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Crónica de una amistad literaria






Publicado por Lumen, Borges y México es el último trabajo de antologador y prologuista que realizara Miguel Capistrán quien falleció el pasado 25 de septiembre. En esta lectura a los textos del volumen, que incluye los de Elena Poniatowska, Sergio Pitol, Xavier Villaurrutia, Salvador Elizondo y Carlos Monsiváis, entre otros, Josué Castillo afirma que este conjunto reconstruye “el ambiente que se creó alrededor de Borges, buscando definir su silueta e inscribirla dentro del mundo intelectual mexicano”, sobre todo partir de la relación entrañable del autor argentino con don Alfonso Reyes.
Después de la ira de una viuda que se siente dueña última y guardián de su difunto marido –que a pulso se ha ganado el mote de “la Yoko Ono de la literatura argentina”– y el escándalo hecho más y más grande por varios periódicos, con un sesgo claramente político, Borges y México está a punto de llegar a nutrir varias bibliotecas del país.
Fue en el primer piso de la calle México, número 564, en Buenos Aires, en donde este libro se empezó a escribir en el registro vital. El joven mexicano Miguel Capistrán entró, sin tener mucha idea de lo que podría pasar, al despacho del director de la Biblioteca Nacional. Estaba por cumplir una obsesión juvenil: conocer al autor de El Aleph, al mismísimo Jorge Luis Borges. Allí, y así, dio inicio la serie de eventos que harían que finalmente, en 1973, Capistrán lograra que Borges pisara tierras mexicanas para recibir el premio Alfonso Reyes en la Capilla Alfonsina.
Editorial Lumen ha logrado un acabado tomo de 406 páginas en donde se incluye un prólogo en el que, en tono casi de justificación, Capistrán cuenta las travesías y el galimatías que vivió por su obsesión de conocer a Borges y traerlo a México. También encontramos textos de reconocidos escritores mexicanos sobre el argentino, incluyendo a Elena Poniatowska, Sergio Pitol, Xavier Villaurrutia, Salvador Elizondo y Carlos Monsiváis; la recopilación de todos los textos de Borges que hacen referencia a México y, finalmente, la sección que, a percepción de quien escribe este texto, resulta medular y constituye en la guía de lectura de esta selección: Borges y Reyes.
La selección y el orden de los textos posteriores al prólogo reconstruyen el ambiente que se creó alrededor de Borges, buscando definir su silueta e inscribirla dentro del mundo intelectual mexicano. Así, nos encontramos con un Juan José Arreola que lo pone codo a codo con Kafka y Juan Rulfo, o un Enrique Krauze que busca indagar su cercanía con el judío Spinoza.
¿Qué le da coherencia a ésta y a cualquier otra recolección de textos, qué línea les atraviesa y busca decir algo? Algunas antologías dan la impresión de ser un puñado de textos elegidos casi por azar o al ritmo de alguna pasión que no alcanzamos a distinguir, dando como resultado una sala de museo o una galería en la que un curador descuidado sólo arrimó pieza con pieza siguiendo algún patrón u orden caprichoso. No es el caso de Borges y México, pues aunque si bien fue realizada en fast track –comenta Capistrán en entrevista que la editorial sólo le dio un mes y medio para realizar el trabajo de editor– el editor efectúa su trabajo con maestría de museógrafo, mediante una cuidadosa selección de textos que nos narran no sólo la relación de Borges y México, sino principalmente su amistad con Alfonso Reyes.
Revivimos, gracias a una crónica publicada en Excélsior el 8 de diciembre de 1973 por Eduardo Deschamps R., la ceremonia del Alfonso Reyes, en donde cerca de 200 personas atestiguaron la entrega del galardón de manos de Víctor Bravo Ahuja, Secretario de Educación Pública quien representó al presidente Luis Echevarría, ante la presencia de personalidades como Juan Rulfo, Ramón Xirau, José Emilio Pacheco y Salvador Elizondo. Nos enteramos, por ejemplo, en “Guiños de amistad y complicidad” de Christopher Domínguez Michael, que la amistad entre estos dos personajes comienza con un curioso caso de telepatía el 26 de enero de 1929, cuando en su diario anota: “Caso de telepatía con Borges: yo necesitaba un libro de Mathew Arnold y uno de Tyler. Le pedí por carta a Borges este último. ¡Y me había enviado los dos!”. Por Donald A. Yates entramos, también, en la discusión de si Borges y Reyes se conocieron en Madrid o solamente hasta que el segundo fue embajador de México en Argentina, polémica en la que sin dudar también entra Capistrán, tratando de aclarar las cosas. Pero, sobre todo, nos encontramos con testigos y detectives que van buscando en la ficción y la vida la influencia de uno sobre el otro. Emergen detalles que muchos, hasta ahora, desconocemos, han sido olvidados progresivamente o han sido opacados por otros de mayor proporción; como por ejemplo que Bioy Casares y Borges hicieron todo lo posible para conseguir que a Reyes le fuese asignado el Premio Nobel (hazaña que no se logró ante la negativa de la Sociedad Argentina de Escritores para apoyar la candidatura de un extranjero); también queda registro de la fascinación de Reyes por la capacidad de Borges para crear mundos y sus reglas, para la composición poética y, sobre todo, su capacidad para transformar la lengua española.
Con Borges y México estamos ante el resultado de la fascinación y el enamoramiento. Primero, del antologador y un puñado de autores connacionales por Borges; después, el de Borges por Reyes. Borges y México podría ser la crónica de una amistad literaria, recordándonos que se llega a los autores siempre por pasión, enamoramiento o mesmerismo. Que nuestras afinidades literarias e intelectuales –tema interesante para los pensadores de la amistad, los agenciamientos y la multitud– emergen en términos pasionales y no a partir de concepciones racionales de cooperación o mera conveniencia. ¿Sería descabellado pensar que así como existió Biorges existió un Reyges, que de algún modo la influencia, al menos de Reyes sobre Borges, fue lo suficientemente grande como para cambiar el rumbo de su desarrollo literario? Algunos autores parecen señalarlo, entre ellos Capistrán, pues mencionan cómo, por citar uno de varios ejemplos, Borges empezó a revalorar su trabajo tras conocer a Reyes, quien leía lo que que quería hacer, sin reparar en los errores propios de un escritor que está en ciernes. Para enterarse de esto es necesario señalar dos cosas: primero, que Borges no empieza a escribir prosa hasta que éste es respaldado y guiado por Alfonso Reyes; segundo, que Borges no permitió se reeditaran ensayos suyos escritos antes de conocer a don Alfonso. En fin, todo apunta a que la presencia de Reyes marca un antes y un después en la obra de Borges, hecho que puede ser comprobable en el estilo cada vez más natural que adquieren sus ensayos desde 1927, o en el cuidado cada vez mayor que tiene Borges para la selección de la poesía que publicaría. Apunta Yates: “tenemos todo el derecho de suponer que la prosa de Reyes servía a Borges como modelo. Finalmente, y de mayor importancia, Reyes para haber despertado en Borges la idea de que él sí era capaz de escribir prosa narrativa.”
Este libro es perfecto para el curioso que quiera adentrarse en los recovecos de la obra de Borges desde un territorio conocido, el nacional, y el de una de nuestras más grandes figuras de las letras. Pero en otro nivel de lectura es también excelente para los estudiosos de la amistad y las pasiones literarias. Aquí, a través de cartas, reseñas y críticas, queda manifiesto el desarrollo y culminación de una amistad que sólo termina a la supuesta muerte de los dos implicados, pues uno vivirá siempre en la obra del otro.
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Visitando el rancho de Miguel Capistrán




Foto: Yerania Rolón

El rancho de Miguel Capistrán es un rancho fantástico. Por él pasearon Jorge Cuesta, Sergio Pitol y hasta André Breton. Pasear con Capistrán por su rancho era, nos cuenta Víctor Toledo en este escrito, un recorrido por los lugares donde poemas fueron concebidos y donde poetas hallaron su inspiración.
Hace unos diez años Miguel Capistrán me invitó a conocer su fabuloso rancho donde se había logrado preservar la depredada flora y fauna de Córdoba, Veracruz (la selva alta más al norte del planeta); el rancho de Miguel se avecindaba con el de los Cuesta y el de los Pitol (padres del novelista) y desembocaban en la hacienda del Potrero donde abundan los hongos sagrados pues Córdoba está en la misma coordenada geográfica que Huatla, separadas sólo por la Sierra Madre Oriental. En ese potrero jugaron en su infancia el poeta, el novelista y el memorioso ensayista-recopilador. Miguel me aseguraba que Cuesta, cuando mayor,  acostumbraba consumir los hongos maravillosos.
En el paraíso terrenal, perdido y encontrado, de Miguel descubres que las hadas existen: son gigantescas luciérnagas que inundan todo el firmamento, el río, la fronda, los gigantes árboles montañas, como una Navidad sagrada.
Cuando llegamos a uno de los puentes abandonados del desaparecido ferrocarril llamado cariñosamente por los cordobeses el Huatusquito (recuerden los cuadros de José María Velasco que pertenecieron a Carlos Pellicer como sus mayores tesoros). El convoy fue unos de los primeros o el primer tren mexicano, era tan pequeño que parecía de juguete y el conductor era el padre de Emilio Carballido, sin embargo, los ingenieros ingleses que lo construyeron elevaron para su paso  quizá los puentes más bellos y altos del país, puente intacto que posa dentro de su rancho. Me dijo: “mira: aquí escribió André Breton un poema dedicado a Jorge Cuesta” (el gran poeta cordobés lo había llevado a Córdoba para revelarle el deslumbrante laberinto de la pródiga vegetación, el surrealismo real, el feraz sueño de la selva veracruzana), un poema a las diosas del lugar. Entusiasmado le dije que me lo encontrara (sabiendo que el gran detective, el sabueso de los Baskerville, de prodigiosa memoria, nunca fallaba), me dijo: “te lo voy a buscar en la Hemeroteca Nacional, ahí ha de estar, si mal no recuerdo era sobre las orquídeas”.
Miguel gustaba contarme que el padre de Jorge Cuesta (ganador de reconocimientos nacionales de agricultura por la calidad y cantidad de su café y cultivos) introdujo la naranja de ombligo y otras plantas, como un tabaco finísimo, para mejorar el sabor del fruto del cafeto y su semilla de Abisinia. “De ahí –decía– la vocación alquimista del hijo”. Recuerdo que en Córdoba, en mi infancia, en una cantina, se vendía “la fórmula de Jorge Cuesta para que no se agrie el vino”, así anunciaba el cartón. Según Miguel, Cuesta había inventado una fórmula para que los mangos que producía su padre llegaran sin pudrirse a España (entonces se embarcaban las exportaciones). Luego viene la leyenda de la fórmula de la inmortalidad de Cuesta, por la que posiblemente enfermó hasta la locura.    
Gracias a Miguel hicimos un viaje maravilloso: el viaje a Tepatlaxco (“juego de pelota del palacio”, “en el juego de pelota de pedernal”), un lugar fabuloso en la serranía de Córdoba, catábasis al rancho más productor de don Víctor Cuesta, el padre del pensador-poeta, donde, Miguel afirmaba, había escrito El canto a un dios mineral, en esa comarca donde apacientan las nubes embarazadas de rayos de oro, se encuentran tres puntas montunas (quizá pirámides ocultas por selva) que marcan la salida de Quetzalcóatl hacia el mar en su barca de serpientes. Es un lugar sagrado y secreto, venerado. El viaje lo hicimos Verónica Volkow, José Luis Cabada (presentaban un libro sobre Cuesta por la tarde, en la ciudad), otra persona, Miguel y yo. En la sabana del camino fuimos guiados por framboyanes y los espectaculares robles (o guayacanes) de floración rosa y amarilla: apariciones de otro mundo, ángeles montañas, hogueras de otra dimensión: sobre todo esto último, de un metafísico color extraordinario. El rosa es un gigante místico. El rancho de Tepatlaxco es un  lugar en una alta cima, muy empinada, bordeada por abismales precipicios, de una belleza y exuberancia indescriptible que recuerda por la humedad, las nubes, las cúspides y la neblina a los paisajes orientales. Cuando acabamos de ascender, como en un viaje de revelación (Es la vida allí estar, tan fijamente, / como la helada altura transparente), Miguel nos iba contando en cada punto, en cada paso, en cada barranca, claro, piedra, pequeña meseta o abismo: “aquí escribió Cuesta tal verso, aquí tal estrofa, se tenía que perder para que no lo distrajeran al escribir, mientras el padre y la familia lo buscaban para que cooperara en las labores del rancho o por si le había pasado algo”. En seguida me di cuenta, por el lugar, que el poema se lo habían dictado los poderosos elementos naturales de la fecunda vegetación veracruzana, que era un poema del ser, un verdadero poema ontológico fundacional. Es un poema del Vacío, pero que anida la plenitud. El poema fue dictado por la vida, la fertilidad, por su alucinante espiral tropical contra la muerte. Desde una velocidad vertiginosa, Cuesta vio la semilla del Vacío abriendo el absoluto.
Esa semana, coincidentemente, cada uno por su lado, mis hermanos hicieron otros descubrimientos, al encontrarse uno, pasmado (pensó que soñaba), con su doble en un congreso de abogados en el D.F: los dos tenían barba, eran del mismo color e igual complexión, genomas en espejo del otro y abogados, para su mayor perplejidad, cordobeses, de la misma edad, al acercarse asombrados, poco a poco, pero atraídos irresistiblemente uno al otro, escucharon, para aumentar su sorpresa, que tenían por abuelo un nombre idéntico: Joaquín Contreras, el doble aseveró: “si es el introductor de las gardenias en México, es el mismo”.
Días después,  otro hermano mío fue a visitar a la ciudad natal a un pariente enfermo, el tío Joaquín, para animarlo le dijo: “no te mueras tío, eres el último de nosotros que queda en Córdoba”, el postrado contestó: “te equivocas, vete a conocer a tu tía Mercedes para que te cuente la historia de la familia”. Al conocerla, en Fortín de las Flores (población pegada  a Córdoba, de la cual se dice posee el humus más rico del mundo y las orquídeas más bellas y variadas del planeta), ésta (que resultó ser madre del doble de mi hermano, nuestro primo) le refirió que era hija del primer matrimonio de nuestro abuelo Joaquín, que Manuel (nuestro padre) era hijo del quinto matrimonio, que este abuelo común, junto con su suegro francés, trajeron las gardenias (Gardenia jasminoides) de España  (llevadas, a su vez, de Asia por el naturalista Alexander Garden. Garden, jardín: Paraíso) para adaptarlas para su venta desde Veracruz. Esta flor pura y penetrante, minúsculo remolino de sólida espuma, suave mármol del mar, entre la seda y la cera, entre la sed y el ser, se convirtió rápidamente en un profundo símbolo veracruzano, se encontró en nuestra tierra como en su propio nido.
Después de tanto tiempo –en unos cuantos días– supimos de esta fabulosa historia.
Miguel encontró finalmente (después de varias semanas de búsqueda pero coincidiendo con las fechas de hallazgo de la historia familiar de mis hermanos) los versos villaverdinos de Breton (Rafael Delgado, el padre de la novela moderna mexicana, le llamaba Villa Verde a Córdoba) después que me los prometió para que los incorporara a la flora, como cita, de un libro mío. Pero cuando pensábamos que el poeta surrealista hablaba de las orquídeas (originarias del lugar), hicieron su aparición, por primera vez, nuestras gardenias, anunciando esta  epifanía familiar. Escribí por ese entonces: “La esencia de la poesía es el regreso al Paraíso, donde el tiempo no existe: éste se estrella –deshecho– en las palabras, de ellas surge la realidad”.

Nada en común te das cuenta con el pequeño ferrocarril
Que se enrosca en torno a la Verde Villa de México para que no nos cansemos de                                                                                                                           descubrir
Las gardenias que exhalan su perfume en jóvenes vástagos de palma ahuecados.
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Afinidades irremediables: Miguel Capistrán y Jorge Cuesta





Miguel Capistrán (Córdoba, 1939) es uno de los especialistas más respetados de la generación de los Contemporáneos. Josué Castillo entrevistó al autor de Los contemporáneos por sí mismos y de Borges en México. De tal encuentro se desprenden estos recuerdos en torno a su descubrimiento de una figura para entonces olvidada: Jorge Cuesta, su paisano. Capistrán, veracruzano distinguido y miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua, narra los prodigiosos encuentros con Torres Bodet y José Gorostiza, determinantes para refrendar su vocación y destino. Con esta entrevista celebramos el ingreso de Capistrán a la Academia Mexicana de la Lengua este 9 de octubre.

La filiación literaria aparece súbitamente. Tiene más de revelación, epifanía o iluminación súbita que de planeación, táctica o estrategia. El escritor no se levanta por la mañana agendando su experiencia. La planeación diaria es utopía que se ve sobrepasada por todas las variables de la realidad: el clima, la ubicación geográfica, la existencia de otras personas y su circunstancia; el azar. Así, la fascinación está a la vuelta de la esquina para quien no la espera y generalmente es imperceptible para los obsesivos que la quieren seducir. Un día, un momento cualquiera, uno descubre su vocación o el talento oculto, la tragedia de la que es imposible escapar (o en la que el escape forma parte de la misma), la pista que estaba buscando, la pieza que inicia su rompecabezas. Esta pasión revelada es trágica, despoja al sujeto de su razón y lo reduce a mero conducto para saciarla.
De lo inesperado de la revelación, gran ejemplo es la anécdota del primer encuentro entre Luis Mario Schneider (1931-1999) y Jorge Cuesta en la porteña ciudad de Buenos Aires. Schneider se encontraba paseando por la ciudad, cobijado por la noche y las estrellas o contemplando el asfalto. Una corriente de aire, una maldita e insignificante corriente de aire, levanta un periódico anónimo que se precipita sobre la cara del porteño. Sorprendido por la violenta sarandeada y fuera del trance de la cotidianeidad leyó, como esperando las palabras del Oráculo. Encuentra unos sonetos. Al final: Jorge Cuesta. Pocos días después, y gracias a su librero de confianza, se enteró de todo lo que se sabía hasta el momento: un poeta loco que se suicidó. Punto.
¿Cómo llegan hasta ahí esos sonetos? ¿Quién publicó en patria tan lejana ese texto cuando aquí, especialmente en la provinciana Córdoba, se luchaba por borrarlo de la historia, por eliminar su huella y convertir su existencia en anécdota marginal? ¿Esa mañana despertó Schneider pensando en ese momento? ¿Supo ahí mismo que terminaría por visitar tierra mexicana para rastrear los pasos del misterioso personaje? A la pasión no se le puede anticipar, nunca se sabe dónde puede terminar uno por ella, o a cuesta de ella.
Casual. Un día haces rabiar a tus profesores y te corren de clase. Sales, carcajeándote con tu amigo Gilberto Owen, para dirigirte a aquel oscuro café América, y te encuentras con Xavier Villaurrutia y Salvador Novo. Ambos, Owen y Cuesta, altos y delgados, hermosos y malditos, eran centro de atención doquiera que entraran. En aquella ocasión Cuesta, con un ejemplar de un periódico francés bajo el brazo, El Mercurio, llamó la atención de Villaurrutia. ¿Alguien tan joven y leyendo en francés? Debían conocerse. Villaurrutia quedaría fascinado con la inteligencia del joven Cuesta. La afinidad fue irremediable. ¿Sabían en ese momento lo que iniciaría? No sólo fue el encuentro de los autores de Antología de la poesía mexicana moderna, sino un momento cumbre para la literatura en español.
Ver a los párvulos jugar en el patio no tiene nada de extraordinario en tiempos previos a Internet, la televisión y los videojuegos. Dos niños pequeños pasan tardes enteras correteándose, platicando, escondiéndose, hablando de la escuela primaria a la que asisten. Son compañeros. Miguel y Juan León pasan horas preciosas en ese patio ubicado en la calle ahora identificada con el número 3 de la ciudad de Córdoba, a unos metros del parque 21 de Mayo. Un día como cualquiera el niño Juan León se presenta en casa del compañero de juegos. Cumpliendo con las formalidades de todo pequeño que es invitado a comer a casa ajena, se presenta con los padres: Juan León Cuesta Izquierdo, para servirle. Sin mayor asombro, el padre del niño Miguel, el señor Capistrán, hará la acotación: “Tú vives en el Portal de la Gloria, eres hijo de Natalia y sobrino de Jorge, el poeta que murió en busca del elixir de la eterna juventud.” Ahí nació su obsesión por Cuesta. Dice Capistrán: “Pensar que en esa ciudad en la que viví existió un personaje así me apasionó y me llevó a su búsqueda. Ahí nació mi obsesión por Cuesta.”
Capistrán nunca se hubiera imaginado la cantidad de disparates que tendría que escuchar años después. Rastrear a Cuesta parecía un trabajo imposible. Ese personaje, el misterioso tío de su compañero de juegos, resultó ser un desconocido en su ciudad. Ninguno de los mayores, aquellos que pudieron haber conocido al Alquimista, se atrevía a hablar, y si lo hacían era para lanzar pistas confusas, verdades a medias o viles falsedades: que si Cuesta era un exhibicionista que acostumbraba salir con una gabardina, como ese cliché de película clasificación B, buscando a los paseantes del parque 21 de Mayo antes los cuales desvelaba su desnudez; o si se había castrado con unas tijeras y sus testículos flotaban en la bañera mientras los demás contemplaban horrorizados; que estaba obsesionado con cambiar de sexo, con devenir hermafrodita; que si tuvo pacto con el diablo; que no publicó nunca, nada. Notó pronto el error: buscar a Cuesta en Córdoba, ciudad provinciana de ambiente levítico en la que era mal visto por su resistencia a entrar en el redil y ser una persona, digamos, normal.
La leyenda negra de Cuesta debe su comienzo a su ciudad natal. En 1929, a su regreso de Europa, Cuesta contrae nupcias con Guadalupe Marín, La Única. Esta mujer, con voz de sargento, resulta ser nada más y nada menos que la ex esposa de Diego Rivera, el pintor comunista agente del mal. Doble escándalo. No sólo se uniría en segundas nupcias, sino que desposaría a la cónyuge de Satanás. Deshonra, deshonra por todos lados y para siempre. Pero el elemento definitivo, el suceso que logró el pacto tácito entre los cordobeses para intentar enterrar a Cuesta, fue su locura, vista por muchos como castigo divino al querer salir de redil.
Una tarde con Othón Arróniz y Sergio Pitol, el joven Miguel Capistrán, que ya había ido de puerta en puerta preguntando por la difuminada figura de Cuesta, vuelve al ataque y les inquiere: ¿Seguros de que no hay nada, nada, nada, nada publicado de Cuesta; ni un libro, una plaquette, un panfleto? Negativa respuesta. Nadie sabe nada. Uno de los interlocutores dio norte: ¿ya buscaste en los periódicos? La obra de Cuesta estaba por ser descubierta.
Revisó cada periódico en la hemeroteca. Sin mucha idea de por dónde comenzar fue buscando su pista. Por fin, un día encontró el nombre en El Universal, en donde el poeta fue editorialista. Así, se enteró del pleito entre Examen y Excélsior, de sus ataques frontales contra el nacionalismo y su admiración por Mae West. Y de ahí hacia atrás, desanudando la madeja.
Apenas a un año de las siguientes elecciones presidenciales el presidente de México, probablemente Adolfo López Mateos, visita Córdoba. Los reporteros, como coyotes hambrientos, rodean al mandatario. Las órdenes de sus editores son claras: es necesario saber quién será el sucesor. En la comitiva que acompaña al presidente se encuentra el secretario de Educación Pública, Jaime Torres Bodet, quien se encuentra en un rincón solitario, quizás en el lobby de un hotel, quizás en un restaurante.
Me acerqué. Era una oportunidad que no iba a dejar pasar. Me acerqué y le pregunté si podría regalarme un poco de su tiempo y hacerle unas preguntas sobre los Contemporáneos. Torres Bodet se mostró sorprendido de que alguien tan joven se interesara en ellos, que eran unos desconocidos. En ese momento me dio su tarjeta y me dijo que si no tenía ningún problema le hiciera una visita en la ciudad de México, en su oficina en la SEP.

Sin ningún problema Miguel Capistrán se presentó en el lugar. Relata el gran impacto que le causó esa oficina tan exótica, que alguna vez ocupó José Vasconcelos. Torres Bodet refrendó su sorpresa y le prometió toda la ayuda que fuera posible. “Pero no es conmigo con quien tienes que hablar”. El entonces secretario de Educación Pública tomó un teléfono con línea directa a otros miembros del gabinete presidencial. “Ve a ver a Gorostiza. Está en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Él te puede ayudar más que yo. Fue de sus amigos más cercanos”.
La emoción le llenó de adrenalina y cubrió en poquísimos minutos la distancia entre ambas secretarías. Después de muchos años tendría acceso a testimonios de primera mano, a información privilegiada. Había ido a conocer a uno de los Contemporáneos y terminaría conociendo a dos. Un día sin duda lleno de emociones.
“Al llegar a la oficina de Torres Bodet me encontré con su secretaria. ‘¿Le envía el secretario de Educación? El secretario le atenderá en un momento’. Así que me senté a descansar”. Al momento que Miguel cuenta este episodio empieza a hablar cada vez más fluido y el semblante se le ilumina. Me lo advirtió antes de que empezara a entrevistarlo: “A mí me preguntan de los Contemporáneos y es como si me pusieran play.” No paró de hablar. Pero no sólo no para, sino que la vitalidad le llena. Al contar cada paso en su carrera, en sus más de 40 años de investigación, los revive, los recrea.
Sentado, esperando la indicación de la secretaria para entrar al despacho de Gorostiza, cambió de color. Se puso pálido de golpe. Una persona pasó directo, saludando al secretario sin necesidad de esperar. Como si hubiera visto a un fantasma u otra clase de ser fantástico. “¿Es él?”, preguntó a la secretaria. “Sí, viene a ver al señor Gorostiza porque mañana mismo sale a la India como embajador”.
“Salí corriendo inmediatamente y crucé Reforma para buscar un libro. Con la misma me regresé”.
Al volver, con la emoción al tope, se plantó a esperarlo. El mismísimo Octavio Paz frente a él. Le dijo que en una revista en la que estaba publicando harían un homenaje a Cuesta y esperaba pudiera ayudarles. Paz, accesible, le indicó los sonetos dedicados a Cuesta que podría tomar (sobre los cuales plasmó su autógrafo), que en ese momento no podía ayudar con nada más pues al día siguiente partiría a la India como embajador. Inmediatamente pasó al despacho del secretario de Relaciones Exteriores. Conocería a Gorostiza, conocería a los sobrevivientes del archipiélago de soledades, se haría íntimo amigo de algunos.
¿Sabía Capistrán hasta dónde iba a llegar su obsesión? ¿Imaginó en algún momento, mientras planeaba su misión quijotesca de rescatar al poeta que murió en busca del elixir de la eterna juventud, que trabajaría para Salvador Novo como asistente y sería quien lograra traer a Borges a México? ¿Habrá tenido idea de que entraría en este juego de afinidades irremediables?
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