Mostrando las entradas con la etiqueta 217. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta 217. Mostrar todas las entradas

La libertad de expresión es como la vida misma



Para Performance: In Memoriam.
10 años al servicio de la vida viva


“Yo acuso” esta situación por la que atravesamos los ciudadanos amantes de la república del Quijote: la posibilidad de que te asesinen, tras ser torturado, por expresar en público tu punto de vista sobre la realidad que vivimos. Sin embargo, por más que se nos amenace, y la historia puede dar cuenta de ello, no obstante sigue siendo cierto y justo que cada persona es un punto de vista completamente nuevo en el mundo. Sólo se puede combatir el gris de las tropas armadas de la Nada a través del ejercicio infinito de la verdad y re-creación de los individuos.

Cervantes fundó la novela moderna porque inventó la democracia en la literatura antes de que políticamente fuera posible. Su ingenio consistió en darle voz propia a la pluralidad de voces que es el mundo. Heterología y heterofonía, muchos logos y múltiples, casi infinitas formas de decir las cosas, esa es la “invención”, escribe el crítico teórico ruso Mijail Bajtin, la buena nueva de un género literario, la novela moderna en la que todos los hombres y mujeres, todo el mundo, cuentan en la narración que se va formando, entretejida, gracias a todos los puntos de vista o perspectivas. Por lo tanto, si suprimimos alguna de estas ramificaciones de la vida estamos, como los nazis, suprimiendo, destruyendo una parte fundamental de la vida. La vida es, como se dice en hebreo, los vivos; en este sentido es en el que la pluralidad de la vida se convierte propiamente en lo más sagrado. En otro orden de cosas, pero también dentro del ámbito de la vida como literatura, las lenguas dejan de estar aherrojadas por el monologismo para aprender modernamente que una lengua solamente puede ser estudiada, investigada al trasluz de otras lenguas.

De forma que la libertad de expresión es como la vida misma. Su fundamento late en el propio Universo que, de forma ilimitada, se expande a través de una irreductible variedad de pupilas no fijas sino en constante movimiento. Pero, ¡ay!, suprimida la libertad de expresión, amordazado el reino de Cervantes (Carlos Fuentes) la luz de la vida y la democracia se apagan. Y deviene la oscuridad calculada del terror estatal o privado-estatal, cuyo único fin es imponer descaradamente una visión, una vivencia de la realidad del mundo cotidiano muy parecida a aquellas fotografías trucadas del régimen bolchevique. Falsificaciones mediante las que se racionalizaba históricamente el fin de la democracia y el final de la literatura y de la filosofía.

Una insoportable levedad del ser amenaza, cual tsunami encrestado de ilimitada voluntad de poder, con destruir no ya el ágora, sino todo el fundamento moral de la Atenas Veracruzana.
Quien tenga oídos, oirá.


Quesada Martín. Reconocido filósofo español. Es investigador del Instituto de Filosofía de la Universidad Veracruzana. Su más reciente libro: Cultura y barbarie. Racismo y antisemitismo, publicado este año por la editorial madrileña Biblioteca Nueva.



Fragmentos de una vida peregrina



Uno de los dilemas esenciales a los que somete la vida nómada, si se cuenta con la posibilidad de no recorrer el globo a la manera de los gitanos y se abominan las prohibitivas y onerosas facultades que acostumbran los diplomáticos, es la incapacidad de cargar en la valija con el guardarropa adecuado para todo tipo de clima: recorrer de norte a sur el continente a una velocidad mayor que la de cualquier otra especie voladora somete el endeble cuerpo humano a las contingencias del tiempo, que cambian abruptamente dependiendo de la distancia con respecto al Ecuador.
Señalo lo anterior porque, pensando en qué llevar en mi maleta hace unas semanas, reparé en un detalle aún no resuelto por la industria del diseño de ropa: la invención de ropa unisex nanotecnológica capaz de aclimatarse a todo tipo de clima y ser lo suficientemente maleable y llevadera para portarse con estilo; de preferencia, a precios moderados.
Sometido a calores de más de 40 grados a la sombra en la hermosa ciudad de Mérida hace apenas unas semanas –luego de visitar las entrañas de los cenotes mayas, concretamente aquellos que no han logrado ser envilecidos por las hordas de turistas que han vuelto dichos lugares sagrados balnearios intolerables–, tuve que desplazarme hacia el sur del continente desde la península yucateca hasta uno de los puntos neurálgicos de la Patagonia, en la ciudad de San Carlos Bariloche, un sitio  célebre por su belleza y sus reservas naturales, que incluyen lagos, montañas, bosques y extraordinarios centros de esquí, por lo que la temperatura promedio rodeó, durante la semana que estuve frente al lago Nahuel Huapi, los cinco grados menos bajo cero.
Algo debe decirse de la inmisericorde beldad de Bariloche y es que se trata de un  lugar labrado para la fantasía. La despótica belleza del lago anega y derrama la mirada con azules metálicos que cambian a lo largo del día, dando la sensación de que uno flota sobre un inmenso lago tornasolado.
A pocos kilómetros de la ciudad se encuentra el Cerro Catedral, considerado el segundo mejor lugar del mundo para practicar deportes de invierno, y muy cerca también se encuentra el cerro Otto, donde la vista del lago, los cielos y las nieves perpetuas electriza al caminante.
Las bellezas del lugar son incontables, y van desde un pesadillesco bosque de arrayanes hasta la profundidad boscosa de la isla Victoria; lugares a los que se accede desde el mítico Puerto Pañuelo.
Todo esto viene a cuento porque, como parte de mi viaje, asistí al desfile de modas Emprendedores de Nuestra Tierra, convocado por el Hotel Panorama como parte de la presentación de Moda 2015, donde pudo verse, además del talento de incontables modistos locales y nacionales, a unas mujeres de fantasía que justamente por su condición entre lo etéreo-urbano-decadente movían más a la reflexión introspectiva de la moda considerada como arte que a la lujuria propia de un sibarita sin opiniones.
El desfile fue decoroso, con portentos femeninos que demostraban con cada paso y mirada arrolladora por qué la mujer argentina parte plaza en el mundo entero (Giorgio Agamben, Matt Groening, Al Pacino, J. M. Coetzee, Matt Damon y hasta el rey de Holanda no pueden estar equivocados). Sin embargo, lo que más me llamaba la atención era cómo en ese lugar que en sí mismo era ya un encarnado canto a lo sublime, el ser humano se las arregla para domesticar la agreste poesía del entorno a través de banalidades altamente sofisticadas con la intención de saciar su impulso primigenio de apoderarse a su manera de la combustible naturaleza.

Confieso que mi pecho se iluminó con la belleza de las modelos, pero al mismo tiempo pensaba que poner el deseo a la altura del ojo la majestuosidad infinita de la nieve con la frágil belleza de las damas era un intento similar por darle a escoger al espíritu de lo vivo entre la luz de las estrellas iracundas y el fulgor de las monedas que indolentes gastamos en la noche.



Por Rafael Toriz

LOS HACEDORES: Ramón Gutiérrez


Ramón Gutiérrez
Al tercer día de haber llegado a Xalapa en 1994, y a sugerencia del pintor Luis Rechy, el fundador de La Tasca, asistí al tristemente desaparecido restaurant “La Sopa” en el Callejón del Diamante, regenteado siempre por “El negro” Pepe Ochoa; a probar sus famosas enchiladas verdes. Al segundo bocado, el pespunteo (ahora sé que se llama así) de un requinto jarocho sonando a mis espaldas hizo que una descarga eléctrica recorriera mi columna vertebral. Era Ramón Gutiérrez afinando; me acerqué “¿qué música es esta?” –pregunté-, “son jarocho, –contestó- tradicional” –recalcó-. Al día siguiente conocí su taller “El pájaro Carpintero” que se encuentra en el maravilloso Patio Muñoz, y poco después iría con él a su pueblo Tres Zapotes, en el municipio de Santiago Tuxtla, donde por primera vez asistí a un fandango de rancho quedando prendado para siempre a éste ritual comunitario del Sotavento Veracruzano. En diciembre de ese mismo año, en complicidad con Procreadores A.C. organizó el Primer Encuentro de Jaraneros en Xalapa que fue ¡buenísimo!, pese a la neblina característica de esos años (hubo un segundo encuentro en Xallitic, y no más). Desde entonces, su taller ha sido semillero de incontables alumnos que han hecho suya esta música y han dado forma al movimiento jaranero de esta ciudad; sin olvidar la gran cantidad de jaranas y requintos allí elaborados. Su agrupación Son de Madera es, sin duda, la más importante de Xalapa y uno de los grupos grandes del son jarocho contemporáneo. Todo esto constata la importancia de sus más de veinte años de labor en esta ciudad. Su última grabación se llama Caribe Afroandaluz. Al momento de escribir estas líneas, Son de Madera está de gira en Malasia.
Eduardo Sánchez: ¿Dónde naciste?
Ramón Gutiérrez: Nací en Carlos A. Carillo pero, solamente allí nací. A los poquitos días me fui al rancho de mi papá que se llamaba La Soledad, que está entre Santiago Tuxtla y Tlacotalpan; más cerca de un pueblo que se llama Tres Zapotes, un lugar de vegetación abundante y un arroyo adonde fui a vivir a los diez años. Musicalmente había son, música ranchera, tropical; la vida rural era benévola: leche de vaca, fruta, animales, era muy bonito.
¿Y cómo te acercaste al instrumento jarocho?
Veía a mis hermanos, a mi papá, a mis tíos, a don Esteban (Gutiérrez, gran músico). Atrás de mi casa había un jaranero llamado Sabino Soto y tenía ilusión de tocar.
¿Él fue tu maestro?
Pues varios. No era que se pusieran a enseñarte sino que uno se acercaba y empezaba a aprender, no era como ahora que dan talleres. Era difícil, la gente no tenía paciencia ni una forma didáctica de enseñarte, pero escuchaba uno y se van quedando los sonidos; así ibas aprendiendo. Era más didáctica la gente de fuera, el que me enseño realmente a tocar el requinto fue Juan Pasco, un americano nacido en México, él tenía la paciencia y la metodología; tenía yo alrededor de diez años.
Cuenta la leyenda que exploraste los ritmos negros estadounidenses
Eso fue cuando viví en Veracruz-puerto, a los quince años. Allí todavía mi influencia era la música tropical de esa época: Mickey Lauren, el Trío Matamoros, Acapulco Tropical, el danzón; lo que se escuchaba en el radio también fue una influencia para mí. Llegó de Estados Unidos Ruth Bichul, me regaló un casete y empecé a escuchar bluseros y la música afroamericana; también me gustó la música de Brasil. A lo que se le llama rock ahora es muy genérico, no me gustaba la música sajona. Nunca me gustó Sting, ni los grupos ingleses que a la gente le gustaba; a mí me gusta Bob Marley, Jimmy Hendrix, y la música ya hecha en América por los africanos. Descubrí a B.B. King. Para mí el rock sí tiene un sentido social, por la cuestión de la esclavitud. Tiene una esencia y un poder de rebeldía que para mí era muy importante, porque ya tenía una ideología sobre lo que significaba tocar el son jarocho; que para ese momento era, como el blues, menospreciado. A diferencia de la mayoría de jóvenes, escuchaba un rock contestatario, rebelde.
Ya en el son ¿Quiénes fueron tus cómplices musicales?
Tenía mucha relación con el grupo Zacamandú, que eran de una generación un poco más grande que yo; con Mono Blanco estuve casi una década, pero no tenía una agrupación propia estable. En el 1992 llegué a Xalapa, había el monopolio de la Universidad Veracruzana ejercido por Tlen-Huicani y Alberto de la Rosa; y la gente no conocía el son jarocho de fandango, y empezamos a hacer algunos, llamó la atención, se fue haciendo más popular y empezamos a dar talleres aquí, empezamos a hacer tocadas en La Sopa de Pepé Ochoa, en La Tasca. Después hicimos dos encuentros de jaraneros y prendió la mecha. Empezamos a hacer fandangos y contrarrestamos lo que la “cultura oficial” institucional proponía con treinta años de tocar y hacer siempre lo mismo. Había que decir que el son jarocho está vivo y que tiene varias raíces, incluso lo que hace Tlen-Huicani tiene su origen en Lino Chávez y Barcelata, es una raíz como la nuestra, de gente que emigra a la ciudad y empieza a hacer un estilo; pero en las comunidades todavía hay mucha música tradicional por investigar. La que está allí, en constante movimiento, la que está viva; y estábamos en las manos de Leonardo Moscón, Delio Morales, Andrés Vega,  Rutilo Parroquín, Nazario Santos ¡cuántos músicos de diferentes regiones había en esa época! Con mono Blanco empezó a darle un sentido de que la música tradicional campesina y los cultores, los que heredaron esa música de sus padres y sus abuelos, seguían cultivando el género. Fue importante hacer conciencia en los jóvenes, y en nosotros, de que teníamos que respetar esa parte de la tradición donde ellos eran los pilares y que uno tenía que retomar y aprender de ellos. Si venía uno de allá traía eso, pero la gente que estaba en las ciudades (debía aprender a que) respetaran esa parte y darle su valor. La música campesina era despreciada, mal vista; y ahora, en los últimos años se hace un seminario en San Andrés Tuxtla, organizado por varios jóvenes y que se llaman Encuentros Vivenciales, donde la gente va a aprender con los cultores campesinos ¡y eso es maravilloso! Las nuevas generaciones creen en ello, realizan ese trabajo de campo y la revalorización de la música tradicional. Es muy importante lo que se ha logrado y que no han hecho las instituciones, porque desde el ballet folklórico de Amalia Hernández y los ballets de las universidades es una cultura petrificada, donde se dice que todo está bien, que es maravilloso y que México vibra cuando muchas de las comunidades donde investigaron cambiaron o desaparecieron.
Y en aquellos tiempos ¿cómo apreciabas los encuentros de Tlacotalpan?
Había buenos músicos, estaba Viscola, el Conjunto Papaloapan, Cirilo Promotor, pero eran poquitos; y la chaviza no tocaba. Algunos dejaron de tocar, otros sí siguieron. Y, aunque Tlacotalpan representa mucho para el son jarocho, el movimiento sucedía solo en las fiestas de La Candelaria.
Volviendo a Xalapa ¿cómo fue el proceso de transmitir la tradición?
Empezamos a dar talleres, y en algunas escuelas como la Xallitic se abre la perspectiva de que estamos en Veracruz y hay que investigar el son jarocho como educación artística y Laura Rebolloso empezó a dar clases; yo también lo hacía y ahora, como es muy abierto, da clases Tacho (Utrera). Y como decía, lo que no pudo hacer la propia Universidad lo hicieron los particulares de forma independiente. Mucho del movimiento de la música veracruzana se ha hecho de manera independiente, y es muy interesante porque el son jarocho no solamente está vinculado a las fiestas y al fandango, también es una conciencia de valores, una conciencia ecológica que se liga por la relación histórica que tiene con el campo, el verso donde se habla de la naturaleza y su entorno; formando conciencia política.
¿Cómo nació Son de Madera?
Empezamos Laura y yo a tocar en los lugares que mencioné y tuvimos la necesidad de hacer un grupo. Antonio García de León formó un grupo que estaba invitado a La Habana, Cuba; me invitó junto a Patricio Hidalgo y dijo que a ese proyecto la iba a poner Son de Madera. Pero como no pudimos ir por falta de recursos, le pregunté si podíamos usar el nombre para nuestro grupo; ya que me parecía muy bonito, y más viniendo de un personaje como él. Se formó con Juan Galván, que estaba muy jovencito, con Yekk Music, Araceli Cheli Galván, Darmasio Utrera, Octavio Rebolledo, Rubí Oseguera. Ya después llegó Tereso Vega, él y yo hemos sido la planta original. A la fecha tenemos seis grabaciones.
Con más de veinte años de labor en Xalapa ¿cómo ves el movimiento sonero?
Es como una plantita que solita ya va creciendo. Tiene, por supuesto, algunos peligros como cualquier planta: puede llegar a perecer o puede crecer mucho. Pero es bien importante porque los jóvenes citadinos, llamados por Gilberto (Gutiérrez, su hermano y director del grupo Mono Blanco) soneros de maceta, retomaron esta música; pero lo  interesante es que ningún movimiento musical en México creció durante las últimas décadas, y ahora es un fenómeno mundial que los jóvenes, mediante la música tradicional, empiezan a crear música con raíz. Para mí, es más sincretismo que fusión, y más trabajo para que la música llegue a lo más profundo y con más conocimiento, como sucede en el flamenco, la música africana o la de Brasil. Y México era la excepción: estaban los roqueros, los sinfónicos y había mucha división. Creo que en las últimas dos décadas empieza a abrirse el panorama y la gente se interesa por la música mexicana; ya había habido una generación muy importante e interesada: Los Folklorista, El Negro Ojeda, Guillermo Velázquez y tanta gente que respetaba la música. Era la chaviza la que no relacionaba que nuestros rockstars pudieran haber sido Rigo Tovar o Juan Gabriel, esa relación con la música popular. A partir de esa aceptación es que se empieza a hacer en el DF rock con un poco de cumbia o con ska; en Los Ángeles otros grupos, como los lobos en su momento, tocaban sones y música mexicana, cuando los roqueros mexicanos, en México, jamás lo hacían. Allí se empieza a abrir esa tendencia, que te digo es mundial, que se empieza a mezclar casi toda la música con los géneros tradicionales, y se empieza a tener respeto por la música tradicional, y ese es un valor que debería estar en los campesinos, en la parte más importante de México que es la raíz indígena, tan excluida; ya no son los afros los discriminados. Para mí, en América, siguen siendo los grupos indígenas los marginados. Entonces, para mí, es muy importante que el son sea un punto de referencia para mucha música que ahora se hace en México; uno puede encontrar grupos de otros géneros que traen una jarana o una copla, que a partir del son están haciendo esa búsqueda. Ese mismo fenómeno ya lo habían hecho los cubanos hace muchos años, los brasileños; en México, aunque hay músicos impresionantes, sobre todo los citadinos, no se habían involucrado en la música tradicional. Ahora hay muchas cosas y eso es interesante porque la reposiciona. Lo que quiero decir es que en México siempre ha habido buena música, géneros impresionantes; lo que nos faltaba era encontrar como esa raíz, desde lo indígena hasta el sincretismo que somos, influyera en la música. Principalmente en la música de los jóvenes. Parte de mi realización como músico ha sido lo que hago, y estoy feliz con eso pero, es importante que vaya a algún lugar y los jóvenes se interesen porque son importantes para la música y para el país. Y cuando hay respeto por la música, logramos mucho en el son jarocho; una dignidad  que no se reflejaba, no solo en el son sino en la música tradicional mexicana. Porque si no respetamos esa parte, es como si no tuviéramos una plataforma que nos identifique como raza.
Y el Septeto de Ramón Gutiérrez ¿cómo nace?
Nace porque empezamos, precisamente, a hacer música diferente. Empecé a componer y, con Son de Madera, que es un referente de la música, a lo mejor no tradicional pero si de un grupo que la gente lo relaciona con música de raíz; también contemporánea, moderna, pero con cierta estructura. Alguna vez hicimos algo con saxofones, y a la mayoría le gustó, pero algunos se sacaron de onda porque dice que “para mí, Son de Madera es esto…”. Después de veinte años, como que lo que uno hace le pertenece a la gente. Incluso, cuando grabamos Raíces, que es un disco súper tradicional, a mucha gente no le gustó, porque lo que buscaban es lo más audible de la música tradicional del mundo, como hace Putumayo. Es música ya con maquillaje. Cuando la gente escucha música tradicional de a de veras, puede sonarle atonado, desafinado; que no le llega cuando a uno sí. Incluso el flamenco, gusta lo que hacen ahora pero el cantejondo puro no le gusta a toda la gente. Hicimos una forma orquestable que le gusta mucho a la gente y que no la hay. Por eso el respeto antes de decir yo quiero soltarme el chongo, quitarme la camisa de fuerza y hacer la música que me gustaría. Ese es el trabajo, salirme de las camisas de fuerza, que a uno le gustan y que está contento, pero es tomarse libertades.
¿Cómo está el son en el campo?
Lo que pasa económicamente nos afecta a todos y como el país no está muy bien, el campo tampoco, y se va a transformar. La influencia de la televisión también cuenta.
Háblanos un poco de Caribe, mar sincopado
Es nuestro último disco y mi visión de lo que es el Caribe; porque cuando uno dice Caribe imagina la música sobresaliente: la salsa, el merengue, la música de Las Antillas, que es una música maravillosa. Pero atrás de todo eso hay un Caribe que le dio origen, lo afroandaluz, que tiene que ver con el son jarocho, tiene que ver con la música de Colombia, de Venezuela, y que es una música ternaria, porque el Caribe que conocemos es binario; y lo hicieron así para hacerlo accesible para la gente, porque la música binaria es más “fácil” de oír. Pero para mí, El Caribe original es ternario, no binario, y uno puede encontrarlo en ritmos como la cumbia. Ese es el producto y ya está terminado, incluso grabamos una pieza memorable de Lorenzo Barcelata, una que ya no se toca y que es bailable. Tereso se deschongó cantando y tocando. Sí, estamos dando un paso importante, en el sentido de qué es para nosotros el Caribe. Hablo de ese Caribe que tiene mucho del barroco y las formas ternarias, y también de un sentido de la música que compartimos con Cuba, con Colombia, Venezuela, Panamá; incluso con Nueva Orleans. Conocí la música del venezolano Fulgencio Aquino y me pareció música de Bach, pero con ese sentido que le damos en la polirritmia y los acentos.
De los grupos jóvenes ¿cuáles llaman tu atención?

Uno es crítico de todo, y ser crítico en extremo también es una manera de sufrir y no disfrutar la música; incluso desde la razón de porque son las cosas. Por ejemplo, a muchos músicos les desagrada ir a un fandango porque no está sonando bien, y esa percepción es muy elitista y muy de estos tiempos; y no, yo creo que es una forma de libertad y de contra cultura, hacer música para el fandango y no pensar que están desafinados, o que están gritando, es muy su bronca. Dentro de esa libertad, cuando escucho a grupos ahora que están haciendo rap con son jarocho, me parece bien y me gusta. Lo disfruto porque me parece que es una manera de llevar un proyecto, de lograr lo que uno quiere o por lo menos de participar diciendo expresiones diferentes. La mayoría de lo que escucho no tiene pies ni cabeza, pero es necesaria la gente que se toma esa libertad y experimentar. Escucho muchas cosas interesantes, como el trabajo en el sur que está haciendo Joel, en Cosoleacaque, Los Guayaberas Blancas ahí van, Los pájaros del Alba, Los Cojolites, Sonex. En lo tradicional me gusta la insistencia de Los Baxin. Te digo que en ese proceso para mí ha sido muy importante tener el valor de lo auténtico.




Por Eduardo Sánchez Rodríguez

Despedida



No recuerdo con exactitud el año en que empecé a colaborar con Performance, por lo tanto no tengo la certeza de haber participado en los diez años que duró la empresa encabezada por José Homero y compañía. Diez años en los que, como escribí en la colaboración para la edición que celebraba el decenio de vida del periódico, hemos sido testigos de la transformación, para mal, de nuestro entorno social, político y de seguridad.
En diez años pasamos de la posibilidad de la alternancia en el poder a la fragmentación de una izquierda cada vez más comodina; una derecha voraz y puritana, y un priismo que no olvida su esencia predatoria. Hoy vemos al primer gobernador “independiente”, ajeno a siglas partidistas, pero dependiente de quienes detentan el poder económico de un estado como Nuevo León, donde manda la empresa, no los partidos.
En ese mismo lapso, el ejercicio de la cultura en Veracruz si sobresalió fue por iniciativas independientes, dispersas; la parte oficial se mantuvo dentro de la normalidad, con el estigma de haber perdido la posibilidad de que el Hay Festival adquiriera carta de naturalización en Xalapa. El argumento de que el retiro de la sede obedeció a las agresiones a la libertad de prensa en la entidad, me parece más bien la salida “elegante” a la falta de presupuesto para sostener un festival de estas características, pero en realidad pueden ser sólo figuraciones mías.
La emergencia de movimientos sociales ha sido tan efímera como inútil; hasta ahora no han logrado transformar la sociedad ni los subcomandantes ni los poetas. Los jóvenes, ávidos de épica, se montan de pronto en olas que sólo les auguran un buen revolcón en la arena y nada de epopeya. Cada día sus expectativas son más cortas y su desencanto más profundo. Su esperanza, su visión de futuro se diluye, nada hay que los aglutine y cuando brota, a la vuelta de unos días se les traiciona y de nuevo la nada, el páramo como visión de futuro.
Dejo para el final el estado que guarda la prensa en la entidad, hoy de nuevo foco de atención por el deceso de un reportero en la Ciudad de México, cargado a la cuenta del gobernador Javier Duarte, sea cual sea el resultado de la investigación. He insistido y lo seguiré haciendo, no todos los homicidios de periodistas tienen que ver o son resultado de su trabajo periodístico, ni todos los reporteros por el simple hecho de serlo son santos y ajenos a las debilidades humanas de toda índole. Es curioso como la memoria es corta en estos asuntos. En todas esas marchas y arengas ya nadie se acuerda de la extraña muerte de José Miranda Virgen; la desaparición de Jesús Sandalio Mejía o el homicidio de Raúl Gibb. ¿Será que ellas no afectan la libertad de expresión?
Es una lástima José Homero que la situación económica –imagino que las razones personales que adujiste al comunicar tu decisión de cerrar el diario son muchísimo más amables– te orille a desistir de seguir conduciendo esta nave a la que gentilmente me convidaste a subir, no sé si hace diez, o nueve u ocho años.
Agradezco enormemente aquel encuentro en la calle, porque eso sí lo recuerdo, cerca del mercado de San José, donde me invitaste a colaborar para el periódico, lo cual me dejó sorprendido y con un terror espantoso al no saber en principio qué hacer, qué escribir, y luego no tener la confianza de si mi trabajo tendría la calidad suficiente. Pasé la prueba y de ahí en más mis trabajos fueron bien recibidos en las páginas de Performance.
La invitación me llegó justo en un momento en que me decantaba en una profunda crisis del oficio escritural, pues no tenía alicientes ni espacio que me aseguraran la lectura de mi trabajo y lo encontré en Performance.

Performance se va en una coyuntura en la que su presencia en la vida social y cultural del estado es muy necesaria ante la carencia de espacios reales para el ejercicio de la crítica, la crítica inteligente, con argumentos, no aquella que apuesta a la diatriba y al insulto por el simple hecho de sentirse iconoclasta. Un abrazo para ti, Homero, y para todo tu equipo, como siempre con el agradecimiento por su paciencia y por su tozudez para mantenerse hasta lo posible.





Por Luis Enrique Rodríguez Villalvazo

Abandonados por el Espíritu



El glamour maldito con que se enmarca la última novela de Michel Houellebecq pudiera estar empañando el fondo de Sumisión. Recordemos que Sumisión paradójicamente es víctima coyuntural del ataque terrorista a la revista satírica Charlie Hebdo. Se envolvió su aparición en el contexto de escándalo de intolerancia religiosa, que incluía la persecución a Houllebecq, hecho que más acentuó el morbo de su lectura -lo que insistimos contribuyó al eclipse del discurso de la obra con mucho más aristas que un panfleto político.
Houellebecq se defendió alegando imparcialidad en su fábula, y remarcó eso precisamente: el carácter ficcional y por tanto lo inocua e irrelevante que puede ser la acusación en contra de una novela por agitar al público de forma unánime y automática. Lo anterior, con todo respeto, es estúpido plantearlo… y no lo dijo Houellebecq.  
Resaltemos algunos aspectos que nos parecen más distintivos de Sumisión, como por ejemplo, la banalización espiritual.
En Sumisión se percibe una clave para deleitarse con la estepa existencial de Houellebecq: la disolución individual se da en el momento cismático de la política. Mientras el ascenso político de una corriente en apariencia aglutinante en Francia, en el experimento interreligioso más importante para domesticar el choque de las civilizaciones, Houellebecq pinta un lienzo cruel, una pieza plástica post El Bosco donde ya no hay quien crea esa atemorizante representación en donde Cristo separa a la cohorte de los elegidos de la legión de los condenados. No, no hay advenimiento como lo imaginamos, pero sí una dolorosa selección espiritual de las especies.
Francois, nuestro pecador en Sumisión, se sume en una fantástica inacción. Arrobado, ni siquiera con el síndrome Stendhal en un Rocamadour visiblemente sitio de ensueño, comienza a empequeñecer en la capilla de Notre-Dame frente a la famosa Virgen Negra que tiene una silueta y atmósfera poco habitual para el lenguaje estético cristiano. 
La descripción de Houellebecq es lapidaria: no hay una retórica sentimental en los rostros de la virgen ni en el niño. El niño ya era rey del mundo, dice Houellebecq, la sensación de poder y de fuerza intangible era aterradora.
Francois es resultado de la medianía o grisura del hombre moderno que Houellebecq ha retratado desde Ampliación del campo de batalla, Las partículas elementales y Plataforma. Ese fracaso de la mediana edad en donde el acantilado es tal, que su altura y viento frío calan de una manera que anulan la posibilidad de observar de dónde viene la ominosa soledad.
Cuando ocurre el punto de inflexión de Sumisión, los riesgos de una Eurabia y de una simulación moderada de la tolerancia interreligiosa ganando la presidencia de Francia, son apenas el magma superior de lo que ocurre por debajo a todos los individuos.
Lo que le pasa es nada con relación a la reyerta política. Francois: soltero, para empezar, sin familia ni proyecto similar; luego, soltero un poco cultivado; y después, soltero un poco triste, tampoco demasiado, sin grandes distracciones y con una sexualidad que se le acaba de escapar al territorializarse en Tel Aviv: sólo una foto alcanza para satisfacer el hormigueo de la mano masturbadora.
El futuro político para Houellebecq es una charada en el más amplio sentido del término.
En el pueblo de Rocamadour se dice que la cristiandad medieval pudo haber sido cuna de una gran civilización. Ahí desfilaron reyes de todo tipo que se arrodillaron frente a la Virgen Negra. Y la reflexión apunta a dicho lugar de este misántropo que es Houellebecq: la Revolución francesa ni la República duraron tanto tiempo como la cristiandad medieval y su símbolo pétreo: Rocamadour. Lo que se debate al interior es un simbolismo trascendental: se trata de que el corazón de la devoción no es Jesucristo, ni el padre, sino la mujer, la madre: la Virgen María.
Este vuelco político a su vez genera un vuelco en la vida de los académicos de La Sorbona. Pero a Francois poco le importa la perniciosa consecuencia de un gobierno islámico, que seguro modificaría las prácticas universitarias -de hecho a las primeras de cambio padecerá una jubilación forzosa.
Francois comparte, o cree compartir, la misma situación de Huysmans, motivo central de su tesis de doctorado. Las dudas de la conversión religiosa y el deseo desesperado de incorporarse a un rito, sin embargo no tiene paralelo entre ambos. No disminuyo con esto el dolor de los dos: pero mientras en Huysmans esa duda lo hace sufrir como un romántico, lo de Francois acontece en la burbuja de Houellebecq al ritmo misántropo de El mapa y el territorio. Sentado frente a unos muslos de pato -lo que enaltece la identidad turística de Rocamadour-, Francois tiene un ataque de hipoglucemia mística.
Regresa entonces para una despedida de Rocamadour y envolverse en la comedia de enredos que ha sido el triunfo islámico: observa Francois a la Virgen Negra que lo esperaba en la oscuridad con la grandeza ya descrita, pero aun así, esa conversión quedó distante mientras el personaje se hunde en la banca, limitado dice Houellebecq, y se va de la capilla con su cuerpo deteriorado, perecedero.
Así, abandonado por el Espíritu, como uno de los tantos personajes que el tedio mata en el cosmos de Houellebecq, Francois se disuelve en el permanente relevo de turistas todos un poco diferentes y todos un poco similares. Lo espera en París la conversión por conveniencia: después de una jubilación le condicionan regresar a la Universidad Islámica de La Sorbona con la posibilidad de más salario y tres mujeres validadas en matrimonio. Esto es lo que resta en el fondo empañado de la novela: grandiosa Sumisión con una nueva vida en donde no se extrañará nada.
Sumisión de Michel Houellebecq, Anagrama, Barcelona, 2015, 288 pp.






Por Raciel D. Martínez

Despedida no les doy


Estimado boss:
¡No se vale! Justo cuando he hecho mi promesa de ya no fallar con Performance y cumplir puntualmente con mis colaboraciones, me avisan de la redacción que dejará de circular este honorable periódico de las “interpretaciones sobre las interpretaciones”. ¿O sea que sumamos también a la lista de desaparecidos a nuestra publicación? Caso triste en verdad.
Aún no digiero bien la noticia mientras tomo lentamente un whisky. Para satisfacer mi ego aventuro a decirme a mí mismo que Performance se fue a la quiebra porque dejé de publicar mis artículos. Como este argumento ni yo me lo creo, llego a la razón fundamental: la falta de dinero.
En verdad que ha sido toda una proeza mantener un informativo escrito a lo largo de 10 años. Desde la primera etapa bajo el nombre Graffiti, el proyecto que usted encabeza ha resultado la mejor propuesta de periodismo cultural en Xalapa. El simple hecho de catalogar  a la capital del estado de Veracruz como “la Atenas Veracruzana” impone un seguimiento crítico y puntual de las actividades artísticas y culturales producidas o representadas en estos lares.
Da pena decirlo, pero no hay periodismo cultural en Xalapa si entendemos al género como el mejor medio para ejercer la crónica, el reportaje, la entrevista, la reseña y el artículo de opinión. Por desgracia la escuela de periodismo veracruzano está cimentada en el boletín, como bien lo ha documentado Juan Carlos García Rodríguez en la pasada edición. A pesar de que hemos tratado de cambiar vía la democracia, en el fondo la estructura del poder continúa siendo obtusa y autoritaria, acumuladora de riquezas económicas para sí misma, depredadora del entorno y corruptora de lo humano.
Si en la información política de Veracruz el método de la sobrevivencia en el periodismo es la alabanza y el “portarse bien”, en el área del arte y la cultura definitivamente es más complicado ante el desdén por el tema y al temor de tener un enfoque crítico. No se niega que hay espacios que dan cuenta de la amplia actividad cultural que se desarrolla en Xalapa, pero sólo de eso se trata, de informar lo que se ofrece pero carente de un análisis y de un enfoque crítico, labor que cubría, sin duda, Performance.
Es cierto que todo tiene sus ciclos, pero el proyecto de la Editorial Graffitti debería tener larga vida. Es fácil decirlo y desearlo. Mantenerlo, como lo sabemos, es lo complicado. Por desgracia, Performance desaparece justo cuando vivimos en el tobogán de la decadencia. La impunidad y la corrupción que van de la mano como forma de vida han sentado sus reales y creado una gran metástasis que enferma y hunde a la sociedad en la ignorancia, la pobreza y la violencia. Podría ser una imagen en exceso negativa, pero no recuerdo, en lo que llevo de vida, una época marcada por una decadencia rampante y permanente.
Si nos asomamos a los medios de comunicación locales (área que debería de cubrir de acuerdo con sus órdenes de trabajo que me envió, estimado boss), el panorama es triste. La tenebrosa cifra de 14 periodistas asesinados en los años recientes sin que exista un solo consignado por esos hechos lamentables, nos muestra claramente que la muerte tiene permiso y goza de cabal impunidad.
Hay espacios que se mantienen al filo de la navaja como Círculo rojo del periodismo en Veracruz, que mantienen Claudia Guerreo, Virginia Durán y Armando Ortiz; o el valiente y útil trabajo que realiza Radio Teocelo. Los esfuerzos por hacer un trabajo diferente en beneficio de la libertad de expresión en verdad son hechos aislados.
En Radio Televisión de Veracruz, salvo honrosas excepciones, arriaron las banderas de la producción propia con un sentido de amplitud de la cultura para darle paso al anodino comercialismo fomentado por la escuela Televisa.
De los medios de comunicación de la Universidad Veracruzana, de Radio UV seguimos en la espera de escuchar un proyecto vigoroso a través de su cambio a FM, y TVUV vive entre el universo inmenso de la internet.
El panorama que prevalece entre la educación informal de la población está permeado por el estilo Televisa y, por desgracia, por la narcocultura que se extiende y pervive como hidra sin control.
Hace diez años, cuando surgió Performance, aún podíamos avizorar esperanzas con la alternancia del poder. Por desgracia nada cambió para bien de la sociedad y sí se pervirtió para nuestro mal.
Hoy, en medio del fomento a la ignorancia y la falta de respeto a la vida, cavamos nuestra propia tumba con la singular inocencia creyendo que estamos haciendo nuestro propio túnel de escape. Lo único que hacemos es oscurecer más nuestro pensamiento hundiéndonos en la ignominia.
Cierto, ando muy negativo, pero ¿puedo ser positivo ante la desaparición de Performance? Lo dudo.
Voy por otro whisky para brindar por usted y su estoico equipo que mantuvieron a lo largo de una década un proyecto que nos permitió la libertad de vivir y opinar el arte y la cultura desde otros enfoques.
Estoy seguro que pronto coincidiremos en otros espacios y lugares, por eso despedida no les doy.
Un abrazo.

Conde de Saint Germain, duque de los Jardines de Xalapa y actor improvisado de Performance.





Por Conde de Saint Germain


Relatos del tiempo: Rodríguez, objetos y desiderátum




En su célebre libro ¿Cómo nacen los objetos?, luego de hablarnos de la manera adecuada para preparar arroz verde, Bruno Munari refiere la metodología proyectual a la que habrá de enfrentarse un diseñador para resolver un problema que es, a la vez, funcional y estético, y que terminará en una solución material, en un objeto diseñado. Tras esa pregunta, que es retórica –¿cómo nacen los objetos?–, Roberto Rodríguez parece haberse hecho otras: ¿cómo ciertos objetos pasan a ser otra cosa al perder su significación o sentido después de olvidarse su origen o función específica y transformarse por ende en artículos raros, peculiares, coleccionables y decorativos y eventualmente en materia de estudio y de reflexiones de diversa índole, entre otras cultural, social y económica? ¿Cómo es que tales objetos se vuelven depósitos de atributos diversos a partir de las modas, los hábitos y sin duda gracias a una común vocación por explicar, definir, etiquetar las cosas?  ¿Cómo se pasa de lo utilitario, del uso simple, a la suerte de culto que llegan a merecer objetos que fueron cotidianos al menos en un determinado momento y lugar?
A partir de preguntas e ideas semejantes, Rodríguez se impone el reto, que es también juego, de crear contenedores absurdos, ilógicos en virtud de sus incapacidades prácticas, para especular en torno al orden epistemológico que remite a los principios, fundamentos, conceptos y métodos por los cuales nos hacemos de conocimientos y criterios acerca de “la realidad de las cosas”, la cual se justifica desde esa objetividad que se suele explicar como una cualidad independiente de la manera de percibir, pensar o sentir de un sujeto que paradójicamente tendrá, para el efecto, que sustraerse a la subjetividad.
Como los de Roberto Rodríguez son objetos que evocan o insinúan otros, aunque intencionalmente divergentes de la lógica y utilidad de ellos, la obra en su conjunto indirectamente construye juicios alrededor de una teoría del conocimiento por partida doble: casi como un pleonasmo adrede, cuestiona  la noción del “ser de las cosas” y de paso la objetividad del objeto, por cierto entre hechuras otra vez notables. Son alrededor de 80 piezas de entre 15 y 60 centímetros de altura, en cerámica de alta temperatura, dispuestas en estantes de madera a modo de una instalación que se intitula Relatos del tiempo y que se exhibe en el Jardín de las Esculturas desde el 12 de agosto. En tanto contenedores inservibles, aquéllas nos recuerdan de nuevo a Munari, esta vez por sus macchine inutili o máquinas inútiles de 1933, que un día fueron consideradas antecedentes de los móviles de Calder, las primeras en cartones e hilos y éstos con metales y cables.
Hay otros paralelos, como con las máquinas de Rube Goldberg, dispositivos absurdos que generalizadamente pasaron a ser cualquier cosa para “llevar a cabo algo, de una manera redundante extremadamente compleja, que real o aparentemente podría ser hecho de una manera simple”, según decía el Webster´s. Están también las máquinas de Pol Bury o de Jean Tinguely y muchos otros casos que remiten a aparatos o cosas que no sirven. Sin embargo, los contenedores  de Rodríguez no sólo son inservibles, absurdos e ilógicos sino que son híbridos en que intervienen elementos que provienen de la memoria y de la imaginación, no sin cierta dosis de nostalgia y sobre todo de esa idea que subyace acerca del qué es y para qué sirve, lo que de acuerdo con el autor llega a diluirse con el tiempo y, por supuesto, mucho en virtud del desarrollo tecnológico que inflexiblemente desplaza formas y modos de hacer que fueron típicos. 

De otra parte, se trata de objetos seductores, atrayentes y en buena medida simpáticos, poseedores de esa gracia invariable que suele tener la obra de este artista cuya tarea habitual es acentuar lo íntimo.




Por Omar Gasca

Un nuevo Papi: Bartleby



Bartleby despertó un día acurrucado al fondo de la zona de los privados del BC. No había rastro de violencia ni líquidos que insinuaran una meada, restos de vómito o el derrame de una bebida. Parecía más alguien profundamente dormido que un borracho con la euforia por los suelos. Bartleby estaba en posición semifetal haciéndose una almohada con las dos palmas de sus manos juntas.
El BC lo cierran todo alrededor de las siete y media de la mañana, cuando todas las chicas cobraron su parte y el personal recoge las mesas. Ya por ahí de las cinco de la tarde, llega la primera tanda de empleados que se encarga de limpiar el antro y llevar los insumos del bar. Fueron precisamente ellos quienes encontraron a Bartleby más o menos como a las seis y media de la tarde, cuando un empleado se asomó a los privados y en el último ‒en la tercera fila‒, estaba Bartleby entregado a sus sueños.
Los cadeneros de la entrada juran que no lo vieron entrar. Los meseros tampoco lo vieron consumir. Y el cancerbero de los privados menos lo vio. Se le preguntó a las 14 bailarinas que habían llegado ese martes escuálido de clientes ‒sí, había sido la noche anterior de las peores en el último mes de julio‒, y ninguna de ellas lo reconoció ni como copa ni como privado.
El asunto es que nadie se percató de la presencia de Bartleby. Vestía una camisola amarillenta de franela, tornasolada, que de lado se veía un poco roja. Era blanco y su cabello era completamente gris, peinado de raya a lado. Tenía una nariz prominente y el tabique se apreciaba desviado como producto de una riña. Su mirada era triste y sólo alcanzó a decirles a todos que él se llamaba Bartleby y que era escribiente.
A esa hora todavía no había llegado el gerente del BC. Sin embargo el que se consideraba el capitán de meseros, le dijo que tendría que irse del local, porque no se permitía entrar así como así y mucho menos permanecer sin el consumo mínimo, que en realidad no existía porque el único requisito era pagar un cover de setenta pesos. Después nadie te obligaba a pedir una copa o una dama. Como todo lo que ocurre en una ciudad de burócratas y universitarios, los bares de este giro se ven repletos de gente que consume lo mínimo y se la lleva mirando su rededor.
Entonces respondió Bartleby:
—Prefiero quedarme.
La respuesta por supuesto causó asombro entre los empleados, quienes sintieron cierta conmiseración por este hombre maduro que parecía inofensivo. Advirtieron una seguridad tal en sus palabras, que de inmediato los convenció y no tuvieron argumentos posibles para replicarlo.
A ninguno se le ocurrió alguna alternativa posible para justificar su estancia en el bar. Fue el gerente quien llegó a las ocho de la noche a quien se le ocurrió una propuesta.
—Amigo Bartleby, ya me pusieron al tanto de su caso. Los muchachos dicen que usted parece una gente decente. Por eso le propongo: ¿qué le parece si trabaja temporalmente como asistente del encargado de los privados? En realidad no es mucho trabajo, se trata, por ejemplo, de anotar los privados extra que piden los clientes cuando ya están picados en los reservados. A veces las bailarinas, y otras veces menos los clientes, piden a gritos que les extiendan el tiempo. Usted tendría que anotar en una libreta el número extra de acuerdo a una relación de bailarinas en orden de lista alfabética.
Bartleby ni se inmutó, solamente asintió con la cabeza.
—¿No tiene ninguna pregunta acerca de su nuevo trabajo?
—En realidad no, gracias. Bueno, una sí: ¿quién me dará la libreta y el lápiz para anotar la relación de privados conforme a la lista de bailarinas?
El gerente le devolvió una media sonrisa al estilo de Mona Lisa y le dijo:
—No se preocupe, ahora mando a alguno de los muchachos para que le compre su libreta y su lapicero en el OXXO que está aquí a una cuadra. Antes de las once, que es la hora que se empieza a poner bueno, tendrá sus cosas.
Ya con sus emolumentos, Bartleby pasó la noche del miércoles anotando con absoluta certeza los privados extras que pedían Camila, Mónica e Itzel, que fueron las que más entraron a los reservados. Es más, luego de una buena ronda de bailes, a Bartleby ya le decían Papi.
—Papi, Papi, ponme dos más a la cuenta.
Y era cuando Bartleby lucía su impecable ortografía y disciplina para llevar las cosas por buen camino. El encargado de los privados quedó satisfecho de su asistente. Hasta se dio el lujo de hacer relaciones públicas con los clientes para promocionar mesa por mesa las particularidades de cada bailarina, mientras Bartleby registraba el número de privados.
Llegó la hora del cierre y las ahora 16 bailarinas cobraron sus copas y privados. Bartleby de manera sigilosa se fue hacia el fondo de los privados y todos entendieron que ahí se quedaría tal y como lo habían encontrado a media tarde del martes.
Bartleby hizo lo mismo el jueves, que se puso bueno porque llegaron los clientes con más dinero, que pedían chicas en sus reservados y compraban botellas de whisky. A Bartleby no le hizo ninguna mella en su actitud el hecho de saber que atendía a clientes delicados en cuanto a sus exigencias por el aire de grandeza que les generaba su crédito malhabido.
Eso fue lo de menos, y Bartleby se limitó a su deber y las chicas seguían encantadas con el nuevo Papi. El viernes fue igual, quizás un poco más intenso porque llegaron otro tipo de clientes. Esta vez llegaron un presidente municipal de Pepsihuatlán de Madero, que gastó en copas para invitar a las cuatro bailarinas que lucía alrededor suyo (Claudia, Azul, Brenda y Monse), y un representante del Partido Gris en el Instituto Electoral que estaba enamorado de Paulina y que también derrochaba invitaciones de copa con tres mujeres a la vez.
Bartleby cumplía y se dormía, igual, en el fondo de los privados. Lo curioso es que se veía bien, como sí hubiera descansado y sí hubiera comido, no obstante nadie lo vio que se alimentara de las chatarras que vendían al interior del BC ni de las comidillas que llevaban en tóper las propias bailarinas.
El sábado en el BC suele ser alucinante. Bartleby se enteró que las chicas tenían que completar un mínimo de fichas que les entregaban por cada privado y copa. Resulta que el límite era de 85 copas, y había bailarinas que no completaban dicha cuenta y en consecuencia no les pagaban el sueldo semanal. Por ello las bailarinas andaban tensas por completar la cuenta, imagínense, por citar un caso, a la propia Mónica que le faltaban cinco copas a las tres de la mañana.
Bartleby ni por esa situación perdía la compostura y seguía en su rol de escribiente. Por fortuna la noche que finalizaba la semana formal del BC estuvo muy movida y cada bailarina completó con creces la famosa cuenta. Inclusive, Camila, como siempre, había roto el récord de privados, por eso la bailarina de Sinaloa le dio una propina.
-Gracias Papi, ten tu propina.
Y le extendió un billete de quinientos pesos y por primera vez Bartleby se salió del guión y le devolvió un buen gesto.
—Gracias Camila, eres muy amable.
Se guardó el billete en una de las bolsas traseras de su pantalón, tomó su libreta y lapicero del OXXO y se fue, como acostumbraba, al fondo de los privados a descansar de su puntual trabajo. El BC cerraría domingo y lunes, es decir las próximas 48 horas no sabríamos nada de Bartleby. Pero eso como que a nadie le importaba, como que en el ambiente había la plena seguridad que el martes Bartleby estaría allí para seguir el conteo de los privados de Camila, Azul, Mónica, Itzel, Monse y compañía. Lo que sí es que tampoco se enterarían de que Bartleby en 1856 fue escribiente en Wall Street y poco antes empleado subalterno de la Oficina de Cartas Perdidas en Washington. Ahora era un nuevo Papi en el BC.

“¡Ay, Bartleby! ¡Ay, humanidad!”, como decía Melville.






Por Juan Palo II