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Juan Gelman: La poesía es una palabra calcinada


Juan Gelman [Foto: Pascual Borzelli Iglesias]
Juan Gelman (1930-2014) nos dijo adiós a principios de enero. El gran poeta de origen argentino radicó en México las dos últimas décadas de su vida tras vivir una existencia trágica en su patria. “Juan Gelman lo ha resistido todo y lo mantiene vivo, esperanzado, el fuego fatuo, el milagro, la sangre, la magia de la poesía, de la que él es uno de sus más celosos guardianes e insignes representantes de América Latina”, escribió Dionicio Morales en esta entrevista que el autor tabasqueño incluyó en su más reciente libro: Retrato a lápiz. Obra escogida, publicado en 2010 por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco.


Hace casi 30 años, en la esquina de Juárez y Bucareli, en la Ciudad de  México, frente a la famosa estatua El Caballito, que ahora da de coces en la explanada de la calle de Tacuba, frente al Palacio de Minería, estaba un café llamado Kikos, siempre lleno de periodistas y desocupados que no es lo mismo, y una famosa librería bien surtida que a menudo ponía en barata grandes cantidades de libros editados en el Cono Sur, sobre todo en Argentina, con una industria editorial muy fuerte que nos salvaba heroicamente de las traducciones y ediciones, en su mayor parte lamentables y censuradas, que nos llegaban de España. Una tarde compré un libro, El juego en que andamos, de un tal poeta argentino Juan Gelman, publicado en 1959 cuando él tenía 29 años, y que por esa época andaba por los 34. Me atrapó desde la primera hojeada que le di, me aprendí algunos poemas de memoria –tenía 20 años y acababa de descubrir, tardíamente, la literatura, la poesía que decía a la menor provocación. Todavía recuerdo unos versos: Cómo será, pregunto, / cómo será tocarte a mi costado.

Al paso de los años a veces tenía noticias de Gelman, ya fuera por su poesía o por su militancia política o por su oficio de periodista, vocaciones genuinas que vividas como él lo ha hecho, honran a los hombres. Hace cinco años reside entre nosotros, ignorado por muchos y silenciado por otros. Recuerdo su asombro cuando lo conocí en la casa de la también poeta Elena Jordana, en la compañía de, entre otros, Guillermo Fernández y de la esposa de Juan, Mara, cuando le mostré ese libro y pedí que me lo autografiara. No podía creer que yo tuviera ese ejemplar y más se sorprendió cuando le conté la historia. A veces conocer a los autores decepciona pero con Juan Gelman pasó todo lo contrario: como con Jaime Sabines, Efraín Huerta o Carlos Pellicer, su personalidad responde a su obra, la reafirma, la ensancha.

Nacido en Buenos aires en 1930, ha publicado como 20 libros de poesía no quiero ser exacto y varias antologías. Ha sido es periodista profesional, traductor, jurado del Premio Casa de las Américas, en Cuba. Ha vivido en Roma, París, Ginebra, España, México. Se le otorgó el Premio Internacional de Poesía Mandello, Italia, 1980. Participó en espectáculos poéticos, escribió dos libretos para óperas y ha grabado varios LP con el músico Juan Carlos Cedrón. Ha sido miembro del Partido Comunista Argentino y del grupo guerrillero Montoneros. Todavía se ha dado tiempo, sudor y lágrimas para soportar largas temporadas en la cárcel de su país, un exilio de l4 años y, lo que es peor, vivir huérfano de su hijo a quien la dictadura militar de Argentina asesinó vilmente, lo mismo que a su joven esposa con varios meses de embarazo. Juan Gelman lo ha resistido todo y lo mantiene vivo, esperanzado, el fuego fatuo, el milagro, la sangre, la magia de la poesía, de la que él es uno de sus más celosos guardianes e insignes representantes de América Latina.

Lo primero que le pregunto es acerca de su infancia, si es cierto que esa época marca para siempre. Responde que puede ser y no. La infancia es el país más habitable que conoció y acepta que hay muchas cosas olvidadas. Cuando tenía tres años su padre estuvo enfermo por mucho tiempo y su madre le recordó, tiempo después, que solía ponerse triste y esconderse debajo de la mesa. Cuando se lo contaba creía olfatear nuevamente los olores que había debajo de esa mesa, treinta años después. Uno recuerda más bien las cosas dichosas que en la infancia son muchas. Empezó a escribir a los siete años enamorado de una Vicenta de nueve a quien le mandaba poemas que copiaba de Almafuerte como suyos. Más tarde se dio cuenta que Almafuerte no lo reflejaba y empezó a garabatear sus propios poemas, bueno, versos. A los ocho años contaba ya las sílabas para escribir y empezó a leer poesía.

Tenía un hermano mayor, hijo del primer matrimonio de su padre. Toda su familia es rusa menos él, que nació en Buenos Aires. La primera vez que escuchó versos fue de boca de su hermano dichos en ruso cuyo autor era nada menos que Pushkin; todavía recuerda algunos de memoria. Su hermano tenía una biblioteca de libros baratos pero de gran literatura, no sólo rusa sino también francesa, inglesa. Ahí aprendió muchas cosas. Mientras su hermano salía a trabajar asaltaba la biblioteca y tenía el buen cuidado de colocarlos en su lugar original para que su hermano no se diera cuenta, ya que había algunos libros, que por su edad, no era conveniente que leyera. A los 14 años, en un crepúsculo de domingo, tuvo fiebre y se quedó en casa leyendo Humillados y ofendidos, de Dostovievski. Quedó muy impresionado.

Sus padres eran ucranianos, judíos. Su madre era hija de un rabino y su padre carpintero. Su padre tuvo dos emigraciones. Participó en la revolución de 1905, la que derrotó el zarismo, escapó de Moscú y llegó a Génova de donde salía un barco para Nueva York y otro para Buenos Aires; tomó el primero, que viajaba a Buenos Aires. Ahí trabajó como obrero, se afilió al naciente partido socialista, participó en huelgas; era de los extranjeros malditos para la oligarquía argentina. En la emigración, en su mayoría, los italianos fueron al campo pero los polacos, rusos, los de Europa Central, iban destinados a los servicios y a la industria. Cuando se produce la revolución de 1917, él regresa con la esperanza de participar activamente en la revolución que siempre había soñado aunque no era bolchevique ni social revolucionario. Llega en 1918 pero a los 10 años de estar ahí se desilusiona porque con el estalinismo todos los atisbos de democracia habían sido borrados. Regresa a Argentina y siempre padeció la desilusión de que la revolución rusa se degradara. Ahora esto es evidente pero no en aquellos años. Su padre fue un gran simpatizante del lado republicano durante la Guerra Civil Española. Esperaba ansioso el periódico de la noche para ver las noticias y enviaba a Juan, con sus siete u ocho años, a comprarlo a la calle a pesar del invierno feroz. Todo el sector de la población, no solamente los emigrantes, vivió la Guerra Civil Española como propia, como tantos países de América Latina.

Gelman recuerda que en el barrio Villacrespo, en la esquina de su casa, había una enorme pinta que decía: “No pasarán”. Le interrumpo para decirle que No pasarán es el nombre de una publicación de Octavio Paz que él ha quitado de su bibliografía. Me escucha pero sigue hablando. No era necesario ser comunista para estar del lado de los republicanos. Eso marcó sus inquietudes en el terreno político porque el desasosiego social ya lo tenían en el barrio que no era precisamente rico. Su militancia política empieza a los 15 años, como la de nuestro José Revueltas, con el que  guarda más de una coincidencia. Supo más de su padre por su madre que por él mismo. Cuando en 1957 realiza su primer viaje a Moscú conoce a unas tías, a quienes su padre no veía en 30 años, que le enseñaron una casa de madera y le dijeron que de ahí escapó su padre en 1905 cuando lo perseguía la policía del zar. Él no le contaba nada de eso. Así como hablaba mucho con su madre, con su padre tenía una falta de diálogo bastante espesa; le resultaba difícil hablar con él, y no porque fuera un padre particularmente severo. Son silencios que se establecen sin saber por qué. Cuando Juan regresó de ese viaje su padre estaba jubilado y empezó a vivir una nostalgia muy fuerte. Cinco años después falleció. Los rusos, dice, tienen un sentimiento especial, muy fuerte, sobre su tierra, como los españoles. Así era su padre. Cuando lo visitaba le pedía que le repitiera, palabra por palabra, el encuentro con la hermana que, dentro de una familia numerosa de 12 o 13 miembros, era su preferida.

Juan Gelman estudió química y la abandonó rápido cuando se dio cuenta de que la cosa no era por ahí. De pronto tuvo conciencia de que iba a necesitar un oficio, trabajar de algo para poder vivir y escribir su poesía, de lo que no se puede vivir. Quizás el único que lo logró fue Pablo Neruda pero no César Vallejo. Su padre no sabía nada de poesía pero era culto, obrero revolucionario que estudiaba economía, historia, y leía gran literatura; no lo alentaba en su vocación de poeta pero no le disgustaba. En cambio su madre le dijo: “Lo que vos necesitás es una profesión”. “Eso, Dionicio, era el sueño de todos los emigrantes”. Cuando vio publicado su primer libro se llenó de satisfacción pero no pudo evitar preguntarle: “¿Y qué vas a sacar de esto?”.

Si hay algún poeta que esté presente en la obra y en la vida de Gelman es César Vallejo, el gran cholo. Lo encuentra en 1947, a los 17 años; a los 15 había leído a Kafka y a los 18 Ulises de Joyce. Pero el descubrimiento de Vallejo le produjo un impacto muy grande. Se resiste a hablar de influencia. Piensa que existe un tipo de afinidad con ese autor en el momento, antes y después de leerlo. Cita una frase de Lezama Lima: las influencias no son efectos de causas, sino son efectos que iluminan causas. Nadie nace por generación espontánea y esa continuidad extraordinaria que existe en la poesía es algo que consuela mucho, se da por impregnación, por silencios, y va por muchas vías. Uno puede decir, sin burlarse de nadie, que también está influenciado por el abarrotero de la esquina. “Bueno, tú me entiendes”, agrega. Cuando menciona a Raúl González Tuñón, gran poeta argentino, clave en su formación, le comento que es uno de los pilares en la obra de Efraín Huerta. ¿Neruda? Es un gran poeta pero le llega más Vallejo, que va por otro camino. Cree que si algún autor dice más que otro es porque tiene un gran poder de transformación en el lector y porque de alguna manera hay una afinidad previa. Pound dice algo interesante: la poesía es algo que cuaja en muchas cosas que están alrededor de uno, como cuando cae un chorro de agua sobre la arena y cuaja en la arena. Todos estamos rodeados de arena.

Al mismo tiempo que hizo sus pininos poéticos leyó mucha poesía. Hizo una vida de barrio porque vivía en uno donde había una raza muy gruesa; se iba a bailar, a noviar. Para él el tango siempre fue una manera de conversar, no con palabras sino con los cuerpos, relación a partir de la cual empezaban las palabras, si es que había cierta correspondencia. El tango siempre habla de pérdidas, esencialmente de una mujer y en la imagen de ella se simbolizan otras muchas pérdidas. Él lo ve con cierta ironía y dice que se debe tomar el tango como viene y no al pie de la letra. En este sentido le interesó el habla popular porque cree que son los pueblos los que hacen el idioma y cada lengua es una cosmovisión, un modo de ver al mundo. Las cosmovisiones no pueden traducirse. En España y América Latina hay una cantidad de matices que forman parte de un modo muy particular de ver el mundo, incluso dentro de cada país, como en Argentina, donde palabras que se usan en el interior se desconocen en la capital. Tiene la impresión de que en América hay un español naciente enriquecido por fenómenos del habla popular.

Se siente un poeta urbano, no hay duda, pero el término coloquial le parece un calificativo lleno de equívocos porque en realidad remacha es el pueblo el que crea el idioma y ese idioma responde a una visión del mundo. No cree en etiquetas porque, como dice, son los profesores que se convierten en gendarmes de las definiciones. “¿Te sientes argentino?”, le pregunto. Responde que él quisiera saber qué es un argentino. Él es un cuento urbano que vivió muchos años en Argentina y tiene varias patrias: Francia, Buenos Aires, la lengua, y a estas alturas no sabe bien qué es el ser nacional. No hay que pensar en ello como cosa cristalizada sino en algo que está en movimiento. A insistencia mía sobre si es argentino, como se deduce por su obra, acota que eso sucede o no, se da o no, no es algo que uno se proponga. Cuenta una anécdota al respecto: en 1970 publica su libro Los poemas de Sidney West, uno de los más celebrados, y aparece en Argentina como Traducciones III porque antes había traducido a un inglés y a un norteamericano, claro, inventados por él; en estas páginas conserva a un poeta norteamericano que habla tal vez del oeste, con nombres y ciudades inglesas. Su edición causó revuelo. Los críticos del Partido Comunista Argentino, del cual lo expulsaron porque se fue, dijeron que eso mostraba una vez más cómo los corridos o expulsados se pasaban al lado enemigo. Le reprocharon que escribiera New York y no Rosario, Cab Cunningham y no José Pérez. González Tuñón descubrió en esos poemas un espíritu porteño, un aire de la ciudad de Buenos Aires, pese a que en apariencia ocurra en el lejano oeste. Se pueden hacer poemas mencionando a Corrientes y Esmeraldas, la esquina céntrica más famosa de Buenos Aires, que sean perfectamente franceses.

En su libro En abierta oscuridad (Siglo XXI, 1992), su primera antología personal, Juan Gelman selecciona material escrito durante 30 años. Aunque sabemos que la gran poesía no tiene edad, no hay fechas ni nombres de los libros que indiquen de cuáles están tomados los poemas. Algunos lectores pueden confundirse a pesar de la aclaración previa. Él declara que en realidad su intención fue hacer otro libro, y se hace partícipe de la opinión de Edmundo Jabes, poeta egipcio en lengua francesa, en el sentido de que cuando se tiene bastante obra publicada se debe hacer una antología que no sea “académica” sino que sea “otro” libro. Lo intentó y dice que fracasó. ¿Por qué? Porque la poesía, dice, es un fracaso un maravilloso fracaso, digo yo que lo impulsa a seguir escribiendo en la imposibilidad del alma. Aquí se apoya en Dylan Thomas cuando escribe que ningún poeta insistiría en ese ardiente oficio de la poesía si no fuera porque espera encontrar el milagro, y agrega con Chesterton, que lo verdaderamente milagroso de los milagros es que a veces se producen.

En esta antología predomina el material escogido de su libro Los poemas de Sidney West, actitud que revela su descarada predilección. Sí, es cierto, el libro todavía le gusta más que otros. Reconoce que cuando mira lo que ha escrito, no sólo años después sino al momento de terminarlo, siente una gran insatisfacción pues conoce la distancia entre todo lo que escribe la mayoría y lo que él escribe. La poesía es un oficio muy difícil y no se puso la mano en el corazón para dejar fuera de su antología varios libros donde habla del amor, de lo urbano, de Cuba, de política, de humanismo. Su autocrítica le lleva a decir que le resultó difícil juntar tantos poemas 125 páginas; no es un chiste, recalca, es cierto.

La revolución cubana lo marcó como a tantos intelectuales progresistas de Latinoamérica cuando pertenecía al Partido Comunista. Acepta que este partido nunca fue revolucionario pero hay que admitir que ha sido un consecuente bombero de la revolución. Cuando aparece la nueva Cuba con una revolución en español, con Martí detrás, con propuestas espléndidas, humanistas, se sintió sacudido. Dentro del partido empezaron a vislumbrar otros caminos y a plantear en la organización su inconformidad con la línea dura imperante que terminó con la expulsión de algunos de sus miembros, Juan Gelman entre ellos. Se queda un rato pensativo, quizá porque los recuerdos de Cuba se le agolpan. Sí, Cuba lo marcó. Recuerda su estancia en 1962, en una reunión internacional de periodistas, y la alegría liberada de los hombres, mujeres y niños. Aunque el cubano es de por sí alegre, reflejaba en el rostro y en las actitudes un nuevo florecimiento. Fue asombroso y de esa época data un libro de poemas suyos, testimonio de lo que vivió y sintió. El artista, como cualquier persona insiste, lo que tiene es una cosmovisión dentro de la cual la política, la ideología, el intimismo, es sólo parte de ella ya que está hecha de muchas cosas más. Se puede ser un revolucionario y participar, como René Char, en la resistencia francesa, joderse la vida contra los nazis y no escribir un solo poema con referencia alguna. Sustraerse a su entorno depende de cada quien. Eso, a lo mejor, explica el juicio que existe contra Ferdinand Célin y Ezra Pound, grandes escritores que apoyaron el fascismo o fueron fascistas; también se puede ser un gran abanderado de las revoluciones del mundo y ser un pésimo poeta o escritor.

El tema de la política lo apasiona tanto como la poesía. No lo interrumpo. Se remite a la cuestión del tema. Cree que estos hechos no definen una obra de arte y suelta una perogrullada: con el mismo tema se puede hacer una obra de arte o una porquería: el amor, la amistad, la política. El tema de la poesía es la poesía y por eso puede hablar de todo. González Tuñón decía que la poesía es como la paz, una e indivisible, y no debe hacerse lo que un grupo de poetas hicieron en los años sesenta él entre ellos: descartarla por sus temas, por metafísica, amorosa, mística; eso era, admite, una actitud, con perdón de la palabra (por el tono de su voz me doy cuenta que expía sus culpas.) Ahora sucede al revés: no se considera poesía la que habla de política, de las injusticias en que vive la sociedad.

Las dos son posiciones estalinistas, de donde se deduce que grandes intelectuales que presumen de liberales lo son, así como los que desde la derecha ejercen estas posiciones. No hay que asombrarse de que el estalinismo tenga tanto que ver con la derecha. Le pido una respuesta a mi pregunta de por qué escribe pero lo aprisiono con dos propuestas: ¿por insatisfacción o por acuerdo con la vida? Me apeno de acorralarlo y lo dejo en libertad. Acepta mi planteamiento y responde que por insatisfacción, aunque después termina con un: “En realidad no sé”. Prosigue: Uno escribe para agotar una obsesión cualquiera que esta sea; de todos modos siempre se queda insatisfecho. En el fondo se trata de una sola obsesión: dar con esa palabra calcinada que es la poesía. Ese es su caso.

¿Cómo llegó a los místicos siendo ateo? Los leyó en la escuela y también después, porque San Juan de la Cruz no sólo le parece un gran poeta sino el más grande que tenemos en la lengua castellana. La relectura se produjo desde otro lugar durante su largo exilio de 14 años en Roma, París, Ginebra; sentía mucho la pérdida de su país. Esa realidad fue la única que tenía en medio de las otras lenguas en que vivió la pérdida de amigos, compañeros muertos por la dictadura militar, familiares; eran presencias ausentes muy fuertes, lo siguen siendo, no se han atenuado. Cuando releyó a los místicos sintió que en ellos había el deseo de una presencia ausente que quizá era Dios, pero en Gelman era el país, la presión, el anhelo de lo perdido. Además influyó mucho su exilio. Por esos años leyó la cábala más a conciencia. Con José Ángel Valente, gran poeta español, hablaba de estos temas y de la visión exiliada de la vida, de la historia, de uno mismo, que descubrió en la cábala; en el fondo los místicos dicen que uno es un exiliado sobre la tierra. Un cabalista marroquí explicaba que cada uno de nosotros está sostenido de una cuerda que Dios sujeta en sus manos y que cuando Dios quiera la suelta; si en vez de Dios ponés muerte, aclara, es exactamente lo mismo. La poesía judeoespañola de los siglos XII, XIII y XIV, le impresionó por su característica exiliar. En San Juan el lenguaje hace que esa vivencia, ese deseo, se transparente en su palabra, aunque no sea voluntad de él; él no sólo dice lo que dice sino dice lo que calla, como bien señala Valente, a lo que Juan agrega que también calla lo que dice. Ese es el ideal de Gelman respecto a la poesía.

Su exilio comenzó en 1975, en las postrimerías del gobierno de Isabel Perón, continuó con la dictadura militar y siguió bajo el primer gobierno civil que hubo en su país y que presidió Alfonsín. No podía regresar a Argentina porque bajo la dictadura le iniciaron varios procesos y aunque mucha gente le pidió el desestimiento al presidente entre ellos Carlos Fuentes, Alfonsín no quiso hacer nada, quizá, piensa, por la teoría de los dos demonios inventada por Ernesto Sábato, en la que equiparaba a los que luchaban por la justicia de su país con los dictadores militares, poniéndolos en la misma balanza. Al final se resolvió desde el punto de vista judicial porque el tribunal federal rechazó los fundamentos del juicio.

Es pregunta obligada los cambios de los últimos años en el mundo de los sistemas socialistas. Se apresura a contestar, con un “disculpáme” de por medio, que esos no eran sistemas socialistas, eran otra cosa. ¿Qué cosa? En el fondo era una burocracia partidista que manejaban todos estos países con una capa burocrática bastante extendida que defendió sus privilegios en detrimento de los pueblos. Su caída le parece una   consecuencia lógica de ese fracaso. Era una especie de gigante con pies de barro; piensa sobre todo en la Unión Soviética, ahora ex. Ese fracaso no es el naufragio del socialismo real y no quiere decir que hayan desaparecido los motivos para seguir pujando por un mundo justo, libre y realmente democrático. El Consejo Episcopal Mexicano afirmó que cuando una democracia está privada de ese contenido de justicia, es un totalitarismo disfrazado. Cuando escucha hablar de que se han perdido las utopías, no está de acuerdo; es utópico pensar que las utopías se han terminado, viviendo la historia, el pensamiento humano. Las utopías nacen a cada rato y es probable que su razón consista en su fracaso para dar paso a una utopía mejor. ¿O nueva? Sí. No está desencantado de las utopías, sigue creyendo que al mundo hay que cambiarlo, que las razones para bregar por un sitio mejor todavía existen, incluso se han acentuado en nuestros países, concretamente en Argentina donde cada día hay más pobreza, injusticia, dolor. Como sabemos que en México la clase media ha desaparecido para mal, claro le interrogo sobre qué ha pasado en su país con ella. Hay un cambio en la estructura social, ha desaparecido una parte de la clase obrera, han sido despedidos y echados a la calle, la situación económica es muy dura, no tienen espacios, salvo en la economía que se llama informal, no estructurada. Ha habido un proceso de empobrecimiento de la clase media que en algunos sectores llegó incluso a la proletarización. No ha desaparecido del todo, hay un sector muy rico y otro que está al borde. Todavía tienen peso político, peso social.

Desde que conozco a Juan Gelman, a pesar de su gran sentido del humor, de su feliz estancia en México, de su agitado trabajo periodístico y de los viajes frecuentes, siempre me llama la atención su mirada, sus ojos oceánicamente tristes, aunque sonría o ría abiertamente. Le hablo de ello y se ruboriza, se altera, se entristece, sobre todo cuando cito a Vallejo y le digo que como él lleva la resaca de todo lo vivido empozada en el alma y reflejada en el rostro. El silencio es largo, profundo. Me doy cuenta de mi dislate. Se toma su tiempo y aclara que tiene muchos motivos de tristeza interior y exterior, como cualquier persona, pero eso no le quita que viva esperanzado y consolado. Para él la poesía es un gran consuelo. Recuerda un poema chino, anónimo, escrito hace 3500 años: Un pastor cuida el rebaño, con un frío intenso, lejos de su mujer que está en el hogar imagina, al lado del fuego, cosiendo; el último verso dice: “Él escucha el ruido de sus tijeras bajo la noche profunda”. El hecho que ese poema se haya escrito hace tantos años y todavía nos emocione quiere decir que hay un tejido humano imposible de romper, una capacidad de belleza imposible de aniquilar. Después, cada cual con sus dolores se las arregla como puede.

Aunque no le gusta hablar de su obra, le menciono que, a mi parecer, desde sus primeros libros se nota un cambio entre uno y otro, temática y formalmente, un proceso que aunado a su sabiduría le ha dado una gran significación no sólo en las letras argentinas sino en la que se escribe en castellano. Aventura hipótesis. Alguien le dijo que cada libro suyo era distinto al anterior como forma, aunque las obsesiones se repiten. Ya nos ha dicho que escribe para agotar una obsesión. Admira en poetas como Eliot y Lezama Lima su capacidad para hacer una crítica muy precisa sobre la poesía, sobre el mecanismo de la escritura. Él se considera incapaz de ello. Los cambios termina en cada caso, es decir en cada libro, fueron necesarios.

Por último, le pido que me hable del largo y extraordinario poema Carta a mi madre, publicado en 1989 y escrito desde el exilio. Fija su mirada en la botella de tequila y murmura: “La carne es débil pero yo soy más”; le acompaño con otra copa. Su madre fallece en 1983. A partir de ciertos momentos no pudo seguir trabajando como periodista en Europa y empezó a ganarse la vida como traductor. Estaba en Ginebra cuando escribió ese poema que originalmente era muy extenso y estaba escrito en forma de carta. Lo terminó en dos noches. Vivió una especie de esquizofrenia, laboraba con normalidad pero como si estuviera ausente. Cuando terminó esa carta no sabía quién era. Se dirige a mí y afirma: “Esto, sos la primera persona a quien se lo comento. ¿Sabés qué hice? Me fui a la fotografía a sacarme una foto para estar seguro de que era real, para ver qué cara tenía, cómo era, porque ni en el espejo me daba cuenta”.

La carta la guardó durante mucho tiempo ya que no podía acercarse a esa descarga. Lo hizo una vez que estaba casi seguro de la realidad, porque al año siguiente se murió cuatro veces en cuatro paros cardíacos. La carta tenía 60 cuartillas y después la convirtió en poema. Carta a mi madre, a mi juicio ya que Juan no quiere seguir hablando, no sólo es un poema brutal, desgarrador, intenso, amoroso, tierno; también es una acendrada biografía y un maravilloso testamento humano y literario.


Juan Gelman piensa radicar definitivamente en México. A Argentina regresa de vez en cuando a ver a su hija y al nieto. Este mes viaja para revisar, presentar, promocionar la edición de su obra completa que publica Seix Barral y su deseo es vivir entre nosotros hasta que Dios y el día esté lejano, diría Porfirio Barba Jacob tire de la cuerda.





“Cuando me pongo a escribir lleno ritmos vacíos”


Rubén Bonifaz Nuño
Rubén Bonifaz Nuño (Córdoba, Veracruz, 1923) falleció un día de enero en su casa de la ciudad de México. Reproducimos aquí una de las pocas entrevistas que concedió en su larga vida. Un tanto renuente, el poeta le expuso a Dionicio Morales, su interlocutor:  “La soledad es solamente una ilusión juvenil. En realidad, a mi manera de ver las cosas, la soledad no existe [...]  La vida se hace, estrictamente lo mejor de la vida, con las relaciones entre los seres humanos”.
En 1995 el FCE, con motivo de los cincuenta años de la publicación del libro La muerte del ángel, 1945, de Rubén Bonifaz Nuño, reimprimió De otro modo lo mismo (1945-1971), editado como obra completa en l978. Para la presentación de este libro me invitaron a participar, con la actriz Susana Alexander, en un acto de homenaje para el gran poeta mexicano y escribí un guión especial basado en su poesía. Sabido es que Bonifaz Nuño es muy reacio a conceder entrevistas pero, con el pretexto del reconocimiento, le llamé por teléfono para concertar una cita; el poeta, nacido en Córdoba, Veracruz, en 1923, se defendió como pudo y al final, aunque un poco molesto, accedió. Debo confesar que su aprobación se debió al cariño y a la amistad que lo une con Susana Alexander desde los tiempos en que ella, de 12 años, y él un poeta ya reconocido, estudiaban en la Alianza Francesa. Llegué antes de tiempo a su oficina de la Universidad Nacional Autónoma de México, nervioso, con algunos apuntes para la entrevista. Él hizo acto de presencia un largo rato después de la hora concertada, contra toda su costumbre, ya que siempre es muy puntual. Su paso apresurado, su cara de pocos amigos, su agitación, hicieron que mi inquietud creciera. Después del saludo de rigor y de sentarnos, me contó que venía de su cita con el oftalmólogo –¿o con el oculista?– y que saliendo de su consultorio descubrió que le habían robado el coche y que por eso llegaba tarde. Respiré con un poco de tranquilidad al saber que no era yo del todo el causante de su molestia. Después de una breve charla respecto a por qué no concedía entrevistas, la que sirvió para que yo perdiera entre mis papeles los apuntes que llevaba preparados, me dijo: “Terminemos con esto”. Yo, como los priistas salinistas, me hice bolas pero no era cosa de desaprovechar la oportunidad de oro. Olvidando mis apuntes previos empecé “otra” entrevista. Bonifaz Nuño respondía con bastante parquedad a mis preguntas. Mi nerviosismo e incomodidad crecían. El poeta no lo decía pero deseaba que el suplicio terminara pronto. A la mitad de mi interrogatorio comentó: “Usted sí me ha leído”. Alcancé a sonreír y a relajarme un poco. Cuando todavía me faltaban varias preguntas por hacer, sonó el teléfono y el ilustre veracruzano fue a contestar. La irritación volvió a reflejarse en su rostro mientras escuchaba la otra voz. Era un periodista que le llamaba para solicitarle una entrevista. Él, molesto, repitió que no concedía entrevistas pero alcanzó a decirle que yo, precisamente, lo estaba torturando en ese momento. Al oír mi nombre el periodista, Alejandro Ortiz, le comentó que era mi amigo, lo que aprovechó el maestro Bonifaz Nuño para quitárselo de encima diciéndole: “Pues hable con Dionicio y que él le cuente de lo que hablamos”, y colgó. La entrevista aquí está.
Dionicio Morales: Maestro, con la reimpresión de su libro De otro modo lo mismo se cumplen cincuenta años desde que inició su trabajo creador. ¿Cómo ve su obra a esta distancia?
R. B. N.: La labor creadora, que llama usted así a la de escribir versos, la veo como una serie de experimentos. Usted sabe que la poesía, si es que he llegado a hacer poesía, es siempre una obra experimental. He tratado de hacer siempre cosas que no se parezcan a las que he escrito anteriormente, he buscado el cambio, no el que está tan de moda ahora sino el cambio en recursos literarios para hacerme a mí mismo más ligero y más agradable el acto de escribir.
¿Está satisfecho, a esta alturas, de lo que la poesía le ha dado y de lo que usted le ha dado a la poesía?
Mire, yo no le he dado nada a la poesía y estoy satisfecho porque la he escrito con el mayor de los gustos. Yo creo que los mejores placeres que he tenido en la vida los siento cuando trato de escribir este tipo de cosas. Yo escribo otras muchas cosas de distintas maneras pero las hago, digamos, por obligación, para desquitar mi sueldo. Pero éstas las hago estrictamente por placer; siempre las he hecho de esa manera.
Hablando en términos generales, casi todo primer libro de un poeta es de amor. La muerte del ángel, 1945, está escrito a la poesía, lo que quiere decir que usted, desde sus inicios, pactó un compromiso con ella.
Sí, es que las mujeres y los poemas son lo mismo, exactamente. Lo que decía Bécquer: “Poesía eres tú”, en el fondo es la pura verdad.
Pero es raro que desde su primer libro se cuestione directamente lo que es la poesía.
No sé si me lo propuse. Cómo me voy a acordar, pues inclusive ahora que algo sé de esas cosas considero que es un concepto totalmente indesentrañable. No creo que nadie haya podido decir qué es la poesía de una manera válida porque lo que uno dice de la poesía en el poema, es lo que uno opina de la poesía y del poema. Lo que yo opino de la poesía es completamente distinto de lo que opina usted, por ejemplo.
Puede ser... pero podemos tener coincidencias.
También, claro. Todos las tenemos. Vivimos en coincidencia todos en ser estrictamente.
Entonces es cierto que la poesía no es de nadie. Recuerdo que usted escribió un verso que dice: “Como tú eras de nadie, te detuve”.
Fíjese nada más, lo primero que escribí. Claro que no es de nadie, la poesía es de todos. Usted acaba de hablar de los lectores, de todos los que pueden leerla u oírla; yo creo que la poesía se escribe más para las orejas que para los ojos.
Es cierto, maestro. También veo en el inicio de su obra marcadamente una soledad juvenil pero madura...
La soledad es solamente una ilusión juvenil. En realidad, a mi manera de ver las cosas, la soledad no existe. Estamos viviendo junto con seres humanos. La vida se hace, estrictamente lo mejor de la vida, con las relaciones entre los seres humanos. Ojalá hubiera soledad porque sería un estado delicioso, o un estado de un hombre sin compromisos, sin relaciones, sin nada: él solo en la más absoluta libertad.
Pero eso es lo que piensa usted ahora, no es lo mismo que pensaba aquel joven poeta...
No, no. Absolutamente no, por eso le digo que la soledad es una ilusión juvenil.
Necesaria...
Necesaria, por supuesto.
No solamente para el momento de la creación, para las vivencias...
Mire qué curioso. Le acabo de decir que la soledad es un estado feliz de libertad. Precisamente le decía que el acto de escribir, para mí, es un acto de libertad. Entonces tal vez sí, en el momento en que pongo el papel en la máquina y empiezo a dejar que las palabras se hilvanen unas con otras, estoy solo. Pero es una soledad relativa porque entre otras cosas estoy manejando palabras, y las palabras son el medio como el hombre se relaciona con los demás. Así que es una soledad para salir de la soledad inmediata y para encontrarle compañía.
También está acompañado de la música...
También, claro, por  eso le decía que la poesía es para las orejas.
Dios está en su poesía, maestro.
Mire, la cuestión es ésta. El concepto de Dios... por favor no hablemos de eso. Si tuviéramos 18 años estuviéramos metidos en una discusión pero desgraciada o afortunadamente no los tenemos. Uso siempre recursos de la liturgia religiosa porque me parece que es un mundo poético excepcional. Hablo de la religión de la Iglesia católica. De allí vienen todas estas relaciones y esos conceptos. En último término, tal vez no esté hablando de Dios sino de principios cristianos.
Notamos que desde su primer libro usted elige las formas clásicas.
No, mire, el primer libro es, en último término, un libro de ejercicios donde yo estoy aprendiendo la mecánica de la versificación. La uso ciñéndome a reglas aprendidas y a lecturas de autores. Usted encontrará fácilmente en esos sonetos lo mismo a Lope de Vega que a Carlos Pellicer, porque eran mis lecturas con las que me estaba formando un oficio, pero últimamente las formas clásicas están abandonadas casi por completo. He escrito tipos de versificación inventados por mí; o si no inventados, elaborados por mí.
Que ningún autor había tocado con esa fe, con esa claridad, con esa vastedad con que usted las toca.
Bueno, el caso es eso, porque yo trato de hacer un lenguaje propio, mío, para escribir versos. Busco un ritmo que se aproxime al habla de la conversación humana. Por eso eludo estas formas de sonetos y demás, para crear esa manera de hablar que le digo, después de imágenes donde estoy haciendo los ejercicios a plena conciencia, y ya teniendo un relativo dominio de la técnica literaria. Después de La muerte del ángel son muy pocas las cosas que he escrito en formas clásicas.
Bueno, le llamamos clásicos a los eneasílabos con los que usted escribió un libro: El ala del tibre, 1969.
Ciertamente es clásico porque es un verso que yo he tomado de la estrofa arcaica de un poeta de quién sabe cuántos siglos antes de Cristo. En ese sentido sí es clásico.
De pronto he visto en su escritura, sobre todo en sus inicios, que usted va alternando...
Para escribir, digamos que yo pongo una especie de caldo de cultivo donde tengo un montón de palabras depositadas; esas por sí solas van evolucionando a ese caldo de cultivo, se van uniendo unas con otras en una suerte de reacciones químicas y van formando expresiones. Otra cosa: yo he dicho siempre que la poesía, como dijo ya algún poeta francés, no se hace con ideas sino con palabras; yo voy un poco más allá, creo que la poesía no se hace con palabras sino con ritmos. De tal manera, cuando me pongo a tratar de escribir, estoy llenando ritmos vacíos que las palabras van ocupando naturalmente haciendo ellas mismas el trabajo que podríamos llamar poético.
Lo que usted llama ritmos ¿es a lo que Pellicer llamaba música-riachuelo?
No.
Su poesía está llena de mujeres, ¿existieron todas en su vida, algunas son inventadas o soñadas, o unas reciben el nombre de otras?
La cuestión está en que uno tiene que ver que cada mujer es todas las mujeres al mismo tiempo. Claro que hay inventadas, hay históricas, con las cuales no tuve nada que ver, como Santa Teresa de Jesús, que le juro no tuve nada qué ver con ella. Está Eloísa y demás mujeres...
Georgette...
Georgette, la mujer de Maeterlinck, pero en realidad todas las mujeres son reales.
¿Todavía piensa que todos somos indigentes y que sólo nos ampara la belleza?
No, eso dejé de pensarlo hace mucho tiempo.
A ver, ¿por qué?
Desde luego, no somos indigentes porque podemos relacionarnos con seres humanos y la belleza nos ampara muy poco. Hay cosas que nos amparan mucho más que la belleza, por ejemplo, la justicia social.
Una curiosidad. Releyendo su obra me di cuenta de que casi siempre utiliza la palabra “ventana”. ¿Qué sentido tiene para usted?
Vuelvo a lo mismo. La ventana es donde uno se asoma a ver al mundo. Cuando usted se asoma por la ventana es a ver si el cartero está tocando la puerta. La puerta es para salir o para entrar. La ventana es para asomarse.
¿Usted amó o estuvo enamorado muchas veces, maestro?...
¡Ay!, toda la vida, toda la vida padeciendo como un desventurado.
Porque usted dice que no es lo mismo amar que estar enamorado.
Sí, y no lo digo yo, lo dice Dostovieski, yo me lo fusilé.
Y usted ha pasado por todas esas etapas...
Claro, por todas, absolutamente, de ida y vuelta. Así como le digo que la poesía es siempre experimental, el amor siempre es experimental también, siempre es diferente, siempre es nuevo.
No se termina de aprender...
Nunca, sería un aburrimiento atroz que se aprendiera uno todo lo que hay en ese lugar.
¿Las mujeres son impredecibles?
Son de todas maneras. Son predecibles, impredecibles; son grandes, chicas: son todo. Son los seres mejor construidos del universo. Nosotros no hacemos más que andar imitando lo que podemos, ellas lo saben todo, son puntos universales centrados en un solo ser. Ahí sí puede usted hablar de elementos subatómicos, de galaxias; todo eso está contenido en el ser de una mujer, en su circulación sanguínea, en su respiración, en sus palabras, en todo.
Y el papel que le ha dado el mundo, hablando de nuestra tradición judeo-cristiana para acá, ¿corresponde a su valor, a lo que ella es en la vida?
 Por supuesto que no porque eso es una situación hecha por hombres y nosotros tratamos de disimular su superioridad, si no no podríamos presentarnos en público. Si manifestáramos lo que son las mujeres, ¡por Dios!, seríamos como moscas volando alrededor de una torre.
Entonces ¿más vale no conocerlas del todo?
Es imposible, tal vez valiera muchísimo conocerlas pero es una cosa irrealizable.
No hay tiempo suficiente para ello.
Ni capacidad. Nos pueden dar cien mil millones de años y no tendríamos nunca la capacidad de poder definir lo que es una mujer y, mucho menos, comprenderla.
Insisto, después de tantos años de ejercer el oficio que usted eligió de cantar, ¿cómo lo ve desde estas alturas?
Ya le dije, es el oficio en el que ejerzo la ilusión de ser libre. Y si me pregunta usted qué opino de eso como cosa mía, no opino nada porque desde el momento en que yo publico unas líneas, esas líneas dejan de ser mías, casi nunca las vuelvo a ver. La última vez que yo leo algo mío es cuando corrijo las pruebas para que se imprima el libro.
Después, ¿ni por curiosidad?
Ponerse a releer las cosas yo lo compararía a un estudio de arqueología, doloroso; por eso hacer excavaciones para ver qué cosas encuentro mías, me parece un horrible masoquismo. No, eso se acabó y vamos a hacer cosas nuevas.




Por Dionicio Morales