Mostrando las entradas con la etiqueta Héctor Miguel Sánchez. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Héctor Miguel Sánchez. Mostrar todas las entradas

Ecos del día Mundial del Teatro 2013


No te caigas
Héctor Miguel Sánchez revisa las obras Ofelia, Fractales y Ñaca ñaca, llegaron las leyendas, todas presentadas durante el festival Día Mundial del Teatro Xalapa 2013, direcciones escénicas con aspectos a favor y en contra
Vamos a reseñar aquí tres de los montajes que se presentaron en el festival Día Mundial del Teatro Xalapa 2013: Ofelia, del grupo de teatro coordinado por Maricarmen Luna (11 de marzo); Fractales, de Los Tristes Tigres (11 de marzo), y Ñaca ñaca, llegaron las leyendas de la compañía Títere Vivo (16 de marzo).
Ofelia. Más allá de que el texto de esta obra surgió como una síntesis de tres libretos previos, lo importante es el valor que tiene por sí mismo. Su estructura condensada y poco narrativa nos recuerda la de un poema: en cerca de media hora, una serie de imágenes que se entrelazan mediante los recursos de la representación dramática, el tropo poético y, en mucho menor medida, la diégesis, se despliegan ante nosotros. Cada palabra parece puesta en su exacto lugar y cobrar un valor preciso, lo que le añade a la condensación la virtud de la intensidad. Nos encontramos más en un mundo simbólico que ante una “historia que se cuenta”; el centro de este mundo es la vida autoconsciente del sujeto-mujer.
En cuanto a la dirección y las actuaciones, haremos varios apuntes. Primero: es un trabajo plenamente enfocado en la corporalidad; si bien no se puede decir que haya en este montaje una hibridación absoluta entre lo dancístico y lo teatral, sí es posible ver en él la positiva influencia del primer elemento sobre el segundo. Resultó muy afortunado, por otra parte, que las seis actrices (que representan a las seis Ofelias) hayan aparecido uniformadas: al moverse simultáneamente, y gracias al claroscuro del escenario, se producía la sensación de que estábamos frente a un gran espejo o caleidoscopio. La selección musical fue igualmente afortunada, pues incluyó, por ejemplo, el preludio a la primera suite para violoncelo de J. S. Bach –preludio que acompañó una escena en la que, mediante la alegoría del viaje al océano, quedaron simbolizadas la libertad y el autodescubrimiento del yo femenino.
Falló, sin embargo, la combinación entre tipo de calzado (zapatos de tacón) y el tipo de piso (poco friccionado), combinación que entorpeció ciertos movimientos “coreográficos” grupales e hizo otros, a nuestro entender, algo ruidosos; a esto hay que añadir ciertas fisuras en la sincronización de movimientos. De igual manera, la intensidad de las actuaciones tiene todavía mucho campo de mejora: hay talento y buena disposición, e incluso las actuaciones de la Ofelia niña y la Ofelia adulta (los dos papeles más extensos) cuentan ya con cierta solidez; sin embargo, en general, las actrices no logran comunicarnos aún una fuerza escénica decisiva. Ahora bien: más allá de nuestro juicio puramente estético, nos parece muy loable que un grupo artístico tan joven pueda ya presentarse en un festival como el del Día Mundial del Teatro con un resultado infinitamente más esperanzador que desastroso. Nuestra felicitación al equipo y a su directora por proponerse hacer teatro con esta seriedad. ¿Por qué no ocurre esto más seguido en nuestro sistema de educación media y media-superior? 7.5 de 10.
Fractales. Ricaño ha estructurado esta obra con una multiplicidad de recursos: repetición de escenas en diversos contextos; adelantos y flashbacks en la secuencia de la fábula; humor (a veces, negro; en ocasiones, cercano a lo absurdo-poético y, en otras, algo ramplón); la bifurcación de un personaje en dos más o más actrices (y, viceversa, la bifurcación de una misma actriz en dos o más personajes); la combinación entre narración y representación; ciertos pasajes reflexivo-filosóficos y/o de un patetismo entrañable. Se trata, podríamos decir, de una tragicomedia posmoderna; todo parece tener allí un lugar: lo simple y lo complejo, lo ácido y lo amargo, lo superficial y lo profundo (características que ya habíamos observado en otros textos del autor: Idiotas contemplando la nieve, Riñón de cerdo para el desconsuelo y Más pequeños que el Guggenheim, por ejemplo). El secreto está en haberlo mezclado todo en sus proporciones exactas: no se abusa de ningún recurso y, de esa manera, se consigue un equilibrio “heterogéneo”.
No nos parece tan adecuado, sin embargo, el título de la obra. Si bien el vocablo fractales resulta muy sugerente en sí mismo, la impresión que produce el texto es más bien la de un mosaico: no la historia dentro de la historia dentro de la historia (como en las películas Aunque estés lejos de Juan Carlos Tabío, o Madrigal de Gustavo Pérez), sino la yuxtaposición de diversos fragmentos para formar un cuadro-unidad. Tampoco el cierre de la obra resulta tan afortunado: la cantidad de frases mencionadas por Ana para generar una vivencia de lo nostálgico es excesiva; cuatro o cinco habrían bastado para provocar una resonancia poética y dar pie al efecto deseado. Pero, en general, una dramaturgia muy valiosa.
La dirección escénica tuvo varios aspectos a favor y un par en contra. En cuanto a los primeros, hay que resaltar el excelente trabajo con objetos (una especie de bloques transparentes) durante toda la puesta en escena; la utilización de un espacio muy pequeño en el que se mueven las tres actrices, lo que genera una especie de intimidad entre aquéllas y el público (en consonancia con el sentido confesional-biográfico de la obra); un manejo muy dinámico de la música y la iluminación, y una concepción (y realización) del vestuario sumamente estética: tres vestidos de iguales colores pero de distinto (aunque complementario) diseño. En cuanto a las fallas, queremos mencionar aquí que la semidesnudez de las actrices se justificaba artísticamente en algunas escenas, pero no en otras (por ejemplo, en la de la cita con el doctor). Desde una perspectiva de género podríamos decir que, aunque Fractales está protagonizada por tres mujeres, se evidenciaron en su representación estos patrones machistas que terminaron objetificándolas.
Las actuaciones de Esther Espinoza y Ana Lucía Ramírez fueron cabalmente expresivas. Además, la combinación entre la cierta agresividad de la primera y la ternura de la segunda produjo un efecto estético interesante. La de Guiedana López tuvo también un buen nivel, pero quedó un tanto opacada por la fuerza escénica de Espinoza y Ramírez. 9 de 10.
Ñaca ñaca, llegaron las leyendas. Porque conocíamos un trabajo previo de Joel Vences (y éste nos había parecido genial), teníamos grandes expectativas con respecto a Ñaca ñaca, llegaron las leyendas, la penúltima presentación del festival Día Mundial del Teatro Xalapa 2013; sin embargo, nos hemos encontrado con una obra bastante escueta, por lo menos en el ámbito de su dramaturgia. En efecto: se trata de una pieza que se concentra demasiado en la fábula: quiere contarnos una historia (en este caso, un par de leyendas de Veracruz), pero se olvida al mismo tiempo de hacer una propuesta cabalmente estética. ¿Teatro para niños? Tampoco. El teatro infantil se diferencia del adulto por ser más accesible, mas no por carecer de un planteamiento estético (estimulación libre de las facultades de la imaginación y el entendimiento: Kant).
No obstante, la realización escénica sí es claramente artística. Descubrimos en ella las siguientes virtudes: a) combinación entre manejo de títeres y actuación; si bien el primer elemento es predominante, la aparición de actores de carne y hueso en puntos específicos de la obra genera un importante cambio de ritmo; b) uso de dos planos escénicos (frente-bajo / fondo-alto) que permiten transiciones temporales y espaciales en el discurrir de la anécdota; c) interacción entre títeres de mano (para personajes circunstanciales), títeres “de hilo” o marionetas propiamente dichas (para personajes principales) y títeres “de cuerpo entero” que, por su agigantada figura, acentúan simbólicamente su rol como autoridades –o, mejor aún, como seres autoritarios: tal es el caso de Satanás y Padre de la muchacha; d) excelente construcción de títeres (Satanás es nuestro favorito), vestuarios y escenografía: con un mantel rojo, una cúpula de cartón en segundo plano y un par de cruces, el escenario se convierte en una iglesia; e) finalmente: gran habilidad manipuladora y coordinación entre los titiriteros, lo que le da al movimiento de las marionetas un absoluto “realismo”.
Salvo dos o tres gritos salidos de control, el manejo de la voz es también bastante satisfactorio (nuevamente, la voz de Satanás, hueca y resonante, es nuestra favorita: ¿alguna simpatía por el diablo, o mera coincidencia?), así como los efectos de luz y sonido. Sin embargo, por la gran debilidad de su dramaturgia, le damos a esta puesta en escena un 7 de 10.
Ofelia. Dirección y adaptación: Maricarmen Luna. Actuaciones: Mary Paz Lagunes Gándara, Danna Pamela Jiménez Escobar, Kaztenny Jazmín Tirzo Vázquez, Fernanda Astrid Jiménez Martínez, Berenice Jiménez González y Helen Sarmiento Jaén. Técnico de sonido: Luis Eduardo Mora Sánchez. Producción: grupo de teatro de la Escuela de Bachilleres Antonio María de Rivera, matutina. Teatro La Caja, 11 de marzo.
Fractales. Dramaturgia: Alejandro Ricaño. Dirección: Adrián Vázquez. Actuaciones: Ana Lucía Ramírez, Guiedana López y Esther Teté Espinoza (Estefanía Ahumada, suplente). Asistente de dirección: Ismael Gallegos. Producción: Los Tristes Tigres. Foro Miguel Herrera Casa del Lago UV, 11 de marzo.

Ñaca ñaca, llegaron las leyendas. Dirección y adaptación: Joel Vences. Títiriteros: Joel Vences Fernández, Jonathan Alfredo Barrales León, Maricarmen Luna, Virginia Sánchez González y Néstor Gutiérrez. Musicalización: Roel Osorio. Audio e iluminación Néstor Gutiérrez. Producción: Títere Vivo. Teatro La Caja, 16 de marzo.

Por Héctor Miguel Sánchez


El origen de las especies


El Origen de las Especies [Foto: Orteuv]
Vamos a reseñar a continuación la función del viernes 22 de febrero del montaje más reciente de la Compañía Titular de Teatro de la UV (en adelante, la Compañía): El origen de las especies, obra escrita por Ana Lucía Ramírez y Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio (LEGOM).
El texto presenta dos puntos estéticamente importantes: un humor negro sostenido y una “atmósfera” grotesca que bien podríamos denominar como una poética de la marginalidad social, llevada hasta los límites del absurdo; estos dos elementos, a su vez, se encuentran entretejidos en un discurso dramático que combina la narración con la representación propiamente dicha. Este par de modos, finalmente, son encarnados de manera colectiva por los personajes, lo que genera una especie de soliloquio grupal, valga la paradoja (característica ya presente en otras obras de LEGOM, como Demetrius u Odio a los putos mexicanos).
Sin embargo, el texto tiene un gran punto débil: su duración no se corresponde con su intensidad, lo que hace parecer excesiva a la primera. Pudo haberse dicho en una hora lo que se dice en dos. Nos hallamos, pues, frente a una obra sucia, en el sentido de no correctamente pulida, que termina preocupándose por contar una historia con todos sus vericuetos y no por producir una vivencia estética concentrada. Este defecto, por lo demás, ya había figurado en un texto previo de LEGOM: Edi y Rudy. La pregunta que surge aquí es la siguiente: ¿con qué criterio elige la compañía las obras que ha de poner en su repertorio? ¿Textos “nuevos” (aunque fugaces)?, ¿que tengan muchos drammatis personae (uno para cada miembro de la compañía)?, ¿que hagan una “crítica de la sociedad actual” (como un tratado moralista “útil” para la población)? ¿Y por qué no, simplemente, que sean estéticamente valiosos? La respuesta es decisiva porque, más allá de su interpretación escénica, el repertorio elegido determina la calidad y la amplitud del trabajo de la compañía. Pero volvamos a nuestra reseña.
La dirección y las actuaciones son en este montaje bastante efectivas. A pesar de que la obra podría prestarse fácilmente a los excesos fársicos, el tono de la representación se mantiene en un adecuado equilibrio. Resalta la cohesión grupal lograda y es admirable cómo, durante dos horas, los actores encarnan personajes tullidos (lo que los obliga a estilizar la pronunciación, andar con muletas y bastones, adoptar posturas corporales contra natura, etcétera) sin desfallecer en el intento. Sobresalen las actuaciones de Karina Meneses como Lerita, una agraciada niña lela y, sobre todo, la de Teté Espinoza como Viqui La Manca, un personaje que requiere de mantener lo grotesco y lo conmovedor en un exacto punto medio (como aquí sucede).
La iluminación, el vestuario, la música, la escenografía y la utilería contribuyen significativamente al montaje. Sobre esta última podríamos decir, sin embargo, que el dibujo que representa el cartel del futuro centro comercial es meramente descriptivo y su valor estético podría aumentarse si se transformara, por ejemplo, en un símbolo más abstracto –pero sugerente de la modernidad y sus contradicciones.
En resumen: la escenificación buena pero no así el texto elegido para representarse. Por ello le damos un ocho (sobre diez) a El origen de las especies.

El origen de las especies de Ana Lucía Ramírez y Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio. Dirección: Alberto Lomnitz. Con las actuaciones de Rosalinda Ulloa, Marco Rojas, Raúl Santamaría, Miriam Cházaro, Karina Meneses, Valeria España, Teté Espinoza, Faridé J. Beiruty, Freddy Palomec, Jair Torres, Marcos Celis y Raúl Pozos. Sala Miguel Herrera Olivo, Casa del Lago UV. Xalapa, 2013.


Por Héctor Miguel Sánchez

De conciertos didácticos


Orquesta Sinfónica de Xalapa
Luego de una serie de conciertos didácticos que se vieron completamente desdibujados por la terrible acústica del gimnasio universitario Miguel Ángel Ríos, la Orquesta Sinfónica de Xalapa (OSX) volvió al auditorio de la Escuela Normal Veracruzana para presentar un concierto integrado por las siguientes piezas: “Marcha y ballet” de la ópera Aída, de Giuseppe Verdi; “Preludio y muerte de amor”, de Tristán e Isolda, obra de Richard Wagner (en su versión para soprano y orquesta), y Sinfonía número 6, Patética, de Piotr I. Tchaikovsky. Un programa, en sí, con piezas de diversos estilos y gran calidad estética, pero algo común, si lo vemos desde una perspectiva más general: ¿no es acaso la Sinfonía número 6 una de las obras más interpretadas por las asociaciones sinfónicas de México? La Filarmónica de la UNAM, por ejemplo, la tocó el 17 de febrero en la Sala Netzahualcóyotl, y entre dicha orquesta y la Sinfónica de Xalapa la han interpretado por lo menos cinco veces en los más recientes cuatro años (en contraste, digamos, con la suite Lulu de Berg, que generalmente brilla por su ausencia en los repertorios). La discusión es importante, pues es la OSX –junto con la Facultad de Música y Radio Universidad Veracruzana– quien tiene, al menos en esta ciudad, la mayor responsabilidad en el fortalecimiento y ampliación del criterio musical del público.
Volviendo a nuestra reseña, hay que decir que, desde el punto de vista interpretativo, el concierto resultó muy afortunado –aunque hay que señalar algunos puntos: la Marcha triunfal y ballet fue ejecutada, ya desde su mismo primer acorde, con gran textura, fuerza y dinamismo: una manera deslumbrante de comenzar. Sin embargo, Preludio y muerte de amor no mantuvo la consistencia de la pieza susodicha: es verdad que la sección de violoncelos y contrabajos fue muy precisa, y que, en varios momentos de la partitura, las violas y violines también lograron un contrapunto magnífico; aun así, ciertos pasajes, sobre todo de los alientos, no dieron la impresión de absoluta seguridad interpretativa que se obtiene sólo cuando uno se ha familiarizado completamente con una obra y, por tanto, la ejecuta casi como un movimiento natural de su cuerpo. Con la presencia de la soprano, se generó una nueva disyuntiva: Sarah Sipill cantó uniendo un timbre delicado con una potencia vocal profunda, combinación de indudable valor estético; no obstante, la orquesta no se pudo vincular con ella de modo cabal: hubo un tenue pero importante desfase (tonal, tímbrico, y aun de tempi) entre voz e instrumentos. Con dicha compenetración, la pieza habría sonado maravillosamente: ¿faltó tiempo para ensayos?
El intermedio no nos vino muy bien, porque nos sacó de ritmo; así, no fue sino hasta la entrada de los timbales en el primer movimiento de la Sinfonía número 6 de Tchaikovsky que recuperamos la capacidad de concentración. A partir de allí, notamos que la orquesta estaba fluyendo nuevamente en su apropiado cauce, como en la pieza inicial. Por ejempo: el Allegro con grazia lució con gran brillantez,  mientras que el par de tutti del Allegro molto vivace alcanzó una perfecta sincronía, con lo que quedaron resaltados sus agradables valores rítmicos. Igualmente formidable resultó el Adagio lamentoso, cuya lobreguez depende en gran medida de los violoncelos –instrumentos que se mostraron particularmente “conectados” en aquella noche. Finalmente, el encore, una de las Enigma variations de Edward Elgar, supo prolongar este mismo sentido de interioridad espiritual.

Por Héctor Miguel Sánchez

Conciertos de la OSX


La Orquesta Sinfónica de Xalapa en concierto.
Héctor Miguel Sánchez revisa las dos primeras funciones de la primera temporada de conciertos de la Orquesta Sinfónica de Xalapa durante este 2013. Interpretando a Ellington, Gershwin, Ravel y Rimski-Korsakok, la orquesta fue de lo vanguardista a lo memorable.

Abrió la Orquesta Sinfónica de Xalapa su primera temporada de conciertos 2013 con un programa que incluyó la Obertura cubana de Gershwin, las danzas sinfónicas de West side story de Bernstein, y el arreglo a la suite de El cascanueces de Duke Ellington. Las piezas nos parecieron muy bien seleccionadas, por su contemporaneidad –no tanto cronológica como estilística: ritmos asincopados, variedad de timbres orquestales y tempi, un juego pronunciado con los silencios, breves disonancias, etcétera. Ordenadas de menos a más “radical”, las piezas nos ofrecieron un panorama del “vanguardismo” en la historia de la música.
Sin embargo, las interpretaciones no resultaron tan afortunadas: nos encontramos con una orquesta que apenas estaba recobrando el ritmo. Salvo por la sección de percusiones, que ya se mostró al cien por ciento (coordinada, intensa y llena de texturas), el resto de la agrupación, sobre todo su familia de cuerdas, careció de la fuerza interpretativa que le llegamos a escuchar hacia el último tercio del año pasado. La música sonó bien tocada y bien estudiada, pero todavía no introyectada en cada ejecutante para producir un efecto estético de consideración. Los solos lucieron mucho más que las partes de conjunto, muestra de que aún no se ha logrado el necesario equilibrio entre lo individual y lo grupal: no un cuerpo al unísono, sino (apenas) miembros tocando en simultaneidad.
Por supuesto, hubo pasajes excelentes –probablemente, ensayados con más asiduidad–: el adagio de cuerdas y el tempo de conga en West side story, así como el quinto movimiento de la suite de El cascanueces. Ha sido también de gran valor artístico el que, en esta última pieza, el director le pidiera al contrabajista marcar con fuerza los crescendi y diminuendi sucesivos en un par de compases de la partitura. En general, un concierto interesante, pero el campo de mejora se nos sugirió todavía muy vasto.
De distinto calibre fue, sin embargo, la presentación del fin de semana siguiente, ya con el director titular al frente de la Sinfónica de Xalapa. El programa nos pareció aquí nuevamente bien seleccionado: la obertura a Ruslán y Ludmila de Glinka; Sherezade de Rimski-Korsakov y Bolero de Ravel, piezas que, como lo apuntó el director al inicio del concierto, se caracterizan por una gran orquestación y que, por tanto, permiten el lucimiento del conjunto sinfónico como un todo. Así, pasamos del melodismo alegre de las cuerdas (Ruslán) a la sensualidad de violín, arpa y fagote (Sherezade) y, de allí, al ritmo endemoniado del tambor y al “minimalismo” armónico (Bolero). Variedad tímbrica y expresiva. En sí mismo, nada podemos reprocharle al programa –aunque, desde una perspectiva más amplia, sí hemos de decir que queda nuevamente dentro del “paradigma romántico”: ¿alguna vez veremos a la sinfónica incluyendo regularmente, por ejemplo, a Messiaen, Stockhausen o Wolfgang Mitterer en su agenda?
Pero, a más de la selección musical, la interpretación fue también bastante memorable: fuerza, textura, fluidez y sincronía, las cuatro virtudes que le podemos pedir a una agrupación de músicos, estuvieron aquí presentes desde el compás inicial de la Obertura, lo que redundó en un concierto con gran proyección estética. La orquesta sonó precisamente como eso, un todo en el que el instrumento individual y el conjunto se articulan como un cuerpo en seguro movimiento. Hemos disfrutado en particular de la Obertura y de “Una feria en Bagdad”, cuarta y última parte de Sherezade, porque en ella legaron a su punto máximo las virtudes interpretativas acumuladas durante las tres partes anteriores. No nos han gustado tanto los compases finales de Bolero, inclinados ligeramente al efectismo (y descuidados por algunos minutos en tempo y color) para provocar, tal vez, la euforia del público –¡y vaya que se consiguió! Yo hubiese preferido cerrar el concierto con una elegancia al estilo de Sherezade. Pero, en general, la experiencia ha sido memorable.

Orquesta Sinfónica de Xalapa. Dir. invitado Armando Pesqueira (8 de febrero). Dir. Lanfranco Marcelleti (15 de febrero). Auditorio de la Escuela Normal Veracruzana. Xalapa, 2013

Por Héctor Miguel Sánchez


Tabú de vanguardia


La noche del 31 de enero se estrenó, en el teatro La Libertad, el más reciente montaje del grupo artístico coordinado por Abraham Oceransky: Tabú. Hablemos brevemente de sus más importantes elementos estéticos.
En primer lugar, el texto está elaborado, desde el punto de vista semiótico, por la imbricación de lenguaje verbal, efectos plástico-musicales y danza –casi actos acrobáticos, podríamos decir. Estructuralmente, a su vez, se compone por la yuxtaposición de siete cuadros no conectados anecdóticamente entre sí, sino por medio de lo que en otro momento, refiriéndonos al así llamado “arte de vanguardia”, denominamos puntos de escape: repeticiones “aleatorias” de frases o imágenes que, más que dar pie a una concatenación lógico-causal, nos señalan la inaprehensibilidad del sentido, causando así el efecto más o menos nostálgico, onírico, de algo que se nos escapa justo cuando parecía que lo teníamos ya en nuestras manos: “Ah, que tú escapes en el instante / en el que ya habías alcanzado tu definición mejor” (José Lezama Lima).
Entre los puntos de escape más significativos de Tabú podemos señalar los siguientes: a) la alusión ambigua a Memphis / Menfis, nombre que, al hacer referencia, en la obra misma, tanto a una ciudad norteamericana como a una del antiguo Egipto, instaura estéticamente un paralelismo libre que supera las delimitaciones de tiempo y espacio; b) la historia de la sacerdotisa del templo de Hera, contada fragmentariamente y entremezclada con pequeños núcleos narrativos heterogéneos; c) las constantes menciones, a partir del cuarto cuadro, a Sebastian, una especie de dios o demonio (nunca lo sabemos a ciencia cierta) que nace de una mujer mortal; y d) la aparición del conejo negro y del juego de cartas al principio y al final de la obra, como para sugerir una estructura circular latente. Este recurso, aunado a los ya mencionados efectos plástico-visuales (uso de máscaras y vestuarios deslumbrantes, juego de luces, objetos y colores, un soundtrack ad hoc), así como a la concepción esencialmente dancística de la pieza, hace de Tabú un producto estético profundamente vanguardístico, en el sentido más cabal del concepto: una obra que, de forma pura (sin necesidad de elementos anecdóticos, historiográficos, políticos, ideológicos, etcétera), apela a las facultades imaginativas del receptor.
La dirección, ya desde esta función de estreno, es prácticamente inmejorable: el manejo del espacio, de la utilería, del cuerpo… todo contribuye a darle cohesión estética a la obra. Las actuaciones son también bastante maduras; resaltan, por supuesto, las de Liliana Hernández y Arikel Geróm, que representan los papeles más complejos (Minotauro, Cautiva, Madre de Sebastian, Hermana mutilada) y lo hacen de manera excepcional; sin embargo, las otras cuatro (Sandra Perea, Berenice Beaven, Metzeri Mandujano y Leonardo Hernández) ostentan igualmente una calidad actoral digna de consideración. En general, un cuerpo de trabajo sólido y equilibrado: se trata del colectivo teatral, en todos sus aspectos, más consolidado de nuestra ciudad –¡y aun más lejos, sin duda!
Existen, no obstante, puntos de mejora. El final es anticlimático: el penúltimo cuadro de la obra rompe con la intensidad que se había venido logrando desde el instante mismo en que ésta comienza, efecto que muestra sus primeras señas de agonía hacia el final del cuadro número cinco, “Cuarto blanco”, con la incineración un tanto súbita de Sebastian. Este momento, así como el del cuadro siguiente, en el que La Adivina le revela a El Faraón que acaba de comerse a su hijo –momentos ambos que contienen en sí un elemento poderosamente catártico–, podría ser trabajado con menos presura, de modo que se vaya preparando la explosión del sentimiento trágico sin que la burbuja se rompa tan pronto. Asimismo, el soliloquio de El Faraón, igualmente en el cuadro sexto, “La cena”, resulta estéticamente innecesario, muy poco útil en la economía general de la obra.
Pero, fuera de estos detalles, Tabú es un montaje espléndido. En una escala del cero al diez, lo calificamos con un diez y, por tanto, lo recomendamos ampliamente. Estará en cartelera, en ésta su primera temporada, hasta el 24 de febrero; viernes y sábado, 20:30 horas; domingo, 18:30 horas.


Tabú. Escrita y dirigida por Abraham Oceransky. Con las actuaciones de Liliana Hernández, Arikel Geróm, Leonardo Hernández, Sandra Flor Perea López, Berenice Beaven y Metzeri Mandujano. Teatro La Libertad, Plaza Manos Veracruzanas, avenida Ignacio de la Llave,Xalapa, febrero de 2013. 


Por Héctor Miguel Sánchez



Variaciones sobre un tema


SONETO PARA DOS ALMAS EN VILO
Héctor Miguel Sánchez revisa Soneto para dos almas en vilo, escrita y dirigida por Martín Zapata e interpretada por Manuel Domínguez y Diana Sedano, obra teatral con varios momentos de gran eficacia y ráfagas de intensidad estética.
Encontramos en el libreto de Soneto para dos almas en vilo, escrita y dirigida por Martín Zapata e interpretada por Manuel Domínguez y Diana Sedano, dos principales virtudes: el absurdo, conducido hasta un grado importante de sistematicidad, y el humor, elevado como contrapunto sobre esta “poética de lo absurdo-fantástico”. En cuanto al primer elemento, podemos decir que, no obstante la aparición de un evento anecdótico que, en un primer momento, parece ser meramente ocioso (la presencia de espíritus del más allá), éste va siendo elaborado y reelaborado a lo largo de la pieza de modo que, de ser un punto que no daba la impresión de conducir a ningún lado, se transforma en el núcleo mismo sobre el que se tejen las “variaciones del absurdo” que constituyen la obra. En cuanto al humor: éste radica, ante todo, en el hecho  de que vemos a los actores hablando solos la mayor parte del tiempo, pues representan, prácticamente sin solución de continuidad, tanto a dos personajes con cuerpo y alma (Laura y Antonio), como a dos espíritus (Carlota y Raymundo) que se han posesionado justamente de estos dos cuerpos; así, vivos y muertos dialogan empleando un mismo elemento corporal, lo que produce ráfagas verdaderamente hilarantes. En cuanto a los puntos de mejora, señalamos los siguientes: el recurso de la meta-teatralidad pudo haber sido mucho más explotado, así como la referencia al soneto Definiendo el amor de Francisco de Quevedo, que si bien tiene una importancia anecdótica en la obra (y figura en el título de la misma), carece de ella desde una perspectiva estética: la complejidad del amor, bien trabajada en este libreto, no requería ya de la intertextualidad explícita –aunque haya sido su fuente de inspiración, pues una obra vive independientemente de sus orígenes.
Desde el punto de vista interpretativo, el montaje nos ha generado una impresión dividida. Por una parte, el manejo del espacio escénico, el “trabajo de piso” y la conexión cinético-gestual entre los actores nos parecieron muy afortunados (lo que se evidenció particularmente en la escena de sexo, lograda a base de pura comunicación no verbal); por otra, en cambio, notamos un cierto mecanicismo y apresuramiento en las intervenciones habladas de Diana Sedano. Por ejemplo: hay una escena en la que se escucha un ruido tras bambalinas y Laura (Diana Sedano) pregunta: “¿Qué fue eso?”; pues bien: antes de que terminara de escucharse tal ruido, Sedano ya había hecho la pregunta, lo que destruyó por completo (al menos para nosotros) el contrato de verosimilitud entre actores y público. Algo similar ocurrió en varias ocasiones más (la respuesta atropellando a la pregunta), situación que no sólo nos impidió disfrutar por completo de la obra, sino que terminó contagiando de alguna manera a Manuel Domínguez, quien en general ofreció una actuación mucho más íntegra: con una bien inflexionada prosodia y una suficiente naturalidad. No obstante, tal vez impulsada por las reacciones positivas del público, que aquella noche lucía muy bien conectado con la representación, Sedano logró también varios momentos de gran eficacia que, al combinarse con el buen desempeño de Domínguez, devinieron en ráfagas de intensidad estética.
Por todo ello, si tuviésemos que calificarlo, le daríamos un 9 (sobre 10) a este montaje. Con él, por lo demás, se inauguró al día siguiente (10 de marzo) el Festival Día Mundial del Teatro Xalapa 2013.

Soneto para dos almas en vilo, escrita y dirigida por Martín Zapata. Con las actuaciones de Manuel Domínguez y Diana Sedano. Foro Torre Lapham de la Facultad de Teatro de la Universidad Veracruzana. Xalapa, febrero-marzo de 2013. Función reseñada: 9 de marzo.

Por Héctor Miguel Sánchez

La toma de Humanidades



A UN MES DEL PARO DE LABORES EN LA EX UNIDAD DE HUMANIDADES DE LA UV, HÉCTOR MIGUEL SÁNCHEZ SE OCUPA DE LAS CAUSAS Y LOS LOGROS DE LA MOVILIZACIÓN ESTUDIANTIL, DE LAS SIMPATÍAS Y RECHAZOS A SUS PETICIONES, LOS DUDOSOS ACUERDOS Y SU ESCASA REPRESENTATIVIDAD.
El pasado martes 2 de octubre, un grupo de estudiantes –y, al parecer, también de académicos– tomó la Unidad de Humanidades de la Universidad Veracruzana. Fue un acontecimiento que a varios nos tomó por sorpresa y, no obstante, ya había una serie de signos que podían prefigurarlo: la aparición del movimiento Yo Soy 132 (12 de mayo), con sus correspondientes simpatizantes xalapeños; las manifestaciones locales en contra del fraude electoral de julio y, en días recientes (29 de septiembre), la agresión a Adela Micha durante la entrega, por parte de la Universidad Popular Autónoma de Veracruz, de su doctorado honoris causa. Todos estos acontecimientos nos hablan del clima de inconformidad social vivido en Veracruz y en el país y, en concreto, del repudio a las “instituciones” educativas y gubernamentales. A esta situación, ya de por sí tensa, hay que agregar dos ingredientes: la inminente aprobación de la reforma laboral (de cuño neoliberalista) y la conmemoración de la matanza de Tlatelolco; el resultado: un acto real y simbólico de protesta. El 8 de octubre, tras un diálogo de más de cinco horas entre el Primer Comité General de Huelga y el rector de la universidad, se llegó a un acuerdo de 14 puntos y se devolvieron las instalaciones. Ahora que ha concluido la huelga, analicemos las distintas caras del fenómeno y veamos cuál podría ser su efectividad en tanto praxis que llevaría a una transformación sustancial de la realidad.
Por una parte, vimos las inconsistencias políticas del Comité General de Huelga. No obstante haber sido respaldado por un considerable número de simpatizantes (alrededor de 800), el comité demostró tener una concepción de la democracia tan incompleta como la de las instancias de gobierno: la totalidad de estudiantes, académicos y personal administrativo de Humanidades no decidió de forma consensuada la toma del plantel; por el contrario: el comité, asumiendo representar los intereses de toda la Unidad (como los gobernantes dicen representar al pueblo), actuó arbitrariamente, sin legitimidad, lo que queda demostrado por el hecho de que la mayor parte de los “representados” ni siquiera conocía la decisión del comité. Se pasó por alto, pues, que todo acto representativo debe tener una base participativa real que lo presuponga.
Por otro lado nos encontramos con la postura “políticamente correcta” de los “representantes universitarios”, que, en su comunicado del 5 de octubre, se presentaron a sí mismos como “[…] respetuos[os] de la libre expresión de los universitarios[…]” y como abiert[os] “[…] al diálogo y [al] razonamiento con los estudiantes en desacuerdo”. Esta posición es engañosa: si la universidad contara ordinariamente con los mecanismos de comunicación para que los estudiantes, académicos y personal administrativo pudieran incidir críticamente en la transformación de la institución y, en general, de la sociedad, toda huelga sería prácticamente impensable. El comité tuvo que recurrir a este acto real y simbólico porque sintió que los intereses de la “sociedad universitaria” no estaban siendo atendidos y que la única forma de “llamar la atención” de “sus representantes” era mediante una protesta de gran envergadura. La universidad, así bien, es tan antidemocrática –o, si se prefiere, tan formalmente democrática– como el gobierno y el comité: los “representantes” universitarios toman las decisiones y los “representados” sólo pueden acatarlas, aunque se genere la ilusión de que hay diálogo y de que todo marcha en orden.
Finalmente está la postura de los estudiantes, profesores, personal académico de Humanidades y población en general que no respaldaron al comité. Buena parte de ellos mostró una actitud de indiferencia o de puro desdén tan antidemocrática (aunque en otro sentido) como la de las autoridades universitarias, el gobierno o el comité. Sumergidos en la hoy imperante cultura del individualismo y de la apatía política, juzgaban de “porros, seudoestudiantes o revoltosos” a los simpatizantes del comité y afirmaban que “a la escuela se va a estudiar, no a hacer desmanes políticos”. Otros reclamaban abstractamente su derecho a estudiar cuando, durante los días ordinarios de clase, en lo único que piensan es en cómo divertirse el fin de semana (o, si son profesores, en seguir cobrando su cheque). Algunos más, por último, aprovecharon los “días de descanso” generados por la huelga y aguardaron en casa a que “todo volviera al orden”. La huelga sirvió así, entre otras cosas, para poner en evidencia que, además de estudiantes, somos entes políticos “por naturaleza”, y que hay un mundo por transformar que rebasa los límites de nuestras preocupaciones individuales.
Entre las peticiones del Comité de Huelga se encontraban, por ejemplo, la fiscalización del presupuesto destinado a los equipos deportivos de la universidad, la revisión del Modelo Educativo Integral y Flexible (MEIF) y la pronunciación oficial en torno a la reforma laboral. No obstante, aunque dichas reivindicaciones son no sólo justas, sino imprescindibles, la forma en que “se hicieron oír”, a más de antidemocrática, fue ingenua.
No negamos la importancia de las huelgas y manifestaciones para dar cauce a peticiones inmediatas, ni los logros que a través de la historia han conseguido; sin embargo, ¿son el camino más estratégico? El “acuerdo” con los “representantes universitarios”, además de que no es legítimo (dado que no hay una democracia participativa en la Unidad de Humanidades que le diera legitimidad representativa al Comité de Huelga), atiende sólo aspectos superficiales: importantes, sí, y que benefician no sólo al comité, sino a toda la Unidad, pero que siguen sin resolver o siquiera plantear el problema de una democracia participativa crítica capaz de transformar la universidad y la sociedad en general. En suma, la toma de la Unidad de Humanidades no ayudó ni a generar, ni a fortalecer, ni a transformar críticamente las instituciones de la sociedad.

Por Héctor Miguel Sánchez

Conciertos de aniversario




Siguiendo con los festejos del 83 aniversario de la Orquesta Sinfónica de Xalapa (OSX), se presentó, la noche del viernes 31 de agosto, en la Sala Emilio Carballido del Teatro del Estado, un programa con arias de zarzuela y opereta, así como de canciones y romanzas, interpretado por Olivia Gorra y la Sinfónica de Xalapa dirigida por Lanfranco Marcelleti Jr. La selección musical, un muestrario de piezas breves con una estructura suficientemente elaborada, resultó bastante satisfactoria, salvo por las canciones de Agustín Lara, agradables y bien hechas pero lejos de la factura artística de Manuel de Falla o Ernesto Lecuona, por ejemplo.
En cuanto a la interpretación, hay que resaltar el gran equilibrio logrado por la orquesta entre fluidez e intensidad, así como su excelente acoplamiento con la voz solista; lo que escuchábamos era una instrumentación límpida y dinámica pero, a la vez, con suficiente fuerza. La ejecución de Gorra, aunque buena en los rubros de timbre y tono, dejó mucho que desear en lo que se refiere a intensidad. Se escuchaba una voz débil y fatigada. No obstante, en la última pieza de la primera parte del programa, sacó a relucir todo su potencial, cual si se hubiera guardado las energías para ese momento; así, pudimos disfrutar de una interpretación espléndida de la romanza de María de la O de Lecuona (con arreglo de E. Magallanes). El resto del recital fue bueno, a secas. Seis de diez.
Quince días más tarde, y ya dentro del ciclo ordinario de conciertos de la Sinfónica, se presentó un programa de homenaje a Silvestre Revueltas, programa que incluyó las piezas Alcancías, Homenaje a García Lorca, la suite de la película Redes y Sensemayá. Esta selección nos permitió disfrutar la genialidad del estilo de Revueltas: en las tres primeras obras, una estructura perfectamente ensamblada que combina pasajes festivos (marcados generalmente por el trombón y los metales) con oscuros (dirigidos por el fagote y las cuerdas), todo ello aderezado por un tempo muy dinámico y por una tonalidad con bastantes momentos de “disonancia”; en la última, un ritmo que, si no fuera por la relativa brevedad de la pieza, bien podría calificarse de hipnótico. Faltó incluir La noche de los mayas, a nuestro juicio, la mejor obra de Revueltas.
La interpretación fue excelente. Estuvo llena de textura y colorido y, si bien no apostó por una ‘intensidad’ apabullante, sí lo hizo en la medida justa para sacar a relucir la luminosidad de ciertos compases. Por lo demás, la música de Revueltas es más de ‘color’ que de ‘fuerza’, por lo que la decisión de haber puesto énfasis en este primer rubro nos parece afortunada. Así, por ejemplo, la interpretación de Sensemayá fue reservando su explosividad orquestal sólo para el último momento, lo que dio un toque de gran elegancia y finura.
El concierto fue acompañado por notas biográficas sobre el compositor, a cargo de José María Álvarez (lo que, desde el punto de vista estético, no nos agradó, no obstante la hermosa voz del narrador y la utilidad didáctica de la propuesta), y por la proyección de fotografías y de algunas secuencias de la película Redes, lo que potenció el ya de por sí valioso sentido de la música.
Olivia Gorra, soprano. Orquesta Sinfónica de Xalapa. Dir.: Lanfranco Marcelleti Jr. Sala Emilio Carballido del Teatro del Estado. Xalapa, viernes 31 de agosto de 2012.
Homenaje a Silvestre Revueltas, Orquesta Sinfónica de Xalapa. Dir.: Eduardo González. Narrador: José María Álvarez. Sala Emilio Carballido del Teatro del Estado. Xalapa, viernes 14 de septiembre de 2012.

Por Héctor Miguel Sánchez

Viaje a los planetas






Como acto inaugural de los festejos por el 83 aniversario de la Orquesta Sinfónica de Xalapa (OSX), se presentó, la noche del viernes 24 de agosto, en la Sala Emilio Carballido del Teatro del Estado, un programa compuesto por la obertura Orfeo en los infiernos, de Jacques Offenbach, y Los planetas, de Gustav Holst. Vamos a referirnos aquí a la segunda de estas piezas, cuya interpretación nos pareció destacable porque fue concebida como un espectáculo teatral-dancístico-musical de interesante factura.

La fortuna de esta presentación radicó en que Adriana Duch y Enrique Ceja, directores teatrales de la misma, supieron explotar al máximo la condición de suite de la obra de Holst. Si ya el compositor había logrado en ella la unidad a través de la diversidad –en el plano de la música–, su escenificación puso en mayor relieve esta cualidad aparentemente paradójica y, no obstante, decididamente estética. De esa forma, la ‘rudeza’ de “Marte”, la ‘sensualidad’ de “Venus”, la ‘celeridad lúdica’ de “Mercurio”, la ‘sublimidad’ de “Júpiter”, la ‘crepuscularidad’ de “Saturno”, la ‘oscuridad’ de “Urano” y el ‘recogimiento místico’ de “Neptuno” se combinan para adquirir un sentido musical y dramático homogéneo en su heterogeneidad múltiple.

La idea de Duch y Ceja consistió, por un lado, en proporcionarle un desarrollo anecdótico a la pieza de Holst: ir narrando, entre cada uno de los movimientos de la suite, la historia de una mujer que viaja a través de los planetas en busca de una rosa (como el Principito); por otro, en acompañar la interpretación de la música con una propuesta escénica a horcajadas entre la pantomima y la danza, acompañamiento que, a la vez que no obstruía la audición musical, sí potenciaba sus alcances: recordemos, por ejemplo, el caso de “Júpiter”, donde la grandeza lírica de las tonalidades se correspondía con un complejo espectáculo de malabarismo, o “Urano”, donde la cierta oscuridad marcada por los instrumentos de aliento tenía su equivalente en la derrota del personaje principal a manos del dios de los abismos intemporales. Podemos decir, en suma, que, salvo la secuencia de “Marte”, un tanto monótona, la concepción y la realización de la propuesta escénica fueron bastante satisfactorias.
En cuanto a la ejecución musical, tenemos que destacar su ‘fluidez’ y su buena ‘textura’ en los registros altos; no obstante, a nuestro parecer, le faltó ‘densidad’ en sus zonas graves, ‘densidad’ que habría hecho más placenteros los pasajes de ‘fuerza’ diseñados por Holst. En conjunto, si tuviésemos que calificar numéricamente la función habría que darle un 7.5, equivalente a ‘satisfactoria’.
Los festejos por el 83 aniversario de la OSX se extenderán, en diversos escenarios, hasta el 7 de septiembre.

Los planetas de Gustav Holst. Dir. musical: Lanfranco Marcelleti Jr. Orquesta Sinfónica de Xalapa. Dir. escénica: Adriana Duch y Enrique Ceja. Con las actuaciones de Adriana Duch, Enrique Ceja, Javier Plaza, Rielen Pineda, Ricardo García Aparicio y Alberto Rodríguez Pineda. Sala Emilio Carballido del Teatro del Estado, Xalapa, 24 de agosto de 2012.

Por Héctor Miguel Sánchez