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La muchacha del verano


Octavio Paz


Tengo que hablaros de ella,
de su fresca costumbre
de ser simple tormenta, rama tierna.
Octavio Paz

Un fantasma recorre el verano: el fantasma de una muchacha ante cuya fugaz, inesperada, milagrosa, feliz presencia, podemos encontrarnos una mañana-tarde-noche-alba u ocaso; aunque si atendemos a los anales de la historia, el mejor momento para verla es el mediodía, la luz meridiana parece ser su elemento, y puede verla un hombre joven, o un viejo (el deslumbramiento será el mismo). Se le puede hallar en los bosques, en la playa, por la calle, en Nueva York, en Trieste, Brujas, Praga, La Habana o Xalapa. Los testimonios de su paso abundan y aquí no se pretende agotarlos, sólo mencionar algunos ejemplos. Acudamos al primero, un poema de Eliseo Diego:

A una joven que se acerca
Tú vienes, tan ligera
como el ángel que va de rayo en rayo
de sol sobre la hierba,
que apenas si se entera
cuando ya fue y no está ni es ni era.

¿Y no te vi otra vez
viniendo así, aunque entonces bien distinta?
¿O será que tal vez
la misma joven pinta
su propia luz y siendo ya es distinta?
¿Qué sabemos los viejos
de tan dulce, fugaz advenimiento?
¡Quedó todo tan lejos
y apenas un momento
cruza tu aroma en el temblor del viento!

La elección de este poema no es tan gratuita ni caprichosa (aunque este ensayo en general pueda ser juzgado, y con razón, como tal). A más de su belleza y excelencia, tiene la virtud de enumerar muchas de las características del momento en que nos hallamos frente a ella: la ligereza (más que ligereza,su levedad, su leve edad) de la muchacha, la brevedad y la fugacidad del encuentro y, sobre todo, su carácter de irrepetible. Y, por si fuera poco, esa cauda, ligera e inolvidable, de su olor: “cruza tu aroma en el temblor del viento”, penúltimo don del generoso encuentro.
El deslumbramiento producido por su imagen, par al de la primera vista del mar o del abismo, produce reacciones de nostalgia, de enamoramiento, de deseo (casi místico) como el que le produjo al colombiano Triunfo Arciniegas, quien la vio y, así fuera por un instante, se sintió redimido, fuera de este mundo, reinstalado en el paraíso:

Penitente

O como la muchacha
que al atravesar el parque
es sorprendida por el viento
y la visión de sus muslos
nos devuelve al paraíso.

Estas son algunas de las cosas que también pueden pasar a quien la ve: la sangre se siente correr en tropel y el aire se aligera y se vuelve puro, tan puro que por ese breve lapso duele un poco al respirarlo (y este breve dolor causa placer), otras veces se alza la vista, y pongamos que quien la ve es un hombre que acude a envejecer a una oficina, lleva aferrado un portafolios, quizá para soñar que es una maleta y que no va al trabajo sino que va de viaje, porque no quiere reconocer que va a una oficina, ese lugar triste donde se sienta desde hace años y donde a veces se sorprende pensando en lo feliz que sería si pudiera escaparse a las once de la mañana y pasear por el bosque, oír quebrarse la hojarasca bajo sus pies, el canto de un pájaro y el ruido que hacen los insectos friéndose en el aire caliente del mediodía. Pues bien, ese hombre gris se topa con la muchacha y, en vez de voltear a verla (sabe que no debe hacerlo, que de hacerlo quedaría convertido en estatua de sal), alza la vista hacia el cielo y ve, como no lo ha hecho en años: las nubes magníficas bogando como lentos y blanquísimos trasatlánticos por el océano de las alturas. Un verde latido golpea su pecho y nace, inesperado, mas bienvenido, el deseo del viaje, de ver una vez más el mar y pisar la arena mojada; hay quien sencillamente piensa en la hermosura y llora un llanto sin penas, tibio y reconfortante, o bien un sentimiento de gozo porque, a pesar de la oficina, de la grisura de sus horas y de sus días, sabe que está vivo. Ese encuentro fugaz se lo ha recordado.
Fugaz: no puede, quien la ve, seguirla, sino en el recuerdo. Como todo milagro, es irrepetible, y sólo una vez en la vida nos es dado mirarla. Ir en su busca sería tan inútil como terrible, no hallaríamos sino su ausencia. En Praga, el poeta Vladimir Holan curiosamente no la vio cruzando un parque, una calle... Se la topó en las entrañas de un edificio:

Encuentro en el ascensor

Entramos en la cabina y estábamos allí solos los dos.
Nos miramos sin hacer otra cosa.
Dos vidas, un instante, la plenitud, la felicidad...
En el quinto piso ella bajó y yo, que continuaba,
comprendí que nunca más la vería,
que era un encuentro de una vez para siempre
y que aunque la hubiera seguido lo habría hecho como un muerto,
y que si ella se hubiera vuelto hacia mí
sólo hubiera podido hacerlo desde el otro mundo.
(Versión de Clara Janés)

Pero ¿quién o qué es esta muchacha? Acaso es una de esas “plenas y puras y serenas y felices” visiones de las que habla Platón en el Fedro? O simple y sencillamente una fuerza, una incursión en nuestro mundo de la belleza, manifestándose como un desorden casual, una ruptura en el monótono transcurrir de nuestros días. No una estatua, pues tiene movimiento, no una música, pues la vemos: un cuerpo. Como el que vio el joven Octavio Paz:

Un cuerpo, un cuerpo solo, sólo un cuerpo,
un cuerpo como día derramado
y noche devorada;
la luz de los cabellos
que no apaciguan nunca
la sombra de mi tacto;
una garganta, un vientre que amanece
como el mar que se enciende
cuando toca la frente de la aurora;
unos tobillos, puentes del verano;
unos muslos nocturnos que se hunden
en la música verde de la tarde;
un pecho que se alza
y arrasa las espumas;
un cuello, sólo un cuello,
unas manos tan sólo,
unas palabras lentas que descienden
como arena caída en otra arena...

Si, como decía Amado Nervo, lo feo es la materia que sufre, entonces la muchacha es la materia que canta, la materia que ríe, la materia que danza a cada paso, a cada bamboleo de sus caderas... Y sus piernas. ¡Ah... las piernas! Sí, como bien sabía Vinicius de Moraes, las piernas son de vital importancia. Así no lo señala en aquel memorable poema que inicia con una sincera, pero cruel disculpa: “Las muy feas que me perdonen...”, para después enumerar todas las cualidades que a su juicio debe tener la muchacha: ojos, cuello, boca, manos, pies, caderas... y al llegar las piernas, nos dice:

Que los miembros terminen como tallos,
y bien haya un cierto volumen de muslos
y que sean lisos, lisos como pétalo
y cubiertos de suavísima pelusa
sensibles, sin embargo, a la caricia a contrapelo...

No fue, ni por asomo, el primero en reparar en esto. Tampoco el último. Ramón Rodríguez apuntó en su retrato de una deseada/indeseada muchacha que sus piernas “empiezan en el Cabo de Hornos / y terminan en la calle principal de Milwaukee”. Y otro poeta veracruzano, José Homero, nos dice también que:

en calles de incierta geografía
dos piernas como torres paralelas
de aceite ungidas, por la luz roídas,
el cielo nublan, la
                              noche moldean.
altas, mórbidas, columnas marmóreas
que soportan cúpulas, entreabren grietas;
sinuosos caminos que la fronda oculta.

Ah, pero no se crea que todo es, o debe ser, piernas... El rostro, ah, el rostro. Hablemos del rostro de la muchacha, que en la Leyenda Artúrica nos describen alta frente inmaculada y lisa. “Las cejas morenas y de trazo perfecto, de tan bellas diríase que habían sido dibujadas con la mano, ligeramente estiradas hacia las sienes y bien separadas entre sí”. Y qué decir de sus ojos, dueños de una expresión tan sutil, “que la flecha de su mirada habría conseguido traspasar fácilmente el espesor de cinco escudos, alcanzando de este modo el corazón oculto en el pecho”. Ay, pobre de aquel que nunca la ha visto, así sea con el rabillo del ojo cuando, sin saber por qué y poco antes de que arranque un autobús que ha de llevarte muy lejos, ladeas la cara y ahí, tras una lejana, inalcanzable vidriera, la ves apenas unos instantes antes de que el autobús del destino te lleve para siempre lejos de su presencia.
Para describirla, James Joyce inventó un género literario: la epifanía. Para los cristianos, la epifanía es la manifestación de Dios, la revelación que Dios hace a los hombres. Pero para Joyce, hombre más carnal que espiritual, la epifanía es, según nos dice Hernán Lara Zavala, la “súbita manifestación espiritual que puede revelarse mediante el lenguaje, un gesto o una frase memorable de la propia mente... es decir, una revelación de la realidad interna de una experiencia acompañada de un sentimiento de júbilo o tristeza tal y como se da en la experiencia mística; es una revelación espiritual, la revelación de un misterio de manera imprevista, el detalle trivial convertido en símbolo prodigioso, lo más delicado y evanescente de un momento importante”. El sujeto que ve, que es bendecido por la visión de  la muchacha puede ser un niño o un hombre viejo, cobra conciencia de la belleza, se convierte en un creyente: la belleza existe. Joyce la vio, y la describió así:
Una muchacha estaba ante él en medio de la corriente: sola e inmóvil, mirando hacia el mar. Parecía una criatura transformada como por encanto en un extravagante y hermoso pájaro marino. Sus largas piernas desnudas y delgadas eran delicadas como las de una garza, e intactas, excepto en el punto donde una huella esmeraldina de alga era como una señal sobre la carne. Los muslos, más llenos, suaves como el marfil, aparecían desnudos casi hasta las caderas, donde los bordes blandos de los pantaloncitos eran como un plumaje de suave pelusa blanca. Las enaguas de color gris estaban audazmente arremangadas hasta la cintura y colgaban por detrás como cola de paloma. Tenía el seno como el de un pájaro, suave y delicado, delicado y suave como el pecho de una paloma de oscuro plumaje. Pero sus largos cabellos rubios eran infantiles: e infantil, tocado por el milagro de la belleza mortal, su rostro. Estaba sola e inmóvil y miraba hacia el mar; y cuando reparó en la presencia de Stephen y en sus miradas de adoración, volvió los ojos hacia él sosteniendo tranquilamente su mirada, sin mostrar ni vergüenza ni coquetería... ¡Dios mío! –gritó el alma de Stephen en un estallido de alegría profana... Un ángel salvaje se le había aparecido, el ángel de la juventud y de la belleza mortal, un mensajero de las justas cortes de la vida, para abrirle de par en par en un instante de éxtasis las puertas de todos los caminos del error y de la gloria. ¡Adelante! ¡Adelante!

Pero ella, la muchacha pájaro, la muchacha estrella, viento y fuego, ella, la que por naturaleza es fugitiva, al contrario de su recuerdo que, por naturaleza, es permanente, indeleble, siempre camina en dirección opuesta a nosotros, pasa a nuestro lado como la ráfaga de viento más pura, refrescante, vital e inolvidable que nuestra memoria pueda recordar. Y ella pasa, pero su recuerdo camina a nuestro lado y nos sigue, o nosotros la seguimos como un perro fiel o una segunda sombra.
Su cabello, casi oro, casi ámbar, casi luz; su minifalda color bronce y su blusa del color del sulfato de cobre… La frente, fenestrada, pulida y refulgente, su cabello atado en una graciosa cola de caballo. Ese fantasma que recorre el mundo es también la línea que divide nuestras vidas en antes y después. Pasado siempre presente. Reinvención que nos reinventa: no tocamos su piel pero sabemos que es suave, no oímos su voz pero juramos que es melodiosa, como rítmico es su andar que mece suavemente sus caderas... su piel sabe a mar y a naranjas... 

Ya brillante como el verano, ya lánguida como virgen prerrafaelista, ella camina sin pausas, sin prisas, nunca nos ve, acaso porque ella está viva, y nosotros, los que nos creemos vivos, somos los fantasmas. Sí, ella es real, nosotros somos los que no existimos. Yo la vi una mañana de… (en realidad la fecha no importa) con su pelo corto y una diadema lapislázuli y su paso ligero y su pelo castaño y su suéter verde oliva con cuello de tortuga y sus largas piernas. Yo la vi... y el aire olía a duraznos: era ella, la es en sí misma, la que no es moralmente buena ni moralmente mala, sino simplemente bella, del mismo modo que la virtud no es estéticamente buena ni estéticamente mala, sino moralmente buena. Era ella: la belleza pura, completa, egotista y solitaria que, como el sol, no tiene más función que iluminar el mundo de los que yacen a oscuras; ella, la que no tiene otro oficio ni otro valor que el de ser bella... Y el aire olía a duraznos.





Por Rafael Antúnez

Soñar con los pies


Sadie Neale, Emma Neale y Alice Carrie Wade
… y vivir al revés
que bailar es soñar con los pies.
Joaquín Sabina

… pues uno no sabe bailar, y es triste.
Rubén Bonifaz Nuño


Como los estorninos, las cacatúas, los delfines, las ballenas, los manakines, los lobos, los cisnes, los mandriles y los urogallos (entre otras muchas especies), el hombre es un animal que baila. Lo hace por placer, para seducir y aún por dolor (cualquiera que se haya dado un martillazo en un dedo, habrá realizado esa danza inútil e inevitable). El baile puede ser improvisado, ritual, con el firme propósito de seducir (como la danza ejecutada por Salomé, gracias a la cual Juan Bautista fue decapitado) y, según Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos, “toda danza es una pantomima de metamorfosis (por ello requiere la máscara para facilitar y ocultar la transformación), que tiende a convertir al bailarín en dios, demonio o una forma existencial anhelada [...] Las danzas de personas enlazadas simbolizan el matrimonio cósmico, la unión del cielo y de la tierra (la cadena) y por ello facilitan las uniones entre las hembras y los varones”. 

* * *

En la Biblia (el libro de un pueblo tan dado a la cópula como a su brutal condena) se canta mucho y se baila poco (sólo 28 veces se habla en ella de danza o baile), y no como el mundano lector pudiera creerlo. W. W. Rand nos dice en su Diccionario de la Santa Biblia que el baile entre los hebreos “era comúnmente religioso en su carácter; se practicaba exclusivamente con motivo de ciertos regocijos; sólo por uno de los dos sexos; generalmente durante el día y al aire libre”, y añade, como para que no le quede duda al lector, que “no hay constancia alguna de casos en que los hombres y las mujeres hayan bailado unidos; y no se practicaba por diversión”. Curiosa contradicción: las mujeres podían expresar su júbilo con el baile, pero no podían divertirse con él. En el libro del Éxodo (15:20-21), leemos: “Y María la profetisa, hermana de Aarón, tomó un pandero en su mano, / y todas las mujeres salieron en pos de ella con panderos y danzas”. Los hombres, si exceptuamos al rey David (“y David danzaba con toda su fuerza delante de Jehová; y estaba David vestido con un efod de lino”, Samuel, 6:14.), no danzan según la Biblia (o lo hacen muy rara vez). Siempre lo hacen las mujeres:

“La hija de Jefte lo estaba esperando con panderos y danzas” (Jueces, 11:43).

“Las mujeres de todas las ciudades de Israel cantaron y danzaron, para recibir al rey Saúl, con panderos, con cánticos de alegría y con instrumentos de música, y cantaban y danzaban” (Samuel, 18:6-7).

“… tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar” (Eclesiastés, 3:4).

“Has cambiado mi lamento en baile, desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría” (Salmo, 30:11).

Cuando en las pocas veces que lo hacen por placer mundano:

Y al día siguiente madrugaron, y ofrecieron holocaustos, y presentaron ofrendas de paz; y se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a regocijarse (Éxodo, 32:6).

siempre aparece una condena:

Entonces Jehová dijo a Moisés: Anda, desciende, porque tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto se ha corrompido (Éxodo, 32:7).

El profeta Isaías, hombre de una voz profundamente poética y, también, todo hay que decir, tan presto a la ira, a la condena, al fuego y al castigo, nos da un ejemplo de cómo veía a las que danzaban y hacían “son con los pies”:

Asimismo dice Jehová: Por cuanto las hijas de Sion se ensoberbecen, y andan con cuello erguido y con ojos desvergonzados; cuando andan van danzando, y haciendo son con los pies; /por tanto, el Señor raerá la cabeza de las hijas de Sion, y Jehová descubrirá sus vergüenzas (Isaías, 3:17).

Con estos antecedentes, resulta por demás curioso que una secta puritana, los shakers (“sacudidores”, que además practicaba y predicaba la abstinencia sexual), haya adoptado la danza como una de sus más distintivas expresiones y como una actividad sin cuya práctica, seguramente, se hubieran extinguido mucho más rápido de lo que lo hicieron.

* * *

Sí, los shakers estaban destinados a la desaparición casi desde sus inicios, dada la práctica de la abstinencia sexual de todos sus miembros (inspirada sin duda en la primera carta de San Pablo a los Corintios). Los shakers, o Sociedad Unida de Creyentes en la Segunda Aparición de Cristo, es una de las sectas puritanas más recalcitrantes de cuantas se establecieron en los Estados Unidos durante el siglo XVII. Fue fundada en Albany (estado de Nueva York) por Ann Lee, una singular dama inglesa que llegó a América en 1774. Era hija de un herrero y, muy joven, contrajo matrimonio (en el que fue infeliz, lo que sin duda influyó en su adopción del celibato como camino de salvación). La señora Lee no fue ni una teóloga brillante (era analfabeta) ni una predicadora inspirada, aunque sí una rara avis, pues las predicadoras del sexo femenino no abundaban en su época. El Doctor Johnson, que supo de ella (y que opinó sobre ella, como opinó sobre todo lo que le pasó enfrente durante su vida), dijo que “una mujer predicando es como un perro caminando sobre sus patas traseras. No lo hace bien pero te sorprendes de que lo haga”. En realidad Ann Lee estaba más cerca de la insania que de la iluminación: afirmaba que como Cristo había encarnado la mitad masculina de la doble naturaleza de Dios, ella era la encarnación de la mitad femenina. Esta “visión” le fue revelada una noche oscura y húmeda en su húmeda y oscura celda de prisión mientras cumplía una pena por haber desobedecido el Sabbat anglicano. En dicha visión, a más de convencerse de que ella era la reencarnación de Cristo, se convenció también de que todos los males del mundo tenían una raíz: el sexo.

* * *

Entre las muchas cosas que sorprenden en la vida de este singular personaje es que, a pesar de su repulsa contra el sexo, contrajo matrimonio: no era agraciada en lo más mínimo y carecía de dote. Se le describe de baja estatura, fornida, ojos azules, pelo castaño y tez blanca. Sus seguidores, sin embargo, afirman que su “rostro era suave y expresivo, pero grave y solemne”, además de que “su mirada era aguda y penetrante”.
Fue obligada a casarse con un aprendiz de herrero llamado Abraham Standerin, un hombrecillo con el que procreó la nada despreciable cantidad de cuatro hijos. Todos murieron a edad temprana, lo que resultó determinante para la futura predicadora quien, poco después, se negó a compartir el lecho con su marido, pues temía que si dormía con él, podía “despertar en el infierno”. Al principio, el bueno del señor Standerin se negó a aceptar la decisión de su esposa, pero, dado que no era un hombre de mucho carácter, terminó por ceder y no sólo eso, por extraño que pueda parecer: terminó por unirse al grupo de seguidores de Lee.

* * *

Tras su “iluminación” en la celda, Lee empezó a predicar su evangelio, el cual era sencillo y atroz: la vida con Dios comienza con la confesión y se perfecciona por la negación de los deseos de la carne a través del celibato. Sus prédicas, que tenían a la sociedad y a la Iglesia por blancos frecuentes, le ganaron no pocas veces la prisión y violentos rechazos callejeros para ella y para su grupo, en el que militaba también su hermano William. Ante este clima tan poco receptivo, se decidió por probar suerte en América. Como tantos otros, antes y después de ella, se convenció que el Nuevo Mundo era el mejor lugar para fundar su utopía. John Hocknell, uno de los pocos miembros adinerados que había entre sus fieles, pagó el pasaje a Nueva York para Lee y sus ocho seguidores quienes, luego de tres meses, arribaron a América el 6 de agosto de 1774. Nadie, al verlos, hubiera podido sospechar que, literalmente, “traían la música por dentro”. Pero no nos adelantemos. Aún hay un par de cosas más por contar. La primera es que el buen señor Standerin se reveló, no como un convencido de la doctrina, sino como una vulgar víctima de la lujuria que su exesposa tanto combatía. Durante el transcurso del segundo año en suelo americano, Standerin trató infructuosamente de convencer a Ann para que compartiera su lecho. En un intento último y desesperado llevó a una prostituta al dormitorio y la amenazó que, de no ceder, se casaría con la meretriz. Lee se mantuvo firme y no accedió, tras lo cual el matrimonio se desintegró. Standerin (que ignoraba que es más fácil quitarle las armas a un árabe que convencer a una mujer decidida a no compartir el lecho) dejó la comunidad y se perdió en la noche de los tiempos.

* * *

La segunda: por el tiempo en el que llegaron los shakers a Nueva York, se vivía un efervescente clima revolucionario, lo que hizo que los recién llegados de Inglaterra, que además realizaban unas prácticas extrañas, por decir lo menos, fueran vistos no sólo como raros, sino como conservadores y probritánicos. La verdad es que la política les era indiferente y no sentían simpatía alguna ni por los ingleses ni por los norteamericanos. Su reino no era de este mundo, pero, previsoramente, decidieron cambiar de residencia, aunque no de hábitos. Tiempo después, en pleno conflicto independentista, los shakers fueron nuevamente acusados de colaborar con el imperio británico y algunos de sus miembros fueron encarcelados.
Nada de esto impidió a la “Madre Ann” (como la llamaban sus seguidores) para continuar difundiendo su enajenada y enajenante prédica sobre la abstención sexual y la condena al matrimonio. Quizá por lo duro de los tiempos, quizá por ser un discurso tan imposible de llevar a cabo (como cualquier otro discurso religioso), muy pronto empezó a ganar adeptos. Sus seguidores estaban convencidos de que Madre Ann era capaz de curar enfermos con sólo tocarlos. Era la encarnación femenina de Cristo. Muy pronto llegaron a abarcar 18 aldeas pero, dado que no podían reproducirse, cada muerte mermaba sustancialmente a la comunidad. El suyo era un cielo austero, gris, silencioso, monótono, contrario al que un autor como Christian Bobin nos dice es el cielo de Jesús: “un cielo con árboles que vuelan, ángeles que danzan y peces que arden, un cielo impracticable, poblado por prostitutas, locos juerguistas, por niños que estallan en risas y mujeres que no vuelven nunca a casa: todo un mundo olvidado por el mundo y, súbitamente, festejado allá, en la tierra como en el cielo”.

* * *

El primero de los ocho shakers originales en fallecer fue el hermano de Ann, William, lo que la sumió en una profunda depresión de la que ya no pudo salir. Sus últimos días los pasó sentada en una de las hermosas sillas mecedoras construidas en su comunidad,[1] entonando canciones “en lenguas desconocidas” y mostrando un total desapego por las cosas de este mundo que no era el de ella. Murió el 8 de septiembre de 1784. Fue enterrada en un sencillo ataúd de madera después de una “entusiasta” celebración en la que, como era su costumbre, cantaron ¡y bailaron! hasta caer exhaustos. Porque los shakers, a más de practicar la abstinencia sexual, construir hermosos muebles y de llevar una vida cuyo único objetivo era el de alcanzar la “perfecta simplicidad”, cantaban y bailaban para, según Gabrielle Brown, orientar “el deseo sexual hacia una nueva manera de expresión”, misma que la doctora Brown llamó: “la comunalidad del sexo”.
En su estudio sobre el celibato, la doctora Brown cita una canción shaker que, según ella, ilustra la forma de ver el mundo de los célibes bailarines:

Es el don de ser sencillo...
Es el don de ser libre...
Es el don de bajar donde debemos estar.
Y, cuando nos encontremos en el lugar adecuado...
Estaremos en el valle del amor y del placer.
Cuando alcancemos la verdadera simplicidad,
Nos inclinaremos y agacharemos... no nos avergonzaremos.
Dar vueltas y vueltas
Será nuestro deleite
Hasta que, dando vueltas y vueltas, nos lleguemos a convencer.

Y sí, eso hacían, ya en busca de la “perfecta simplicidad”, ya para escapar de su vida cotidiana, que debió ser triste y atroz: giraban y giraban. “La mayor parte de los intérpretes de esta actividad ‘giratoria’ –nos dice la doctora Brown– la ven como una técnica que los shakers utilizaban para ‘neutralizar el deseo del coito’ o bien como una liberación de la tensión sexual. La “danza’ se considera a menudo que posee un carácter orgásmico, un tipo de sexo comunitario nacido de la renuncia del sexo genital y que conduce a lo que Richardson denomina ‘una nueva sexualidad total polimorfa’”. Al girar, estos hombres y mujeres, jóvenes y muchachas, privados de toda forma de placer, hallaban, en la pérdida de referencias exteriores, un sentido de libertad que en la vida cotidiana les estaba negado. Si el contacto y la unión con el sexo opuesto les estaba negado, el baile, como bien apunta Cirlot en las líneas arriba citadas, podía “simbolizar” una unión, no sólo con el otro, sino con el universo. Tal como sucede en el sexo.

                                                         * * *       

Aunque bailaban, esta gente no era feliz. Por el contrario, llevaban una vida gris y triste. Tal como nos la describe un testigo de excepción: Nathaniel Hawthorne, quien visitó en compañía de su pequeño hijo Julian (de sólo cinco años), Herman Melville y otros amigos una comunidad shaker en 1851: “... decidimos llegarnos a visitar la aldea shaker de Hancock, que se hallaba a sólo cuatro o cinco kilómetros de distancia. No sé qué era lo que Julian esperaba encontrar allí –supongo que alguna rara especie de cuadrúpedo u otra cosa semejante–, pero, en todo caso, el término shaker lo indujo a una gran confusión: probablemente se quedó un tanto decepcionado cuando, al cruzarnos con un anciano vestido con un ropón y un sombrero grises de ala ancha, se lo señalé como un shaker. Este anciano era uno de los padres y jefes de la aldea y, guiados por él, visitamos su edificio principal: una gran construcción de ladrillo con instalaciones muy cómodas, y pisos y paredes de madera barnizadas y yeso tan finamente estucado como si fuera mármol: todo estaba tan limpio que daba pena tener que verlo, en especial sabiendo que no respondía a ninguna delicadeza o pureza moral auténticas en los habitantes de la casa”. El ojo educado de Hawthorne, que había padecido las durezas de ser criado por una familia puritana (su tatarabuelo fue uno de los jueces de los célebres juicios de brujas en Salem), detectó la dureza de esa vida, ordenada, limpia y vacía: “Los dormitorios de las personas de uno y otro sexo estaban separados por un vestíbulo, en uno de dichos lados estaban colgados los sombreros de los hombres y en el otro los de las mujeres. En cada habitación había dos camas notablemente estrechas, apenas con capacidad para un solo ocupante, en cada una de las cuales, según nos dijo el anciano, dormían dos personas. Carecen en las habitaciones de instalaciones para bañarse o lavarse, aunque en la entrada había una pila y una jofaina, donde tenían que realizar todos sus intentos de purificación”. A partir de esa línea la mirada del autor de La letra escarlata se vuelve no sólo crítica, sino condenatoria: “Este hecho muestra que su miserable pretensión de limpieza y pulcritud es mera superficialidad... que los shakers son, por fuerza, una pandilla mugrienta. Y está, además, esa total y sistemática falta de intimidad suya; esa costumbre de pegarse hombre con hombre, y la supervisión que ejercen unos sobre otros..., lo que resulta repugnante y odioso sólo de pensarlo”. Y no duda, él que era un hombre bello, pagano (aunque atormentado por la idea de la culpa y los pecados de los padres que debían expiar los hijos), en desear su extinción: “así que cuanto antes se extingan los miembros de esta secta, mejor...; un resultado que, me alegra oírlo, no tardará muchos años en producirse”.

* * *

La visita, consignada en sus American Notebooks, a pesar de su brevedad, nos deja un excelente retrato de la comunidad, un retrato amargo, irónico y despiadado: “En las puertas de otras casas vimos mujeres cosiendo u ocupadas en otros trabajos, y daban la sensación de sentirse bien entre ellos, pero no muy diferente de como se sienten sus bestias de carga”. Nada escapa a su mirada de escritor: “Todas las mujeres parecen, además, pálidas y ningún hombre tiene un rostro jovial. Son, ciertamente, el grupo de gente más singular y problemático que jamás haya existido en tierras civilizadas; cualquiera de estos días, cuando su secta y su sistema hayan desaparecido, una historia de los shakers dará pie a un libro muy curioso”.
Hawthorne y sus acompañantes abandonaron por la tarde “el territorio de esos locos shakers”, y, al volver hacia su casa, equivocaron el camino, vagaron buena parte de la tarde y ya noche lograron volver a su casa. “Era una noche maravillosa, con una luna llena espléndida y sin nubes”, apunta Hawthorne poco antes de irse a la cama. Lejos de allí, seguramente los “locos shakers”, bajo esa misma espléndida luna, bailaban, giraban y giraban, libres por unos instantes, hasta antes de caer felices, agotados, una vez más, en su triste mundo en el que el baile, como forma de diversión, de representación de la cópula y como espectáculo, les estaba negado. Para un shaker, los hermosos versos que Luis Rius compuso para su esposa, la bailarina Pilar Rioja, hubieran resultado incomprensibles, cosa de otro mundo:

Podría bailar en un tablado de agua sin que su pie la turbase,
sin que lastimara el agua.
No en el aire, que al fin es humano el ángel que baila.
No, en el aire no podría, pero sí en el agua.



[1]A más de bailarines, los shakers se distinguieron por ser finísimos y dotados artesanos: sobresale la elegancia y sencillez de sus muebles, algunas de cuyas piezas son consideradas por no pocos como las más hermosas jamás fabricadas en los Estados Unidos.






Por Rafael Antúnez

Dylan Thomas, el ángel ebrio


Ilustración para la celebración del centenario de Dylan Thomas
Dylan Thomas (1914-1953) habría cumplido cien años el pasado 27 de octubre (y cumple este 9 de noviembre 51 años de muerto). Uno de los grandes poetas de expresión inglesa –“el más musical” lo llama Antúnez– fue también uno de los últimos poetas consagrados por la multitud y emblema final del poeta maldito. Con ternura no exenta de erudicción, Antúnez explora la vida y las dimensiones de la obra de este poeta galés cuyo centenario repercutió en el mundo anglosajón y también en el orbe romance; testimonio de su herencia universal.

Lo que las palabras representan, simbolizan o querían decir tenía una importancia secundaria; lo que importaba era su sonido cuando las oía por primera vez en los labios de la remota e incomprensible gente grande que, por alguna razón, vivía en mi mundo. Y para mí esas palabras eran como pueden ser para un sordo de nacimiento que ha recuperado milagrosamente el oído, los tañidos de las campanas, los sonidos de instrumentos musicales, los rumores del viento, el mar y la lluvia, el ruido de los carros de lechero, los golpes de los cascos sobre el empedrado, el jugueteo de las ramas contra el vidrio de una ventana.
Dylan Thomas, Manifiesto poético.
El mejor retrato que conozco de Dylan Thomas lo hizo alguien que no lo trató personalmente. Quizá por ello sea el mejor. Es de Pietro Citati y no tiene desperdicio: “Dylan Thomas era un muchacho pequeño y delgado. Tenía el cabello rizado, color castaño, grandes ojos de conejo marrones y verdes, tímidos, presuntuosos y maravillados; la nariz respingada, labios gruesos y carnosos, de los que pendía el eterno cigarrillo, y un diente anterior roto en el pub de La Sirena, durante un juego llamado ‘perros y gatos’. Se parecía a Harpo Marx –pero su escritura, pequeña, nítida, inclinada hacia atrás, recordaba a la de Emily Brontë. Usaba una corbata de artista con el nudo grueso, hecha con una bufanda femenina; y una playera de criquet color verde botella, o suntuosas camisas color escarlata. Los otros veían en él sólo a un muchacho parlanchín, que quería hacerse el duro y se daba muchos aires.” Esta última imagen difería por completo de la que él guardaba de sí mismo: “Contengo en mí a una bestia, un ángel y un loco”, afirmó sin modestia, y algo de eso había en él. Al final de sus días (aunque sólo contaba con 39 años) ya no era más el joven apuesto y elegante, estaba gordo y usaba la ropa sin planchar; según el periodista Harvey Breit, más que un ángel parecía “una cama sin tender”, pero aún seguía siendo “en términos generales, inteligente, imaginativo e intransigente”.
Hay poetas, y Dylan Marlais Thomas es uno de ellos, en los que todo, o casi todo lo que los rodea parece pertenecer a la leyenda. En el caso de Dylan, un hombre obsedido por convertirse en una figura mítica, por construirse una imagen mítica, el resultado final fue el que deseaba, aunque quizá pagó un alto precio por ello. Precoz, brillante, autodidacto, dueño de una voz y de un oído envidiables, a los cuatro años era capaz de recitar pasajes enteros de Shakespeare con una modulación que asombraba a cuantos lo llegaron a escuchar. Y sin embargo, nos dice Citati, “no sabía hacer casi nada”, entre otras cosas porque había dedicado buena parte de su tiempo a formarse como poeta y  a los quince años –escribe Jorge Brash– “su formación de autodidacto en poesía era insuperable”.
Amante de los pájaros, del mar y de las colinas de Swansea, era un poeta que, a más de la poesía, servía para muy pocas cosas prácticas. Reprobó el examen de admisión para la carrera de Medicina en las fuerzas armadas, y durante un tiempo él y el también poeta Roy Campbell sobrevivieron gracias a la generosa ayuda de T. S. Eliot. Según Campbell, Eliot los ayudó “tan pródigamente” que el dinero que les prestó les duró hasta que ambos consiguieron sus primeros trabajos en la radio y fueron capaces de pagarle al poeta. “Dylan nunca olvidó su bondad”. Y aunque era considerado por algunos como un genio, salvo un periodo de dos años en que había trabajado como periodista, Dylan seguía sin ser lo que se llama “un hombre de bien”. Bebía y escribía. A la edad de 23 años se casó con la bailarina Caitlin MacNamara (si no el amor de su vida, sí la mujer que lo acompañó durante buena parte de su vida) “sin dinero, sin perspectiva alguna de dinero, sin la compañía de amigos y parientes, y completamente felices”. Sí, él encarnaba la figura del joven genio, el poeta alcohólico, sin dinero, iluminado y feliz.
En efecto, era un hombre que no necesitaba mucho para ser feliz. No le gustaba viajar, Citati dice que era tan hogareño como una pantufla (lo cual lo dice todo) y sin una casa “se sentía perdido”. La casa le era necesaria para escribir y para poseer un centro. Nunca le agradó Londres ni se sentía cómodo en los círculos literarios que frecuentó a disgusto. Años más tarde, cuando conoció los Estados Unidos, tampoco le gustaron las grandes ciudades americanas, a excepción de San Francisco. “No soy un trotamundos... –le escribió a su mujer– Quiero sentarme en mi cabaña a escribir, quiero comer de tu estofado y tocarte los senos y cada noche quiero acostarme en amor y paz cerca, muy cerca de ti, cerca de la médula de tu alma”. Sin embargo, cuando estaba cerca de ella (y también cuando no lo estaba) buscaba la compañía de cualquier otra mujer que se le pusiera enfrente. La relación entre Caitlin y Dylan Thomas era apasionada y llena de celos y relaciones adúlteras por ambos lados. En una ocasión, mientras él estaba de gira en Estados Unidos en 1952, Caitlin declaró en voz alta en una fiesta: “¿No hay un hombre lo suficientemente hombre para mí en América?” Odiaba el éxito de Thomas en América y despreciaba a las chicas que gritaban por él como si fuera una estrella de rock. Una cabaña, la compañía de sus hijos, una mesa y hojas para escribir, su mujer (que lo traicionaba y a quien él traicionaba), whisky, mucho whisky... eso era lo que él necesitaba para escribir, para vivir y ser feliz.
Pero su familia (tuvo dos niños y una niña) necesitaba mucho más que eso. Con sus colaboraciones en la radio y sus guiones y préstamos de los amigos apenas conseguía mantener a flote el hogar. Debía, además, conseguir dinero para whisky, cerveza y cigarros. La familia Thomas conoció una severa, prolongada y dickensiana pobreza que los viajes a América apenas consiguieron aliviar. A diferencia de muchos escritores, en el caso de Dylan, la fama no se tradujo en dinero.
El muchacho ebrio
Contra lo que él hubiera deseado, es ahora un autor más conocido por su alcoholismo, por sus libros de prosa y sus guiones para cine, que por su excelsa poesía. A pesar de que se había preparado a conciencia para convertirse no sólo en poeta, sino en un gran poeta. Esta preparación conllevaba, a más de largas horas de lectura y escritura, la ingesta de grandes dosis de whisky, mismas que consumía ya solo, ya en compañía de sus amigos y muchas veces de desconocidos. Se ha discutido mucho si bebía “por inclinación o por programa”, para ambas versiones sobra material de apoyo. Beber, a más de la euforia inherente, le proporcionaba también un sentido destructivo, mismo que él “debía de juzgar propicio al irrumpir el oscuro torrente de la poesía” (Citati). Ahora bien, justo es señalar que Dylan Thomas no era un hombre que escribiera al calor del whisky. Su escritura revela un cuidado y un amor por el idioma enormes. Sentía gran desprecio por los poetas improvisados, como podemos apreciar en este fragmento de una de sus cartas: “Hubo un tiempo en que sólo se llamaba poeta a los poetas, pero hoy en día se le llama poeta a cualquier persona que se atreve, con un conocimiento insuficiente de la lengua inglesa y una cursilería propia de Marie Corelli, a esparcir dos o tres imágenes ‘brillantes’ en forma de verso. Ni siquiera tienen la decencia de ocultar sus excrementos en un lugar privado, sino que buscan un ‘rincón’ público para mostrarlos.” Como Joyce, Dylan Thomas guardaba una profunda relación con las palabras, con su sonido, con su ritmo y sus múltiples posibilidades de combinación y de significado. El verso de Thomas, como la prosa de Joyce, se vale de una sintaxis (a veces) ilógica y muy a menudo revolucionaria en la que abundan metáforas de contenido ya sexual, ya mítico, oscuras referencias autobiográficas y no pocas analogías. Eder Olson vio en La poesía de Dylan Thomas cómo se establece “una analogía entre la anatomía del hombre y la estructura del universo... [Dylan ve] el microcosmos humano como una imagen del macrocosmos y viceversa”.
Siendo aún muy joven publicó un libro que por sí solo le hubiera ganado un puesto en la poesía inglesa del siglo XX, un libro que podemos pensar, dada su excelencia, le granjearía lectores y cimentaría su fama. No fue así; los Eighteen Poems no tuvieron la recepción que merecían. Un lugar común es repetir que fue aclamado por la crítica, aunque no haya sido así. Elizabeth Azcona Cranwell, su traductora al español, nos dice que “cuando en 1934 apareció su primer libro Eighteen Poems la crítica no investigó demasiado, sino que halló a su poesía difícil, irracional e indisciplinada. Mac Niece la juzgó salvaje, como el discurso rítmico de un ebrio. Porteous la llamó ‘una peregrinación sin guía hacia el hospicio’. Spender afirmó categóricamente que se trataba de material poético en bruto, sin control inteligente o inteligible”. Por supuesto esta respuesta no era unánime. Un par de años antes Dylan le había enviado algunos de sus poemas a Robert Graves, y éste los halló “irreprochables”. Sin embargo, un reseñista anónimo del Morning Post señaló un tópico que con los años se volvería un lugar común en la poesía de Thomas: “un psicólogo observaría el uso constante del señor  Thomas de imágenes y epítetos que son secretorios o glandulares.”
Entre los 16 y los 19 años, Thomas, que parecía querer hacerlo todo (amar, beber, escribir  y beber más) a una “verde edad”, escribió todos los poemas para su primer libro de poesía, la mayor parte de lo que sería el segundo, y las primeras versiones de muchos de sus poemas posteriores. “Tres cuartas partes de su obra como poeta”, escribió uno de sus biógrafos. Todo esto entre borracheras que han forjado su leyenda, aunque haya quien diga que como Poe (autor con el que suele comparársele), Dylan Thomas no era un genio borracho. Como Poe, era un mal bebedor. Según el diario de su viuda, Dylan tenía más que suficiente con solo dos pintas de cerveza. Testimonio que no concuerda en nada con el de una de sus últimas conquistas, Ruth Reitell, quien describió a Thomas como “terriblemente, clínicamente alcohólico... No existía la gran musa que hacía a Dylan beber. Bebía porque él era un alcohólico. Tenía todos los demonios, y algunos ángeles, también”. Jorge Brash cita el siguiente testimonio: “Para él –refiere la escritora Pamela Hansford Johnson– beber era un aderezo más de la imagen del ‘poeta maldito’ que necesitaba dar. Fantaseaba mucho al respecto. Después, por desgracia, la fantasía se hizo realidad. Los otros aderezos imprescindibles eran tener tuberculosis y –algo extremadamente curioso– ser gordo.” Dos años después de su libro de debut, daría a la imprenta un título consagratorio: Veinticinco poemas. Ya no era un joven del todo desconocido, en ese tiempo había viajado de Gales a Londres y había conocido a varios escritores. Entre ellos al poeta Vernon Watkins, quien también lo ayudaría económicamente. Su segundo libro era también una obra de juventud, pero, a la vez, mostraba ya a un poeta completamente maduro. Edith Sitwell no reparó en elogios para él: “no podría nombrar un poeta de la generación joven que nos muestre tan gran promesa, y tan grandes logros.” Pero el dinero seguía siendo una faltante. El trabajo en la radio le brindaba grandes satisfacciones a nivel personal, pero no cubría ni con mucho sus necesidades.
Autor, autor
Para un hombre tan profundamente egocéntrico como Dylan Thomas, la radio debió resultar una tentación irresistible y también un paraíso. No sólo podía leer (era, ya lo hemos dicho, un extraordinario lector), escucharse y ser escuchado, la radio difundía no sólo su voz y sus versos, también la imagen de él como un consumado artista, era un actor y su vida una obra de teatro. Leer por la radio le permitía exhibirse: “presumía, se hacía el bufón, ya sarcástico, feroz, ya diabólico, rebelde, ya profético, angelical u obsceno. Era bromista, pero nosotros cuando lo escuchamos leer, escuchamos una voz grave, confusa y oscura como si la bufonería fuese la más trágica de sus máscaras.” Consciente o inconscientemente Dylan Thomas empezaba a dejar de ser el ángel y alternaba ya, cada vez con más frecuencia, las facetas de bestia y demonio. Pasados los treinta años empezó a mostrar fuertes signos de decadencia física. Había engordado, a tal punto que le era ya muy difícil caminar de prisa y su rostro ya no era el de un joven iluminado, sino el rostro abotagado y enrojecido de un alcohólico consuetudinario. “La bruja nerviosa de la obsesión lo cabalgaba, mordiéndolo y arañándolo hasta el insomnio y las pesadillas” (Citati). Para Eugenio Montale, Dylan Thomas fue un “surrealista y razonante, místico y hundido en la materia hasta el punto de no poder escribir sino bajo los signos del alcohol [...] era fundamentalmente un analogista de fondo religioso que no habría escrito una sola línea si él se hubiera entendido a sí mismo mediante la razón. Dylan fue realmente moderno en esto y en todos los sentidos, en los buenos y en los no tanto, y quien lo admira lo acepta como es”. Si en Inglaterra su trabajo fue visto con cierto recelo, sería en los Estados Unidos donde primero encontraría esa aceptación de la que habla Montale.
Su tercer libro pasó un tanto inadvertido, tanto por la guerra como por el hecho de no ser uno de sus más relevantes trabajos. Pero en 1946 publica un nuevo título, Muertes y entradas, que contiene muchos de sus mejores poemas, entre ellos “Negativa a lamentar la muerte por fuego de una niña en Londres” y “Fern Hill”, poema que influiría años más tarde en el joven Paul McCartney a la hora de componer su popular “Penny Lane”. Por primera vez un libro suyo alcanzó el éxito casi de inmediato: se vendieron más de tres mil ejemplares tan sólo en el primer mes. En este pequeño libro parecían menos herméticos que los anteriores aunque eran dueños de las mismas cualidades. Para Dylan en sus poemas el sonido seguía siendo tan importante como el sentido, quizá más que el sentido. Y para lograrlo hace uso de todo un arsenal de recursos: la aliteración, la asonancia, la rima interna, y la rima aproximada... mismos que hacen casi imposible su traducción. No es gratuito que sea considerado el poeta más musical del siglo XX.
Muertes y entradas marca no sólo la madurez total del poeta, también el momento más alto de su fama: para el momento de su publicación, Dylan ya era lo que siempre había querido ser: una leyenda viva: el poeta que seducía a las multitudes en sus lecturas, el escritor que despertaba en la gente común un cariño y una admiración más parecidos a los que despiertan los cantantes de baladas más que los poetas. Era el bardo celta, el gran bebedor, el seductor... la leyenda viviente.
Su suerte parecía cambiar por completo. Una admiradora le proporcionó una casa flotante a la cual trasladó a su familia y en la cual vivió, escribió y bebió felizmente. Los últimos cuatro años de su vida los alternó entre esta casa y sus viajes a los Estados Unidos, donde ofreció exitosas lecturas de poesía y recibió, a más de una  buena paga (que no tardó en dilapidar), la entrega incondicional del público norteamericano. Estos viajes, las más de las veces sórdidos por las largas y constantes borracheras, así como los escandalosos romances que Dylan sostuvo, más que su fortuna, acrecentaron su leyenda y precipitaron su fin. Durante ellos comía y dormía poco y mal, fumaba mucho, y bebía más.
En 1953 emprendió, en contra de los consejos y ruegos de su mujer, el cuarto y último viaje a los Estados Unidos. El viaje fue, como los anteriores, un largo peregrinar de un coctel a otro, de una cena a otra cena en su honor, fiestas, encuentros con escritores, periodistas y nuevas amantes... Nada parecía distinto, salvo que él ya no era el de años anteriores. Su salud estaba al borde del derrumbe: el insomnio, la inanición, la deshidratación causada por las largas borracheras... lo obligaron a cancelar todas las actividades programadas para la gira. Por prescripción médica se le prohibió tomar una sola gota de alcohol más. Dylan hizo caso omiso de la prohibición y, ante la impotencia de su biógrafo John Malcon Brinnin y de una amiga que lo acompañaba, pronunció la frase que, más que expresar su infinita sed, parecía la enunciación de una condena: “tengo que tomar un trago, volveré en media hora”.
No tomó un trago ni volvió en media hora. Lo hizo dos horas más tarde en completo estado de ebriedad. Entró a su habitación, la 206, del mítico hotel Chelsea y pronunció las ya clásicas palabras: “Acabo de beberme 18 whiskies. He batido mi propio record.” Después se quedó dormido.
Su última borrachera, donde apuró los famosos 18 whiskys (un número en el que no pocos han querido ver la clausura de un ciclo que empezó con la publicación a los 18 años de sus célebres 18 poemas), fue en una cantina de abolengo literario (no podía ser menos tratándose de él), The Old White Horse Tavern, fundada en 1880, al principio una taberna para estibadores que pronto ganó cierta reputación entre los escritores, pues contó entres sus clientes al joven Eugene O’Neil, la activista Dorothy Day, los novelistas James Baldwin y Norman Mailer, y algunos de los miembros de la generación beat: Allen Ginsberg y Jack Kerouac.
Liam Clancy, un músico que integró los Clancy Brothers, alguna vez llamados “los Beatles irlandeses”, contó algunos años después de la muerte de Thomas la siguiente versión de los 18 whiskys (aunque en su versión fueron mucho más de 18). Según Clancy, colocaron en la barra de The Old White Horse Tavern una pirámide de 36 shuts de whisky, Dylan los miró largamente, tomó el vaso que coronaba la pirámide y, con una certeza suicida, los siguió apurando uno tras otro hasta acabar con la pirámide. En realidad no hace falta saber si su versión es cierta o falsa, nada puede hacerle ya a la leyenda del poeta ebrio, del ángel caído.
Los días siguientes Dylan sufrió principios de delirium tremens, fiebres y alucinaciones en las que balbuceaba y describía horrendas visiones. El 4 de noviembre fue llevado al hospital St. Vincent y poco después entró en un coma alcohólico del que ya no pudo salir. Murió, mientras lo bañaban, sin recobrar la conciencia y sin proferir palabra, él, cuyas palabras “están vivas para siempre en su propia delicia, gloria, rareza y luz”.





Por Rafael Antúnez