo el nombre correcto parque Miguel Hidalgo, mejor conocido como Los Berros, y recuperada en el libro Octavio Paz, entre la imagen y el hombre (Conaculta, 2010), iconografía en blanco y negro firmada por Rafael Vargas, esta imagen atestigua el encuentro de tres poetas.
Pocos saben que uno de los mecenas de Lola Álvarez Bravo y responsable del reconocimiento de su obra fue Benito Coquet, como expone Olivier Debroise en su libro sobre la fotógrafa: Lola Alvarez Bravo. In her own light (Universidad de Arizona, 1994). González Durán a su vez prologó una exposición de Álvarez Bravo en el Palacio de Bellas Artes.
Oriundo de Xalapa, francés de ascendencia, Coquet se había formado en las escuelas superiores de la ciudad y posteriormente cursó estudios en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En 1947 recibió su título de abogado por la Universidad Veracruzana. Desde trincheras distintas, Coquet y Octavio Paz coincidieron en varios momentos. Cuando en 1934 Lázaro Cárdenas intentó uniformar la educación en México con un cariz marxista, Coquet emergió como el gran líder estudiantil –procedente de la Veracruzana– y acaudilló la protesta desde la Confederación Nacional de Estudiantes, junto a Bernardo Ponce. Hubo manifestaciones, debates, cartas públicas y un enconado encuentro en San Luis Potosí. Uno de los estudiantes que firmó esa carta de protesta, una entre 500 firmas, fue la de Octavio Paz. Otro de los opositores a la subordinación de la universidad al Estado fue Jorge Cuesta. En otra ocasión al rendir homenaje al poeta recientemente fallecido Miguel Hernández, Coquet invitó al joven Paz y a otros poetas del exilio español en México.
Más tarde, ya director del IMSS y mecenas del teatro público, Coquet sumó a su equipo a Andrés Henestrosa, Octavio Paz y Jorge González Durán. Otro de sus legados: la creación del  Premio Nacional de Ciencias y Artes, surgido el 11 de septiembre de 1944 por una disposición de una ley del Congreso de la Unión, a iniciativa de cuatro diputados, entre los que destacan Coquet y Manuel Moreno Sánchez. Moreno Sánchez (1908-1993) había sido otro de los compañeros de Paz en San Ildefonso y colaborador de Barandal. Finalmente en ocasión de los 75 años del poeta, Coquet publicó una bella carta a su amigo de juventud y colaborador antiguo.
Francisco Hernández en Imán para fantasmas ha escrito un poema en prosa –pero no está en prosa, sobre esta foto:
–La carrera sin sed de los helechos –murmura Villaurrutia mientras posa–, es lo que puede acelerarse ahora.

Lo rodea el brazo de González Durán y piensa Octavio Paz, joven, sonriente: “Estamos en un parque de Xalapa. La humedad es nostalgia de la vida, Díaz Mirón es disparo en la memoria y Xavier es palabra de poesía”. Imposible determinar la hora, mas estaba nublado de seguro. Se adivinan los truenos en lo alto. El aguacero afila sus espuelas para poder correr tras las estatuas.




Por José Homero




El teatro: espacio de encuentros, desencuentros y guerra


Darío Fo
A partir de 1961, cada 27 de marzo se conmemora en el ámbito internacional el Día Mundial del Teatro. Un arte que se niega a morir, el teatro y sus artistas han sido aplaudidos por el pueblo y perseguidos por el poder. Josué Castillo se remonta al Teatro Ulises, el primer gran experimento del teatro mexicano que tuvo lugar en las postrimerías de la década de 1920, bajo el patrocinio de Antonieta Rivas Mercado.
Desde 1961 se celebra, gracias al esfuerzo del Instituto Internacional del Teatro (IIT), el Día Mundial del Teatro. Como parte de los festejos se celebran varios eventos nacionales e internacionales a lo largo del mundo por los centros IIT y la comunidad teatral Uno de los actos más importantes es la difusión de un mensaje signado por alguna personalidad mundial relacionada con el teatro. El primer mensaje fue escrito en 1962 por el dramaturgo y poeta francés Jean Cocteau. Hay que destacar que el tema de este mensaje, por lo general, versa sobre la relación del arte dramático con la paz o su participación en la sociedad, sin embargo revisar el archivo de dichos mensajes nos muestra la polifonía de voces que conforman quienes realizan arte teatral: mientras que Cocteau convoca a una comunión de los pueblos a través del encuentro antagónico, pues en el intercambio de ideas donde nos encontramos con el otro, Darío Fo, emisor del mensaje por el Día Mundial del Teatro 2013, nos recuerda que aquellos que han asumido el poder político en distintas naciones han declarado la guerra a los comediantes: rastrea la crisis actual del teatro (la falta de espacios, de financiamiento, de público) hasta la contrareforma, cuando el papa Inocencio XII decretó el desmantelamiento de todos los espacios teatrales, especialmente en Roma, debido a que la Iglesia, según el cardenal Carlos Borromeo, está comprometida a “erradicar las malas hierbas”, por lo que hicieron “lo posible por quemar textos que contienen discursos infames, para extirparlos de la memoria de los hombres, y al mismo tiempo perseguir a todos aquellos que divulgan esos textos impresos”, por lo tanto “es urgente sacar a las gentes de teatro de nuestras ciudades, como lo hacemos con las almas indeseables”.
Máquina de guerra
Darío Fo, creyente y apóstol del teatro comprometido propone rescatar las potencias políticas del teatro: para Fo éste es a la vez un frente de batalla y una máquina de guerra. Para combatir recurre a una estrategia distinta de las que, en otros tiempos, han echado mano dramaturgos comprometidos con alguna causa política: aquí no se trata de conmover al público hasta las lágrimas ni llenar de miedo el corazón del espectador; los medios de Fo son más sutiles, más agudos, en resumen más revolucionarios: la sátira y el humor, porque “la sátira es el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera los gobernantes que se llaman democráticos, porque la risa libera al hombre de sus miedos”.
Esta convergencia entre la risa y el combate puede encontrarse también en el del teatro de títeres, arte que quizá debido a los avances en el arte teatral y la dictadura del gusto de los críticos ha sido, cada vez más, confinado a la esquina de eso que llaman los “géneros menores”, aquellos destinados a niños, a los adolescentes, a todos aquellos que estén por debajo de la soberbia y patanería de esos hombres con gafas y títulos que se creen capaces de decidir qué pasará o no a la posteridad. Durante una entrevista realizada el año pasado Pavel Ortega, novelista gráfico y actor que, gracias al programa Rutas Escénicas, recién regresaba a Xalapa después de recorrer parte de Europa presentando su versión con títeres de Donde está marcada la X del dramaturgo norteamericano Eugene O’Neill, habló un poco sobre el tema. Rescatamos un fragmento de aquel encuentro.
Josué Castillo: Pavel, cuéntanos sobre las posibilidades del teatro de títeres como herramienta para la lucha política.
Pavel Ortega: El origen del títere es bastante contestario. Si tú ves, por ejemplo, Mr. Punch o Monsieur Guignol, notas que es una alegoría de la lucha contra el poder. No sé a quién se le ocurrió que eso era teatro para niños y ahora ya carga con ese estigma, incluso en Francia: allí actúe en varios foros y la gente no está acostumbrada a ver títeres. En donde vi más respeto por el trabajo de los titiriteros fue en República Checa y los países que formaron parte del bloque del este, en donde tienen una gran tradición en el teatro de marionetas. Además el teatro de títeres está muy dirigido al pueblo: en Europa la entrada al teatro costaba, como en el teatro isabelino, cierta cantidad pero el titiritero actuaba en la calle y ganaba lo que era la voluntad del público. Eso lo acercaba más a la gente. Hay un caso muy conocido: hubo un titiritero que se metió con un rey y lo sometieron a un juicio porque no te podías meter con él. Entonces en el juicio el titiritero dijo que no había sido él quien había dicho tal cosa contra el rey sino que había sido el títere; no sé cómo estuvo el caso, la cuestión es que ganó el titiritero: este arte te da ese poder de separarte, de no ser tú, de darle vida a un objeto inerte, lo que te permite poder decir ciertas cosas desde allí, lo que hace que la gente las acepte mejor: puedes decir cosas muy tristes en el teatro tradicional y serían necesariamente muy dramáticas, pero en el rollo del teatro de títeres puedes decir las cosas sin decirlas, porque el títere está dentro del reino de la metáfora y en la metáfora puedes meter lo que quieras.
Esta tendencia contestataria, burlona y, en muchas ocasiones, violenta puede encontrarse en muchos montajes actuales, incluso podríamos considerarla la bandera de la dramaturgia actual, sin embargo para que esta crítica fuera posible fue necesario, al menos en el terreno nacional, batirse en algunas batallas que a más de uno costaron su nombre y reputación.
Frente de combate
El mundo de las artes está muy lejos de ser una reunión de té. Por el contrario, con una mirada sincera y algo maliciosa, es decir, poniendo un poco de atención, podremos ver a grupúsculos, individuos e instituciones enfrascadas en luchas que, muchas veces, parecen sinsentidos. Podríamos pensar que estos encuentros y desencuentros, estos dramas de sobremesa no interesan más que a los ociosos cronistas de nuestra vida cultural, cuyo arte podría reducirse al conocimiento profundo de a quién emborrachar y en dónde, pero en estas tensiones se llega a definir, muchas veces, el futuro de las disciplinas del espíritu. Por ello, vale la pena recordar la sangre derramada, y afortunadamente decimos esto de forma metafórica, para que nuestro teatro se haya construido el rostro que tiene ahora.
Situémonos en el México de posguerra: un país devastado por enfrentamientos fratricidas y las traiciones a granel que esto implica. Tras la matanza una pregunta se extiende por todos lados como fantasma: ¿quiénes somos como nación, como sociedad, como individuos? “Somos mexicanos”, fue la respuesta inmediata que cayó como un rayo desde las cumbres del poder, pero pronto notaron que hacer de esta una idea de circulación común no iba a ser fácil: sería necesario que todos los estratos de la sociedad se unieran en una sola tarea, quizá, según los revolucionarios, la más digna a la que puede un hombre aspirar: formar un nacionalismo que nos dé algo de certidumbre ontológica. Para ello iba a ser necesario un esfuerzo no sólo real, es decir político y económico, sino también simbólico, es decir: cultural.
Uno no se acerca volando al sol sin padecer las consecuencias, y pronto esa ingenuidad que caracteriza a los artistas jóvenes se convirtió, gracias a la malicia de los súper machos (los supervivientes a la Revolución que ahora llevaban las riendas del país), en soberbia y dictadura. Pronto, todo arte que no estuviera al servicio de la nación tendría que ser desterrado del país, no sin antes ser tildado de amanerado, homosexual, burgués y reaccionario.
Contra el corsete nacionalista no tardaron en aparecer voces disidentes y entre ellas hay que destacar a aquellos que iniciaron el proceso para el nacimiento de nuestro teatro contemporáneo: el Teatro Ulises, patrocinado por María Antonieta Rivas Mercado (quizá la mecenas más grande que ha tenido México) y María Luisa Block, que contó con la participación de algunos jóvenes escritores que, tiempo después, serían conocidos como los Contemporáneos: Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Celestino Gorostiza y Gilberto Owen. También participaron Julio Jiménez Rueda, Roberto Montenegro, Manuel Rodríguez Lozano, Bernardo Ortiz de Montellano, Isabela Corona y Clementina Otero.
Este viaje, nunca mejor dicho, tuvo como intención arrebatarle a la ideología nacionalista, de personajes planos y hartos lugares comunes, el dominio sobre el re-naciente mundo del teatro. Ulises, ese proyecto que coqueteaba con las vanguardias europeas y la labor de picapedrero que hacían muchos del otro lado del río Bravo, tenía la intención de hacer entrar a México en el panorama mundial: sacar a las artes de esa visión estrecha y limitada, digámoslo: provinciana, que no le permitía a los creadores, y a la población general, ver más allá de su ombligo. Para ello, Novo tradujo a O’Neill y a Synge; también se representaron obras de Jean Cocteau, Lord Dunsany, Claude Roger-Marx, Luigi Pirandello, Jean Giraudoux, Henrik Ibsen, August Strindberg, Charles Vildrac, Henri-René Lenormand y varios otros. Esto, desde luego, causó un escándalo entre la comunidad artística que bienvivía del cobijo del Estado que desde entonces ya sabía cómo mimar a los intelectuales que se baten a duelo por su causa.
Ulises, el primer teatro experimental en México, a pesar de su corta existencia fue la semilla para lo que posteriormente sería La Capilla, teatro liderado por Salvador Novo; los Escolares del Teatro de Julio Bracho; el PROA de José de Jesús Aceves y el Teatro de las Artes de Seki Sano, el introductor de Stanislavsky en México, y gracias, en gran medida, a quien existe el teatro xalapeño como lo conocemos. Sin embargo, considero, debemos pensar que el fruto mayor de Ulises y los Contemporáneos fue la fundación del Teatro de Orientación, faro de luz que significó el triunfo del pensamiento moderno y le ganó al teatro mexicano el derecho de ser contemporáneo del mundo.





Por Josué Castillo




Tan ateniense como siempre


Eduardo Antonio Parra
En la capital veracruzana viven 666 mil 535 personas de las cuales 237 mil 455 son estudiantes. A juicio del narrador regiomontano Eduardo Antonio Parra esta ciudad mexicana es el paraíso en tierra para cualquier escritor porque tiene lectores avezados y el mejor apego a las actividades culturales.
La voz de Eduardo Antonio Parra es la del añejo fumador y es también la del viajero que ha visto y vivido demasiado como para dejarse engañar con los espejismos y las confusiones que luego provocan los grandes eventos culturales.
Con esa sonrisa y bonhomía que lo distinguen se encuentra afuera del Palacio de Bellas Artes en el corazón de la c iudad de México tras la entrega de la Medalla Bellas Artes a La Poni, Elenita, es  decir Elena Poniatowska, quien dentro de unas semanas partirá hacia España para recibir el Premio Cervantes el equivalente al Premio Nobel de Literatura en lengua hispana y que, con anterioridad, recibieron Octavio Paz (1981), Carlos Fuentes (1987), Sergio Pitol (2005) y José Emilio Pacheco (2009).
Nacido en Guanajuato en 1965, pero curtido en diferentes ciudades fronterizas, Parra emula a su mentor, el ya fallecido novelista Daniel Sada, e imparte talleres literarios en distintos rincones del país. Por eso no duda en afirmar que si un escritor desea encontrar la felicidad en tierra debe ir a esa ciudad veracruzana:
—Si como escritor vas a Xalapa te encontrarás con un chorro de lectores, los cuales se te acercan y te comentan los libros. Por supuesto que hay una universidad y una facultad de letras que los está poniendo al día de lo que ocurre en la escena literaria. Y eso es lo que más me llama la atención  porque no nada más ven a los autores ya consagrados sino que están sobre la marcha y saben muy bien lo que está sucediendo.
Las ondulantes calles, en ocasiones neblinosas y fantasmales, estimulan a Parra, acostumbrado a espacios abiertos y áridos, golpeados siempre con la furia del sol y el calor áspero. Por eso, para el autor de los libros de relatos Los límites de la noche y Tierra de nadie y las novelas Nostalgia de la sombra y Juárez, el rostro de piedra, nada como caminar por Xalapa y corroborar una y otra vez que es una ciudad que se presta mucho para la cultura.
—Ahora voy a la feria universitaria y siempre que voy me da mucho gusto. Me han invitado a dar varios cursos sobre la cultura norteña para entender mejor lo que se está escribiendo en el norte. Y en cada curso confirmo que Xalapa, por la calidad de sus lectores, después de ciudad de México, es la segunda ciudad per capita con más lectores, por encima de Guadalajara y Monterrey. Y eso lo digo porque también estoy yendo muy seguido a Guadalajara y no encuentro allá esa efervescencia cultural que veo en Xalapa. Lo que sí es cierto es que ahora Guadalajara está bien frente a Monterrey, que estaba genial en los años noventa, pero poco a poco Guadalajara ha ido subiendo, pero nada de lo que hace se compara en nada con Xalapa.
¿A qué se deberán esas diferencias?
Mucho tiene que ver con el apoyo gubernamental y quién está en los puestos culturales. Por ejemplo en la época dorada de Monterrey estaba Alejandra Rangel en Conarte y Janet Clariond y Nina Zambrano en la iniciativa privada cercana a la cultura, gente muy comprometida con la literatura y con la cultura en general. Cuando llegó a la gubernatura José Natividad González Parás, puso esos elementos políticos que siempre echan a perder el trabajo cultural porque toman su puesto como un hueso.
Aunque con González Parás se hizo el Fórum de las Culturas.
El fórum sólo sirvió para gastar miles de millones de pesos y no creo haya dejado mucho a Monterrey. Luego veías a los que encabezaban la cultura y todos eran huesos políticos. Ahorita digamos que la cultura regiomontana está a medios chiles: no es gente con mucha trayectoria cultural, aunque sí la tiene, pero también ha pasado que muchos de los escritores se fueron, algunos nos fuimos antes, otros se fueron por la violencia y otros persiguiendo alguna vieja polaca como David Toscana (risas). Es entonces que te preguntas quién va a hacer escuela si hay tantos regiomontanos fuera. Así se pierden ciertas referencias.
En cambio, Guadalajara está bullendo.
En Guadalajara encuentras lectores como los encontrabas en Monterrey en los años noventa y como los encuentras aquí en Ciudad de México o en Xalapa; se trata, sobre todo, de lectores más jóvenes.
Guadalajara es interesante porque sus lectores tienen en autores como Antonio Ortuño, Juan Pablo Villalobos, Bernardo Esquinca, sus primeros referentes.
Hay muchos más escritores en Guadalajara. Lo que pasa es que es una ciudad muy grande y como que se atomiza todo el rollo mientras que en ciudades más pequeñas como Xalapa la convivencia de la comunidad literaria y los lectores es más cercana y fraterna. Lo que sí es común en ciudad de México, Monterrey, Guadalajara y Xalapa, en fin, en todo el país, es que la grilla cultural está durísima y eso reteniendo y obstaculizando el desarrollo cultural del país.
Por eso surgen los héroes culturales, a la manera de Arnaldo Orfila, Joaquín Diez-Canedo, José Vasconcelos, ante la incapacidad gubernamental de brindar cultura como factor de desarrollo social. Y son ellos son los que crean más comunidad cultural cuando abren sus cafés, sus revistas o sus galerías.
Son personas admirables que un día, hartos de los burócratas, dicen: “Voy a hacer un centro cultural y poner un cafecito, voy a fundar una editorial”. Y todo eso es bastante heroico. Por ejemplo, acabamos de estar mi editor, Marcelo Uribe, y yo en Mérida en la Casa Elena Poniatowska que ha puesto su hija Ana Paula. Y ese espacio tiene un cineclub y talleres y un montón de cosas. Está, obviamente, en la calle 68 y está padrísima. Lo de los emprendedores culturales sí que son heroísmos porque todo aquel que ponga un centro cultural ayuda a todos los creadores artísticos porque siempre estamos navegando en el desierto y, aunque haya, no hay todo lo que se requiere, poner una casa de la cultura siempre significa un gran esfuerzo y creo que es lo más necesita este país.
Las palabras de Parra son idénticas a las que dijeron en el siglo XIX varios viajeros extranjeros que pasaron por Xalapa y que, gratamente sorprendidos por las veladas musicales y literarias con las que fueron agasajados, consideraron a Xalapa “la Atenas veracruzana”, donde los escritores encuentran los lectores que desean, entre nieblas, cafecines y espejos de tinta.

Por Arturo Mendoza Mociño

El rostro siempre distinto de Juan Vicente Melo


Melo con el chelista Pablo Casals. Foto: archivo personal de Melo
Inéditos como conjunto, los ensayos de Juan Vicente Melo que integran La vida verdadera, publicado a escasos días por el Instituto Literario de Veracruz, revelan las simpatías y complicidades que trazan la obra narrativa del escritor veracruzano, “un clásico secreto de nuestra literatura”. De Juan Javier Mora-Rivera, compilador de esta docena ejemplar de ensayos, ofrecemos un fragmento del prólogo que antecede a esta espléndida antología.
Uno
Las postrimerías de la vida literaria de Juan Vicente Melo Ripoll (Veracruz, 1932-1996) parecían una versión de Los papeles de Aspern: la mítica leyenda de un autor cuyos últimos escritos terminaron perdidos y extraviados, a pesar de ser referidos con fechas, años y casas editoriales precisas. Las tramas de esas páginas habían sido ya imaginadas, trazadas y concluidas por otros, e incluso existían comentarios de críticos que sostenían haberlas leído en exclusiva, poniendo como constancia de sus afirmaciones su prestigio personal. Melo, aún en vida, había pasado de ser el gran autor de la Generación del Medio Siglo o de La Casa del Lago a una leyenda literaria, sumamente identificado pero pocas veces leído.
Prueba de ello la otorga Guillermo Villar cuando, en el prólogo a La rueca de Onfalia, rememora la noche en que un supuesto periodista alababa exageradamente a Melo. Villar, molesto por la ignorancia del advenedizo –esas alabanzas exageradas parecían falsas, sonaban huecas–, le sugiere: “si vamos a hablar de literatura, por qué no hablamos también de otros libros y otros escritores; de Los muros enemigos o La obediencia nocturna, por ejemplo. El tipo, mirándome furioso, me contestó: Usted no es otra cosa que un majadero, y no vamos a hablar de esos libros porque son insoportables, traté de leerlos y terminé tirándolos a la basura´ ”.
A diferencia de la novela de Henry James, Juan Vicente pudo presenciar y sufrir todo lo que sus “atentos lectores” inventaban y el valor que tenía su literatura para sus “conocedores y críticos”; y en lugar de combatir tal cantidad de equívocos y malentendidos, decidió cultivarlos, pues veía en ellos un juego que le divertía, tal vez porque sólo él conocía la verdad de cada hecho y de cada dicho; tal vez porque esa serie de mentiras e inventos, construidos y alimentados por él mismo (siempre invento cosas: de mí, de lo que sucedió respecto a mí, de lo que pasó en una fiesta, de mi personal comportamiento), le permitían sobrellevar esa realidad que él definía como insoportable, de la cual descansó sólo hasta su muerte.
Tal como sucede con Jeffrey Aspern, la posible existencia de un puñado de escritos mantiene entre algunos el interés por la obra de Melo. A diferencia de la novela de James, esos escritos míticos mantendrán con vida a Melo hasta el último suspiro. “Uno creería que usted espera encontrar en ellos la respuesta al enigma del universo”, afirma la Señora Prest al narrador en la novela de James. Tal vez esa misma razón podría ser la que llevaba a Melo a construir verdades alternas: como una estrategia para encontrarle sentido a su atormentada existencia, donde imaginar, inventar y escribir le ayudaban a superar el agobio del mundo cotidiano.
Dos
Reviso varios de los libros de Juan Vicente Melo hasta ahora editados y advierto ciertos rasgos en común: sólo se consigna su obra como cuentista, crítico musical y novelista; se refiere su formación profesional como médico, con especialidad en Dermatología, a partir de sus estudios realizados en París. Se agrega que luego de renunciar a ejercer su profesión –en una familia entregada y obsesionada a la medicina–, fungió como responsable de un efímero suplemento cultural de El Dictamen, director de la Casa del Lago de la UNAM, del Museo de la Ciudad de Veracruz, del Departamento Editorial de la uv y de su revista insignia, La Palabra y el Hombre, además de que recibió varios homenajes en vida por su labor literaria.
Se citan La noche alucinada (1956), Los muros enemigos (1962), Fin de Semana (1964), Juan Vicente Melo [Autobiografía] (1966), La obediencia nocturna (1969), El agua cae en otra fuente (1985), Notas sin música (1990), La rueca de Onfalia (1996) y Cuentos completos (1997) –que incluye Al aire libre–, todas con sus respectivas reimpresiones y rediciones; alguno consigna la traducción al francés de La obediencia… (La Différence, 1992, versión de Viçent Gimeno).
Casi ninguno repara en su interés por el ensayo literario o su labor como traductor, plasmada en Revista Mexicana de Literatura o S.Nob. No se menciona que fungió como coordinador de mesas redondas y conferencias en el Instituto Francés de América Latina (ifal) o la uv; que trabajó en el Comité Organizador de los xix Juegos Olímpicos en México, dentro de la Olimpiada Cultural.
Sólo la Historia de la Literatura Mexicana: desde los orígenes hasta nuestros días de Carlos González Peña consigna que había publicado De música y músicos (Imprenta Madero, 1967). O bien, que Notas sin música tenía como inspiración La música de nuestro tiempo, de Antoine Goléa, el libro que Melo tradujo para Ediciones Era en 1967, dos años antes de la publicación de La obediencia nocturna.
En cambio se habla de El festín de la araña, el “relato largo” que nunca fue editado, a pesar de que algún diccionario de escritores mexicanos lo consigna como publicado. Algún estudioso de la obra de Melo explica que se trata de un “libro perdido, alguna vez publicado dentro de la colección Alacena de Era”. Desde 1967 al menos, el título se refiere en varias de las contraportadas de sus libros y es multicitado por varios investigadores, coincidiendo todos en su supuesta trama, sin que nadie hasta ahora confirme su hallazgo. Tratando de explicar el origen del tal confusión, Luis Arturo Ramos aduce que ese nombre fue posiblemente uno de los que Juan Vicente manejó para la póstuma La rueca de Onfalia, pues esa es la idea presente en el texto: un relato que se teje y desteje para volver a replantearse conforme se avanza en la lectura, o bien el delirio de una mujer que, en pleno trance de melancolía, obsesivamente repasa su historia de desamor juvenil. Otra versión apunta a que Melo tradujo el libreto de un ballet de Albert Roussel, intitulado justamente Le festin de l’araignée; y la desidia y falta de rigor crítico permitió que la atribución se continuara hacia alguna narración de Melo: de ello han dado cuenta, desde la literatura y la música, José Homero y Luis Ignacio Helguera, quienes denunciaron varias veces la persistencia de ese error.
José de la Colina sostiene que Juan Vicente Melo es, ante todo, un clásico secreto de nuestra literatura. El autor de Ven, caballo gris tal vez se refiera no al tipo de escritura de Melo o a la manera en que aún circula entre las nuevas generaciones, sino a la indiferencia que la academia ha tenido para con su obra; al desinterés de los responsables de las instituciones culturales (¡un titular de alto nivel de la cultura de Veracruz afirmaba en público, durante la presentación de una reciente antología de cuentos de Juan Vicente Melo, con profunda seguridad, haber leído con vehemencia e interés La desobediencia nocturna!); a la leyenda negra que pesa sobre la vida de Melo después de 1969, construida a partir del burdo acoso y la sucia persecución orquestadas por Gastón García Cantú que fijó en Juan Vicente a su chivo expiatorio, cuando su propósito fundamental era librarse no sólo del poeta Jaime García Terrés –responsable de Difusión Cultural de la unam–, sino también de los integrantes de la Generación del Medio Siglo que laboraban en varias dependencias de universidad, cuando conformaban la tan envidiada maffia literaria, según lo explican por separado Huberto Batis y Eugenia Revueltas.
Concluyo por ahora que no hay razón para que parte de la información omitida por otros y referida líneas arriba sea de obligada cita en cualquier otra edición de Melo. Sin embargo creo que a Colina le asiste toda la razón. Melo es ese clásico secreto, inédito aún, que se encuentra a la espera de nuevos lectores; y a pesar de dicha condición, los ecos de su escritura, manifiesta hoy en esta breve reunión de sus ensayos, bajo el título de La vida verdadera –publicados a iniciativa y generosidad no sólo del Instituto Literario de Veracruz, Rafael Antúnez, Rebeca Piña, sino también de los herederos literarios de Juan Vicente Melo–, adquieren sentido a partir de lo declarado por Melo a Humberto Batis en una entrevista de 1964, publicada en Cuadernos del Viento: “Mi vida verdadera serán los libros que algún día escribiré”. Esta breve selección de ensayos, dispersos hasta ahora, escritos desde ayer, nos permiten ver el rostro siempre nuevo de Juan Vicente Melo.
Tres
¿Persiste en los ensayos literarios de Juan Vicente Melo la “prosa musical” propia de su narrativa, de acuerdo con la crítica especializada? No es una pregunta sencilla de responder, considerando que se habla de dos expresiones literarias distintas, de intenciones diferentes. Más aún, la “prosa musical” señalada por la crítica, advertida por Melo mismo (se ha convertido ya en un lugar común que me fastidia), podría sólo apreciarse en la obra narrativa.
En el ensayo Melo tiene otra serie de intenciones y lo organiza de forma distinta. Para Juan Vicente, faro y guía en este género fueron Tomás Segovia y Octavio Paz, no sólo como inspiración literaria sino como un ejemplo de lo que implicaba ejercer la crítica: “en un mundo regido por cadáveres, tanto Octavio Paz como Tomás Segovia nos obligan a sentir confianza en nosotros mismos, confianza en el arte […] En la poesía, en el ensayo, en su investigación creadora, han señalado nuevos caminos, han puesto en vigencia mitos enterrados, han hecho brillar soles extinguidos, han examinado al hombre y su lenguaje como objetos mágicos y como estructuras”, escribe nuestro autor. De Segovia adquiere la disciplina, el acercarse a temas filosóficos y del arte; de Paz, las ideas e interpretaciones acerca del significado de la escritura y la búsqueda que se persigue en la literatura, detallados en El arco y la lira, lo que resulta evidente en toda su generación –desde Arredondo hasta Colina, pasando por García Ponce, Elizondo, Valdés, Pacheco o Becerra– y en sus obras, se trate de poesía, cuento, novela o ensayo.
Melo, es cierto, es identificado como el creador de la crítica musical en México, pero también fue un intenso difusor de las letras francesas en nuestra lengua –como también lo era Tomás Segovia, o Juan García Ponce, Carlos Valdés y Salvador Elizondo de los autores germanos o Isabel Fraire de los norteamericanos del siglo xix y xx–. Melo, para decirlo más claro y sin menosprecio de sus contemporáneos fue quien tenía más por perder al decidir ser escritor. A diferencia de todos, Melo había estudiado una carrera profesional, y era uno de los especialistas más brillantes en Dermatología a principios de los años sesenta, pero como casi todos sus amigos era originario de la provincia, espacio que volvieron ficción y poesía una y otra vez a partir de temas universales. Como en parte hicieron García Ponce y Arredondo, renunció a una herencia familiar por alcanzar su afán de escribir libros tan excepcionales como La obediencia nocturna o Fin de semana. Junto con Pacheco y Pitol posee una obra narrativa y ensayística brillante e impecable. Al igual que en el caso de Colina, Valdés, Ibargüengoitia o Arredondo, ahora su obra no se lee y se estudia poco.
En este género, en la breve selección incluida en La vida verdadera, Melo aspira con rigor, orden, disciplina y análisis críticos a desentrañar la búsqueda y transformación del otro, el encuentro con Dios, la soledad como forma de subsistencia y de defensa ante el dolor ocasionado por el amor, la imaginación y el deseo como opciones para vencer a la muerte, el descubrimiento de la noche (nuestra parte nocturna diría Paz) como elemento esencial e inherente del hombre, los vínculos entre el amor profano y el amor divino, sus hallazgos de nuevos autores…. Podemos reconocer en sus palabras un espejo en el cual se proyecta la obra de los autores que admira y le obsesionan respondiendo preguntas que tal vez de tan obvias parecieran no requerir más explicaciones. Ejemplo de lo anterior sería la nota de Juan Vicente para atender la edición de Dormir en tierra de José Revueltas, publicada originalmente en Revista Mexicana de Literatura, aunque lo antes afirmado sirve también para referir sus ensayos sobre George Bernanos, Julien Green, Max Aub, Tomás Segovia, José Emilio Pacheco o sus comentarios a la obra de los poetas que le deslumbran: Paz, Pellicer, Becerra, Hernández…
El horizonte de producción de los ensayos de Melo, en su mayoría, corresponde al periodo que va de 1959 a 1988, años en los que “vivió en una suerte de vértigo los que fueron, seguramente, los años más importantes de su vida”, como afirma Guillermo Villar. Luego de esos años Melo no dejó de escribir y es posible ubicar notas y comentarios dispersos hasta el mismo año de su muerte, aunque su prosa manifestaba menor contundencia.

Definitivamente no encontraremos en el ensayo literario de Juan Vicente Melo esa prosa musical que hipnotiza a los lectores de sus novelas y cuentos. Melo-Juan Vicente supo ver en el ensayo el campo fértil para la construcción de una poética personal, útil también para explicar su universo literario, convirtiendo sus palabras en logro estético que fuera más allá de lo periodístico al aspirar, como recomendaba Paz, a la voluntad por el conocimiento y el saber, exento siempre de pretensiones personales. Melo nos guía en el descubrimiento de los modos de pensar y de sentir de sus autores, deslindando razón, moral o buenas costumbres en cada obra literaria analizada y advirtiendo la búsqueda que cada autor o personaje realiza de la parte nocturna de su ser. Sueño e imaginación continúan presentes en estos párrafos, enfrentado a Melo la disyuntiva: entre dos posibles explicaciones de un fenómeno o un hecho, pudiendo optar entre el argumento racional y el maravilloso, Juan Vicente elige aquel que da paso a la fantasía, a lo extraordinario, no sólo porque le parece el más convincente, sino porque le permite explicar y enfrentar la intolerable realidad.

Por Juan Javier Mora-Rivera