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Despedida no les doy


Estimado boss:
¡No se vale! Justo cuando he hecho mi promesa de ya no fallar con Performance y cumplir puntualmente con mis colaboraciones, me avisan de la redacción que dejará de circular este honorable periódico de las “interpretaciones sobre las interpretaciones”. ¿O sea que sumamos también a la lista de desaparecidos a nuestra publicación? Caso triste en verdad.
Aún no digiero bien la noticia mientras tomo lentamente un whisky. Para satisfacer mi ego aventuro a decirme a mí mismo que Performance se fue a la quiebra porque dejé de publicar mis artículos. Como este argumento ni yo me lo creo, llego a la razón fundamental: la falta de dinero.
En verdad que ha sido toda una proeza mantener un informativo escrito a lo largo de 10 años. Desde la primera etapa bajo el nombre Graffiti, el proyecto que usted encabeza ha resultado la mejor propuesta de periodismo cultural en Xalapa. El simple hecho de catalogar  a la capital del estado de Veracruz como “la Atenas Veracruzana” impone un seguimiento crítico y puntual de las actividades artísticas y culturales producidas o representadas en estos lares.
Da pena decirlo, pero no hay periodismo cultural en Xalapa si entendemos al género como el mejor medio para ejercer la crónica, el reportaje, la entrevista, la reseña y el artículo de opinión. Por desgracia la escuela de periodismo veracruzano está cimentada en el boletín, como bien lo ha documentado Juan Carlos García Rodríguez en la pasada edición. A pesar de que hemos tratado de cambiar vía la democracia, en el fondo la estructura del poder continúa siendo obtusa y autoritaria, acumuladora de riquezas económicas para sí misma, depredadora del entorno y corruptora de lo humano.
Si en la información política de Veracruz el método de la sobrevivencia en el periodismo es la alabanza y el “portarse bien”, en el área del arte y la cultura definitivamente es más complicado ante el desdén por el tema y al temor de tener un enfoque crítico. No se niega que hay espacios que dan cuenta de la amplia actividad cultural que se desarrolla en Xalapa, pero sólo de eso se trata, de informar lo que se ofrece pero carente de un análisis y de un enfoque crítico, labor que cubría, sin duda, Performance.
Es cierto que todo tiene sus ciclos, pero el proyecto de la Editorial Graffitti debería tener larga vida. Es fácil decirlo y desearlo. Mantenerlo, como lo sabemos, es lo complicado. Por desgracia, Performance desaparece justo cuando vivimos en el tobogán de la decadencia. La impunidad y la corrupción que van de la mano como forma de vida han sentado sus reales y creado una gran metástasis que enferma y hunde a la sociedad en la ignorancia, la pobreza y la violencia. Podría ser una imagen en exceso negativa, pero no recuerdo, en lo que llevo de vida, una época marcada por una decadencia rampante y permanente.
Si nos asomamos a los medios de comunicación locales (área que debería de cubrir de acuerdo con sus órdenes de trabajo que me envió, estimado boss), el panorama es triste. La tenebrosa cifra de 14 periodistas asesinados en los años recientes sin que exista un solo consignado por esos hechos lamentables, nos muestra claramente que la muerte tiene permiso y goza de cabal impunidad.
Hay espacios que se mantienen al filo de la navaja como Círculo rojo del periodismo en Veracruz, que mantienen Claudia Guerreo, Virginia Durán y Armando Ortiz; o el valiente y útil trabajo que realiza Radio Teocelo. Los esfuerzos por hacer un trabajo diferente en beneficio de la libertad de expresión en verdad son hechos aislados.
En Radio Televisión de Veracruz, salvo honrosas excepciones, arriaron las banderas de la producción propia con un sentido de amplitud de la cultura para darle paso al anodino comercialismo fomentado por la escuela Televisa.
De los medios de comunicación de la Universidad Veracruzana, de Radio UV seguimos en la espera de escuchar un proyecto vigoroso a través de su cambio a FM, y TVUV vive entre el universo inmenso de la internet.
El panorama que prevalece entre la educación informal de la población está permeado por el estilo Televisa y, por desgracia, por la narcocultura que se extiende y pervive como hidra sin control.
Hace diez años, cuando surgió Performance, aún podíamos avizorar esperanzas con la alternancia del poder. Por desgracia nada cambió para bien de la sociedad y sí se pervirtió para nuestro mal.
Hoy, en medio del fomento a la ignorancia y la falta de respeto a la vida, cavamos nuestra propia tumba con la singular inocencia creyendo que estamos haciendo nuestro propio túnel de escape. Lo único que hacemos es oscurecer más nuestro pensamiento hundiéndonos en la ignominia.
Cierto, ando muy negativo, pero ¿puedo ser positivo ante la desaparición de Performance? Lo dudo.
Voy por otro whisky para brindar por usted y su estoico equipo que mantuvieron a lo largo de una década un proyecto que nos permitió la libertad de vivir y opinar el arte y la cultura desde otros enfoques.
Estoy seguro que pronto coincidiremos en otros espacios y lugares, por eso despedida no les doy.
Un abrazo.

Conde de Saint Germain, duque de los Jardines de Xalapa y actor improvisado de Performance.





Por Conde de Saint Germain


Un alacrancito acorralado


Estimado boss:
A veces me siento como un alacrán rodeado por un círculo de fuego donde no queda más alternativa que aplicarse el harakiri como el arácnido. Me siento atrapado sin salida en esta sociedad empeñada en retroceder felizmente en la ignorancia y la estulticia.
Por si fuera poco, recibo su mensaje para que por fin me digne a escribir unas cuantas líneas con motivo de los diez años de Performance y de nuevo me siento acorralado. Dejo mis actividades recreativas de la madrugada y en los albores matutinos me dirijo a mi humilde palacio para redactar estas líneas.
El cerco del terror continúa. Abordo un taxi y me acribilla con el sonido alterado del Komander y sus historias hipermachistas en franca apología de la violencia; en un tramo del trayecto nos hace compañía una camioneta Lobo, negra, con vidrios polarizados pero con ruidos excesivos parecidos a la música con la grabación de una especie de cantante desafinado hasta las cachas que se hace llamar Julión Álvarez.
Harto de esos atentado auditivos le pedí al taxista que le bajara al sonido narcótico del Komander y de mala gana sintonizó en su radio a El Patrón. No noté cambio alguno en la música. Resignado vi por la ventanilla a un comando de la Fuerza Civil (ignoro por qué usan uniforme de camuflaje de campo en plena ciudad) que nos “escoltó” un momento. Al parecer también disfrutaban de la música mientras me apuntaban sin querer con sus armas de alto poder.
¡Cuánto hemos cambiado en diez años! A pasos agigantados hemos visto cómo la barbarie, la corrupción y la impunidad son las divisas importantes del poder, donde la educación, el arte y la cultura son acotados. Cuando menos en ese tiempo desaparecieron dos proyectos importantes en la agenda cultural de Xalapa: el Festival Jazzuv y el Hay Festival.
La radio se ha llenado de bazofia (más de la normal), los medios oficiales insisten en creer que tener auditorio es apostar por los esquemas de Televisa, la televisión local aporta poco, la Universidad Veracruzana mantiene su status quo y pocos proyectos culturales trascienden la entidad, el Instituto Veracruzano de la Cultura depende de los vaivenes políticos, la Cumbre Tajín es un derroche de vanidad sin beneficio real para la región del Totonacapan, las ferias del libro crecen poco y los grupúsculos del arte y la cultura se refugian en sus propios nichos. En cuanto a la información periodística, la crítica o información adversa al actuar gubernamental es poco tolerada y como resultado el estado de Veracruz ocupa el primer lugar de asesinatos de periodistas en  el país con once plumas calladas.
Es de celebrarse, sin duda, que Performance sobreviva en esta vorágine y que llegue a diez años siendo independiente, con los ojos bien puestos en el quehacer cultural veracruzano.
No me queda más que felicitarlo, boss, a usted, a todo el equipo base y al sinnúmero de colaboradores que han desfilado por estas páginas a lo largo de una década. Al recapitular sobre este esfuerzo periodístico cultural, se me olvida un poco sentirme como alacrán acorralado por el fuego y me entra más el espíritu del Jefe, ese personaje simbólico de la película Atrapado sin salida, para recordarme que siempre habrá una posibilidad de escapar aunque parezca lo más increíble. Al menos decidí bajar del taxi y caminar por las calles entre la neblina y el frío. Reconfortante encuentro con la ciudad, la Xalapa de siempre. Me dieron ganas de ir a buscar al poeta y caballero Ramón para empezar los festejos de los diez años de Performance. Iré en su búsqueda. Hasta entonces el próximo escrito.
Un abrazo.

Conde de Saint Germain, duque de los Jardines de Xalapa y ocasional tundeteclas para Performance.

Entre multitudes te veas


Leer saca músculo
El Conde de Saint Germain nos reseña su visita a la Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería, donde un hormiguero incesante de gente puebla a esta fiesta de los libros, y nuestro autor se pregunta ¿cuántos de los que forman la gran masa humana que inunda las calles y el Palacio de Minería habrán leído a Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Luis Villoro u Octavio Paz?.
Estimado Boss:
Lo dicho, este año está imparable en el afán de dejarnos sin referentes. No acabo de enviarle una misiva más para el Performance cuando fallece otro personaje esencial del siglo XX. Es verdad que don Luis Villoro tenía una edad avanzada pero mantenía vivo y profundo su pensamiento rebelde, contestatario. Inexorable pasa el tiempo y va eliminando lo que queda del siglo XX. Eso pensaba mientras caminaba por las atiborradas calles del centro de la ciudad de México. “El Distrito Federal es la demasiada gente”, decía Monsiváis. No obstante la multitud, uno puede deambular cargando la soledad, el desamparo.
Veo los rostros de los jóvenes que caminan tan rápido como lo permite la música de su iphone, un ejército de “animadores” que promueven lentes y armazones como quien vende boletos de reventa (¿en verdad somos una sociedad tan ciega que las ópticas son un gran negocio?), estatuas vivientes de todo tipo de personajes (Batman, Minions, Jack Sparrow, Davy Jones y su cara de calamar, Stormtroopers, Pancho Villa, Chaplin, Cantinflas, Buzz Lightyear), magos, malabaristas, faquires, bicicleteros hare-krishnas, músicos, oficinistas, turistas, organillero, todo mundo forma parte de la muchedumbre que sale de las estaciones del metro, del turibús, de los bicitaxis, de los restaurantes, de las tiendas, de las cantinas.
Los furibundos antisocialistas dicen que en los países rojos (los que quedan) para todo hay que hacer colas. Pero aquí no hay mucha diferencia. Hay colas para entrar a los mcdonalds, a los burguerkings, a losbisquetsdeobregón, a la mítica cantina La Ópera, al Salón Corona, al Potzocalli, al Café Tacuba. La sed agobia al mediodía de un sábado en una ciudad reseca por el calor. Como la paciencia no es lo mío, no quise hacer cola y pretendí comprarme una cerveza de lata en un Oxxo. Imposible, colas también. Me conformé con un helado de limón, al menos tuve que hacer una fila de cuatro personas para llegar al nevero y contar hasta diez ante la indecisión de una señora que no sabía si pedir su nieve de limón, de guanábana, combinada, en vaso o barquillo.
Mi objetivo era llegar al Palacio de Minería para entrar a la feria del libro, la más antigua del país. Y ni modo, más colas, ahora para entrar al esplendoroso palacio hecho por Manuel Tolsá. Dos filas se extienden a los lados de la joya arquitectónica. Elegí la que  rodeaba también el Palacio del Correo Mayor, otra obra maestra de la arquitectura. Conforme fui avanzando –eso sí, rápido– trataba de ver la famosa escultura conocida como El Caballito, que está tapada entre andamios y telas para ocultar la vergonzosa “restauración” de que fue víctima.
Por fin llegué a mi objetivo. La bienvenida la dan los eternos aerolitos que están a la entrada del Palacio de Minería y unos enormes pendones de Blue Demon ¡con un libro entre sus rudas manos! La imagen pertenece a la película Blue Demon vs. el poder satánico, fotografía que fue rescatada del libro ¡Quiero ver sangre! Historia ilustrada del cine de luchadores, del performancero Raúl Criollo, José Xavier Navar y Rafael Aviña.
La Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería es para engentarse. Al menos los fines de semana. Por los laberínticos pasillos, por las escaleras, en los salones de presentaciones de libros hay gente, gente y más gente. Un hormiguero incesante puebla a esta fiesta de los libros dominada por los best sellers y las ediciones universitarias. Aún así, hay muchas joyitas de la literatura que se pueden encontrar sabiendo buscar y preguntar.
Fernando Macotela, director de  la FILPM, declaró que la asistencia rebasó las 150 mil personas durante los 13 días del festejo. Parece mucho, pero si uno toma en cuenta que la ciudad de México y su zona conurbada rebasa los 14 millones de habitantes, el porcentaje de lectores es mínimo. ¿Cuántos de los que forman la gran masa humana que inunda las calles y el Palacio de Minería habrán leído a Juan Gelman, José Emilio Pacheco, Luis Villoro u Octavio Paz? No lo sé, después de más de cuatro horas de revisar stands y sortear aglomeraciones salí a buscar un lugar idóneo para comer y tomar algo digno de mi investidura y me perdí en esos laberintos de la soledad del centro de la capital.

Conde de Saint Germain, duque de los Jardines de Xalapa y comendador de la Ciudad de los Palacios.





Por Conde de Saint Germain

Radio Más o menos


Luis Barria se quedó hablando solo por culpa de Radio Más
El Conde no esconde su sentir por lo que está sucediendo en Radio Más de Veracruz, que siguiendo una línea comercial, ahora se presenta una programación donde la cultura es dejada de lado. Y bien dice “debería de existir un consejo de ciudadanos que velara por los objetivos culturales y sociales de la emisora”.
Estimado boss, navegante de Oceanía:
Como bien dijera mi legendaria abuela: “las desgracias nunca vienen solas”. No basta con la partida de Juan Gelman y José Emilio Pacheco. Ahora tenemos que sobrellevar el ánimo con la desaparición de Federico Campbell, escritor y periodista culto, tijuanense sobresaliente y persona agradable, sencilla, muy lejos de la búsqueda de reconocimientos para sentir que es alguien importante.
Aún en el ánimo también se siente el pesar por el asesinato del décimo periodista en la administración veracruzana actual. Muy en contra de aquella declaración facilona del diputado José Ramón Gutiérrez de Velasco, presidente de la Comisión de Seguridad Pública de la actual Legislatura local, quien le dijo a los empresarios: “Si tienen miedo que se queden en su casa”. Como sabemos en el caso de Goyo Jiménez, de su casa se lo llevaron para quitarle la vida. La versión oficial asienta que fue por motivos personales. La más cercana a la realidad apunta a su información vertida en nota roja respecto a casas de seguridad donde retenían a centroamericanos. En el fondo del asunto está la descomposición social y moral que reina todos los días.
Ante estas noticias, no sé si le pase, pero a mí se me apachurra el espíritu. La única forma de encontrar cierta calma es tomar un whisky. Así lo hice y me puse a buscar a mis amigos Rafael Antúnez o Luis Barria en el cuadrante radiofónico. Como recordará, hace unos días escribí sobre Horas extra, el excelente programa de Radio Más que combinaba buena música y literatura, ideales compañeras de la madrugada.
Sintonicé 107.7 de FM y solo oía música grupera o tropical de medio pelo. Pensé que me había equivocado y que estaba en “El Patrón”, ese estilo prepotente exponente de mucha seudomúsica o en “La Máquina Tropical” que, para no perder rating, acabó emulando al patrón establecido que se empeña en demostrar que todo es susceptible de empeorar.
No fue error mío. Sí estaba oyendo Radio Más. Un programa nuevo suplía a Horas extra. De acuerdo con las identificaciones y los propios conductores, Griselda Hernández Portilla y Omar Mota Sangabriel, se trata de El caminero, dedicado a los choferes que en las madrugadas recorren las carreteras del estado. Una especie de Sensacional de traileros radiofónico.
La idea no es nueva. Desde 1999 la XEW transmite Los amos del camino donde conecta a todos los que van en el volante. Muchas veces, además de compañía, es muy útil en caso de accidentes o problemas graves en las carreteras. La radio de banda civil ha sido el mejor medio para conectar a los choferes desde Tijuana hasta Tapachula.
El Caminero es simplón con la tónica de “todos-somos-felices-y-aquí-no-pasa-nada”. Al terminar, sigue la programación-frankestein, es decir, un pedazo del estilo de “El Patrón”, otro de “La Máquina Tropical”, uno más de “Los 40 Principales”, algo de “Digital 96” y así hasta llegar a la 6:00 de la mañana para que inicie El Madruguete con Víctor Mortera, más felicidad que transita por la caminos de la superficialidad.
Una radio comercial, como sabemos, es negocio. Vive de la venta de espacios, de los spots y de la payola, ese modo de vida impuesto por las disqueras para vender cantantes o grupos como viles mercancías de éxito fácil. Una radio estatal, como Radio Más, cumple o debería, tener objetivos diferentes más avocados al servicio social y al impulso de las culturas y expresiones regionales.
Dirán los de Radio Más que aún hay programas de ese corte como Vera a través del mundo, El Cenzontle, Puro Veracruz, Estudio G o Vivir la ópera. Claro, ahí sobreviven ante una tendencia de programación que busca más los estilos comerciales de moda que una alternativa de música y mensajes que forjaron desde el inicio y que le valieron premios nacionales por sus buenas producciones.
Radio Más se mantiene con nuestros impuestos, en términos ideales, debería de existir un consejo de ciudadanos que velara por los objetivos culturales y sociales de la emisora. Sería ideal que así trabajara una radio pública que avalara la diversidad de expresiones musicales y de pensamiento y no acabara uniformada como lo que ahora es, una radio más, la voz de los veracruzanos educados por Televisa.
Conde de Saint Germain, duque de los Jardines de Xalapa y barón radioescucha nocturno.





Por Conde de Saint Germain

Ahumada ya vive en el limbo


Manuel Ahumada
 La caricatura política en México tiene una larga tradición y, Manuel Ahumada, monero crítico, pertenecía a ésta. El Conde de Saint Germain dedica estas letras al fallecido Ahumada, que como buen monero crítico, pasa inadvertido en la información relevante.

Estimado boss del Performance:

Después de los buenos deseos que todo mundo prodiga al principio del año, poco a poco el desarrollo de esta vida caótica me ubica en la realidad. Es más, creo que más rápido de lo que esperaba. Me sincero. Me siento como un boxeador en el round 12 al que lo tunden sin piedad contra las cuerdas. Lo malo que, entre golpe y golpe, ya no está Sulaimán para que arregle la pelea.

Sólo reviso recibos y recibos y todos están con singulares aumentos que dibujan una sonrisa a Videragay en ese rostro lleno de cráteres. Luz, agua, gas, predial, los boletos de ADO de mi viaje reciente, comidas y bebidas en general, todo, todo, todo ha subido. Mientras en la televisión los spots con gente de sonrisa boba repiten el guión que “gracias a las reformas que necesitaba el país, todo bajará de precio”. 

No acabo de reponerme cuando a través de las redes sociales empieza a circular que Ahumada, el monero, falleció a la joven edad de 57 años. ¡Chale!, como dijeran sus personajes de La vida en el limbo.

Sé, boss, que este espacio que me concede es para comentar sobre la producción de los medios de comunicación locales, pero es tan escasa y poco gratificante, que prefiero dedicar estas letras al buen Ahumada que, como buen monero crítico, pasa inadvertido en la información relevante.

Nació en la Ciudad de México el 27 de enero de 1956 en la clasemediera colonia Narvarte. A ciencia cierta no sé si verdaderamente nació o aterrizó de alguna galaxia lejana para conocer la vida en la tierra a través del rock and roll de los Beatles, de Jimmy Hendrix, de Frank Zappa.

Viajó por las surrealistas calles de la ciudad con Ánimas, su personaje invisible vestido sólo con gabardina y sombrero, imaginó que las combis y el Metro eran naves espaciales, la noche un universo para viajar de la mano de ángeles y astronautas, y admirando a las adolescentes y mujeres llenas de erotismo, sueños y amor.

La caricatura política en México tiene una larga tradición que nace en el siglo XIX y que ha venido pasando de generación en generación. Pero sólo es uno el camino que agrupa a los mejores dibujantes, caricaturistas, analistas y críticos que incomodan al poder. Esa línea viene desde El hijo del Ahuizote, publicación fundada en 1885 que se convertiría en la férrea crítica al porfirismo, donde José Guadalupe Posadas tuvo notables participaciones.

Grabado, dibujo, pensamiento crítico, humor, síntesis informativa, son algunos de los elementos de los grandes caricaturistas, como Santiago R. de la Vega, Villasana, José Clemente Orozco, Antonio Vanegas Arroyo, el Chango Cabral, Andrés Audiffed, Hugo Tilghmann, José Chávez Morado, Abel Quezada, Rius, Naranjo, Helioflores, Magú, El Fisgón, Hernández, Helguera, Rocha, sólo por citar algunos.

A ese salón de la fama imaginario de moneros pertenece Ahumada, sólo que él, además de su permanente crítica al poder, imprimió a su obra un estilo poético y formó historias que vimos desarrollarse en La Garrapata, el suplemento Másomenos del Unomásuno, Histerietas de La Jornada, El Chahuistle, donde deambularon sus narraciones gráficas a través de La vida en el limbo y, finalmente, su última estación, El Chamuco, donde publicaba Metro Utopía.

Célebre es su Juan Diego quien despliega su ayate, y en lugar de la Guadalupana se plasma la clásica figura desnuda de Marilyn  Monroe como apareció en la portada de Playboy.

Ahumada era un maestro del trazo, del grabado, de la poesía gráfica y el humor negro. Underground por convicción, vivía en un mundo paralelo al nuestro que a la vez nos lo hacía sentir cercano, propio. Solo, siguió el camino de alguna vía láctea sin mala leche y decidió habitar con sus ángeles, sus astronautas, sus pobladores del limbo, para no publicar más y dejarnos con el recuerdo y la contemplación de su obra.
Acababa de escribir esto, boss, trataba de sacudirme los golpes que da la vida y apoyarme en las cuerdas para rehacerme cuando de pronto me entra como ráfaga el 1-2. Primero un gancho al hígado con la muerte de Juan Gelman y después un zurdazo seco al mentón con la desaparición de José Emilio Pacheco. ¡Ya que paren la pelea, por favor!





Por Conde de Saint Germain

La magia del Mago Septién


El mago de la crónica radiofónica
 En esta ocasión el Conde de Saint Germain nos habla de las increíbles habilidades narrativas de Pedro Septién Orozco, mejor conocido como El Mago, “quien ganó su apodo a pulso gracias a la imaginería de narrar el beisbol a través de la radio como si él estuviera ahí”.

Estimado Boss:
Primero, reciba la andanada de frases hechas para desearle un buen año. Como sabemos, las palabras esperanzadoras se repiten cada 365 días, aunque los deseos se esfumen a la vuelta de la esquina gracias a la brutal realidad.
Sé que mi encomienda en Performance es hablar particularmente de los medios de comunicación locales o algunas expresiones de la cultura y el arte. Pero en esta ocasión quiero hablar de un personaje nacional, el fantástico Pedro Septién Orozco, mejor conocido como El Mago.
La vida inexorable nos conduce a la muerte. En esta ocasión le tocó el turno al Mago Septién. La mañana del 18 de diciembre del año pasado recibí la noticia muy temprano. El cronista que nos hizo imaginar grandes partidos de beisbol a través de sus narraciones radiofónicas, había dejado de existir a la edad de 97 años.
Cuando los personajes se vuelven entrañables, las noticias que anuncian su muerte, duelen. De inmediato rememoré aquellos anuncios en la radio de la Cabalgata deportiva Gillette, que eran la bienvenida a las crónicas mágicas del Mago Septién.
Esto, en la voz del Marqués de Querétaro, era normal: “Recuerdo aquella Serie Mundial entre los Yankees de Nueva York y los Mellizos de Chicago. El gran Bambino estaba en la cuenta de 2 y 2. El pitcher Charlie Root parecía dominar al Bombardero del Bronx. De pronto el gran Ruth señaló las gradas del jardín central. Root lanzó una recta veloz, a buena altura, cualquier bateador hubiera abanicado sin remedio, pero Babe Ruth la conectó y la bola voló, voló y voló, en el cuadrangular más largo que se haya conectado en el Wrigley Field. Así se inmortalizaba una leyenda más del gran Bambino de Oro”.
Y así, una y otra historia del beisbol era convertida en hazaña, en epopeya, que quedaba en el imaginario popular gracias a las excelentes crónicas de Pedro Septién, el gran Mago, quien ganó su apodo a pulso gracias a la imaginería de narrar el beisbol a través de la radio como si él estuviera ahí, pero en verdad estaba en la cabina de radio con ayuda de efectos especiales y su sapiencia sobre el Rey de los Deportes. Cronista deportivo inigualable.
Hay películas de luchadores de la década de los 50 donde aparecen sus fantásticas narraciones de los héroes del ring. También fue cronista del futbol soccer desde el mítico Parque Asturias, del futbol americano, del billar, de las Olimpiadas. Era un Homero que convertía al deporte, sobre todo el beisbol, en un viaje a Ítaca donde cada jugador era un Odiseo.
Así como Hans Christian Andersen contaba cuentos, el Mago Septién hacía gala de la imaginería y sus narraciones transcurrían con un manejo de lenguaje impecable, su voz era en sí el imán, el cuerpo de sus palabras. Un Homero de la crónica deportiva, un Andersen que fantaseaba, una Sherezada que encantaba con sus cuentos.
Aquel trío de cronistas del beisbol que formaba con Jorge Soni Alarcón y el joven Antonio de Valdés (antes de que se convirtiera en bufón de Televisa Deportes) era en verdad una delicia para la crónica del beisbol. Sin par las transmisiones de las series mundiales donde narraron las epopeyas de los Yankees, los Medias Rojas, los Atléticos de Oakland, los Rojos de Cincinnati, los Mets de Nueva York, los Orioles de Baltimore y por supuesto, los Dodgers de Los Ángeles, en aquella memorable Serie Mundial de 1981 entre Yankees y Dodgers, ganada prácticamente a pulso por Fernando Valenzuela. O aquella Serie Mundial de 1989 entre los Atléticos de Oakland y los Gigantes de San Francisco donde un terremoto colapsó a la zona de la bahía. El Mago, Soni y De Valdés eran de los pocos cronistas que habían llegado al partido antes de que comenzara y desde su palco de transmisión narraron la relación de los hechos en vivo, como grandes profesionales del periodismo.
Gracias al Mago y a mi padre, el beisbol quedó impregnado en mí. En mi pequeño radio de transistores con mi chicharito al oído, las noches se llenaban de magia gracias a las narraciones del Mago sobre las hazañas de los Yankees o de los Tigres de México. Aunque yo le iba a los Diablos Rojos, siempre mi deseo era que Septién se hiciera cargo de la crónica de los partidos de los escarlatas, pero ahí el mandamás era Óscar El Rápido Esquivel.
Los aficionados al Rey de los Deportes siempre  recordaremos al Mago Septién con su crónica elegante, con el manejo de datos que daban paso a la inmortalidad y con la creación de una poética radiofónica única e irrepetible.
Como decía él: “al  final, sólo queda la frialdad de los números”.
Conde de Saint Germain, duque de los Jardines de Xalapa y paje del Rey de los Deportes.





Por Conde de Saint Germain




Magos e Iraida


Magos Herrera e Iraida Noriega
Estimado jefe con amigos influyentes:
Ando en busca de Juan Palo II. Tiene rato que perdí contacto con tan ilustre caballero de la noche. La última vez que nos vimos habíamos quedado en hacer una crónica a cuatro manos sobre las artistas de la danza nocturna. Eso fue antes de que Xalapa se tornara difícil por las noches, insegura en los antros e incierta en la felicidad. O sea, como dijera mi abuelita: ya llovió.
Como me he convertido en un misántropo y yo mismo me bloqueo mis caminos porque nada me parece, poco tiempo le he dedicado a la vida cultural de esta honorable ciudad hundida en los baches y remozada con algunos murales que no pasarían de Dibujo I en La Esmeralda. Una noche decidí salir de mi claustro para ir a Tierra Luna a escuchar a Iraida Noriega y Magos Herrera, par  de cantantes mexicanas que vuelan libres con sus voces alrededor del jazz. El esfuerzo valía la pena.
En épocas donde predomina el ruido sobre la música y los cantantes desafinados imponen su bazofia, es un verdadero oasis dejarse envolver por las atmósferas vocales que crean Iraida y Magos. Juntas irradian magia. Jazz, boleros, cantos indígenas, ritmos tropicales, destellos fugaces de blues, armonía y coordinación, son elementos que conjuntan Noriega y Herrera para abrir puertas que permiten por un momento abandonar la desquiciante realidad e ingresar a campos llenos de espiritualidad. Iraida Noriega abrió la noche batiendo sus palmas, soltando su canto y jugando con un aparato electrónico para lograr diversos tonos de voz a canciones de Eurythmics y Mecano. Tiende con sus interpretaciones una alfombra mágica en la que caben todos los presentes para salir volando con el ritmo que impone.         
Magos Herrera aparece en el escenario y a dueto recuerdan la canción central que grabaron en 2006 en el disco compacto que lleva el mismo nombre: Soliluna. El acoplamiento en el escenario es feliz y en el ambiente, afortunado. Ambas artistas recorren diversas partes del país en apoyo a la campaña de la ONU para erradicar la violencia contra las mujeres.
Lo híbrido en los sonidos es la divisa de la presentación de Magos e Iraida quienes abrazan con sus voces a la noche y comparten esa intimidad con el público. Las canciones de Agustín Lara, Osvaldo Farrés, Nacho Cano, Annie Lenox, Antonio Machín, son reinventadas por este par de estrellas que no pierden luminosidad en la noche.
Y así como se divierten con sus cuerdas vocales para tocar con el jazz todas las canciones que interpretan, lo mismo hacen con una pirecua, ese canto purépecha hecho especialmente para las voces femeninas. Los sueños de Josefinita parte de la raíz indígena y se transforma en sonidos sincopados creados por Iraida y Magos. Sus soportes musicales son también de primera, Alejandro Mercado en el piano; Israel Cupich en el contrabajo y Alex Kautz en la batería conforman un trío que flota en el mismo nivel místico de las divas. Igual que floto yo después de algunos whiskys.
Lo malo es que el concierto duró poco y afuera nos acechaba la brutal realidad. Me quedo con las frases de la Josefinita: “Sufrir ya no es posible / ay Dios eterno / hoy quisiera morir / porque en este mundo engañoso / todo es un sueño / todo es una ilusión”.
Lo que no es engañoso es la cuenta. Ni hablar, a pagar y quedarme en el viaje en el que me depositaron las voces de Magos Herrera e Iraida Noriega. Jefe, si por ahí se encuentra a Juan Palo II dígale que si no me cumple la promesa de realizar una gira para hacer una crónica de la vida nocturna actual xalapeña, no vuelvo a colaborar para Performance.





Por Conde de Saint Germain y duque de los jardines de Xalapa





La 33



El Conde de Saint German nos habla sobre la agrupación musical La 33 de Bogotá, Colombia. “No recordaba aquí en Xalapa la presencia de una agrupación musical con tanta calidad. Probablemente desde la presencia de la Sonora Ponceña en el Teatro del Estado…”.
Estimado poeta de la ciudad de los muertos:
Como sabe muy bien, mis colaboraciones para Performance son tan etéreas como una sonrisa del Gato de Cheshire. Así es que ahora se me ocurre aparecer, no sé si sea autorizado. A veces me pongo a deambular por las extrañas ofertas culturales que se ofrecen en esta ciudad capital y me encontré con una extraordinaria: la presentación de La 33, una orquesta de salsa colombiana que pertenece a las ligas mayores de la música afroantillana.
No recordaba aquí en Xalapa la presencia de una agrupación musical con tanta calidad. Probablemente desde la presencia de la Sonora Ponceña en el Teatro del Estado, algunas actuaciones sobresalientes del Combo Ninguno en el añorado Barlovento, la presencia fugaz de la Orquesta Aragón en la antigua Casa de Artesanías, alguna noche de inspiración de Son Residentes en el Bembé o Taumbú en una memorable audición en La Tasca.
Seguramente han existido algunas otras más en cuanto al género musical se refiere, pero con probabilidad me encontraba en otros menesteres y no los escuché. Lo cierto es que La 33, agrupación nacida en 2002 en Bogotá, Colombia, hizo su fulgurante presencia en Tierra Luna a la media noche, en los primeros minutos del viernes 27 de junio, cuando surgen los mejores embrujos.
La 33 dejó clara la diferencia de lo que significa hacer música o hacer ruido, de buscar un sonido propio o vivir de la imitación de los éxitos de siempre, de disfrutar sinceramente o cantar-bailar con coreografías desgastadas, sin espíritu, de buscar ritmos diversos y combinarlos para grandes composiciones libres y creativas o ajustarse a un esquemita salsero que a la vez hace girar a los bailadores como trompos sin sentido.
Históricamente el movimiento salsero se desenvuelve con apoteosis en Nueva York y Puerto Rico; el sonero, indudable, en Cuba. Son los dos grandes polos de la creación musical afrocaribeña. Sin embargo llega el momento de fijarse en Colombia. No ha sido casualidad su desarrollo en diversas etapas a través de los años, además de la legendaria  música caribeña, del Pacífico y de los sonidos del vallenato, los colombianos tienen una admiración ecuménica por los dioses de la Fania, han hecho literatura como Juan Carlos Garay en La nostalgia del melómano, Andrés Caicedo en ¡Que viva la música!, o el periodista Umberto Valverde y su seguimiento puntual al movimiento salsero. La 33 es una mezcla de todo ese bagaje cultural.
Sergio Mejía, director de la agrupación colombiana, confiesa que una motivación para reunirse y hacer el proyecto fue la de contrarrestar al reggaetón en Bogotá, ritmo que con facilidad se desboca en lo soez y lo insulso. Así se dio a la tarea de reunir a su banda con jóvenes talentosos en la ejecución de cada uno de los instrumentos y empezó a hacer salsa al más puro estilo que impone el nombre, es decir, unir los ritmos tropicales del Caribe y del Pacífico, los sonidos urbanos y rurales, con bogaloo, mambo, jazz y rock para crear el estilo original de La 33, nombre de una calle bogotana, donde tienen su lugar de ensayos, que le impregna el espíritu de barrio e identidad.
La agrupación ha estado en diversos escenarios internacionales, saben crear una atmósfera especial entre músicos y bailadores y tienen gran personalidad en la tarima. La 33 la forman Sergio Mejía, director y bajo; Santiago Mejía, teclados; Guillermo Celis, David Cantillo Malpelo y Pablo Martínez en las voces; Alejandro Pérez, conga; Diego Sánchez, bongó; Juan David Fernández, timbal; Rolando Nieto, trompeta; Juan Felipe Cárdenas, saxo tenor; Vladimir Romero, trombón y; José Miguel Vega El Profe, trombón.
Ellos crean un vendaval de ritmos y generan una energía que provoca felicidad permanente. Célebre es su versión al tema clásico de Henry Mancini, La Pantera Rosa mambo. Cada una de sus piezas originales es una pirotecnia musical. El repertorio que interpretaron esa noche formaba parte de su nueva producción  discográfica, Tumbando por ahí, e intercalaron piezas de sus otros tres discos, La 33, Gózalo y Ten cuidado.
Buena bebida, grata compañía. ¡Qué más se puede pedir para una deleitable noche de verano en Xalapa! ¡Salud por La 33!

Conde de Saint Germain, duque de Fania y comendador de la salsa colombiana.





Por Conde de Saint Germain