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Viaje a la tierra de Juan Rulfo


Juan Rulfo, en las cumbres del espanto
Con un par de libros, El llano en llamas y Pedro Páramo, Juan Nepomuceno Pérez-Rulfo Vizcaíno (1918-1986), reveló un México agreste y entrañable, de atmósferas opresivas y caciquismo, de pobreza material y dignidad humana. Con su literatura y su fotografía trazó la geografía de un mundo lúgubre y universal que nació después de la muerte de su padre, el 1 de junio de 1923. Desde aquel día nada volvió a ser igual en la literatura latinoamericana.
El río de llamas, de teas ardiendo, baja por la ladera desde la hacienda de Telcampana con el cuerpo de Juan Nepomuceno Pérez Rulfo, asesinado por la espalda por Guadalupe Nava Palacios el primer día de junio de 1923.
Cheno, el padre del futuro escritor Juan Rulfo, cayó acribillado en el camino que une Tuxcacuesco y Tonaya, entre Paso Real y Chachahuatlán, al sur de Jalisco. Allí hay una cruz y un nicho sin imagen donde todavía los caminantes colocan piedras para recordar el día que se incendió el llano por el odio desbordado de Lupe Nava.
Antes de que las balas dictaran su ciega palabra, antes de que los trabajadores a su cargo llevaran su cuerpo en medio de la noche clamando justicia, relatan el biógrafo de Rulfo, Alberto Vital, y Virginio Villalbazo Blas, cronista de San Gabriel, ambos hombres se encontraron y se lanzaron amenazas:
—Mira, Guadalupe dijo Cheno encorajinado, tú vuelves a meter otro animal al potrero y te lo mato.
A’i se lo haiga si me lo mata contestó Lupe Nava, quien después, con el valor que ciega y que sólo proporciona el mezcal, descargó todo su rencor y todas las balas de su revólver sobre Cheno.
Esa muerte violenta es a la vez nacimiento. Cuando Cheno cae sin vida de su montura en el cielo de la literatura hispanoamericana aparece su estrella más refulgente, parca y misteriosa: Juan Rulfo, el autor que no olvidaría los tiempos violentos que heredó la Revolución mexicana y que se abalanzaron sobre él y su familia, sucesos que contaría en los cuentos de El llano en llamas, publicado en 1953, y la novela Pedro Páramo, que apareció dos años después. Tiempos de pólvora y sangre que convulsionaron al país durante años con revueltas, ajusticiamientos y bandolerismo.
En una entrevista realizada en 1981 por Juan E. González, el escritor recuerda lo terribles que fueron sus primeros años de vida: “Yo tuve una infancia muy dura, muy difícil. Una familia que se desintegró muy fácilmente en un lugar que fue totalmente destruido. Desde mi padre y mi madre, inclusive todos los hermanos de mi padre fueron asesinados. Entonces viví en una zona de devastación. No sólo de devastación humana, sino de devastación geográfica. Nunca encontré, ni he encontrado hasta la fecha, la lógica de todo eso. No se puede atribuir a la revolución. Fue más bien una cosa atávica, una cosa de destino, una cosa ilógica”.
Un poema que posteriormente escribió aquel niño que quedó huérfano a los seis años, incluido en el libro El sonido en Rulfo de Julio Estrada, ahonda más en esa tristeza que lo acompañó toda la vida:
Mi padre
—Ya son las tres de la mañana y hemos traído a tu padre. Lo han asesinado [...] Y tuve que llorar, y tener que oprimir el corazón para que suelte su jugo.
Forzarlo hasta el llanto [...] para golpearlo con el martillo de la pena y hacerle
sentir su dolor. Hice eso, sólo por llorar. Por no gemir en silencio.
Y mi llanto se hizo agua como la sangre cuando oía allá lejano el llanto de mi madre [...]
*
En sus cuadernos de notas, donde hay bosquejos de todas sus obras e historias que no llegó a concluir, las cuales se publicaron en forma de libro en 1994 por el sello editorial Era y con el nombre de Los cuadernos de Juan Rulfo, hay otra pieza sobre aquella pérdida:
“Mi padre murió un amanecer oscuro, sin esplendor ninguno, entre tinieblas. Lo amortajaron como si hubiera sido cualquier hombre y lo enterraron en la tierra como se hace con todos los hombres. Nos dijeron: ‘Su padre ha muerto’, en esa hora del despertar, cuando no duelen las cosas; cuando nacen los niños, cuando matan a los condenados a muerte. En esa hora del sueño, cuando uno está a la mitad del sueño dentro de los sueños inútiles, pero llevaderos, fatales, pero necesarios.
”—Su padre ha muerto.
”Yo soñaba que tenía un venado en mis brazos. Un venadito dormido, pequeño como un pájaro sin alas; tibio como un corazón quieto y palpitante, pero adormecido.
”—Se le acabó la vida.”
Mas no dejó de ser recordado. Ni por sus hijos. Ni por su nieto Juan Carlos que ha realizado varias películas sobre aquellos sucesos: El abuelo Cheno Del olvido al no me acuerdo. De él se acuerdan los habitantes de San Gabriel, donde transcurrió la infancia del escritor y donde se forjó su mundo literario, porque recrean cada año, en el fin de semana más cercano al primer día de junio, aquella serpiente con escamas de incendio que cargó a Cheno hace 82 años.
Juan Nepomuceno Pérez Rulfo sigue en la memoria, esa otra forma de la vida. Sigue tan vivo como las palabras de Severiano, el hermano mayor del narrador, que le platicó de aquella noche de furia:
—Hubieras visto, Juanito: parecía como si hubieran incendiado el llano, por la gran cantidad de antorchas que venían. Quiero que ese día no se te olvide.
Desde entonces, la literatura hispanoamericana no volvió a ser la misma.
*
Pedro Páramo nació en mayo de 1954. La novela más bella que se ha escrito desde el nacimiento de la literatura en español, en palabras del premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, nació en las calles de Ciudad de México mientras Juan Rulfo la caminaba y, a media calle, se le ocurría una idea y la anotaba en papelitos verdes y azules que después trascribía en un cuaderno con una pluma fuente Sheaffer y en tinta verde cuando llegaba a su casa ubicada en la parte baja del edificio de Río Nazas núm. 84, en la céntrica colonia Juárez.
En cuatro meses reunió trescientas páginas. Conforme pasaba a máquina el original destruía las hojas manuscritas. Por fin, contaba Rulfo, la novela, que fue publicada en 1955 y que durante muchos años había ido tomando forma en su cabeza, adquiría el tono y la atmósfera que pensó tanto tiempo y que narra el periplo de Juan Preciado:
“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. ‘No dejes de ir a visitarlo me recomendó. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dar gusto conocerte”. Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas”.
Fue como si alguien me lo dictara, decía Rulfo cuando se le preguntaba sobre su novela, donde no existe la frontera entre la vida y la muerte, donde todos los personajes están muertos, donde la narración es fragmentaria y la empieza a contar un muerto a otro muerto, en un pueblo de ánimas llamado Comala.
Desde hacía muchos años, la crueldad del cacique Pedro Páramo rondaba a Juan Rulfo. El 28 de agosto de 1947 le escribe una carta a su novia Clara Aparicio, quien un año después se convertiría en su esposa:
“La verdad es que he estado fallando en eso de escribir”, dice la misiva que forma parte del epistolario amoroso Aire de las colinas, aparecido en el año 2000 (Debate/Editorial Sudamericana/Plaza y Janés). “No me sale lo que yo quiero. Además, se me van por otro lado las ideas. Y todo, al final, se echa a perder. Si logro hacer ese de ‘Una estrella junto a la luna’, del que te platiqué en cierta ocasión, te lo mandaré a la carrera antes de publicarlo para que le des el visto bueno. Eso lo haré cualquier día de estos. Cualquier día en que llegue a sentirme tranquilo (lo dudo mucho). Aunque yo sé bien que no será posible hasta que no encuentre la manera de tenerte a un ladito mío y pueda estar viendo a esa gentecita a la que quiero tanto”.
“Una estrella junto a la luna” fue el primer título que tuvo Pedro Páramo. Luego Rulfo llamó a su manuscrito “Los murmullos”, pero fue, finalmente, la imagen de una piedra en el páramo el título definitivo y el final mismo de la historia que fue designada como la mejor novela del siglo XX, según los especialistas consultados por el suplemento Babelia del diario español El País en diciembre de 1999.
Aunque el jalisciense ya había publicado, en 1953, los quince cuentos de El llano en llamas, y había recibido críticas elogiosas por la contundencia de su estilo, en el estado de ánimo del creador sólo había nubes de desaliento:
“Cuando escribí Pedro Páramo yo atravesaba por un estado de ánimo verdaderamente triste”, escribió con su propia mano a un cuestionario mandado por Máximo Simpson. “Me sentía desgastado físicamente como una piedra bajo un torrente, pues llevaba cinco años de trabajar catorce horas diarias, sin descanso, sin domingos ni días feriados. Corriendo como un condenado a lo largo y ancho del país para que la fábrica, por la cual me deslomaba, vendiera más que sus competidores [...] Y allá iba, yo solo y mi alma, quemando etapas, destrozándole el motor al automóvil; a los tres automóviles que utilicé, uno después de otro, en esa guerra que no era mía [...] Tuve que tratar con tanta gente y estar en tantos lugares que acabé por no conocer a nadie ni acordarme de cómo eran los pueblos y las ciudades por donde anduve y no tenía a nadie junto a mí para que me los recordara”.
Su biógrafo, Alberto Vital, en Noticias sobre Juan Rulfo, reconstruye parte de aquella errancia: ”Recorrió Teziutlán, Puebla; Gutiérrez Zamora, Veracruz; Acapulco, Guerrero. Lo angustiaban las soledades: la suya y aquella en la que dejaba a la familia. Viajaba vendiendo llantas, producto del que él dijo con burla en la entrevista con Joaquín Soler:
“—Ésas se venden solas”.
Y solos, pero a cuentagotas, se vendieron los primeros ejemplares de Pedro Páramo, cuya primera edición constó de dos mil ejemplares, mil de los cuales compró el mismo escritor para regalar a sus amigos. Los otros mil tardaron cuatro años en venderse hasta que Mariana Frenk realizó la primera traducción al alemán en 1958 que produjo un big bang de lectores de Rulfo en todo el mundo.
Hoy la novela de Rulfo se lee en 24 idiomas, en lenguas tan opuestas como el hindi, el coreano y el islandés, y su última traducción, al purépecha, una lengua indígena de Michoacán, fue realizada este año por Napoleón Joel Torres Sánchez. Y se lee porque, sostiene Carlos Fuentes, es la novela que mejor refleja, de manera simbólica, el peso del pasado en los mexicanos y el fracaso de la Revolución mexicana. Con sencillez muestra la muerte de la utopía de Emiliano Zapata y Francisco Villa y la lozanía del caciquismo, del hombre fuerte que siempre ha mandado en toda América Latina.
“Pedro Páramo”, señaló el mismo Rulfo, “es un cacique de los que abundan todavía en nuestros países: hombres que adquieren poder mediante la acumulación de bienes y éstos, a su vez, les otorgan un grado muy alto de impunidad para someter al prójimo e imponer sus propias leyes. Son los representantes del antiguo coloniaje al que aún estamos sometidos”.
*
Insectos bajo la piel. Eso es lo que se siente cuando se fuma ice, dice José Sebastián, de 17 años, adicto desde que tenía nueve a esta variedad de las metanfetaminas, esa droga que dispara los niveles de dopamina en el organismo y que proporciona una sensación de euforia porque mata al sueño, al hambre y al miedo durante varias horas o inclusive días.
Un milagro es lo que busca. Un milagro de la Virgen de Talpa, la misma que inspiró a Juan Rulfo para escribir una historia tan terrible como la de José Sebastián que se guarece del sol de Sayula bajo la sombra de un árbol junto a un silencioso amigo, llamado Cuauhtémoc, quien porta una cachucha con la leyenda que dice: “Como pollo nací, como gallo morí.” Ambos viven en el Albergue Gabriel Lizárraga de Colima y llevan una playera con un Jesucristo que descansa sobre sus espaldas y que los abraza con una bendición que tiene mucho de esperanza: “Señor... Haz que encuentre mi camino de vivir para servir”.
—Fumo ice desde los nueve años explica José Sebastián. Como no tuve familia ni papá se me hizo fácil probarla. Y no lo puedo dejar, como la cocaína y la mariguana que también consumo a veces. Quiero que la virgen me ayude, pero la camioneta en que veníamos se descompuso y no sabemos cuándo llegaremos a Talpa.
La desesperación se ve en sus ojos cafés y achinados. Es la misma desesperación que anima a los personajes de Rulfo a emprender un largo viaje porque Talpa está muy lejos de Sayula y de Zenzontla, donde inicia la trama del cuento que fue llevado al cine en 1955 por Alfredo B. Crevenna:
“La idea de ir a Talpa salió de mi hermano Tanilo. A él se le ocurrió primero que a nadie. Desde hacía años que estaba pidiendo que lo llevaran. Desde hacía años. Desde aquel día en que amaneció con unas ampollas moradas repartidas en los brazos y las piernas. Cuando después las ampollas se le convirtieron en llagas por donde no salía nada de sangre y sí una cosa amarilla como goma de copal que destilaba agua espesa. Desde entonces me acuerdo muy bien que nos dijo cuánto miedo sentía de no tener ya remedio. Para eso quería ir a ver a la Virgen de Talpa; para que Ella con su mirada le curara sus llagas. Aunque sabía que Talpa estaba lejos y que tendríamos que caminar mucho debajo del sol de los días y del frío de las noches de marzo, así y todo quería ir. La Virgencita le daría el remedio para aliviarse de aquellas cosas que nunca se secaban. Ella sabía hacer eso: lavar las cosas, ponerlo todo nuevo de nueva cuenta como un campo recién llovido. Ya allí, frente a Ella, se acabarían sus males; nada le dolería ni le volvería a doler más. Eso pensaba él”.
Y eso piensan todos los peregrinos que van hacia el santuario como pueden. A pie. En coche. En caravanas de camiones. La fe por la Virgen de Talpa data desde el 19 de septiembre de 1644, cuando se erigió la primera capilla y cuando su fama de milagrosa libró el encrespado oleaje de cerros que circundan el valle donde mora.
Cada 19 de marzo, el día de San José, parten de Ameca las procesiones que van a pie. A lo largo de cinco días los peregrinos cruzarán los 190 kilómetros que los separan de la virgen. Primero tendrán que superar la Cuesta de las Comadres y el Cerro del Obispo. Descansarán al día siguiente en Mesa Colorada o en Santa Rita, según su paso, según sus fuerzas. Al tercer día cruzarán el río de Atenguillo con las primeras luces del día. Las coníferas les indicarán que se están acercando al santuario, pero tendrán que vencer antes a El Espinazo del Diablo, un cerro mucho más duro y agreste que el Obispo. En las rancherías Gallineros, Cocinas y la Cruz de Ropero, en la penúltima etapa, confluyen todos los peregrinos antes de llegar al pozo en el que parece estar Talpa.
Todos tendrán que superar otras pruebas además de la física: las apariciones diabólicas y el andar acompañados de muertos, señalan los peregrinos más experimentados. Y todos deberán practicar la abstinencia sexual, a diferencia de los personajes de Rulfo:
“Me acuerdo de esas noches. Primero nos alumbrábamos con ocotes. Después dejábamos que la ceniza oscureciera la lumbrada y luego buscábamos Natalia y yo la sombra de algo para escondernos de la luz del cielo. Así nos arrimábamos a la soledad del campo, fuera de los ojos de Tanilo y desaparecidos en la noche. Y la soledad aquella nos empujaba uno al otro. A mí me ponía entre los brazos el cuerpo de Natalia y a ella eso le servía de remedio. Sentía como si descansara; se olvidaba de muchas cosas y luego se quedaba adormecida y con el cuerpo sumido en un gran alivio.
”Siempre sucedía que la tierra sobre la que dormíamos estaba caliente. Y la carne de Natalia, la esposa de mi hermano Tanilo, se calentaba en seguida con el calor de la tierra. Luego aquellos dos calores juntos quemaban y lo hacían a uno despertar de su sueño. Entonces mis manos iban detrás de ella; iban y venían por encima de ese como rescoldo que era ella; primero suavemente, pero después la apretaban como si quisieran exprimirle la sangre. Así una y otra vez, noche tras noche, hasta que llegaba la madrugada y el viento frío apagaba la lumbre de nuestros cuerpos. Eso hacíamos Natalia y yo a un lado del camino de Talpa, cuando llevamos a Tanilo para que la Virgen lo aliviara.”
Entre las veredas o al lado de la carretera abundan las cruces de aquellos que murieron en el intento de postrarse ante la mirada de la virgen. Se pierde la cuenta de esos ramilletes de cruces, como sucede en la empinada carretera, llena de ellas y de empinadas curvas y que la rampa de arena que se construyó para los camiones sin frenos no parece poner fin a su imparable multiplicación.
La distancia, los peligros, las pruebas diabólicas, no desalientan a los fieles que rezan a una diminuta virgen de tez morena, con un amplio lunar en una de sus mejillas, tan oscuro como su negra y abundante cabellera que cae sobre su espalda con la misma amplitud que tiene su vestido de verde agua con bordes dorados que compiten con los fulgores de una corona que es más grande que su cabeza.
A un costado del altar hay varias trenzas, rubias y morenas, dejadas ahí en señal de agradecimiento. Las cartas donde se habla de la salud recuperada, de matrimonios náufragos que encuentran otra vez el rumbo y de accidentes que no terminaron en muerte, se mecen con una tenue brisa que aligera el calor que impera aquí, entre rezos y sollozos por los milagros concedidos, por los que se están por cumplir.
*
Comala existe. No en Jalisco sino en la vecina entidad de Colima, como Luvina, que también existe, pero más al sur, en Oaxaca. Esas poblaciones junto con San Gabriel, Apango, Apulco, Tuxcacuesco, Tonaya, Autlán, Sayula, Tolimán, Jiquilpan, en su mayoría localizadas en el sur de Jalisco, constituyen la geografía rulfiana, una geografía acústica, a juicio de Alberto Vital, de fuerte presencia indígena que tiene como eje un poder cristiano, representado por el templo y su torre, y que condesa una serie de historias colectivas e individuales volcándolas en el terreno.
Sobre esas tierras extienden sus alas las tramas de los cuentos y la novela de Juan Rulfo. De ese vuelo se nutrió el mundo literario del futuro escritor mientras vivió en San Gabriel, hasta 1927, cuando partió a Guadalajara para continuar sus estudios y dejó de escuchar a los narradores orales de la región, esos cómplices de sus ficciones.
Los paralelismos terminan en los nombres mismos de las localidades. Son iguales, pero no idénticos, aclara el escritor Federico Campbell, recientemente fallecido y autor de la antología crítica La ficción de la memoria, porque más que reproducir, la memoria inventa. Reorganiza. Reclasifica. No repite. Reorganiza.
“Lo ‘rulfiano’ es un pueblito deshabitado, fantasmal, con calles solas, silenciosas y abandonadas donde se da la aparición súbita de una mujer con rebozo”, dijo Campbell. “Quizás lo más cercano a esa imagen son los pueblos de Tuxcacuesco, Apulco y Sayula porque la Comala de Rulfo, que no es en ningún sentido la de Colima, está más ubicada en el mundo del sueño que en la realidad y es intraducible a términos realistas porque es un lugar lúgubre, que es la mejor palabra para definir el universo literario de Juan Rulfo”.
Todo lo contrario piensa Virginio Villalbazo Blas, un devoto del escritor que a sus 82 años ha trazado una ruta Rulfo donde señala, Llano en llamas y Pedro Páramo en mano, los lugares reales que inspiraron los pasajes literarios que varios lectores se han preguntado si existen en verdad.
Desde una de las colinas de San Gabriel, donde este cartógrafo literario insiste que Rulfo volaba aquí papalotes como Pedro Páramo, se ve un pueblo rodeado de esas montañas azules que se despliegan a lo largo de la obra del narrador, se ve un paisaje que ha cambiado poco desde que un jovencito solitario, siempre con un libro bajo el brazo, paseaba por aquí.
—La verdadera Comala es San Gabriel afirma el cronista con vehemencia. Porque Rulfo decía que el pueblo tenía la forma de un comal y ya ves cómo es la gente de argüendera ¡Es un comal de chismes!
Otros espacios le inspiraron varios de sus cuentos, pero no les cambió el nombre. Villalbazo Blas los enumera, blandiendo sus libros brújula: Tonaya (“¿No oyes ladrar los perros?”), Zenzontla (“Talpa”), Sayula y San Pedro Toxín (“Nos han dado la tierra”), Tolimán (“¡Diles que no me maten!”), aunque la mina más rica, sin duda, está en San Gabriel.
Allí está una pila de agua que aparece en el relato de “Macario”, tan derruida y olvidada como el profanado altar que la corona. Está el puente de piedra donde se escondió el Padre Rentería, en Pedro Páramo, tan cerca de la casa de huéspedes de Eduviges Dyada y que hoy es una tienda de artesanías. Allí también está, insiste el cronista, la habitación donde se ahorcó Toribio Aldrete.
Y en la plaza del pueblo, frente a la entrada principal de la iglesia donde se venera al Cristo de Amula, está marcado el lugar donde cayó muerto Juan Preciado acribillado por los murmullos y donde su madre le habla de su pueblo, levantado, sobre la llanura. De ese pueblo, “lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos. Sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad. El amanecer; la mañana; el mediodía y la noche, siempre los mismos; pero con la diferencia del aire. Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como su fuera un murmullo de la vida”.
En ese pueblo, que es San Gabriel, está la tumba de Cheno, cuyo asesino nunca conoció castigo y se paseaba, libre, ante los ojos de la viuda y sus hijos que no olvidaron nunca el día que se incendió el llano, sobre todo el pequeño Juan, quien nació en Apulco, en esa hora donde la noche y el día sostienen un abrazo de luz y sombra, en la quinta hora del 16 de mayo de 1917.
Juan Nepomuceno, aquel que leía libros profanos, las novelas de Alejandro Dumas, Víctor Hugo, Dick Turpin, Buffalo Bill, Sitting Bull, en la biblioteca del padre Ireneo Monroy, mientras las balas zumban biliosas como avispas y matan cristeros, federales y algún cristiano inocente que pasaba por ahí o que estiró de más el pescuezo.
Juan Nepomuceno Pérez-Rulfo que vio, allá en lo alto de los árboles, a varios colgados, pendiendo con el viento, con su carne desgajada y el hueso que se asoma por entre la carne seca y picoteada por el impaciente zopilote, glotón sin mesura ante tanto festín, ante tantos muertos.
Juan Nepomuceno Pérez-Rulfo Vizcaíno, que andaba de aquí para allá con su cámara tome y tome fotos, y la gente del pueblo decía: Yo lo vi allá. Yo por allá. Por todos lados andaba quien después se convertiría en Juan Rulfo.
Aquel que leía mucho. Sobre todo de noche. Y que antes de morir, el 7 de enero de 1986 por un cáncer pulmonar, le dijo a Iván Argentininski que también escribía de noche para después soñar con tranquilidad porque, para él, los sueños con calma eran la mayor riqueza del hombre.
Por qué Juan Rulfo dejó de escribir
Las poco más de 300 páginas escritas por Juan Rulfo en El llano en llamas y Pedro Páramo, a las que se sumaron, posteriormente, El gallo de oro (1980), Los cuadernos de Juan Rulfo (1994) y Aire de las colinas (2000), han tenido como réplica más de nueve mil páginas en casi medio siglo de crítica literaria. Nunca antes una obra tan breve, pero compleja, ha suscitado tantas interrogantes y análisis.
Él solía decir: hay que publicar poco, para luego no arrepentirse mucho. Aunque también justificaba su silencio con la desaparición del tío Celerino, aquel que le habría contado todas sus historias y al morir lo habría dejado sin argumentos.
“No sólo iba a titular los cuentos de El llano en llamas como los Cuentos del tío Celerino, sino que dejé de escribir el día que se murió. Por eso me preguntan mucho que por qué no escribo; pues porque se me murió el tío Celerino que era el que me platicaba todo... Pero era muy mentiroso. Todo lo que me dijo eran puras mentiras y, entonces, naturalmente, lo que escribí eran puras mentiras”.
Lo cierto es que Rulfo, como apunta el novelista argentino Mempo Giardinelli, exigía para cada uno de sus textos una destreza formal, originalidad, sustancia, capacidad de trascendencia y, especialmente, el respaldo ético que tuviera cada texto.
Tales exigencias lo empantanaron en la escritura de La cordillera, de la cual escribió unas 200 cuartillas, que destruyó, aunque hay algunos atisbos en Los cuadernos, porque los personajes, ubicados en la Nueva España del siglo XVII, le parecían demasiado acartonados y sin vida.
Tras la luminosidad de las sombras
Yo no soy fotógrafo, decía el joven que durante mucho tiempo, en los múltiples viajes que realizó por todo México, usó un Rolleiflex tipo Compur Rapid, de la casa Franke & Heideke, de Braunschweig, Alemania, la misma marca que gustaba usar la excepcional Dora Maar.
Tal era su pasión por la fotografía que durante varios años guardó siete mil negativos en cajas de zapatos, siempre protegiéndolos cuidadosamente. Sus fotografías expresan el mismo mensaje de su obra escrita y representan, tal vez, la imagen de todo aquello que no escribió. Como si Rulfo, en palabras de Carlos Fuentes, se asomase fuera de las tumbas de Comala para descubrir la luminosidad de las sombras. En ellas se ve el tiempo, el desamparo, la muerte. El crítico colombiano Fabio Jurado Valencia recomienda, para la mejor comprensión de la obra literaria del escritor, leerla junto con sus fotografías.
La primera gran exposición de fotografías de Rulfo tuvo lugar en 1980, en el marco de un homenaje nacional al escritor. El México que muestra en sus libros se potencia con ese México agreste y entrañable, de atmósferas opresivas y caciquismo, de pobreza material y dignidad humana, que Rulfo fotografió y elevó a un plano mítico e intemporal para convertirse en uno de los mayores escritores de habla hispana, señala su biógrafo Alberto Vital.
Ecos de un día rulfiano
En su libro El sonido en Rulfo, el compositor Julio Estrada, quien realizó una ópera inspirado en la novela del jalisciense, reconstruyó, el ciclo de un día completo a partir de varios fragmentos de El llano en llamas y Pedro Páramo. Y éste sonaría así:
“Oyó el canto de los gallos. Sintió la envoltura de la noche cubriendo la tierra [...] Una golondrina cruzó las calles y luego sonó el primer toque del alba [...] oía en la madrugada que cantaban los gallos como en cualquier lugar tranquilo, y aquello parecía como si siempre hubiera habido paz [...] la última campanada del alba [...] Oía el cacareo [...] Había ligeros zumbidos que cruzaban como alas por encima [...] Y el ruido de las poleas en la noria. El rumor que hace la gente al despertar [...] Se oía el zumbido [...] entre las flores del jazmín que se caía de las flores [...] el trote rebotado de los burros [...] Los bueyes moviéndose despacio. El crujir de las piedras bajo las ruedas [...] se oían los balidos del animal [...] Pabellones de nubes pasaban en silencio por el cielo como si caminaran rozando la tierra. Se oía el aire tibio entre las hojas del arrayán. Luego el silencio [...] aquello estaba tan calmado [...] que se oía el grito del somormujo y el canto de los grillos [...] Llegó la noche [...] Dieron las nueve y las diez en el reloj de la iglesia. Y casi con la campana de las horas se oyó el mugido del cuerno. Luego el trote de los caballos [...] el croar de las ranas; los grillos; la noche quieta del tiempo de aguas [...] El silencio volvió a cerrar la noche sobre el pueblo. Se estuvo oyendo el borbotar del agua durante largo rato; luego [...] se oía una llovizna callada [...] Sólo quedaba la luz intermitente [...] rodando sobre su propio hervor [...] se oyó [...] el piafar del potrillo alazán. Los perros aullaron hasta el amanecer [...] De vez en cuando se oían los aullidos de los coyotes[...] había seguido lloviendo sin parar [...] el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca (...) El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y salir en grandes chorros por la puerta [...] La lluvia amortigua los ruidos. Se sigue oyendo aún después de todo, granizando sus gotas [...] el sonido del río [...] ese sonido se fue haciendo igual [...]”.
Muerte
Hay quienes dicen que Rulfo sacaba los nombres de sus personajes de las lápidas de los cementerios que visitaba. Y no pocos de los que lo entrevistaron recuerdan que, tras las presentaciones, decía: “Mucho gusto, el señor está hablando con un muerto”.
En una charla con estudiantes, afirmó, a propósito de la mexicana tradición de honrar a los muertos los primeros días de noviembre: “Debe ser muy interesante vivir dentro de un cementerio y poder platicar con los muertos, deben tener cosas muy importantes que decir, porque me imagino que los muertos no están solos. Los que los interrumpen son los que van a visitarlos el Día de Muertos, precisamente, con música y mariachis y a llevarles flores y ofrendas y pulque y comida. Entonces es cuando ellos se sienten más a disgusto. Pero en cambio, cuando están solos, platican muy a gusto entre ellos…”.
Como se relata en Noticias sobre Juan Rulfo, la pasión de visitar panteones, la cual compartía con el novelista alemán Ernst Jünger, se le quitó el día en que exhumaron el cuerpo de su padre porque, como recuerda el sepulturero, el interior del ataúd iba sonando lúgubre con el movimiento de los burros: eran las botas con que lo habían vestido.
El cine de Rulfo
Por sus poderosas imágenes y por sus crudas historias, la literatura de Juan Rulfo atrajo desde un principio a distintos directores que, con fortuna desigual, han llevado a la pantalla grande su obra sólo para descubrir, como apunta el crítico colombiano Fabio Jurado Valencia, que las imágenes de sus cuentos y la novela permanecen en su mundo interior. Hasta el momento estas son las adaptaciones cinematográficas que ha tenido su obra y queda en el baúl de los proyectos inconclusos un guión que leyó hace un par de años Gael García Bernal para encarnar una nueva versión de Pedro Páramo:
Talpa (1955) 
Dirección: Alfredo B. Crevenna. Argumento y guion: Edmundo Báez. Intérpretes: Lilia Prado, Jaime Fernández, Víctor Manuel Mendoza, Leonor Llausás, Hortesia Santoveña. Duración: 1 h., 28 min.

El despojo (1960) 
Dirección: Antonio Reynoso. Línea argumental y diálogos: Juan Rulfo. Intérpretes: no profesionales. Duración: 12 min.

Paloma herida (1962)
Dirección: Emilio Fernández. Argumento y adaptación: Emilio Fernández y Juan Rulfo. Duración: 1 h., 20 min.
La fórmula secreta (1964)
Dirección y guion: Rubén Gámez. Texto: Juan Rulfo. Intérpretes: Pilar Islas, José Castillo, José Tirado, Pablo Balderas, José González, Fernando Rosales, Leonor Islas. Duración: 42 min.

En este pueblo no hay ladrones (1964)
Dirección: Alberto Isaac. Guion: Alberto Isaac y Emilio García Riera, con la aparición incidental de Luis Buñuel, Leonora Carrington, José Luis Cuevas, Carlos Monsiváis, Abel Quezada y Juan Rulfo. Duración: 1 h., 30 min.

El gallo de oro (1964)
Dirección: Roberto Gavaldón. Guion: Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Roberto Gavaldón. Intérpretes: Ignacio López Tarso, Lucha Villa, Narciso Busquets, Carlos Jordán, Agustín Isunza, Enrique Lucero. Duración: 1 h., 45 min.
Pedro Páramo (1966)
Dirección: Carlos Velo. Argumento y guion: Carlos Fuentes, Carlos Velo y Manuel Barbachano Ponce. Intérpretes: John Gavin, Pilar Pellicer, Ignacio López Tarso, Julissa, Graciela Doring, Carlos Fernández. Duración: 1 h., 41 min.
El rincón de las vírgenes (1972)
Dirección: Alberto Isaac. Argumento y guion: Alberto Isaac. Intérpretes: Emilio Fernández, Alfonso Arau, Rosalba Brambila, Carmen Salinas, Lilia Prado, Héctor Ortega Duración: 1 h., 32 min.

¿No oyes ladrar a los perros? (1974)
Dirección: Francois Reichenbach. Guion: Jacqueline Lefebvre, Noel Howard y Francois Reichenbach. Intérpretes: Salvador Sánchez, Ahui Camacho, Ana de Sade, Salvador Gómez, Gastón Melo, Aurora Clavel. Duración: 1 h., 22 min.
Que esperen los viejos (1976)
Dirección, argumento y guion: José Luis Bolaños. Intérpretes: no profesionales. Duración: 20 min.

Pedro Páramo. El hombre de la Media Luna (1976)
Dirección: José Bolaños. Argumento y guion: Juan Rulfo y José Bolaños. Intérpretes: Manuel Ojeda, Venetia Vianelo, Bruno Rey, Jorge Martínez de Hoyos, Patricia Reyes Spíndola, Blanca Guerra. Duración: 2 h., 5 min.
El hombre (1978)
Dirección y guion: José Luis Serrato. Intérpretes: Uriel Chávez Posada, Ramón Ochoa, Genaro Méndez. Duración: 29 min.
Talpa (1982)
Dirección: Gastón T. Melo. Guion: Alejandro Pohlenz. Intérpretes: Ignacio López, Ana Medina y Raúl Bretón. Duración: 22 min.
Tras el horizonte (1984)
Dirección y guion: Mitl Valdez. Intérpretes: Noé Murayama, Rodrigo Puebla, Mario García González, Rodolfo de Alejandre. Duración: 45 min.
El imperio de la fortuna (1986)
Dirección: Arturo Ripstein. Guion: Alicia Garciadiego. Intérpretes: Ernesto Gómez Cruz, Blanca Guerra, Alejandro Parodi, Zaide Silva Gutiérrez, Margarita Sanz, Ernesto Yáñez. Duración: 2 h., 10 min.
Los confines (1988)
Dirección y guion: Mitl Valdez. Intérpretes: Ernesto Gómez Cruz, Manuel Ojeda, María Rojo, Enrique Lucero, Jorge Segan, Patricia Reyes Spíndola. Duración: 1 h., 20 min.


Por Arturo Mendoza Mociño


Los torrentes de eternidad del Museo Nacional de Antropología


Tláloc, dios de la abundancia y de la lluvia
El Museo Nacional de Antropología, uno de los grandes espacios museísticos del mundo, cumple cincuenta años de existencia; verdadera obra del renacimiento y prueba irrefutable de la grandeza mexicana por la suma de talentos que lo edificaron en un tiempo récord y también por las joyas históricas que se exhiben aquí. Descubrimiento tras descubrimiento, gracias a infatigables investigadores, se va enriqueciendo el mayor acervo arqueológico de toda América. El periodista Mendoza Mociño comparte con nosotros una numeralia con atención a los detalles.
Esa cascada es tan irresistible como meterte en ella y darte un chapuzón para cerrar tu visita al Museo Nacional de Antropología. Osadía llama a osadía. A quién se le ocurre tentar a la valiente juventud mexicana y poner una cortina de agua a más de treinta metros de altura bajo un paraguas enorme, que mide 54 por 84 metros y que se apoya en una columna, donde se emula la ceiba sagrada de los mayas con una piel de metal que, por el agua que cae, no permite apreciar un bello mural que diseñó José Chávez Morado hace cincuenta años y que gira en espiral desde el suelo hasta el cielo hacia los cuatro puntos cardinales.
Esa no es la única simbología oculta en este museo que cumple años el próximo 17 de septiembre. Hay más claves secretas, como tesoros hay en este lugar que abarca 79 000 700 metros cuadrados y que recibe, año con año, 2 000 000 de visitantes.
Un lugar con tanta historia es, a su vez, un mar de historias, muchas de ellas épicas. De entrada, el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez recibe el encargo presidencial y la obra se realiza en el tiempo récord de 19 meses con la colaboración y asistencia de Jorge Campuzano y Rafael Mijares, porque se trabajó las 24 horas, sin descanso y con más de 40 asesores científicos al frente de varios equipos de especialistas.
Por supuesto que Ramírez Vázquez no pensó que el paraguasote sería la fuente de bautizo de todos los visitantes de este recinto que reúne la mayor colección de arte prehispánico de todo el país, aunque decenas de niños y jóvenes se empeñen en demostrar lo contrario lanzándose a sus aguas como si se arrojaran de La Quebrada. En realidad, buscó que esta pieza, la primera en erigirse durante la construcción, creara dos ambientes con un elemento permanente, el agua, y dos estímulos opuestos: luz y sombra. El patio central del museo tiene un lado con sombra, gracias al paraguas, y otro está abierto al cielo, donde refulge el sol que se refracta en un estanque con lirios que evoca el origen lacustre de la civilización azteca. El agua que cae, el agua que es espejo, vincula ambos espacios y crea diferentes sensaciones, de reposo, al visitante.
Es el núcleo de otro palacio más en la Ciudad de los Palacios y, hoy en día, de los rascacielos. Cuenta con una armonía de acero y luz, vidrio y mármol, cedro y tezontle, unido todo con esa piedra líquida llamada cemento. El trazo del recinto es un rectángulo en unos terrenos que pertenecían a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. La plaza exterior se conecta con un vestíbulo, con la misma dimensión, cubierto y limitado en sus cuatro costados, donde se recibe y se distribuye a los visitantes con una plataforma que evoca la pirámide circular de Cuiculco.
El patio central del museo evoca las grandes plazas de las ciudades prehispánicas y está inspirado en el Cuadrángulo de las Monjas de Uxmal porque comunica varios edificios con el exterior mediante aberturas francas en los ángulos. Otra solución arquitectónica maya es la celosía realizada por Manuel Felguérez, la cual recubre los ventanales, y que recuerda la forma geométrica de la serpiente de luz que desciende del cielo en Chichén Itzá.
El museo tiene tres niveles. Uno es invisible para el público y es donde están las bodegas que albergan las miles de piezas del acervo y que los arqueólogos que trabajan ahí llaman, sin humor, “El inframundo”. Arriba de ellos está el segundo nivel, el más visitado, porque reúne todas las salas arqueológicas del pasado prehispánico que se pueden visitar en forma consecutiva o independiente. Y en el tercer nivel está el presente indígena con la mayor exposición de etnografía del país en concordancia con las más importantes áreas geográficas-culturales del ayer nacional.
Hace medio siglo, cuando se inauguró este recinto, el escritor Jaime Torres Bodet dijo que frente a la Coatlicue los mexicanos nos inclinamos en doloroso arrobo porque, ante su falda de serpientes, sabemos que “la muerte está en la existencia cual semilla en el fruto”, pero este museo busca mostrar que existencia y muerte se compenetran, para los individuos y las naciones, en torrentes de eternidad. Como todos los torrentes de eternidad que fluyen en sus espacios entre piezas sagradas y obras de inquietante belleza que siguen sumándose a tantas más.
Línea de tiempo. Cuando los dioses no se ocultan
1790. Coatlicue, la madre del dios guerrero Huitzilopochtli, y la Piedra del Sol o Calendario Azteca otean otra vez el valle de México desde el Zócalo cuando unos trabajadores los desentierran en agosto.
1825. El Museo Nacional Mexicano es creado por decreto del presidente Guadalupe Victoria y entre sus piezas estelares están la Coatlicue y el Calendario Azteca.
1865. El emperador Maximiliano de Habsburgo designa que el recinto de la calle de Moneda número 13 sea la nueva sede del museo. El acervo no deja de ser un universo en expansión.
1963. En febrero, en alianza con 42 ingenieros y 52 arquitectos, Pedro Ramírez Vázquez comienza la construcción del Museo Nacional de Antropología. El 16 de abril, desde Coatlinchan, Estado de México, se traslada el Tláloc, con sus 168 toneladas de peso. 23 000 personas lo esperaban en el Zócalo bajo una inusual tormenta. El 17 de septiembre, como había sido acordado, el presidente Adolfo López Mateos inaugura el recinto.
1985. El hurto de 140 piezas del museo es llamado “El robo del siglo”, y el director del INAH, Enrique Florescano Mayet, lo considera "el más grande despojo que se haya hecho al patrimonio arqueológico mexicano”.
1989. Se recuperó el 90 % de los objetos robados, pero se ignora el paradero de diez piezas.
1999. Remodelación de todas las salas del museo para incorporar nuevos hallazgos arqueológicos y nuevas tecnologías en los guiones museográficos.
2005. Una réplica del juego prehispánico de pelota se inaugura en la Sala Tolteca.
2010. Se presenta la exposición Rostros de la Divinidad, con ajuares funerarios encontrados en tumbas del periodo clásico de la cultura maya (200-900 d.C.).
Los distintos tiempos mexicanos
A través de 24 salas de exhibición, de las cuales 23 son permanentes y una destinada a exposiciones temporales, se narra la historia de México, desde su más remoto pasado hasta su presente. Un auditorio y una biblioteca con 250 000 volúmenes completan el afán de divulgación de cómo y cuáles han sido las distintas culturas que han conformado al país.
1.    El auditorio tiene una capacidad de 350 espectadores y lo engalana un gran mural de Rufino Tamayo que representa las cualidades positivas de Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, frente a Tezcatlipoca, dios de la oscuridad.
2.    La sala de exhibición temporal tiene 1500 metros cuadrados y en ella se ha mostrado con gran éxito de asistencia exposiciones sobre los etruscos, los griegos y el arte budista del sur de la India.
3.    Las diversas salas pueden visitarse en un circuito continuo o de manera aislada. En todas se detalla el ámbito geográfico, el hombre físico y su interacción con su medio ambiente, elementos de su cultura, la vida comunitaria y el mundo mágico y religioso.
4.    En la Sala del Poblamiento de América destaca la reproducción de la cueva del ratón en un gran bloque de 10 metros por 10 metros que pende del techo. Se trata de una pintura prehistórica con más de 200 figuras  pintadas; en este panel hay unas 80.
5.    Cuando aún era de noche, cuando aún no había el día, cuando aún no había luz, se reunieron. Se convocaron los dioses, allá en Teotihuacán, apunta el Códice Matritense a la entrada de una sala donde destaca una reproducción del Templo de la Serpiente Emplumada y una maqueta externa de Teotihuacan, elaborada a escala 1:100, con una cortina de nopales y magueyes.
6.    La selección de los poemas prehispánicos y las referencias de crónicas de conquistadores o evangelizadores españoles corrió a cargo del escritor Salvador Novo. Él eligió para la sala de los Atlantes de Tula y la reproducción de pinturas de Cacaxtla el siguiente verso: “Estos toltecas eran ciertamente sabios. Solían dialogar con su propio corazón”, que forma parte de los “Cantares mexicanos”.
7.    La   sala mexica está en la parte central del museo y abre con los versos de los “Cantares mexicanos”, que sostienen: “En tanto que permanezca el mundo no acabará la fama y la gloria de México-Tenochtitlán”.
8.    La estrella central de la sala es el Calendario Azteca y la Coatlicue con sus 2.57 metros de alto. Están distribuidos en forma de cruz para evocar los cuatro puntos cardinales.
9.    Las más notables piezas aztecas son las esculturas sobre piedra. Se trata de un arte extraordinario de un pueblo que sabía proyectar en ellas la compleja variedad de ideas, creencias y mitos que conforman el mundo que permitió el alto desarrollo de su civilización.
10.  Un gran mural de Luis Covarrubias muestra la ciudad lacustre encima de una maqueta que detalla el centro ceremonial de la capital imperial donde también destaca una canoa, cuyas maderas han resistido las mareas del tiempo.
11.  Tras el hallazgo del Templo Mayor en 1978 se han añadido algunas de las ofrendas halladas ahí. Destacan una donde hay un pez sierra y un cráneo con un cuchillo incrustado  junto con otra donde hay cráneos con deformación craneana.
12.  La réplica del penacho de Moctezuma es tan celebrada como la reproducción del mercado de Tlatelolco con sus 200 figuras y que mide 3.55 metros de profundidad y 9.10 de ancho.
13.  La máscara del dios murciélago, los códices Selden, Nutall y Colombino, joyería en oro, plata y cobre, y la recreación de la Tumba 104 de Monte Albán, engalanan la sala de Culturas de Oaxaca.
14.  16 figurillas de olmecas talladas en jadeíta y serpentina junto con colosales cabezas humanas con rasgos negroides destacan en la sala de Culturas de la Costa del Golfo.
15.  De ninguna otra civilización precolombina como la maya se conocen tantos y tan bien conservados ejemplos de arquitectura. Por eso, con piedra traída de la península de Yucatán, se realizaron réplicas de algunos templos. Destaca la reproducción fiel de las pinturas de Bonampak.
16.  A la reproducción del mascarón zoomorfo de Hochob, Campeche, se suma la de la Tumba de Pakal y la Reina Roja en Palenque, grandes hallazgos arqueológicos.
17.  La estela Calakmul, con la fecha maya 9.14.19.17.0, con sus más de dos metros de altura junto con el marcador de juego de pelota de Chinkultic completan las joyas de la sala.
18.  Réplicas de Casas Grandes, Chihuahua, la Cueva de la Candelaria y de las pinturas rupestres de Baja California Sur con chamanes y venados pintadas con rojo y negro engalanan la sala de Culturas del Norte, que vivían como flechadores en un entorno inhóspito.
19.  Con sus propias manos, los pueblos indígenas que viven en México en la actualidad hicieron reproducciones exactas de sus habitaciones, utensilios y demás elementos de su vida diaria para ocupar todo el segundo nivel del museo.
20.  Obra de Jorge González Camarena, Luis Covarrubias, Raúl Anguiano, Leonora Carrington, Mathias Goeritz, entre otros, comparte muros y engalana varias de las salas de todo el museo.
Datos numéricos sorprendentes o curiosos
Cada año lo visitan 2 000 000  de personas.
El museo cuenta con 44 000 metros cuadrados bajo techo, distribuidos en 24 salas y 35 700 metros cuadrados de áreas descubiertas que incluyen el patio central, la plaza de acceso y algunos patios hundidos a su alrededor.
El área total del museo es de 79 700 metros cuadrados (casi 8 hectáreas).
La obra se realizó en el tiempo récord de 19 meses.
Se utilizó un presupuesto de 170 000 000 de pesos, lo que representa un costo de 3 777 pesos por metro cuadrado de los 45 000  de construcción.
70 expediciones etnográficas recorrieron el país de extremo a extremo para reunir el acervo y recopilar piezas.
Se tomaron más de 15 000 fotografías en blanco y negro de miles de objetos de uso doméstico y ceremonial que ingresaron al museo.
De frases célebres
“El Museo de Antropología es uno de los mejores museos del planeta porque está muy bien pensando y porque tiene una museografía excelente”.
Arquéologa Guadalupe Espinosa
“Quisiera que [el Museo de Antropología] fuera tan atractivo, que la gente pregunte a algún pariente o amigo: “¿ya fuiste al museo?”. Quisiera que los mexicanos al salir de él se sientan orgullosos de serlo”.
Adolfo López Mateos, presidente de México (1958-1964) 
Fuente: El Museo Nacional de Antropología (Panorama Editorial, 1968), Pedro Ramírez Vázquez et.al.
Museo Nacional de Antropología. Gestación, proyecto y construcción.
El robo del siglo
Los ladrones eran dos y entraron al museo por una escalera del sótano y de ahí se introdujeron por los ductos del aire acondicionado hasta las salas maya, mexica y la de Oaxaca para robar 140 piezas la noche del 24 de diciembre de 1985.
La mayoría de las piezas provenían del Cenote Sagrado de Chichen Itzá, aunque también fueron sustraídas una vasija mexica de obsidiana, la máscara zapoteca del dios murciélago y la máscara mortuoria de Pakal procedente de Palenque.
Ocho policías, más un subinspector y un bombero tenían que cuidar el acervo, pero esa noche, por ser Nochebuena, no realizaron sus rondines y se pusieron a brindar hasta que el 25 los despertó con la cruda noticia de que habían robado el museo que resguardaban.
Hasta 1989 se recuperó parte del botín cuando un narcotraficante, cuyo nombre nunca fue divulgado, confesó haber participado en el robo. El detenido en Ciudad Juárez delató a su cómplice, que tenía más objetos en la casa de su novia, pero ese ladrón se dio a la fuga y hasta ahora no ha sido detenido. Se recuperaron 130 piezas, pero se piensa que las faltantes jamás se recuperarán porque, afirma la investigación oficial, fueron intercambiadas por droga y “porque parece mentira, la verdad nunca se sabe”, como alguna vez escribió el novelista Daniel Sada.
Entre renacentistas
La rosa de los vientos del talento jamás dejó de girar. Mientras 70 expediciones de arqueólogos y etnógrafos recorrían el país de extremo a extremo para reunir miles de objetos, grabaciones de música, notas y fotografías que conforman un archivo científico invaluable, los mayores artistas de México participaron en la creación de este museo.
Así, entre el ir y venir de alabañiles, ingenieros, carpinteros, electricistas y arqueólogos, muchos arquéologos, Raúl Anguiano, Jorge González Camarena, José Chávez Morado, el Dr. Atl, Nicolás Moreno, Alfredo Zalce, Pablo O’Higgins, Mathias Goeritz, Carlos Mérida, Leonora Carrington, Rufino Tamayo, Luis Covarrubias, Manuel Felguérez, Arturo García Bustos, Arturo Estrada, Iker Larrauri, Valeta Swann, Adolfo Mexiac, Regina Raull, Fanny Rabel, Arturo Trejo y Nadine Prado, trabajaban hombro con hombro.
Tamayo y todos los pintores compartían todo, ideas, talentos, impresiones, con los técnicos, los trabajadores, los albañiles, los escultores, los que montaban maquetas, los carpinteros, los jóvenes que asistían a los cursos para establecer el primer sistema interno de guías del país, los vigilantes, los policías bancarios que laboraron en 1964, escribió el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez.
“Todo transcurría en una armonía tal, que permitió crear un ambiente extraordinario de responsabilidad común. Al salir de una de las visitas, después de saludar a Tamayo, a O´Higgins, a Leopoldo Méndez, después de ver la obra y la vida que la animaba (entre 4 000 y 5 000 personas trabajando), Jaime Torres Bodet le comentó al licenciado López Mateos: ‘Es como una obra del renacimiento’”.   
Y ese arte renacentista está por doquier. Desde la arquitectura hasta los versos prehispánicos que seleccionó Salvador Novo y que fueron esculpidos en las paredes de mármol, como aquel que se llama “Huehuetlatolli”:
Comenzaban a enseñarles:
Cómo han de vivir
cómo han de respetar a las personas.
Cómo se han de entregar a
lo conveniente y recto.
Han de evitar lo malo.
Huyendo con fuerza de la maldad.
La perversión y la avidez.
El arte se despliega en el mural de Iker Larrauri en la Sala de los Orígenes, donde se muestra una tribu prehistórica, cubierta de pieles, llegando  al centro del país con sierras nevadas y lagos donde pastan mamíferos que cazarán. También de su autoría es ese cuadro de grandes dimensiones donde se pintó a escala real la fauna prehistórica que había en el v alle de México.
Por primera vez en la historia de la museografía mexicana los habitantes de cada región reprodujo con exactitud su hábitat dentro del museo. Así, el jefe huichol que lleva un portafolio de cuero y luce un reloj de oro discute los detalles finales con los museógrafos para terminar de edificar una casa donde las mujeres hicieron la loza y los niños elaboraron sus animales de juguete. Todos trajeron consigo su ropa, sus instrumentos de labranza y su magia. Hasta entones ningún otro museo en el mundo había recurrido a los representantes de las distintas culturas para que ayudaran directamente a los museógrafos responsables.
El patio del museo se llenó e materiales de todas las regiones del país, la chinamita, el tule de caña, la blanca piedra de Yucatán, y en los jardines fueron instalados los talleres donde los escultores realizaron la réplica del mercado de Tlatelolco, con sus 9.10 metros de largo y 3.55 de profundidad. 
A ese diorama lo integran más de 200 figuras, todas diferentes, todas especiales. El atuendo, las posturas y otros elementos fueron cuidadosamente cotejados por Antonio Caso e Ignacio Marquina con la documentación de los códices. Nada es ficticio y cada pieza es un verdadero documento de vestuario y mercaderías. El modelado de las piezas fue realizado por la escultura Carmen Antúnez bajo la dirección del maestro Antonio Caso.
El escultor zacatecano Manuel Felguérez realizó otra de las piezas emblemáticas del museo: la celosía que cubre los ventanales de la parte alta y que permite a los visitantes sentirse dentro del museo sin ser vistos desde el vestíbulo.
Se trata de un eco histórico, un guiño artístico a la historia nacional, porque la celosía se remonta a los antiguos conventos de monjas, donde las internas debían oír misa sin ser vistas. Se trata de una solución probada para un mismo problema: ver sin ser visto.
Por eso Felguérez optó por realizar un elemento vertical que geométricamente partía del movimiento de una serpiente (presencia prehispánica) que permitía abrir o cerrar la vista hacia el patio. Se estudió con detalle que sus apoyos siempre coincidieran con la unión de las placas de mármol o con el centro de ellos, solución de técnica constructiva y arquitectónica, no decorativa.
Además de realizar el escudo nacional que corona la entrada principal, José Chávez Morado realizó junto con su hermano un columna de bronce que se forjó en la Fundición Artística de Pablo Portilla. Sin duda es una obra maestra porque la composición escultórica se orientó con respecto a los tres elementos clásicos de una columna: base, fuste y capitel, conservando como ejes básicos los cuatro puntos cardinales, lo cual resultó una excelente interpretación escultórica de los textos de Jaime Torres Bodet, lo detalló el vida el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez y el mismo creador guanajuatense:
“Vista al este. Integración de México. Precisamente, por la costa oriental de México llegaron las naves españolas de la conquista. En la base se presenta al pasado prehispánico de México por medio del águila y del jaguar, que son símbolos del día y de la noche. Entre ellos aparece la espada de la conquista y el sol naciente. En el fuste, la espada penetra en las raíces de una ceiba, símbolo maya de la fundación de los pueblos, que se abre en su parte superior con dos rostros, uno indio y otro español, los cuales constituyen la base principal de nuestro mestizaje. Sobre este símbolo y correspondiendo el capitel se apoya el águila, emblema nacional del México de hoy.
”Vista al oeste. Proyección de México. Esta proyección hacia el mundo se inicia desde nuestras costas occidentales, con la expedición a las islas Filipinas. Sobre los símbolos prehispánicos de la base; y partiendo de la acostumbrada representación del agua de los códices, se ve un sol poniente, símbolo del rumbo hacia donde se inició la proyección de México, con la expedición a Filipinas. En el fuste, la ceiba está cruzada por una vigueta de acero y una rosa de los vientos, representación de la firmeza y amplitud de esa proyección. Sobre la misma ceiba, que se abre con un símbolo de la fisión nuclear, se apoya como capitel un hombre con los brazos extendidos y las entrañas descubiertas, enmarcado por dos ramas de olivo y una paloma para significar que se entrega totalmente a la paz.
“Vista al norte y al sur. Lucha del pueblo mexicano por su libertad. En los lados norte y sur se ven tres armas que hieren el cuerpo de la columna –México– y que corresponden a nuestras tres etapas formativas: Independencia, Reforma y Revolución Agraria. El capitel está coronado por formas prehispánicas que simbolizan el cielo. La composición basada en los cuatro puntos cardinales se liga con las viguetas de acero que en forma radial sostienen la cubierta monumental y contribuyen  a dar la impresión final de la universalidad de la cultura mexicana”.
En el archivo histórico del museo hay imágenes donde se puede ver a todos estos creadores pincel en mano y ropa de faena, o bien, como ocurre con Tamayo o Chávez Morado o Goeritz portando elegantes trajes. Imaginarlos allí, trabajando, creando, es una novela, una escena similar a la película En este pueblo no hay ladrones. Es un momento renacentista de México donde, para embellecer más el cuadro en movimiento, ninguno de los artistas cobró un solo peso por su participación y su obra sigue allí: hechizándonos.

Por Arturo Mendoza Mociño