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Novela con aliento selvático



El texto que leerán a continuación es la reproducción de las palabras que pronunció el poeta Enrique Pimentel durante la presentación de Historia de todas las cosas en el Centro Cultural Profética de Puebla.
En la ingenuidad y vigor de la pintura de Rosseau  que ilustra la portada de la nueva novela de Marco Tulio Aguilera Garramuño hay algo así como un adelanto del  erotismo salvaje que campea en las páginas de  Historia de todas las cosas (Educación y Cultura, México; Trama Editorial, Madrid, 2012).  Hay en la pintura y en la novela un primitivismo feroz que nos enfrenta a una agresiva y fundamental propuesta erótica. El erotismo al que se entregan las criaturas angélicamente condenadas de San Isidro de El General, pueblo-ciudad protagonista de esta obra, es un despliegue fársico hecho de jadeos primaverales y de resuellos agónicos, más cerca de las fiestas del dios Priapo que de los  de los rituales demorados e íntimos de los castos  pornógrafos. Y  esa erótica presente en la novela, me parece, corre paralela a la del texto poético: en la sintaxis, en la adjetivación barroca y exuberante de Marco Tulio, hay toda una propuesta erótica y que, de alguna manera, hace vigente la afirmación de Octavio Paz cuando nos dice que la relación entre erotismo y poesía es tal, que puede decirse sin afectación, que,  primero, el erotismo  es una poética corporal y que, la segunda,  la poesía, es una erótica verbal. En esta novela, el amor, el sexo, las mujeres, son un cuerpo en medio de una selva de palabras, como lo es La mujer en el sofá  en esta selva que pinta El Aduanero Rosseau.
No me  parece exagerado decir que Marco Tulio reinventa esa erótica verbal para su propio beneficio,  y que al hacerlo reinventa, inventa otras cosas, entre ellas a sí mismo. Y es cierto, Marco Tulio Aguilera Garramuño es un invento que uno debe buscar en las calles de San Isidro de El General, o más bien en las páginas de Historia de todas las cosas, esa novela que se publica reenergetizada o remasterizada, causando de nuevo inquietud y sorpresa en el mundo literario de habla hispana, quizá porque han transcurrido ya 36 años desde que saliera publicada por primera vez en Argentina por ediciones La Flor, la misma editorial que publicó a Quino y su Mafalda. Originalmente la novela de Marco Tulio fue publicada  bajo el circunspecto título de Breve Historia de todas las cosas. A pesar de los años transcurridos y a pesar de haber sido reescrito e incansablemente revisado por su autor, este libro esperpéntico, sudoroso, amoroso  y extenso, es uno de esos bichos que va por ahí con la mala fama a cuestas: que si es Cien años de soledad, pero más divertido; que si el autor es el mismísimo García Márquez , o más bien el mismísimo Antigarcía Márquez; que  si  su apetito se extiende más allá de los mitos fundacionales, se estaciona en los personajes que como un mosaico abigarrado  invertido deambulan por calles, casas, cantinas y burdeles de San Isidro de el General movidos por el puro impulso de su libido, su hambre, o su desazón.
Más allá de chismes literarios y meticherías de críticos, Historia de todas las cosas es una novela que se sostiene por su enorme calidad literaria, así como por su exuberancia imaginativa. Su aliento selvático nos planta sin misericordia en medio de una plaza, a veces en medio de una selva, donde el sol rezuma y mata los malos pensamientos. Los humanos de carne y hueso de este pintoresco pueblo habitan según algunos estudiosos sin remedio en Colombia, aunque otros insisten en suponer que habitan en Costa Rica. Son seres extremistas que se deslumbran y se desbarrancan en los socorridos moldes de la picaresca universal.
Para mí, Historia de todas las cosas es, sin duda, una de las obras fundamentales, capitales, de la moderna picaresca en lengua española. Porque la larguísima corte de los milagros de Historia de todas las cosas, como su nombre lo indica, refleja o retrata los estereotipos más convencionales, para desmandarse con ellos, para desnudarlos y ponerles ropas nuevas y de esa forma presentarnos una cara renovada de las largas, existentes y vigentes en todo latinoamericano que se respete.
Atento a su propio proceso creativo, el narrador de esta originalísima historia de todas las cosas  se mete, como chivo en cristalería, a comentar pasajes y a opinar sobre lo acontecido con una impunidad que sólo la proverbial soberbia de su autor puede sustentar, pues el universo creativo de Marco Tulio Aguilera Garramuño, el dios único y único diablo el defenestrador principal, es quien sostiene la sartén por el mango y pobre del que se queje, incluso si es el autor mismo.

Historia de todas las cosas no es sólo una novela, sino también es una trampa, una trampa porque Marco Tulio Aguilera Garramuño es también uno de los mejores cuentistas que hay actualmente en la lengua española. Esa novela que es una novela río, también  puede leerse, como él lo hace, al azar, en cualquier capítulo, porque también tiene atrás la maestría que ejerce en el cuento, muchos de estos capítulos pueden ser cuentos por sí mismos. Y ello sucede como sucede un poco con las historias que nos cuenta el Quijote, y  bueno, aquí también hay un paralelismo que decía yo en la mañana: así como  el Quijote de Cervantes es una recreación satírica de las novelas de  caballerías, así también yo leo Historia de todas las cosas como esa recreación satírica que puede superar en calidad y en intención a las novelas, no sólo de García Márquez, sino de todo el realismo mágico (y no creo estar exagerando): Historia de todas las cosas no es pues la epopeya de la vida latinoamericana, no persigue entender ni fundar una mitología ni una épica, es una travesía por un imaginario narrado por un aventurero de la palabra, una parodia de la vida sentimental, pasional y cotidiana de seres que parecen sacados de los más oscuros retratos de la historia del día a día de cada pueblo nuestro, de cada casa, de cada alcoba, de cada burdel, de cada esquina donde se gestan las pequeñas risibles y grandes ambiciones de personajes demasiado cercanos a nosotros mismos.♦

Por Jorge Enrique Pimentel


Vencido mas no derrotado



Knock Out de Darío Carrillo, es para Roberto Gutiérrez Currás, un poemario que “presenta al box como una metáfora de la vida; la vida, que no es justa, y en consecuencia el box, que tampoco lo es”. Es también, prueba de que la literatura le debe más al boxeo que el boxeo a la literatura.
El boxeo es un arte noble y el arte es un juego salvaje. Eso pensaba hasta que hace poco me desvelé viendo el combate entre Maravilla Martínez y el inglés Martín Murray. Pensaba –quizá porque sólo he mostrado interés por los grandes combates: Mano de Piedra Durán, Foreman, Mohamed Alí– que el box era directo y frontal. Que, al contrario que en el mundo del arte en el cual me muevo, el boxeo era menos subjetivo. Nos damos con todo; uno gana y otro pierde.
Pero el combate que me desveló me quitó la venda. Viendo a un supuesto Maravilla Martínez con los brazos abajo, peleando en su casa y a quien el inglés mandó a la lona en un par de ocasiones y le dejó la cara como un mapa. Es un duro Martínez: aguantó los trancazos, pero de ninguna manera merecía ganar. Reflexionando sobre Knock Out de Darío Carrillo, caí en la cuenta que este poemario presenta al box como una metáfora de la vida; la vida, que no es justa, y en consecuencia el box, que tampoco lo es.
Al terminar el combate, Maravilla se fue a su esquina, levantó los brazos como si fuera Rocky Balboa buscando a su mujer Adrian y se puso sobre los hombros la bandera de su país. Supongo que para presionar a los jueces. Lo curioso es que las miles de personas que se daban cita en el encuentro, jalearon y quisieron creerse la mentira en el momento en que escucharon cómo daban la victoria al boxeador argentino.
En el arte es similar, aunque no hace falta tanta gente: con unos pocos que te jaleen, porque dicen que saben, el traje del rey desnudo está servido. En ese paralelismo entre la vida y el box, yo he elegido como forma de lectura para acercarme a este libro el box y todo lo que se pueda decir al respecto, victoria, derrota, arte y barbarie; la lírica de lo épico tiene, como digo, su símil en la vida cotidiana.
Es justo decir que quizá la literatura le debe más al boxeo que el boxeo a la literatura, como muestra esta frase del entrenador Cus D’Amato: “Primero transformé la chispa en una llama. Esta se tornó en fuego, y el fuego en un incendio”. Así explicaba D’Amato cómo había entrenado a esa finísima persona llamada Myke Tyson.
Por lo visto, en el combate de esa noche, el teatro también le debe algunas buenas interpretaciones al boxeo. Y no es que el box haya dejado de gustarme. Tengo en mi memoria los buenos combates. Como en la vida, como en el arte, el box le debe su fama a su afición a lo insólito. Ese combate que sólo puede darse una vez y que viene acompañado de otro montón de combates mediocres como el que he citado antes.
El mundo del arte, por ejemplo, que hasta hace poco lo formaban principalmente los artistas, tiende cada vez más y de una manera regresiva a buscar zonas de comodidad. Algunos creadores, como Marcel Duchamp o André Breton,  ni tuvieron que buscarla: nacieron en la alta burguesía. Para los que hoy en día quieren bretonizarse o duchamizarse, se han inventado las becas y los doctorados. El ser funcionario-artista es una actitud cada vez más aceptada. Se pueden tirar cosas al suelo, pero con un colchón que las proteja. Los que eligen la vida como un ring de boxeo no tienen colchón: sólo diez segundos para levantarse.
En el momento en que preparo este texto mi hija de dos años tira su paleta al piso. Supongo que para llamar mi atención. Eso está muy en boga en el arte contemporáneo de un tiempo a esta parte. Y se pierde en un marasmo de reglas y sustentaciones para sustentar que en el arte no se vive bajo ninguna regla. Veo la paleta en el suelo y pienso cómo los artistas tiran cosas al suelo o cómo los boxeadores quieren tirar a su rival a la lona. El box tiene a ratos  todavía eso de políticamente incorrecto. “Mi obra es un 70 por ciento rabia”, decía Jean Michel Basquiat, quien fue un buen pintor de boxeadores. Perdón por el evidente lugar común, pero el boxeo no puede concebirse de otra forma. Nace en Tepito, en el Bronx o en el barrio de Vallecas. Y nace de la rabia. 
El boxeador, como dice Darío, ya sabe: ha elegido una zona de incomodidad en periodos de tres minutos. No hay tiempo para mayores reflexiones. Es de las pocas profesiones donde eso se mantiene.
No es fácil ir sobre la noche
Pero se torna más sencillo
Si recurrimos a la desmemoria
El desenvolvimiento o el desplome
Son las opciones del equilibrista.
En un ring de boxeo no existe la neurosis contemporánea ni la depresión: el boxeador sabe que no puede desperdiciar ni un segundo en pensar demasiado, que la depresión en el cuadrilátero puede ser curada al instante con diazepam y valium en guante comprimido. Pero el boxeador ha aprendido no sólo a vivir en esa zona incómoda que es el cuadrilátero, sino que comprende y acepta su opción de equilibrista. 
Incluso cuando suena la campana y el entrenador comienza a decir todo eso que dice tan rápido y que apenas se escucha, en verdad sólo está intentando que el boxeador no piense. Ese equilibrio se traduce en Knock Out, donde la precisión del verso corto mantiene el ritmo y escenifica la tensión de un combate. Y es también verso que se alarga más en el abatimiento y las tentaciones de renuncia.
Un buen amigo me comentó algo muy importante y a tono con uno de los poemas del libro de Darío Carrillo: “Mira Roberto, en el box existen vencedores pero no vencidos. En todo caso derrotados. ¿Por qué? Porque para el derrotado siempre existe una segunda oportunidad”.
Al acabar el combate aquel, todo el mundo hablaba de que Murray tendría su segunda oportunidad. Hizo méritos, pegó duro y fue valiente. Ningún boxeador quiere dejar el boxeo. Pocos, aunque ahí está esa frase de Finito López justificando su retirada: “¿Con cuántos millones de los que puedo ganar me puedo comprar un cerebro nuevo?”. Es como dejar la vida, como bajar los brazos. Hay ídolos caídos, como el boxeador español Urtain, quien se suicidó años después de dejar el boxeo. Demasiado tiempo para pensar.
El campo en paz después de la pelea
Cuando la historia ya está escrita
Cuando la sangre pinta y ya no mancha.
Y desaparece, como dice Darío, la urgencia del agua en un símil preciso entre la vida y el box. Las urgencias nos llevan, las incomodidades nos mueven, y si eso desaparece, entramos en zona de riesgo;  llega la depresión, la locura. Pero los tipos duros no bailan. Habrá dignidad en la derrota y méritos para la revancha, si se plantan los pies en el suelo.
Al torero Juan Belmonte lo llamaban El Pasmo de Triana, por lo quietecito que se quedaba delante de los toros. Su valentía rozaba la locura. “Juanito –le dijo Valle Inclán una noche–, para que seas perfecto, sólo falta que un día de estos ¡te mate un toro en la plaza!”. A lo que Juanito, Juan Belmonte, respondió: “Se hará lo que se pueda maestro, se hará lo que se pueda”.
Decía el poeta Paul Valéry que para su libro Cementerio marino había prescindido de las palabras para crear primero el ritmo y la estructura, a la que después le añadió versos. Yo creo que Valéry se pasó mucho con eso. A mí no me importa pasarme si digo lo siguiente: si se llevaran de Knock Out las palabras y dejaran sólo el ritmo, seguiría siendo un libro de boxeo. Si se llevaran el ritmo, yo seguiría siendo el amigo del campeón.
Finalmente Darío, te dedico esta frase de Mohamed Alí, para que sigas escribiendo y podamos estar dentro de cinco o seis años presentando otro libro.
¡Soy duro!... He estado talando árboles…Me he peleado con un alligator… Me he pegado con una ballena… He esposado al trueno y he metido al rayo en la cárcel. La semana pasada asesiné a una roca, lesioné a una piedra y mandé al hospital a un ladrillo.♦

Darío Carrillo, Knock Out, Ficción, Universidad Veracruzana, Xalapa, 2013, 107 pp.




Por Roberto Gutiérrez Currás




Variaciones sobre un tema


SONETO PARA DOS ALMAS EN VILO
Héctor Miguel Sánchez revisa Soneto para dos almas en vilo, escrita y dirigida por Martín Zapata e interpretada por Manuel Domínguez y Diana Sedano, obra teatral con varios momentos de gran eficacia y ráfagas de intensidad estética.
Encontramos en el libreto de Soneto para dos almas en vilo, escrita y dirigida por Martín Zapata e interpretada por Manuel Domínguez y Diana Sedano, dos principales virtudes: el absurdo, conducido hasta un grado importante de sistematicidad, y el humor, elevado como contrapunto sobre esta “poética de lo absurdo-fantástico”. En cuanto al primer elemento, podemos decir que, no obstante la aparición de un evento anecdótico que, en un primer momento, parece ser meramente ocioso (la presencia de espíritus del más allá), éste va siendo elaborado y reelaborado a lo largo de la pieza de modo que, de ser un punto que no daba la impresión de conducir a ningún lado, se transforma en el núcleo mismo sobre el que se tejen las “variaciones del absurdo” que constituyen la obra. En cuanto al humor: éste radica, ante todo, en el hecho  de que vemos a los actores hablando solos la mayor parte del tiempo, pues representan, prácticamente sin solución de continuidad, tanto a dos personajes con cuerpo y alma (Laura y Antonio), como a dos espíritus (Carlota y Raymundo) que se han posesionado justamente de estos dos cuerpos; así, vivos y muertos dialogan empleando un mismo elemento corporal, lo que produce ráfagas verdaderamente hilarantes. En cuanto a los puntos de mejora, señalamos los siguientes: el recurso de la meta-teatralidad pudo haber sido mucho más explotado, así como la referencia al soneto Definiendo el amor de Francisco de Quevedo, que si bien tiene una importancia anecdótica en la obra (y figura en el título de la misma), carece de ella desde una perspectiva estética: la complejidad del amor, bien trabajada en este libreto, no requería ya de la intertextualidad explícita –aunque haya sido su fuente de inspiración, pues una obra vive independientemente de sus orígenes.
Desde el punto de vista interpretativo, el montaje nos ha generado una impresión dividida. Por una parte, el manejo del espacio escénico, el “trabajo de piso” y la conexión cinético-gestual entre los actores nos parecieron muy afortunados (lo que se evidenció particularmente en la escena de sexo, lograda a base de pura comunicación no verbal); por otra, en cambio, notamos un cierto mecanicismo y apresuramiento en las intervenciones habladas de Diana Sedano. Por ejemplo: hay una escena en la que se escucha un ruido tras bambalinas y Laura (Diana Sedano) pregunta: “¿Qué fue eso?”; pues bien: antes de que terminara de escucharse tal ruido, Sedano ya había hecho la pregunta, lo que destruyó por completo (al menos para nosotros) el contrato de verosimilitud entre actores y público. Algo similar ocurrió en varias ocasiones más (la respuesta atropellando a la pregunta), situación que no sólo nos impidió disfrutar por completo de la obra, sino que terminó contagiando de alguna manera a Manuel Domínguez, quien en general ofreció una actuación mucho más íntegra: con una bien inflexionada prosodia y una suficiente naturalidad. No obstante, tal vez impulsada por las reacciones positivas del público, que aquella noche lucía muy bien conectado con la representación, Sedano logró también varios momentos de gran eficacia que, al combinarse con el buen desempeño de Domínguez, devinieron en ráfagas de intensidad estética.
Por todo ello, si tuviésemos que calificarlo, le daríamos un 9 (sobre 10) a este montaje. Con él, por lo demás, se inauguró al día siguiente (10 de marzo) el Festival Día Mundial del Teatro Xalapa 2013. ♦

Soneto para dos almas en vilo, escrita y dirigida por Martín Zapata. Con las actuaciones de Manuel Domínguez y Diana Sedano. Foro Torre Lapham de la Facultad de Teatro de la Universidad Veracruzana. Xalapa, febrero-marzo de 2013. Función reseñada: 9 de marzo.

Por Héctor Miguel Sánchez

Argo Affleck


¿YA CONOCEN EL VIDEO DE LO QUE OCURRIÓ EN VIVA AEROBÚS?
Argo, la cinta dirigida por Ben Affleck y ganadora del Oscar a mejor película, es según Raciel D. Martínez en este texto, una película hecha para una causa, “como si atrás de la cámara estuviese el punto de vista de un militante”.
Podría Argo haber sido premiada como el mejor reportaje ilustrado, gracias a la desclasificación de una misión tragicómica, más en la vena de los hermanos Marx que basada en la siniestra historia de la CIA.
Podría Argo haber sido galardonada con un premio especial, político por ejemplo, por la “osadía” de desmitificar a las operaciones de espionaje y poner a ésta –la operación de Argo– como el buen ejemplo, la corrección de las correcciones políticas, de cómo intervenir, chuscamente, sin que se transgredan derechos humanos ni que se mate a personas y que de ñapa sea un final feliz con humor involuntario de por medio –por ello la alusión de la farsa, tal como dijo el otro Marx, Karl, al referirse a la repetición de los grandes hechos.
Podría Argo haber sido impulsada como una gran película metida al código de la televisión, que se distingue de la producción habitual, por una excelente contextualización histórica y política, y poco de aportaciones a la sintaxis y a la estética fílmica.
Loable en muchas aristas, por donde se le vea a Argo, contenida en su afán nacionalista con una bandera muy en el fondo de su fase concluyente y candorosa con la colección de muñequitos que rinden homenaje a la luz de la ciencia ficción serial de Star wars y Viaje a las estrellas, a final de los días, los guerreros blancos de un imperio que luchan en contra de una etérea oscuridad (que puede ser la Estrella de la Muerte o el Islam, qué más da).
También, inclusive, destaca el mérito de presentar, en el contexto de una ola absurda de atentados en escuelas en los Estados Unidos, a un héroe norteamericano que, sin ninguna bala, demuestra al mundo que puedes ser un buen espía patriota y pacífico. Todo eso, vamos, está rebien, pero de que Argo se merezca el título de mejor película, como que no.
Ben Affleck nos sorprendió con Gone baby gone (2007) y de inmediato apostamos nuestra canicas porque en él veíamos, quizás, a un futuro Clint Eastwood que en el tiempo que se filmó Gone baby gone, Eastwood había realizado Río místico (2003) –y la semejanza se acentuó porque ambos filmes citados tienen su plataforma en relatos de Dennis Lehane.
Sin embargo, Argo parece una película maquilada para una causa –la demócrata, por cierto– en busca de golpes de timón que asegurasen su segundo periodo en el poder cuando pendularmente ya lo tenían más que garantizado. El que haya sido la esposa del presidente de Estados Unidos, Michelle Obama, la que entregó el premio, me parece una tirada política maestra –a mi gusto burda por obvia–, que de nueva cuenta enrarece a la estética fílmica en la atmósfera oscarera. El mensaje, insisto, lo abrazo con singular simpatía sobre todo cuando tenemos enfrente la vesania cinematográfica que justifica o no un lenguaje hiperviolento.
Como película, tres secuencias del Django sin cadenas de Quentin Tarantino superan a los 65 insulsos minutos iniciales y a un final anticlimático faltando quince minutos –seguro adrede–, y con un cuarto de hora de epílogo fallidísimo que se pone a explicar la taradez de los servicios de inteligencia iraní.
De pronto pareciera que estamos observando a un Tony Scott de Juego de espías o un tibio Oliver Stone en JFK –vago, subrayo–. Todo lo que hacían de cine político Sidney Pollack o Alan Pakula tiene capas mayores de densidad dramática y ya no hablemos siquiera de la compleja urdimbre de Steven Spielberg en Munich.
Seguro Affleck se apega a los libros de The Master of Disguise de Antonio J. Mendez y The Great Escape de Joshuah Bearman, y por ello mantiene un tono aséptico en su crónica. No pedíamos a un Ridley Scott ni a una Katryn Bigelow con ese pulso taquicárdico de la acción. Cuando menos que Affleck hubiese rescatado algo de su confección de personajes de Gone baby gone que tanto nos gustó. Empero Argo se queda en una capa muy superficial de la anécdota, como si atrás de la cámara estuviese el punto de vista de un militante. ♦

Argo. Director: Ben Affleck. Con Ben Affleck, John Goodman y Bryan Cranston. Duración: 120 minutos. Estados Unidos, 2012.





Por Raciel D. Martínez

Días estenopeicos



El Día Mundial de la Fotografía Estenopeica se celebra el 25 de abril. En la galería AP de la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana se inauguró la colectiva Foto-Estenopeica  con obras de Ángel Rueda, José Marón, Víctor Altamira, Sara Bedin-Londono, Jude Pineda Mayo y Karen Alonso, entre otros. Gasca, además de celebrar la muestra, señala la omisión a Carlos Jurado.
Desde 2001 se estableció que el último domingo de abril de cada año sería el Día Mundial de la Fotografía Estenopeica. Con este pretexto, el 25 de este mes se inauguró Foto-Estenopeica en la galería AP de la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana, una colectiva en la que participan Ángel Rueda, José Marón, Víctor Altamira, Sara Bedin-Londono, Jude Pineda Mayo y Karen Alonso, entre otros alumnos entre los que se cuela un maestro. 
Alrededor de 10 500 miembros y algo menos de 69 000 imágenes en el grupo Pinholers de Flickr (pinhole photography  o fotografía estenopeica) prueban que se trata de una técnica viva y con muchísimos partidarios, incondicionales además.  Como se sabe, una estenopeica (del griego steno, estrecho, y ope, abertura, agujero) es una cámara fotográfica sin lente que consiste en una caja oscura con un pequeño orificio por donde entra la luz y un obturador con el que manualmente se tapa el orificio, que usualmente consiste en un material que no permite el paso de aquélla. Debido al tamaño de esta apertura, el tiempo de exposición con tal tipo de cámaras es mucho mayor al que requieren las convencionales, análogas o digitales, lo que distingue a las imágenes obtenidas con ellas.  
Muchos años antes de Cristo algunos griegos como Aristóteles y Euclides describieron el fenómeno de lo que ahora llamamos cámara estenopeica,  basándose en experiencias naturales como aquélla en que la luz pasa a través de una cesta tejida. Los antiguos griegos creían que nuestros ojos emitían cierta clase de rayos que nos permitían ver, así que el principio estenopeico fue entendido un tanto después, cuando por fin se descubrió que la luz entraba al ojo en vez de salir de él. Fue Ibn al-Haytham, matemático, astrónomo y físico árabe del siglo X, quien divulgó esta idea en su Libro de óptica (De Aspectibus or Opticae Thesaurus: Alhazeni Arabis, por su nombre en latín) y a él se le atribuye la invención de la primera cámara estenopeica. 
En Xalapa, y en particular en la Universidad Veracruzana, desde mediados de los setenta la difusión de la estenopeica se debe al apreciado artista visual Carlos Jurado, autor del libro El arte de la aprehensión de las imágenes y el unicornio, dos pequeñas historias acerca de la cámara fotográfica (1974, pero debe andar en su tercera edición), quien en alguna entrevista llegó a decir: “Empecé a hacer ese tipo de fotografías por casualidad. Tengo una hija, que en los años setenta era muy pequeña y estudiaba en una escuela activa. Un día llegó diciéndome que le habían dejado como objetivo de investigación descubrir cómo se transmite y se proyecta la luz en una caja oscura. Entonces hicimos una cajita para probar. Es una cosa muy antigua. Por curiosidad le pusimos una película fotográfica. Yo tenía un antecedente más o menos primitivo de cómo se revelaba la película. Lo hicimos; me gustó el resultado. Así empecé a hacer esto. Eso fue lo que me inició, la curiosidad infantil de mi hija”.
Esto es un poco lo que se extraña en esta exposición: que no haya alusión alguna a este artista chiapaneco, referente obligado, fundamental, de la fotografía en México (y en Xalapa, y en la UV, para más señas), quien en el texto citado escribiera que las “cajas mágicas” que lograban captar imágenes ya se fabricaban en el Renacimiento: “Se toma un cuerno de unicornio, se aguza finamente la punta, y con él se practica un pequeño orificio sobre cualquier superficie refulgente. Por este orificio podrán hacerse pasar, comprimiendo su esencia, toda clase de personas, objetos y lugares, mismos que deberán ser guardados cuidadosamente en una caja de cartón donde permanecerán por la eternidad, para ser sacados cuando alguien los necesite”.
Para ampliar los hechos, habría que recordar esa entrevista de La Jornada (domingo 26 de septiembre de 2010, p. 2) en la que Jurado afirmó: “A mí me gusta haber inventado una leyenda; incluso, en una ocasión (el cantautor cubano) Silvio Rodríguez dijo que hizo la canción El unicornio azul después de haber escuchado esta historia de la quimera y la fotografía”.
Más allá de esta omisión, de una referencia en la ficha de sala, de una mesa redonda o una conferencia en torno a los aportes de Jurado, Foto-Estenopeica es una muestra de buenas facturas pero también de cómo puede convivir en un mismo quehacer y en una misma institución la tradición y las nuevas tecnologías, si bien de algún modo, directa o indirectamente, se trata de una reacción que expresa alguna clase de vocación por el género de misterio y de operación alquímica, medieval, que involucra esa caja con su pequeño orificio.♦





Por Omar Gasca

Otras formas de contemplar el mundo


Epífita de Abel Zavala
El escultor xalapeño Abel Zavala presenta Epífita en la Galería del Área Académica de Artes, ubicada en el edificio de Rectoría de la UV. La conforman obras de cerámica y porcelana cuya instalación, escribe Manuel Velázquez, “trastoca por completo la experiencia de visitar un espacio de oficinas”. Se trata de una intervención delicada a los sentidos, visualmente estimulante. Abierta al público hasta el 10 de julio.
Las esculturas de Abel Zavala nos proponen juegos sensoriales invitando al espectador a tomar frente a ellos una actitud reflexiva que va más allá de la contemplación y que permita descubrir lo inesperado. En esta ocasión nos presenta su trabajo en la Galería del Área Académica de Artes, de la Universidad Veracruzana. Esta muestra se basa en una mirada abierta y “desacralizada” de la naturaleza. El artista combina referencias al minimalismo y el empleo de materiales cerámicos para diseñar esculturas específicas con las cuales interviene este espacio. Las formas son sencillas, son piezas que funcionan o se activan al momento del montaje. El artista insiste en manifestar formas jugando entre lo figurativo y lo abstracto, no hay gestualidad ni un tema definido, sino la búsqueda de una factura personal. Sus esculturas están pensadas para ser neutrales y así poder ser interpretadas de diversas maneras; como plantas, formaciones minerales, hongos o animales. Las relaciones con el espacio circundante son definitorias en esta obra que resalta tanto por el efecto de la luz sobre el material como por la forma expansiva del montaje.
Esta exhibición lleva por título Epífita,  y no es casual, pues forma parte de un proyecto puesto en marcha por Zavala a partir del análisis del entorno natural y la intervención del espacio arquitectónico como medio y como objeto. La percepción, el espacio y el tiempo son las nociones en las cuales fundamenta sus obras. Lo que le interesa es la integración al espacio y el aspecto matérico. Para esta exposición pensó en el contexto donde estará colocada la pieza: un área de trabajo, de oficinas; así surge la idea de Epífita, cuya nomenclatura refiere a las plantas que crecen sobre otras sin dañarlas, una epífita no parasita a su anfitrión, sino que crece de manera independiente obteniendo únicamente apoyo físico. De la misma forma sus piezas tratan de integrarse a un entorno cotidiano, un espacio de trabajo en este caso, sin perturbar, dañar ni estorbar, como lo haría una bromelia sobre la corteza de un árbol. Este artista concibe todo esto en la forma de relacionarse con el espacio, con sus propias reglas; como una intervención de un site-specific.
Las obras de Zavala juegan con las intersecciones entre el arte, la arquitectura y la intervención. Destacan por su simplicidad formal y el uso de la técnica de la cerámica dentro de planteamientos contemporáneos, además de dialogar con la tradición de la escultura minimalista. Al incluir estos elementos en su obra, pone al espectador en el centro de sus proyectos, le invita a reflexionar sobre su vivencia como público y su percepción del espacio circundante. A este artista le interesa el cuestionamiento de cómo ciertos objetos se presentan o imponen como arte. La vulnerabilidad y delicadeza de las piezas de esta exposición trastocan por completo la experiencia de visitar un espacio de oficinas. Se trata de una intervención atmosférica; de esculturas intangibles puestas en el muro; de piezas que permiten entender la luz y explorar su incidencia en la monocromía, y de la duración e intensidad de nuestra percepción.
Además de influir en nuestro estado de ánimo, Epífita tiene el poder de transformar nuestro modo de contemplar lo que nos rodea, son piezas visualmente estimulantes, múltiples y espaciales. Esta intervención consta de una serie de piezas de porcelana y una más realizada con arcilla obtenida de la loma de Rectoría de la UV, el resultado es un objeto extraño, pero que salió de ahí mismo, que trata de integrarse y reflejar el espacio. ♦

Por Manuel Velázquez

Noches de teatro en Xalapa


Martha Luna [Fotografía: Leticia Olvera]

El teatro es, sin duda, una de las actividades más vivas de la ciudad ­ –gracias a la numerosa oferta de puestas en escena. Cuitláhuac Pascual, teatrero ícono de Xalapa, rememora el ambiente y las condiciones de la capital del estado desde su arribo en la década de los setenta.
Cuando recién llegué con mi familia a Jalapa creo que todavía se escribía con jota. Las calles estaban empedradas en su mayoría; había neblina y chipi-chipi seis meses al año y sólo había cuatro rutas de camiones urbanos, los cuales tenían únicamente dos filas de asientos de madera en los costados, una frente a otra, costaba 25 centavos el pasaje y como no había cambio te daba el conductor unos cartoncitos que valían cinco y juntando varios podías pagar con ellos el autobús… Corría el año de 1974… Creo que me estoy poniendo nostálgico.
Un poco después, cuando estaba en el bachillerato, tuve la fortuna de ir a la Sala Chica del Teatro del Estado a ver montajes memorables a cargo de la Compañía Titular de Teatro de la UV y de la Infantería Teatral. Obras como En los bajos fondos, dirigida por Julio Castillo, o Saco y Vanzetti, actuada por Claudio Obregón y Salvador Sánchez; así como Cúcara y Mácara o La ñonga dirigidas por Enrique Pineda; sin dejar a un lado a La Caja, entonces recién inaugurada, viniendo a mi memoria Marat/Sade dirigida por Marta Luna.
Después de ver teatro el fin de semana había dos lugares en el centro para ir a platicar, uno era La Parroquia, que todavía existe, la cual era algo cara o elitista, según algunos, ya que ahí solo asistían los “artistas verdaderos”, los directores de dependencias, actores profesionales, músicos de la Orquesta Sinfónica, a dilucidar sobre los rumbos de las nuevas políticas y tendencias culturales de la capital.
Por suerte también estaba un auténtico café de chinos, todo largo y con bancas de madera con los respaldos encontrados y un chingo de pan (no me acuerdo cómo se llamaba: Chop Suey, creo, o tal vez estoy siendo cliché). Estaba en la calle de Enríquez, donde está ahora el Burguer King o la Lotería Nacional, ya no lo ubico bien.
Los dueños chinos siempre estaban  sentados y callados hasta el fondo del café, donde Belén nos atendía, una mesera como de 60 años muy regañona pero de buen corazón. Cuando llegábamos enseguida nos ponía una charola de pan en la mesa ya que solo se podían vender cervezas con alimentos y ella sabía que nada más íbamos a beber.
Se comentaba el teatro, si había una buena función o estreno, el concierto de la Sinfónica del viernes cuando había llegado una nueva solista… También comentábamos, cervezas y cigarros de por medio, sobre el ciclo de cine del Ágora, (excelentes, además se podía fumar en la sala), del Cine Club de la UV. La escasa cultura cinematográfica que poseo fue gracias a esas dos salas (bueno, seré sincero, también de vez en cuando iba los miércoles al cine Radio). Si alguien tenía un poco más de dinero para invitar podíamos rematar en la entonces recién fundada La Tasca, donde se podía uno ligar a una que otra gringuita que venía a los cursos de verano… acompañados con canciones de protesta de Los Calchaquis, Atahualpa, Silvio o Mercedes Sosa…
Ya entrada la década de los ochenta, en Xalapa (no supe desde cuándo se empezó a escribir con x, seguro me estaba sirviendo otra chela Belén) ocurre una explosión en todos los ámbitos de las artes y la cultura siendo sede de encuentros y festivales nacionales e internacionales (no tanto en lo que se refiere al teatro, más bien casi nulo: a no ser por Candilejas y su Teatro de Alacena actual) consolidándose como una capital cultural en el país.
En algún momento, dentro del fluir de ideas y personas de todo el mundo que se venía dando en la ciudad, me imagino que de pronto alguien muy abusadillo gritó algo así como: sálvese quien pueda o puto cola o algo así (o también pudo haber gritado: “Dios, no te pido que me des sino que me pongas donde hay”, o “Él que no se mueve no sale en la foto”, o “Es preferible vivir en el error que fuera del presupuesto”, o cualquiera otra de esas perlas priistas que tenemos injertados los mexicanos hasta la médula), ya que de pronto son acaparados los puestos claves (plazas, les llaman) de la cultura tanto dentro de la UV como del gobierno del estado y municipal generando la institucionalización de La Cultura y Las Artes. A mí ni me miren, yo no estaba ahí, ni me enteré, ni me invitaron (seguro ya andábamos en ese entonces por La Tasca).
Actualmente la ciudad es un monstruo enorme que ni se me antoja describirla por inabarcable y llena de automóviles, aunque es necesario reconocer que uno de los grandes beneficios de los que gozamos los teatreros xalapeños es que aparte de la oferta oficial e institucionalizada que existe actualmente a cargo de la Orteuv, dirigida por Alberto Lomnitz y Boris Schoemann, Tisev, bajo la batuta de Yaco Guigui, Teatro Ambulante, otrora del fallecido Dagoberto Guillaumin y ahora con Enrique Málaga, se oferta un sinnúmero de propuestas escénicas diferentes en los más variados espacios de la ciudad y no propiamente en los teatros.
Cada semana se amalgaman las propuestas en una cartelera extensa que ningún medio la tiene completa, pero creo que llenaría varias páginas de cualquier rotativo. La oferta es nutrida por montajes de un gran número de grupos libres (no me gusta la palabra independiente, ya que el teatro no puede serlo) que le apuestan tanto a la taquilla como a ganarse uno de los escasos y peleados apoyos oficiales que cada año se ofertan para la comunidad artística (si logras alguno es casicasi como sacarse la lotería y volverse loco un rato).
Los grupos son muchos y merecen una atención aparte; por lo pronto me vienen a la memoria algunos como Teatro la Libertad, Chicantana, Caramba Teatro, Umbral, Así le dijeron a mi hermana, Espacio Vacío, Akbal, Vulcanizadora Producciones, Converso, Rueda, Pável, Merequetengue, Títere Vivo, Febrero 10, Producciones Cañandonga, Foro X, Salvatore Rogan Arte Escénico, Hombre Gacela... pero hay más. ♦



Por Cuitláhuac Pascual

Xalapa hoy: un monstruo urbano*


Tráfico y otras historias [Fotografía: Gina Collins]


A partir del último censo de población, Hipólito Rodríguez realizó esta radiografía de nuestra ciudad. Su crecimiento demográfico trae aparejado un sinfín de problemáticas que la han llevado a ocupar uno de los primeros puestos de las ciudades más caóticas del país. Los datos de 2010 sobre su despliegue ya prefiguraban lo que ahora ocurre, sin embargo, “las autoridades responsables de ordenar la organización del espacio urbano no adoptaron las medidas pertinentes para hacer posible la circulación urbana. Cuando había planes, estos se ignoraban”.

De acuerdo a datos de 2010, la zona metropolitana de Xalapa suma una población de poco más de 666 000 personas. Hace diez años, reunía 555 000 personas. En una década, la población aumentó 111 000 personas, una tasa de crecimiento que nos coloca hoy ante múltiples problemas.
La ciudad central, la zona que Xalapa ocupó hasta 1950, se hallaba organizada de acuerdo a una estructura que surgió en la época colonial. Por la peculiar fisiografía de su territorio, la ciudad se fue construyendo sobre pendientes muy pronunciadas. Con una topografía irregular, se expandió en forma espontánea con una traza de plato roto: una disposición no reticular de las manzanas. Lo que hoy denominamos centro histórico posee esa composición singular.
Sin embargo, la ciudad que creció a partir de los años sesenta tiene una disposición disfuncional cuya explicación se encuentra ya no en la topografía sino en la ausencia de mecanismos de planeación. En los años ochenta y noventa proliferaron asentamientos irregulares en el norte de la ciudad, más allá del cerro Macuiltepetl, ocupando territorios pertenecientes a los municipios de Banderilla y Tlalnehuayocan. Su despliegue ocurrió de forma tan desordenada que hoy tenemos problemas para introducir vías de circulación que permitan comunicar a las poblaciones que ahí residen con el resto de la ciudad.
A pesar del acelerado crecimiento demográfico, las autoridades responsables de ordenar la organización del espacio urbano no adoptaron las medidas pertinentes para hacer posible la circulación urbana (avenidas, circuitos). Cuando había planes, estos se ignoraban. Si en los años ochenta el gobernador Acosta Lagunes construyó dos avenidas que hoy son fundamentales para conectar al norte con el sur de la ciudad (Ruiz Cortines y Murillo Vidal), en los últimos años enfrentamos una carencia de iniciativas para brindar nuevas opciones de movilidad. Después de obras como el Circuito Presidentes, que permitió conectar el oeste (carretera a Coatepec) con el este (carretera a El Castillo), y el Arco Sur, que abrió una conexión con la nueva zona de expansión urbana, hacia el municipio de Emiliano Zapata, no se ha hecho nada importante. Hoy, la estructura vial es claramente insuficiente para albergar la creciente masa de vehículos que circula por la ciudad. Fidel Herrera se limitó a construir puentes que más que remediar el problema sólo sirvieron para propiciar embudos, una metáfora que describe con exactitud a un sexenio fallido.
Pero, ¿ha cambiado la naturaleza del crecimiento habitacional? Hasta principios de 1990, Xalapa produjo sus espacios residenciales a partir de tres procesos: a) autoconstrucción (en terrenos regulares e irregulares); b) construcción particular con recursos propios; y c) construcción financiada por el Estado. El primer tipo corresponde a estratos populares; la autoconstrucción dio origen a los asentamientos del norte y el este de la ciudad, sobre todo en la época de rápido crecimiento (1980-1990). El segundo tipo corresponde a estratos medios altos; es el modelo de construcción que prosperó en las zonas del centro y el sureste (a lo largo de las avenidas 20 de Noviembre y Murillo Vidal, y sobre todo en el grupo de colonias conocido como Las Ánimas). Y el último tipo es propio de los estratos medios bajos (trabajadores amparados por organizaciones sindicales insertas en el gobierno, el sistema educativo y el sistema de salud). En los años setenta y ochenta bajo ese esquema se formaron las colonias Inmecafé, Fovissste, Sahop, Xalapa 2000 y, más recientemente, Jardines de Xalapa. Después, la oferta de vivienda apoyada por el Estado deja de existir y comienza a tener mayor relevancia la vivienda popular construida por empresas constructoras nacionales (Casas Geo, Homex, etcétera), adquirida a través de créditos hipotecarios negociados por el sistema bancario. Dada la baja calidad de este tipo de viviendas, asistimos a un nuevo tipo de irregularidad: las quejas por el rápido deterioro de las construcciones son generalizadas.
El contraste entre la calidad de los espacios habitacionales promovidos por la propia población y los producidos por las nuevas empresas constructoras es notable. La vivienda fruto de la autoconstrucción permite ampliaciones y mejoras progresivas mientras que la vivienda producida de manera industrial no permite ampliarse ni mejorarse. El papel de las instituciones bancarias al financiar créditos hipotecarios que validan viviendas de mala calidad merece examinarse de manera crítica.
La dinámica de expansión urbana en Xalapa ha ocurrido a costa de áreas verdes y tierras que habían servido para la producción agropecuaria. De acuerdo con estudios realizados por la doctora Griselda Benítez en el Inecol, el crecimiento poco ordenado ha contribuido a ampliar la dispersión de la mancha urbana, generando una suerte de archipiélago alrededor de la ciudad central. La periferia ahora se extiende de manera discontinua sobre un territorio muy amplio; una multiplicidad de islas alejadas unas de otras cubre el paisaje. Para acceder a los servicios y los mercados de trabajo, la población se ve obligada a contar con automóvil o a utilizar los sistemas de transporte colectivo, aumentando el gasto en energía y dedicando al traslado más de dos horas en promedio diariamente. La pérdida de eficiencia de la ciudad se refleja en el creciente congestionamiento de sus principales arterias de comunicación.
En el año 2000 había 66,931 vehículos en el municipio. De ellos, 50,246 eran automóviles privados, y 772 eran camiones de servicio público; el resto eran camiones de carga. Considerando que la población en ese año era de 390,590 personas, se estima que había 5.8 habitantes por vehículo. El número de habitantes por vehículos de transporte colectivo era de 505 y el número de habitantes por autos privados era de 7.8.
Para el año 2010 el incremento del número de vehículos en el municipio fue notable, pues creció a una tasa mucho mayor que la de su población, que en ese año sumaba 458 000 personas. En total, en Xalapa se registraron 149, 745 vehículos. Es decir, en apenas diez años se duplicó el número de vehículos motorizados con registro en el municipio. El incremento obedeció a la multiplicación de autos privados: pasaron de 50 000 a 113 000, lo que equivale a tener ahora 4 habitantes por vehículo. El transporte colectivo (camiones) pasó de 772 a 1,412; en otras palabras, el número de personas por vehículos de transporte colectivo ahora equivale a 324.
El incremento de los vehículos ocurrió tan rápidamente que los espacios de circulación disponibles no alcanzaron a crecer en la misma proporción y se saturaron rápidamente. En contraste, la alternativa del transporte colectivo creció a una tasa menor. Hoy la ciudad se encuentra saturada por una alternativa costosa y poco eficiente, el taxi y el auto particular, en detrimento de aquella (el transporte público colectivo) que podría contribuir a mejorar la movilidad a un costo mucho menor en términos de la infraestructura necesaria para su circulación y el gasto energético que exige.
El crecimiento poco ordenado ha planteado los siguientes problemas: una creciente ineficiencia del espacio urbano: sin obras que amplíen las opciones de circulación, la población enfrenta enormes problemas para la movilidad cotidiana; un crecimiento no planeado genera dispersión, baja densidad, alejamiento de las poblaciones respecto de la infraestructura y el mercado laboral; y esto aumenta la necesidad de mayores inversiones en infraestructura; genera impactos indeseables sobre el entorno natural, las áreas productivas y los recursos hídricos; suscita deforestación y pérdida de áreas de recarga de los mantos freáticos; genera poblamiento de zonas no aptas para uso residencial (vulnerabilidad); y da pie a la formación de asentamientos e instalaciones en lugares poco apropiados.
Xalapa es, después de Oaxaca, la ciudad más desigual del país. La distribución muy desigual de los ingresos determina que haya un acceso diferenciado en relación con los recursos de la ciudad. Los contrastes en el acceso a servicios, infraestructura y equipamiento entre los habitantes de la zona norte de la ciudad y los del centro y la zona sureste, indican una situación de relativa segregación. La desigualdad se refleja en los siguientes aspectos: los habitantes del norte de la ciudad no tienen áreas verdes; carecen de acceso a los sistemas de salud (no cuentan con derechos para acceder a los servicios del IMSS o el ISSSTE); no disponen de automóvil, por lo que son los principales usuarios de los sistemas de transporte público de mala calidad; enfrentan problemas de hacinamiento (en esa zona se concentran las viviendas que sólo tienen una habitación).
Xalapa ha experimentado cambios en los grados de bienestar de su población. De acuerdo con la Conapo (Consejo Nacional de Población), la población en muy alta marginación representa en la actualidad (2010) menos del 5% de la población del municipio. Sin embargo, la población con alta marginación, es decir, el siguiente estrato en términos de privaciones, aumentó considerablemente en los últimos años, hasta representar 25% de la población. De la misma manera, el estrato medio aumentó su peso, de 25% a 35%, al mismo tiempo que la población con relativo bienestar disminuyó: el estrato de baja marginación pasó de 30% a 20%. El estrato con mejores condiciones de vida se mantiene casi estable representando en la actualidad un 15%. Estos datos indican que los estratos de relativo bienestar han disminuido su presencia y los estratos con privaciones suman hoy un tercio de la población. Superar esta situación exige la participación de todos los xalapeños interesados en impedir que nuestra ciudad destaque por su ineficiencia y desigualdad.♦
* Título de la redacción

Por Hipólito Rodríguez