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Despedida



No recuerdo con exactitud el año en que empecé a colaborar con Performance, por lo tanto no tengo la certeza de haber participado en los diez años que duró la empresa encabezada por José Homero y compañía. Diez años en los que, como escribí en la colaboración para la edición que celebraba el decenio de vida del periódico, hemos sido testigos de la transformación, para mal, de nuestro entorno social, político y de seguridad.
En diez años pasamos de la posibilidad de la alternancia en el poder a la fragmentación de una izquierda cada vez más comodina; una derecha voraz y puritana, y un priismo que no olvida su esencia predatoria. Hoy vemos al primer gobernador “independiente”, ajeno a siglas partidistas, pero dependiente de quienes detentan el poder económico de un estado como Nuevo León, donde manda la empresa, no los partidos.
En ese mismo lapso, el ejercicio de la cultura en Veracruz si sobresalió fue por iniciativas independientes, dispersas; la parte oficial se mantuvo dentro de la normalidad, con el estigma de haber perdido la posibilidad de que el Hay Festival adquiriera carta de naturalización en Xalapa. El argumento de que el retiro de la sede obedeció a las agresiones a la libertad de prensa en la entidad, me parece más bien la salida “elegante” a la falta de presupuesto para sostener un festival de estas características, pero en realidad pueden ser sólo figuraciones mías.
La emergencia de movimientos sociales ha sido tan efímera como inútil; hasta ahora no han logrado transformar la sociedad ni los subcomandantes ni los poetas. Los jóvenes, ávidos de épica, se montan de pronto en olas que sólo les auguran un buen revolcón en la arena y nada de epopeya. Cada día sus expectativas son más cortas y su desencanto más profundo. Su esperanza, su visión de futuro se diluye, nada hay que los aglutine y cuando brota, a la vuelta de unos días se les traiciona y de nuevo la nada, el páramo como visión de futuro.
Dejo para el final el estado que guarda la prensa en la entidad, hoy de nuevo foco de atención por el deceso de un reportero en la Ciudad de México, cargado a la cuenta del gobernador Javier Duarte, sea cual sea el resultado de la investigación. He insistido y lo seguiré haciendo, no todos los homicidios de periodistas tienen que ver o son resultado de su trabajo periodístico, ni todos los reporteros por el simple hecho de serlo son santos y ajenos a las debilidades humanas de toda índole. Es curioso como la memoria es corta en estos asuntos. En todas esas marchas y arengas ya nadie se acuerda de la extraña muerte de José Miranda Virgen; la desaparición de Jesús Sandalio Mejía o el homicidio de Raúl Gibb. ¿Será que ellas no afectan la libertad de expresión?
Es una lástima José Homero que la situación económica –imagino que las razones personales que adujiste al comunicar tu decisión de cerrar el diario son muchísimo más amables– te orille a desistir de seguir conduciendo esta nave a la que gentilmente me convidaste a subir, no sé si hace diez, o nueve u ocho años.
Agradezco enormemente aquel encuentro en la calle, porque eso sí lo recuerdo, cerca del mercado de San José, donde me invitaste a colaborar para el periódico, lo cual me dejó sorprendido y con un terror espantoso al no saber en principio qué hacer, qué escribir, y luego no tener la confianza de si mi trabajo tendría la calidad suficiente. Pasé la prueba y de ahí en más mis trabajos fueron bien recibidos en las páginas de Performance.
La invitación me llegó justo en un momento en que me decantaba en una profunda crisis del oficio escritural, pues no tenía alicientes ni espacio que me aseguraran la lectura de mi trabajo y lo encontré en Performance.

Performance se va en una coyuntura en la que su presencia en la vida social y cultural del estado es muy necesaria ante la carencia de espacios reales para el ejercicio de la crítica, la crítica inteligente, con argumentos, no aquella que apuesta a la diatriba y al insulto por el simple hecho de sentirse iconoclasta. Un abrazo para ti, Homero, y para todo tu equipo, como siempre con el agradecimiento por su paciencia y por su tozudez para mantenerse hasta lo posible.





Por Luis Enrique Rodríguez Villalvazo

Diez



En los más recientes diez años transcurridos hemos sido deponentes de la transformación, no sólo del contexto político social y de seguridad del país y del estado, sino de la forma en que el lenguaje ha ido perdiendo su carga semántica a fuerza de repetir palabras o recurrir a conceptos que acaban roídos hasta que su esencia se diluye en este inmediatez líquida que nos consume. De igual manera, este decenio ha parido una nueva jerga que se ha ido incorporando al imaginario colectivo y que de a poco hemos subsumido dentro de la normalidad léxica de los hablantes de este país. Son diez los términos aquí descritos, que pueden dar un bosquejo de lo que se dice líneas arriba.
En el centro de ese microcosmos se encuentra impunidad, de ella se hace bandera y centro para justificar el estado de las cosas; de tanto oírla, leerla en análisis, columnas e incluso en informes de entidades supranacionales como la ONU, ha acabado por no significar casi nada, su repetición acaba por blindar a quien se acusa, inoculándolo contra cualquier cosa que pudiera haber representado.
De la impunidad abreva la corrupción, relación simbiótica que incluso el propio Enrique Peña Nieto se declara incompetente en la materia para resolverla. Es cultural, dice. Y hay quien se levanta para rechazar sus dichos, señalando que ello es prohijarla; hipócritamente se llama “al ladrón, al ladrón” mientras se extiende la mano para ofrecer o recibir una dádiva, cuando desde los espacios periodísticos se enderezan campañas a modo, o en los reductos de la alta cultura y la academia se zurcen acuerdos al gusto. El que se ríe se lleva, y el que se lleva se aguanta.
El Estado como ente público está hoy en extinción. En los discursos vacuos de los políticos se acude al término como quien sumerge la mano en las pilas de agua bendita, hoy obsoletas en iglesias ante el criadero de gérmenes que representaba, buscando en él un asidero inexistente. Estado fallido resuena en los análisis de inteligencia y se levanta la guardia y el patrioterismo hincha pecho para rechazar al masiosare, ese extraño enemigo. El término perdió su esencia, su sentido.
Ciudadanía. Ajenos al concepto, nos llamamos ciudadanos sin entender a cabalidad de qué va la cuestión. Cabalgamos anodinos en los lomos de la desidia. México es uno de los países en Latinoamérica con el más bajo índice de confianza interpersonal,[1] lo que debilita el tejido social y en consecuencia la calidad de vida democrática de un país cada vez más abúlico. Un país con una baja confianza interpersonal es incapaz de lograr acuerdos. Desde el advenimiento de las redes sociales, se ejerce la ciudadanía desde el teléfono celular o la computadora, replicando mensajes e insultos sin que estos tengan un real impacto en las condiciones de vida del país.
Democracia, Borges la consideraba una superstición; Chomsky señalaba hace catorce años, cuando el EZLN marcaba la agenda política, que en América Latina se vivía (y se vive) en una policracia donde “se le asigna al público el papel de espectador, no de participante. Su función en un sistema democrático formal es presentarse de vez en cuando a marcar una boleta –lo que en la práctica es seleccionar entre sectores de las clases privilegiadas- y regresar a casa”. Es una entelequia y en esa medida su realización como vocablo nace muerta, no hay una vinculación directa entre el término y su realización objetiva en la cotidianidad.
Libertad de expresión. En los últimos años se ha escrito tanto sobre la ella y los muros que se pretenden construir desde las esferas del poder para acotarla. No obstante, es en los últimos años cuando el ejercicio de la libertad de expresión en este país ha tenido su mayor crecimiento, no gracias, cierto es, a la buena voluntad de autoridades de los tres órdenes de gobierno, ha sido un espacio ganado con base en el actuar responsable de verdaderos periodistas investigadores, de ciudadanos que ejercen en forma activa su condición, y no producto de la protesta o el golpeteo mediático que actúa bajo intereses económicos y de grupúsculos de presión.
A la par, el sustantivo periodista ha venido sufriendo el deterioro propio de la profesión convirtiéndose en reducto de oportunistas, que han hecho de ella un mecanismo de extorsión, cuarto poder tan corrupto o más que los otros tres que, se supone, delimita.
En este decurso, hemos subsumido como parte de la normalidad discursiva una triada que, estridente, obtuvo carta de naturalización y parecemos condenados a padecerla. Desaparecido, levantón y ejecutado son quizá la representación más acabada de la violencia desencadenada y reproducida hasta el adormecimiento en imágenes y discursos, en medios de comunicación, altavoces que dispersan su malaria, y conversaciones en voz baja, como evitando su invocación en una especie de conjuro infantil.
Son diez términos, apenas palabras pero que representan mucho de lo que hoy le duele a este país, ese que parece que algunos apenas descubren que está jodido.
Un texto que pretendía ser celebratorio de una década de esfuerzo continuado (Performance cumple diez años), salió un reproche, una mirada en el espejo que reproduce un rostro que quisiera no reconocer como propio pero que es el mío.
Aunque no todo es gris o marrón, el empeño puesto en empresas como la que conduce José Homero, le da tonalidades de selva, de trópico (“Trópico, ¿para qué me diste / las manos llenas de color? / Todo lo que yo toque se llenará de sol”), nave de los locos que se mantiene a flote a pesar de adversidades económicas y desinterés de los entes públicos, quizás en ello radique su éxito y de ello abreve la necedad de quien la impulsa. Brindo por eso.




[1] Un 72 por ciento de las personas considera que no se puede confiar en otras personas, según datos del Informe País de la Calidad de la Ciudadanía en México, publicado en 2014 por el IFE. Curiosamente, los niveles de confianza en las personas decrecen en las entidades ubicadas en el centro y sureste del país, mientras que en los estados del norte y occidente esta está por arriba de la media nacional. El bajo nivel de confianza en las instituciones se refleja en la disminución del porcentaje de confianza interpersonal de los ciudadanos.





Por Luis Enrique Rodríguez Villalvazo

De la libertad de prensa


Esta manta sí se ve. Marcha: Prensa, no disparen. Xalapa
Sí, Veracruz es reconocido como un foco rojo en el mapa nacional e internacional del ejercicio periodístico desde hace algunos años. Sin embargo, parece lejano el día que esto cambie. ¿Cuáles son las razones visibles e inadvertidas de esta situación? Luis Enrique Rodríguez Villalvazo expone, una vez más, que “antes de salir a las calles a demandar explicaciones hace falta un ejercicio severo de autocrítica de parte de los dueños de los medios y los profesionales de la información, hay una terrible resistencia a ello en contraste con la persistente vigilancia de los otros ámbitos públicos”.
La nuestra es una época de… prensa amarillista “de investigación” a la pesca tanto de conspiraciones con las que poblar de fantasmas un espacio público ominosamente vacío como de nuevas causas capaces de generar  un “pánico moral” lo suficientemente feroz como para dejar escapar un buen chorro de miedo y odio acumulados.
Zygmunt Bauman
Hace ya casi dos años, con esta misma cita –hoy un poco más corta– del sociólogo polaco encabezaba una breve reflexión en torno al homicidio de cuatro reporteros en Veracruz y la reacción de sus compañeros y de una parte de la sociedad demandando garantías para el libre ejercicio de su labor periodística.
En aquella oportunidad enumeraba una serie de factores que contribuían a la vulnerabilidad del reportero en el desarrollo de su labor informativa: carencia de protocolos de seguridad para salvaguardar la integridad de los trabajadores de los medios; vicios atávicos en la relación prensa-actores políticos (como son la propensión al cochupo y la dádiva); desinterés en dignificar el trabajo periodístico donde los sueldos y la capacitación son bajos; carencia de un espíritu de cuerpo entre los periodistas –sólo se unen bajo ciertas circunstancias y no todos participan, temerosos de perder privilegios; y la falta de un criterio común en la cobertura de temas relacionados con la delincuencia organizada eran algunos de ellos.
A dos años de aquel ejercicio, las condiciones no han cambiado un ápice. Antes de salir a las calles a demandar explicaciones hace falta un ejercicio severo de autocrítica de parte de los dueños de los medios y los profesionales de la información, hay una terrible resistencia a ello en contraste con la persistente vigilancia de los otros ámbitos públicos, vigilancia en muchas ocasiones motivada por intereses ajenos a lo informativo.
Se mantienen las prácticas sensacionalistas y el amarillismo predomina por encima del análisis y el periodismo de investigación, lo que da pauta a excesos, imprecisiones, especulaciones y bulos de diversa índole. Transcurridos catorce años del siglo XXI, las preferencias sexuales de los actores públicos siguen siendo el pábulo que alimenta comentarios orientados a zaherir al blanco determinado y nadie ha reparado en ello, por el contrario, se festeja.
Cada que se agrede a un periodista se da por sentado que es consecuencia del ejercicio de su profesión y no siempre sucede así; nadie cuestiona el uso de un medio de comunicación como mecanismo de chantaje. La objetividad y carácter crítico de una publicación están directamente relacionados con los convenios publicitarios que se establezcan o no, verdad del quevediano personaje.
Los medios han devenido en ministerio público y jueces, sin posibilidad de rebatir la sentencia emitida desde columnas y editoriales que se recargan en la manida libertad de expresión. Al respecto, Marco Levario señala que el “poder (fáctico) de los medios acota al poder de las instituciones, en deterioro de la credibilidad del sistema judicial, y más allá de tener en cuenta las enormes insuficiencias que éste tiene”. Es cierto, las instituciones se han encargado de que todo lo que provenga de ellas –sobre todo en materia de información– sea visto con recelo y desconfianza.
Está perfecto que se demanden investigaciones claras y que se precisen las causas de las agresiones contra periodistas, pero hace falta que esa demanda se traslade a los propietarios de los medios que no asumen ninguna responsabilidad para con sus trabajadores. Se ha vuelto ya una constante ver en las boletas electorales los nombres de comunicadores (sean columnistas o simples lectores de noticias) que deciden pasar de las páginas o pantallas de la televisión a la palestra electoral. Eso va en detrimento de la credibilidad del medio y hasta ahora nadie ha protestado por eso.
Cito de nuevo a Levario: “El profesional de la información es un intermediario entre la sociedad y los hechos que le comunica. La manera en cómo lo hace es lo que determina la calidad de la información”. En la medida en que no se entienda esto, que no se inculque desde las aulas universitarias o en las salas de redacción, mientras siga prevaleciendo la visión de que un periódico, un portal de noticias, una revista, un programa de radio o televisión, es una forma más de enriquecerse al amparo de los recursos públicos, las agresiones contra los periodistas, la coacción en el ejercicio de sus funciones, prevalecerá.






Por Luis Enrique Rodríguez Villalvazo

La sinfonía de las púberes gánsteres




Luis Enrique Rodríguez Villalvazo escribe sobre la controvertida Spring Breakers de Harmony Korine, película donde “la historia se mueve en un círculo concéntrico enajenante, tóxico, donde el horizonte de expectativas se reduce a cero”
Para Mariana… porque nunca se le ocurriría ser canción
Traseros sacudiéndose, pechos al aire, grandes, pequeños, cerveza, droga y sobre todo una atmósfera de bacantes en medio de la música electrónica que con sus decibeles y vibraciones fustiga la epidermis, la combinación embota los sentidos y se repite de manera intermitente a lo largo de la película Spring Breakers, pieza más reciente de Harmony Korine, quien se diera a conocer con la construcción del guión de Kids (1995) donde ya perfilaba su interés por el mundo adolescente y sus devaneos con la sexualidad y las drogas en pleno boom de la cocaína y las otras drogas de diseño en los Estados Unidos.
Esa es la intención confiesa el director, Harmony Korine, apostar por una construcción musical que superara el lenguaje cinematográfico: “Me acaban aburriendo las narrativas tradicionales. Así que me fui a las bases de electrónica y creé una especie de loop visual, microsecuencias muy rápidas que se repiten de vez en cuando para que la película dé una sensación de consumo de drogas”.
El cuarteto de lolitas alrededor del cual gira la historia se mueve en un círculo concéntrico enajenante, tóxico, donde el horizonte de expectativas se reduce a cero. Su interés por salir de ese reducido universo para disfrutar de las vacaciones de primavera, en medio de inhalaciones de crack, escarceos lésbicos y un letargo que concita al suicidio (no en balde la atmósfera es oscura en esta parte de su microcosmos), las impele –a tres de ellas, las más avezadas y endurecidas por la ambición de romper la inercia– a asaltar un local de comida rápida, el botín les proporciona la posibilidad de cumplir su sueño y viajar a Florida. La cuarta, la nínfula Faith (demasiada literalidad), la más joven del cuarteto, no participa del latrocinio, es protegida por las otras tres.
A partir de ahí, la película es un tobogán, pero sin percibirlo Candy, Brit, Cotty y Faith (la única que se comunica con la familia en el proceso y mantiene una vida religiosa light) se envuelven en una vorágine que repite la que ansían dejar, no perciben que el spleen,  aquel que acogotara a los románticos y malditos dos siglos antes, es su esencia, lo tienen tatuado en la piel, aunque encontrarán la manera si no de evitarlo, al menos de remover el amargo poso para darle un cariz distinto.
El sueño termina demasiado pronto, la caída en la cárcel por consumo de cocaína pone en juego la figura de Alien (James Franco) –una vez más la literalidad in extremis, el extraño, el que no es de este mundo–, rapero con aspiraciones a escalar dentro de la estructura local de distribución de droga, las rescata, ve en ellas no sólo la posibilidad de la seducción, sino el potencial criminal en ellas.
Y entonces entra en juego la carne; la apuesta por llevar a dos chicas Disney (Selena Gómez y Vanessa Hudgens) al plano de la sensualidad y el erotismo explícito, particularmente la segunda, y su velada relación con Ashley Benson (Brit) es un gancho al hígado. Alien identifica de inmediato el lado flaco de las bacantes y exhibe el músculo, dinero en cantidades ingentes y poderoso arsenal son suficientes para seducir a Brit, Candy y Cotty; Faith muestra su reticencia y temor ante lo que vislumbra más adelante.
Es aquí donde la ecuación del director no cuaja, al menos con la realidad circundante. Alien asume como un reto la seducción de Faith, al no conseguirlo le permite irse a casa, a donde pertenece, el sueño ha terminado. En el mundo real no hay gánsteres buenos, amables. Lo que no obtienen por las buenas, lo toman por las malas. Es un rasgo de debilidad del personaje y donde la película cojea.
En la búsqueda por ubicarse como quien detente el negocio de la venta de drogas en la plaza, Alien se enfrenta con quien fuera su mejor amigo, Archie (Gucci Mane). Y las chicas serán su instrumento de venganza, sólo Brit y Candy quedarán en pie, Cotty –en una escaramuza– es herida en un brazo y emprende la retirada. No hay épica, el asalto a la casa de Archi para vengar el atentado previo y tomar de una vez por todas el control de la plaza acaba pronto para Alien, un balazo en la cabeza cuya precisión deslumbra ante la falta de puntería del resto de los sicarios distribuidos en toda la residencia –un guiño a la escena final de Scarface, de la cual se dice admirador Alien, con disparos a diestra y siniestra, sin cambiar nunca el cargador– los cuales van cayendo uno a uno bajo las balas de Brit y Candy, enfundadas en trajes de baño y pasamontañas fosforescentes que dotan de glamour insospechado a la muerte. Ha terminado la aventura, o comienza otra.
Si bien la película evita la sanción moral de quienes transgreden la norma, lo cual se agradece, no deja de ser un intento por escandalizar recurriendo a la imagen de dos de las princesas juveniles del Disney Channel. Hay una gran dosis de un humor sucio (la escena donde Franco simula una felación, humillado ante la audacia de quienes suponía sus presas, el cazador puesto en predicamento, es un ejemplo) pero que se queda sólo en guiños, sin profundizar en ello.
Vale la pena, es una apuesta interesante para atraer público, aunque se corre el riesgo de que se reproduzcan spring breakers autóctonas y menudeen los asaltos a fondas y changarros para agenciarse unos dineros que las lleven a Cancún o ya de lágrima a Casitas o La Mancha, y no bajo la música de Skrillex, sino del Cártel de Santa que rima…
El spring brake es el mejor ejemplo
música, playa y culitos en movimiento
soy puro sun siempre desde adentro 
de corazón Acapulco represento 

Hoteles, albercas y hermosas mujeres, 
nalgas perfectas siempre gozo estos placeres 
en la vida que llevo yo ahogado en alcohol 

Eso hace la resta 
no importa que amanezca 
no conozco la siesta 
mi segundo nombre es fiesta

Spring Breakers, de Harmony Korine. Actuaciones de James Franco, Selena Gomez, Vanessa Hudgens, Rachel Korine, Ashley Benson. Estados Unidos, 2013. Duración: 92 minutos.





Por Luis Enrique Rodríguez Villalvazo, escritor, periodista y padre de familia

Ocho años


Retrato de grupo: Redacción de Performance con colaboradores y amigos durante el brindis del Día de Reyes, 2013
Colaborador asiduo de este medio, Luis Enrique Rodríguez Villalvazo repasa la situación actual del quehacer cultural en Veracruz en su contexto natural: la violencia. “Si en periodismo político  no hay opciones –escribe el autor–, en el periodismo cultural no hay otro referente que Performance”.
A diferencia del siete, las referencias al carácter simbólico del ocho son limitadas (no pienso hacer la relatoría aquí de mi decepción al guglearlo para tratar de encontrar una respuesta enigmática que sirviera de hilo conductor a este relato, aunque debo reconocer que una página llamó en particular mi atención, y fue aquella que describe la personalidad a partir del número que te corresponde al hacer un cálculo con base en la fecha de nacimiento y ofrece alternativas para emparejarte con alguien cuyo número sea compatible) y no ofrecen verdaderas opciones como para vincular este aniversario con una suerte de halo místico.
Lo enigmático sí es la persistencia de quienes encabezan un proyecto periodístico como Performance, en un medio que se caracteriza por la facilidad con que se pergeñan elogios zalameros a la medida, trajes que encandilan al rey para que deambule desnudo por la plaza pública mostrando sus pudibundeces y que en ello sustentan un “prestigio” que, dicen, los sostiene. Lejos de lo que Tony Judt argumentaba cuando decía que los periodistas –en particular los periodistas de investigación, género del cual Veracruz sufre de anemia– eran los únicos críticos eficaces del poder.
En los ocho años más recientes, Veracruz ha transitado por un incremento en la violencia generada por el narcotráfico a una especie de calma chicha –en la acepción primigenia del término– en la que la angustia transita soterrada siguiendo la ruta de las carreteras federales que cruzan por la entidad, que se derrama en veredas y caminos de tercer orden. El cambio de partido en el poder no ha significado una variación en ningún sentido en la política de seguridad.
Son ocho años en los que las “opciones políticas” en Veracruz se han deslavado. Una izquierda sectaria y demasiado proclive, dúctil, a la negociación, sin capacidad de aprovechar el envión que les significó la figura de Andrés Manuel López Obrador, quien aporta su cuota destructiva; el panismo ensimismado, rumiando soberbia y fracturado en grupúsculos. El PRI, rehén de una generación de jóvenes políticos, forjados bajo la sombra de un echeverrismo tropicalizado, parto con fórceps de quienes no acabaron de formarse y por lo cual la nodriza ha vuelto para acabar de encaminar a los pequeños cuervos.
En el último cuatrimestre los jóvenes que vieron en la elección presidencial de 2012 una ventana a la cual asomarse y reclamar su espacio en este tinglado, han vuelto al anonimato; parafraseando a José Cruz, letrista de Real de Catorce, no cambiaron el mundo ni incendiaron el sol, no hubo una primavera árabe, ni siquiera un verano peligroso. El Submarcos asomó la capucha, pero volvió a esconderse bajo los élitros de Durito, ante la andanada que le propiciaron por su aparición oportunista.
En ocho años Xalapa se ha transformado para mal en una ciudad desordenada, en ocasiones sucia, en permanente deterioro, asfixiándose entre pegotes de una modernidad  mal entendida y que recusa su pasado arquitectónico, un paisaje cada vez más limitado, ganado a fuerza de edificios grises en su tono y en su diseño. La consigna es meter bloques verticales de concreto y tablaroca por todos lados.
En materia de cultura en ocho años las cosas parecen no variar. Si en periodismo político no hay opciones, en el periodismo cultural –al menos en lo que se refiere a Xalapa y la zona conurbada Veracruz-Boca del Río, pues reconozco mi ignorancia sobre lo que ocurre en otras ciudades del estado en este sentido– no hay otro referente que Performance. Sigo insistiendo en que el asunto aquí radica en lo poco redituable que resultan, económica y políticamente hablando, las empresas culturales.
Con la llegada del Hay Festival se revitalizó una parte de la escena xalapeña, pero se sigue careciendo del factor que vincule a la ciudad con el festival. Aún no adquiere la carta de identidad y en consecuencia a muchos les sigue siendo ajeno, severamente elitista, a pesar de los guiños como el de la edición 2012 con la participación de Café Tacuba.
En ese contexto ha crecido Performance, entre esos avatares se han movido sus editores. Son ocho años de luchar con la pantera hasta domeñarla, pero sin uncir el yugo en el cuello, sólo lo suficiente como para posar la mano en su lomo y percibir a la bestia cuando ronronea.

Salud.





Por Luis Enrique Rodríguez Villalvazo







Brevísima reseña de una vida literaria realmente breve


Luis Enrique Rodríguez Villalvazo
 Del Primer Coloquio Narradores en Veracruz. Cuentistas de los 70 va esta reflexión de  Luis Enrique Rodríguez Villalvazo en torno a la cocina de la escritura. Además del silencio, el autor pondera el aislamiento necesario pues “es el que a su vez viven mis personajes, la desolación interior, el individualismo, la ausencia de amor y su transformación en espirales de violencia que se desbordan”.


Reflexionar acerca de los resortes que se activan cada que se decide uno a escribir es una tarea harto difícil, sobre todo porque representa una especie de acto de contrición, con todas las implicaciones que eso conlleva. Es colocar al voyeur –en la escritura se requiere de una gran capacidad de observación, de radiografiar cada detalle, el más insignificante puede adquirir relevancia en la construcción de un personaje, de una atmósfera– bajo el escrutinio de otros, y en ese momento, al menos en mi caso, el juego deja de ser divertido.

Miento si digo que desde pequeño me interesé por la lectura; ciertamente en casa siempre hubo libros y mi acercamiento con ellos estaba directamente relacionado con la experiencia vital que se desarrollaba afuera, pues fui todavía de los privilegiados que tomamos la calle por asalto y prolongábamos las sesiones de futbol callejero hasta entrada la noche, amén de que podíamos disfrutar de escenarios naturales incorruptos.

No empecé leyendo La isla del tesoro o los avatares de corsarios descritos por Salgari, mi principal diversión era la “lectura” de la –por cierto, incompleta– Enciclopedia Salvat de la Fauna que había en casa, y entrecomillo lectura, porque en realidad era una revisión acuciosa de las fotografías y dibujos que ilustraban los tomos. Alucinaba con la efigie de animales tan enigmáticos como el okapi, el marabú, el rostro de un mandril y la portentosa exhibición de sus caninos o el picozapato (personaje de mis pesadillas infantiles, la foto del libro mostraba a la cigüeña echada sobre su nido entre los juncos africanos, y su pico, en forma de sueco color violeta, junto con la mirada amarilla me aterrorizaban).

Ese gusto por las ilustraciones fue lo que me llevó quizá a conocer y devorar las historias de Capulinita (la versión de bolsillo, estúpidamente hilarante); Tawa, el hombre gacela que más tarde cambiaría su nombre a Batú; El Hombre Araña; el Simón Simonazo, con su excelente adaptación de Kiss a la realidad patria; Kalimán, en la versión sepia, cuando le metieron color le partieron el halo místico; El Águila Solitaria. De esas lecturas data mi primer despertar erótico al hacerme de Las andanzas de Aniceto y Las aventuras de Hermelinda Linda, historietas que eran llevadas a casa por mis hermanos mayores y que ocultaban debajo del colchón de la cama.

Bajo esa misma lápida de resortes y poliuretano descubrí las primeras fotonovelas en las cuales las tipas malas quedaban irremediablemente en ropa interior, y al cuadro siguiente, con ojitos de arrobamiento, mostraban cómo el tirante del sostén había descendido seductoramente de su sitio, pero nunca más allá.


Ya siendo víctima de la adolescencia fui presa de dos pasiones casi en simultáneo: el rock y la práctica del futbol. En el primer caso me afectó un acceso de chovinismo que me hizo rechazar grupos y corrientes originarias de Sudamérica y España con aquella oleada del rock en tu idioma –y en muchos casos no me equivoqué-, mientras que del rock anglo sólo pasaba por el filtro lo metalero y el blues; los extremos. En esa coyuntura me volví aficionado a la lectura de otra revista; en un momento en el que el rock nacional estaba fuera de los canales de comunicación masiva el Conecte era una ínsula. Ahí me enteré de la existencia del tianguis del Chopo; los hoyos fonquis, cuyo bautizo se atribuye Parménides García Saldaña; los punks y sobre todo de que hubo algo que se llamó Avándaro (el festival de rock y ruedas). Todo me llevó a enterarme de que había un concepto denominado “contracultura” y de ahí a la lectura de José Agustín, el propio Parménides, José Joaquín Blanco y su trabajo sobre las bandas, sólo medió un pequeño paso.

Tiburón con el futbol

El futbol intenté practicarlo profesionalmente, aprovechando el regreso de los Tiburones Rojos a la primera división, pero no hubo mucha suerte y recalé, como paria, en la práctica del futbol playero. De igual forma hice mías las historias surgidas de los rincones sórdidos y mórbidos del puerto –Cortés, Guerrero, Arista, los callejones de Cuatro Ciénegas y La Lagunilla– antes de que fueran tomados y saneados por los batallones de hipócrita limpieza de las administraciones panistas, y el malecón y su poliédrica catadura.

Cuando me di cuenta estaba ya en la universidad y en mi vida había escrito una línea. Pronto conocí el trabajo de Juan Vicente Melo y de Sergio Galindo. Del primero intenté calcar el estilo en mis primeros trabajos, del segundo me interesaba la transformación de la periferia en el centro. Luego llegaron Jorge Ibargüengoitia y su irreverencia, Enrique Serna y el humor acidísimo, José de la Colina y la contundencia de la brevedad.

Al mismo tiempo, el videoclip se enseñoreó como referente visual; de pronto todo un universo cabía en tres minutos. Esos parámetros se trasladaron al texto y mi escritura tendía a condensarse en ellos, me aterraba que mis historias no pudieran extenderse más allá de dos o tres cuartillas, a lo cual se sumaba una propensión al diálogo que pensaba un defecto.

Tuve la suerte de conocer en esa coyuntura a Sergio Pitol quien me mostró que esas características, bien explotadas, podían ser virtudes, me dio la llave de algunos de los secretos del oficio, sobre todo uno que es particularmente caro a la escritura: la disciplina. En una ocasión me dijo que todo joven escritor debe imponerse un ritmo de trabajo cotidiano –tres horas diarias, ponía como mínimo– y que si un día no podía dedicarle a la escritura esas tres horas, al día siguiente debía cumplirlas y así hasta subsanar ese déficit. Las iluminaciones existen, es cierto, pero no se puede dejar todo a la voluble y volátil inspiración.

Flaubert aconsejaba a Maupassant: “No sé si tendrá usted talento, joven… pero no olvide usted esto… que el talento, según la frase de Buffon, no es más que una larga paciencia. Trabaje usted”.

En la Facultad de Letras entendí qué era lo que no quería ser, además me dio las herramientas para aprender a leer la realidad. Junto con Víctor Hugo Vásquez Rentería emprendimos la aventura de devolverle a la facultad una publicación periódica, gracias a eso y la libertad que nos ofreció Víctor al grupo de amigos que conformábamos la redacción de Longinos pudimos sentirnos dictadorzuelos por un rato.

Poco después, fue Rafael Antúnez quien apostó por mi trabajo y me ofreció las prensas de la Editora de Gobierno del Estado de Veracruz para publicar Permanencia voluntaria; junto con él, otras presencias han sido puntuales para mi formación, primero como lector y luego como narrador: José Luis Martínez Suárez, Rodolfo Mendoza, José Homero, en cuyo Performance he desarrollado el oficio periodístico, además de los infaltables lectores cómplices que detectan las falencias que el ego y la saturación impiden observar con claridad.

Dice Paul Auster que:

Cada libro es una imagen de soledad... Es un objeto tangible que uno puede levantar, apoyar, abrir y cerrar, y sus palabras representan muchos meses, cuando no muchos años, de la soledad de un hombre; de modo que con cada libro que uno lee puede decirse a sí mismo que está enfrentándose a una partícula de esa soledad. El libro puede hablar de soledad o compañía, pero siempre es necesariamente un producto de la soledad.

No concibo de otra forma mi trabajo, y no es sólo lo relativo a la ausencia física, sino a la necesidad de aislamiento que se requiere para la elaboración de un texto. “Cuando permanecemos solos durante mucho tiempo, poblamos de fantasmas el vacío”. Ese aislamiento es el que a su vez viven mis personajes, la desolación interior, el individualismo, la ausencia de amor y su transformación en espirales de violencia que se desbordan.

¿Qué me mueve a escribir?, me pregunto al momento de redactar estas líneas para tratar de compartirlo con ustedes y aún no encuentro respuesta elegante, quizá se deba a que soy un mentiroso compulsivo o quizá, como dice uno de mis personajes:

La palabra es la ausencia del silencio, por eso escribo, no para combatirlo, sino para evitar que se adueñe de mi vida, el silencio fue el motivo, la causa de mi más profundo dolor, el cual había permanecido sepultado bajo toneladas del escombro acumulado en esta ruina permanente que ha sido mi vida… Si no nos sirven las palabras sólo nos queda el silencio, sin embargo tampoco podemos asegurar la existencia de este último: En esta noche, en este mundo… y nada es promesa entre lo decible que equivale a mentir (todo lo que se puede decir es mentira), el resto es silencio, sólo que el silencio no existe…




Por Luis Enrique Rodríguez Villalvazo





Violencia, lugar común


El gel no me permite rascarme la cabeza
Más allá del discurso oficial, la violencia ha ganado fuerza en territorio nacional. Luis Enrique Rodríguez Villalvazo analiza en estas líneas los primeros 60 días de Peña Nieto en la presidencia, la ausencia de un proyecto de transformación del país y los reciclados programas demagógicos de viejo cuño priísta.
El 31 de enero se habrán cumplido sesenta y dos días de que Enrique Peña Nieto asumió la presidencia del país, y más allá de sus deslices discursivos, es más que palmaria su incapacidad para improvisar ya no un discurso, si acaso un par de líneas fuera de las que le hacen llegar sus colaboradores. En Veracruz hubo un caso similar, un secretario del gabinete de Miguel Alemán al que había que separarle las palabras con guiones en sus discursos y distribuirle las pausas para los aplausos. Peña Nieto, ante su evidente incapacidad para leer, no parece dar color respecto de la forma en que piensa transformar al país.
Con la administración de Peña Nieto hubo un cambio en la política de comunicación social; de pronto los sucesos violentos perdieron notoriedad, al menos para las redacciones, y fueron relegados, los más, a interiores, o menciones insípidas en las primeras planas, los menos. Sin embargo, la realidad se impuso y no hubo manera de soslayar el súbito incremento de la violencia en el Estado de México (curiosa coincidencia señala Javier Solórzano: al iniciar la administración de Calderón, la violencia se disparó en Michoacán, entidad de origen del entonces presidente) y el Distrito Federal, así como el anquilosamiento de la misma en entidades como Coahuila y Nuevo León.
La violencia en México ya es endémica. En algunas demarcaciones deambula en el silencio que imponen autoridades o al que obligan las propias bandas armadas. Somos en ese sentido –lo decía con anterioridad– más vulnerables, frágiles ante el viento solano que nos abrasa el rostro.
La promesa de una gendarmería nacional como solución al problema (de acuerdo con lo establecido en el Pacto por México, estaría operando a partir del segundo semestre de 2013, con la participación, en principio, de 10 mil militares y elementos de la Armada de México) no marcará gran diferencia en los mecanismos de combate al crimen organizado, pues el asunto no radica en seguir combatiendo violencia con violencia, sino en delimitar las causas por las que cada vez más jóvenes (el bono demográfico está siendo abatido a punta de plomazos) se integran a las filas de la delincuencia.
La política social del nuevo gobierno apuesta por la administración electoral de la pobreza, que le garantice su permanencia en el control de las instituciones, no disminuir las causales de incorporación voluntaria o no a los grupos delictivos.
Nunca más un México sin nosotros, es el lema que bien pudieron piratearle al resolutivo del Congreso Nacional Indígena de 1996, cuando el Subcomandante Marcos tiraba línea con sus textos, hoy tan abotagados como con sabor a monserga. La grandilocuencia de los títulos con los que se anuncian las estrategias oficiales –la pomposa Cruzada contra el hambre– no corresponde con la realidad a la que se enfrentan, son eso, sólo lemas revolcados del echeverrismo y el salinato redivivos (el relanzamiento de las relaciones con Cuba, una foto con Raúl Castro reproducida hasta el cansancio).
La violencia es hoy ya lugar común, su abordaje en columnas y artículos es danzar en círculos concéntricos; peligrosamente nos vamos acostumbrando a convivir con ella.





Por Luis Enrique Rodríguez Villalvazo