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Radio Más o menos


Luis Barria se quedó hablando solo por culpa de Radio Más
El Conde no esconde su sentir por lo que está sucediendo en Radio Más de Veracruz, que siguiendo una línea comercial, ahora se presenta una programación donde la cultura es dejada de lado. Y bien dice “debería de existir un consejo de ciudadanos que velara por los objetivos culturales y sociales de la emisora”.
Estimado boss, navegante de Oceanía:
Como bien dijera mi legendaria abuela: “las desgracias nunca vienen solas”. No basta con la partida de Juan Gelman y José Emilio Pacheco. Ahora tenemos que sobrellevar el ánimo con la desaparición de Federico Campbell, escritor y periodista culto, tijuanense sobresaliente y persona agradable, sencilla, muy lejos de la búsqueda de reconocimientos para sentir que es alguien importante.
Aún en el ánimo también se siente el pesar por el asesinato del décimo periodista en la administración veracruzana actual. Muy en contra de aquella declaración facilona del diputado José Ramón Gutiérrez de Velasco, presidente de la Comisión de Seguridad Pública de la actual Legislatura local, quien le dijo a los empresarios: “Si tienen miedo que se queden en su casa”. Como sabemos en el caso de Goyo Jiménez, de su casa se lo llevaron para quitarle la vida. La versión oficial asienta que fue por motivos personales. La más cercana a la realidad apunta a su información vertida en nota roja respecto a casas de seguridad donde retenían a centroamericanos. En el fondo del asunto está la descomposición social y moral que reina todos los días.
Ante estas noticias, no sé si le pase, pero a mí se me apachurra el espíritu. La única forma de encontrar cierta calma es tomar un whisky. Así lo hice y me puse a buscar a mis amigos Rafael Antúnez o Luis Barria en el cuadrante radiofónico. Como recordará, hace unos días escribí sobre Horas extra, el excelente programa de Radio Más que combinaba buena música y literatura, ideales compañeras de la madrugada.
Sintonicé 107.7 de FM y solo oía música grupera o tropical de medio pelo. Pensé que me había equivocado y que estaba en “El Patrón”, ese estilo prepotente exponente de mucha seudomúsica o en “La Máquina Tropical” que, para no perder rating, acabó emulando al patrón establecido que se empeña en demostrar que todo es susceptible de empeorar.
No fue error mío. Sí estaba oyendo Radio Más. Un programa nuevo suplía a Horas extra. De acuerdo con las identificaciones y los propios conductores, Griselda Hernández Portilla y Omar Mota Sangabriel, se trata de El caminero, dedicado a los choferes que en las madrugadas recorren las carreteras del estado. Una especie de Sensacional de traileros radiofónico.
La idea no es nueva. Desde 1999 la XEW transmite Los amos del camino donde conecta a todos los que van en el volante. Muchas veces, además de compañía, es muy útil en caso de accidentes o problemas graves en las carreteras. La radio de banda civil ha sido el mejor medio para conectar a los choferes desde Tijuana hasta Tapachula.
El Caminero es simplón con la tónica de “todos-somos-felices-y-aquí-no-pasa-nada”. Al terminar, sigue la programación-frankestein, es decir, un pedazo del estilo de “El Patrón”, otro de “La Máquina Tropical”, uno más de “Los 40 Principales”, algo de “Digital 96” y así hasta llegar a la 6:00 de la mañana para que inicie El Madruguete con Víctor Mortera, más felicidad que transita por la caminos de la superficialidad.
Una radio comercial, como sabemos, es negocio. Vive de la venta de espacios, de los spots y de la payola, ese modo de vida impuesto por las disqueras para vender cantantes o grupos como viles mercancías de éxito fácil. Una radio estatal, como Radio Más, cumple o debería, tener objetivos diferentes más avocados al servicio social y al impulso de las culturas y expresiones regionales.
Dirán los de Radio Más que aún hay programas de ese corte como Vera a través del mundo, El Cenzontle, Puro Veracruz, Estudio G o Vivir la ópera. Claro, ahí sobreviven ante una tendencia de programación que busca más los estilos comerciales de moda que una alternativa de música y mensajes que forjaron desde el inicio y que le valieron premios nacionales por sus buenas producciones.
Radio Más se mantiene con nuestros impuestos, en términos ideales, debería de existir un consejo de ciudadanos que velara por los objetivos culturales y sociales de la emisora. Sería ideal que así trabajara una radio pública que avalara la diversidad de expresiones musicales y de pensamiento y no acabara uniformada como lo que ahora es, una radio más, la voz de los veracruzanos educados por Televisa.
Conde de Saint Germain, duque de los Jardines de Xalapa y barón radioescucha nocturno.





Por Conde de Saint Germain

El despegue del artifact


Jared Leto de 30 Seconds to Mars
Raúl Criollo nos narra lo sucedido en la reciente visita de Thirty Seconds to Mars al Palacio de los Deportes de la Ciudad de México, y en la cual el polifacético (nominado al Oscar este año) Jared Leto, demostró  que “arriesgó una carrera de histrión exitoso para hacer su banda de rock".
Jared Leto arriesgó una carrera de histrión exitoso para hacer su banda de rock. El pináculo de la aspiración adolescente con las chicas circundando el escenario como permanente amenaza de la idolatría sin reparos. Contra las advertencias y consejos de amigos, expertos, críticos y seguidores cinéfilos, Jared dejó el set para meterse al garaje de los ensayos donde la gran música podría surgir.
Con su hermano Shannon y un puñado reemplazable de miembros hasta el establecimiento del bosnio Tomo Miličević, el actor del dolor torturante de Réquiem (Darren Aronofsky, 2000), o los planes mal hechos de La habitación del pánico (David Fincher, 2002), parió líricas de otros dolores y otros tiempos de su ignota mecánica mental, para crear la intensa de un posible culto de explosión mediática, con esa solidaridad fraterna que se pule en los pequeños bares, entre cerveza que hierve para ver el amanecer y sentir que la vida vale la pena, con el puño en alto por las guerras de todas las tierras y los sueños de todos los mundos.
En la tesis de un profesor harvardiano con espíritu de cúmulos cuánticos leen la frase: “Thirty Seconds to Mars…”. La idea aspiracional o apocalíptica de que la tecnología es un gusano que va demasiado rápido y entonces parece que en cualquier momento podremos estar logrando lo que sea y en el escenario que se preste, como el mismísimo, mágico, temible, centro de invasores, monstruos y bellas en bikini llamado Marte.
Arranque de sentido mesiánico, estar por delante de todos y cerca de la tierra de la aventura, la banda se bautiza con atmósfera de misión espacial: Thirty Seconds to Mars. Y, como el vértigo señalado del científico de avanzada, ellos se sienten ingresando a la dimensión de los ungidos del stage. Pronto las clasificaciones internacionales y los referentes mercados técnicos les dan la razón. No estaba Jared ingresando a la lista de los actores que quieren firmar discos y padecen la mirada réproba y las sonrisas perdonavidas del medio. Lo consiguen.
De poner los instrumentos en madera de balsa a tocar en teatros medianos y pisar Europa, existió una transición más breve de lo común. Siempre tuvieron la oportunidad de darse varios lujos, como que su primer productor fuera Bob Ezrin, conocido por hacer discos para gente como Pink Floyd, Lou Reed, Kiss... Después de un éxito mediano con el álbum debut (de 1999, titulado como el nombre de la banda), lanzaron A Beautiful Lie con dos rolas notables: “The kill” y “From yesterday. Ya el establecimiento de su sonido base y la calidad de sus videos, algunos muy largos y formalmente con el acabado de la gran producción fílmica (dirigidos por Jared con el rimbombante seudónimo de Bartholomew Cubbins, inspirado en un personaje de Stanley Kubrick, al que homenajean en el video “resplandoriano” de “The Kill ), los ponen con la gran posibilidad de ser una banda de permanencia y no un aullido efímero como hay tantos.
Es en ese momento que el infortunio del comercio voraz los golpea para darles excusa del contragolpe maestro: Virgin Records, su discográfica, quiso hacerles la jugada gandalla –lo de siempre en la mayoría de los casos– para empacarlos como carne fría porque debían tres discos, pero los músicos argumentan que el contrato original se suponía expirado en ese tiempo, etcétera. “O todo o nada”, y los marcianos de California hacen el gran pleito de la música en los últimos años (aunque después se arreglaron con EMI, el papá de Virgin). Cruzando el umbral gélido y belicoso de los abogados, ellos documentan llamadas, juntas, conciertos, papelería, emociones y gritos libertarios del ente creativo (se dice que algo cercano a las 3 500 horas de pietaje pujante y rabioso), para decir lo que les pasa. El resultado es el documental denominado Artifact, motivo de presencia en festivales fílmicos y exhibición mundial. Se quedan con sus derechos.
Surge en el proceso su pieza más elaborada, exitosa y trascendente, This is War (2008). Caja desgarrada, por momentos desalineada, pero absolutamente genuina, con algunas rolas que podrán quedar por encima de las listas momentáneas y las fábulas críticas benefactoras. Sin material prescindible y con varias indiscutibles como “Closer to the edge” (joya normalmente elegida para cerrar los toquines en vivo), “Hurricane”, “Kings and Queens”, “Search and Destroy”, “Night of the Hunter”, “Alibi”,  y la propia “This is War”. Ahí está la energía, el grito, el desplante, la arrogancia, la técnica, el genio productor (Steve Lillywitte nadamás, figura esencial para desarrollar algunos de los álbumes memorables de U2, The Rolling Stones, Peter Gabriel, Counting Crows, The Killers…). Tocaron 300 fechas de la gira para establecer un récord planetario.
Pisan México en entregas de premios, pasan por los espacios de conciertos acotados y la muchedumbre triturándose contra los tubos de contención, hasta que en enero de 2014 pudieron pararse en el Palacio de los Deportes (se sabía que era demasiado, pero la terquedad es grande y no los llevan al Metropolitan o el Auditorio Nacional), donde 13 mil patentan que los Mars ya lo lograron.
La gira llega con el nuevo disco Love, Lust, Faith and dreams, el paso de consolidación, el sueño que los refleja, no precisamente la “gran ruptura” con el pasado en términos de música, pero sin duda diferente y con un mejor acabado formal (aunque de nuevo con un booklete deficiente, quizá porque todo está en la red), y su esperado póker de canciones con ánimo al límite de las fuerzas, ideales para hacer una declaración de principios o cerrar el telón para decir adiós.
La velada da para un set acústico de Jared y su lira o momentos a capella. Lo mismo pasan por “The Kill”, “From Yesterday”, “Hurricane” y hasta el “Cielito Lindo”, que exponen lo mejor del último disco como “City of Angels”, “Conquistador”, y “Do or die”, para concluir con “Up in the Air”. Una fan se vuelve loca y quiere bajar al vocalista a abrazarse con la turba. Como hizo en Monterrey y Guadalajara, el vocalista pide nombre “mexicano” y le ponen Chucho, lo que dura sólo unos segundos antes de que le pongan Lupe. El chiste dura para solicitudes en el encore, y seguro para los próximos afiches locales con su imagen. Hay tiempo para hacer cover al tema de Rihana “Stay”, sin olvidar la extraordinaria “Bright Lights”, lo mejor para continuar el desquiciamiento festivo que dejó “Closer to the Edge”.
Jared es demasiado galán para que las quinceañeras se preocupen por su ejecución vocal (que es eficiente, si bien debe refugiarse en el coro de sus huestes para tomar aliento después de correr entre plataformas), y la euforia es tal que pierden de vista que parte de la música la suelta Tomo en secuencias de sintetizador para enfocarse en solos de piano o guitarra (estupendo el bosnio, por mucho el músico más completo en escena), o que Shanon es menos explosivo en vivo porque es un obsesionado de la métrica y nunca aporrea un tambor fuera de tiempo. Los adolescentes salen extasiados del culto. Quizá su propia voz sea parte de los coros acoplados en grabaciones interactivas, una de las innovaciones de Mars en la visión globalizada de su paso por la Tierra.
El concierto es muy bueno, aunque adolece de un gran final. No hay un gran saludo para decir adiós, de hecho Jared se va, Tomo le sigue, y Shannon se pone a repartir baquetas sin mayor emoción. Chafea que no usen pantallas (¡la misión a Marte sin imágenes!). Tampoco se presentan los integrantes, aunque me parece bien que no pasen por desplantes gastados como hacer solos instrumentales, cosa que a ellos ni les va. En ese sentido, quizá el pasaje de mayor emoción se da apenas con la cuarta canción del selecto set list: “This is War”. Tema acompañado de pelotas inflables gigantes y confeti volador de buena explosión papirotécnica.

Los tres se vieron en forma y con ganas. Les sorprende que la multitud se sepa rolas completas, se preocupan por el aplastamiento de los de a pie, su líder agradece por los carteles que ya lo dan como ganador del Óscar después de que volviera al set con la cinta Dallas Buyers Club (Jean Marc Vallée, 2013), por la que ya obtuvo el Globo de Oro. La pirámide y su horizontal intermedia (uno de sus múltiples símbolos) cesa su emanación multicolor. Se queda la gran promesa: el concierto de año nuevo puede ser en México. “All we need is faith…”. Salen los ungidos para las guerras que siguen más allá del domo, en las espirales poco espirituales del asfalto.



Por Raúl Criollo




Diplomado en pintura



Del 13 de febrero y hasta el 4 de marzo se presenta en la Galería de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana una muestra colectiva resultado de los trabajos de los alumnos del Diplomado en Pintura. Omar Gasca celebra los aciertos y hechura sobresaliente de las obras originadas en el transcurso de 120 horas de clases impartidas por maestros de los Talleres Libres de la misma institución.
A veces hace más falta entrega que tiempo si de lo que se trata es de formar oficio.  Más claro todavía si a la dedicación se le suman maestros capaces, un método eficaz y esa suerte de buen arreglo que proviene de hacer por gusto a cambio de hacer a fuerzas. La diferencia entre elegir y subordinarse o responder a lo impuesto tiene diversas expresiones, especialmente cuando la idea es asociar quehacer y libertad, es decir, la extensiva posibilidad de producir artistas o, por lo menos, buenos pintores y buenos dibujantes.
Paul Valéry dice (¿en “Eupalinos o El Arquitecto”?) que “la mayor libertad nace del mayor rigor”, afirmación de esa clase típica que permite y hasta promueve distintas confusiones por más que sin duda se refiera a lo que ejemplificaríamos de una manera muy simple: quien sabe dibujar puede hacerlo como sea –con fidelidad, deformando, distorsionando, sintetizando…– mientras el que no sabe resuelve a como se pueda. Es el problema de las potencias y los límites, éstos traducidos una y otra vez a resultados escasos, irrisorios, pobres, faltos de conceptos y de oficio, muy light y muy como dice Luis Britto García muy a propósito: “la regla de lo light es la sistemática omisión de lo pertinente: cigarro sin nicotina, café sin cafeína, azúcar sin azúcar, música sin música, o sea ambiente musical. Todo lo sistemáticamente privado de sí mismo es light”. Dibujo sin dibujo. Pintura sin pintura. Arte sin arte.  Todo lo sistemáticamente privado de sí mismo…
Por eso hay que celebrar la exposición que desde el jueves 13 de febrero y hasta el 4 de marzo se presenta en la Galería de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana, que muestra los trabajos de los alumnos del Diplomado en Pintura impartido en 120 horas por los Talleres Libres de la misma institución. Los trabajos, de Marcela Ochoa, Tania Ochoa, Ángel Flores, Jorge Eduardo Loeza, María Guadalupe Banuet, Salomón Lara, Madeleine García, Sofía Pensado, Léster Eduardo Herrera, Josué Ake, Brenda León, Cenyace Ballesteros, Mercedes Herrera y Esteban Galindo.  Son ejercicios de figuración, algunos a lápiz, otros al carbón o al óleo, rigurosos, formativos, acabados unos, sin terminar los demás, todos ellos como parte de un proceso de aprendizaje que va desde la copia o la imitación hasta la realización de un bodegón o un retrato bajo condiciones algo más libres. Una libertad mayor vendrá después, es decir, la propia del homo ludens, del hombre que juega, y que juega porque conoce las reglas, las domina y hasta puede darse el lujo de crear otras, las propias. Porque, hay que decirlo una vez más, no hay juego sin reglas, desde las canicas hasta el ajedrez pasando por lo que implique una pelota. Pero no hay mejor juego que el arte, que tiene sus reglas aunque admite y reclama a veces que sean modificadas por un jugador competente. 
Se advierte con facilidad el oficio, o el tránsito hacia el mismo, el camino a lo Machado (Serrat, dirán los que le atribuyen la letra de la canción), pero además el gozo, las ganas, el gusto, la intención, que evidentemente son acompañados por una didáctica adecuada, objetivos claros y la decisión de inscribirse donde la mejor certificación es el conocimiento construido, la habilidad asimilada, asumida, sin la necesidad suplementaria de verbo. Pocos pintores profesionales hoy hacen obra figurativa, realista, pero entre ellos hay quienes evidentemente poseen menos recursos que los aquí exhibidos y conste que hay variables al modo de estar en la misma escalera pero en diferente escalón: casos de un hiperrealismo notable y casos en los que la boca o la nariz no está donde suele (o debe) estar.
Nada dice la ficha de sala sobre los profesores, cuyo mérito es indudable, y tampoco hay mención de Roberto González, a cargo del espacio y quien realizó la expografía que contribuye al buen efecto, es decir el montaje de las obras, lo que algunos llaman museografía aunque no haya museo de por medio.

El diplomado debería escalar a una segunda parte, a una tercera, inclusive y, por otro lado, servir de modelo para otras variantes: cerámica, escultura, estampa, efectivamente de pocas horas y en pocos meses, y con esa oferta en la que no media más compromiso que el que hace el alumno consigo mismo… habiendo quien le enseñe.




Por Omar Gasca



El agobio de Veracruz. Caso Gregorio Jiménez


Gregorio Jiménez
EL 11 DE FEBRERO apareció el cadáver de Gregorio Jiménez, periodista desaparecido apenas días atrás. Con su asesinato suman diez las muertes de periodistas durante el actual sexenio en Veracruz. Juzgado como poco más que una rencilla personal, su asesinato sin embargo suscitó enconadas protestas y una imagen aún más negra para el estado a nivel nacional e internacional en lo relativo a derechos humanos, cuyas repercusiones aún no acaban.
El asesinato de Gregorio Jiménez, reportero policiaco de los periódicos Notisur y Liberal del Sur,  provocó clamores y protestas tanto en el ámbito nacional como internacional suscitando airados editoriales y reportajes, no sólo en los medios más importantes de México, también de agencias extranjeras como Efe, cadenas como CNN y periódicos como El país y La opinión de Los Ángeles.
El miércoles 5 de febrero un grupo de hombres armados secuestró al humilde reportero en su propia casa cuando volvía de dejar a sus hijos en la escuela. Una colega, tras llamada de la esposa, enteró de inmediato del delito al Mando Único Policial y al Ejército. A través de las redes sociales la organización Artículo 19 y Periodistas de a pie propalaron el hecho y pidieron al gobernador del estado de Veracruz, Javier Duarte de Ochoa, un operativo revisando la zona sur del estado para localizar al reportero. Seis días después, tras intensas protestas y campañas enconadas en Twitter que pedían la renuncia del gobernador ante la falta de respuesta, Gregorio, Goyo apareció en una fosa en el poblado Polanco, en la colonia J. Mario Rosado, en Las Choapas.
Gregorio Jiménez fue asesinado con saña. Sus victimarios lo torturaron y degollaron. Pese al sello de la casa, la Procuraduría de Veracruz determinó que el móvil del crimen había sido una venganza personal. Cuestionados sobre si la actividad profesional de Jiménez provocó el crimen la vocera del Gobierno del Estado de Veracruz, Gina Domínguez Colío, negó siquiera la posibilidad. La culpa fueron problemas entre Gregorio y Teresa de Jesús Hernández, encargada del bar El Palmar o El Mamey. Se trataba de un lío amoroso, dijeron. Sin embargo había muchas inconsistencias y coincidencias en el caso. Una de ellas la ironía de que al líder sindical cuyo secuestró suscitó uno de los últimos reportajes de Jiménez, Ernesto Ruiz Guillén, alias El Dragas o El Cometierra, apareciera sepultado en la misma fosa que Goyo. Otra: las denuncias a través de las notas periodísticas de El Palmar como sitio de aprensión y ejecución de los inmigrantes centroamericanos y la colusión de la encargada con el grupo Los Zetas. Suficientes para asentar la lectura de que Jiménez trataba temas complejos y peligrosos. Sin embargo, para el secretario de gobierno de Veracruz, Erick Lagos, en entrevista con Milenio TV, esta lectura carecía de sustento asegurando que el móvil fue la venganza por líos de vecinos. Curioso. Apenas un día antes, cuando Gregorio todavía continuaba desaparecido, Lagos señaló que tenían todo controlado vaticinando que resolverían el caso máximo en dos horas. Admitió también que no descartaba ninguna pista: “Traemos muchos avances, no descartamos ninguna línea de investigación, aunque hay una línea que es la más dura y la más seria, pero que por la secrecía de la investigación, no podemos hacerla pública.”
Artículo 19 criticó las declaraciones del funcionario calificando de alarmante que  “la Procuraduría General de Justicia de Veracruz pretenda descartar de inicio la línea de investigación relacionada con el ejercicio periodístico, señalando que un conflicto personal entre vecinos fue el móvil del asesinato de Jiménez”.
http://www.animalpolitico.com/2014/02/encuentran-muerto-al-periodista-veracruzano-gregorio-jimenez/#ixzz2thijniN1 
La última de las circunstancias curiosas: se pagaron veinte mil pesos por el crimen. Veinte mil pesos a repartir entre cinco participantes. Por lo visto la crisis ha llegado al ámbito de los sicarios que trabajan ahora sí que por un puñado de pesos. Más ganarían de estibadores pero seguramente matan por vocación, no por necesidad.
¿Fuego amigo desde México?
Debieron pasar días y con ellos el aumento de las protestas y la ira en redes sociales, la publicación de editoriales, reportajes y artículos en periódicos de circulación nacional e internacional, y la intervención de casi todas las organizaciones defensoras de los derechos humanos nacionales e internacionales, la ONU incluida, para que el gobernador Javier Duarte concediera en una inesperada rueda de prensa que la investigación continuaba abierta y que se consideraría la labor periodística de Jiménez como posible motivo para el crimen. Uno se pregunta: sin esa demanda casi universal y esas protestas, ¿el crimen de Jiménez habría quedado en un episodio más de ese escenario de melodramas en que se insiste se ha convertido Veracruz? De Milo Vela a Gregorio Jiménez, sin soslayar el asesinato de Regina Martínez, se nos ha reiterado que los asesinatos no responden a un atentado contra la libertad de expresión sino a meros crímenes de pasión, consecuencia de la incapacidad de los reporteros por domeñar sus arrebatos. Como si ser periodista implicara vicios innombrables, tratos vergonzosos con marginales y amores y pasiones viscerales. Veracruz o el Sturm und drang.
Que revistas como Proceso, Animal Político, Sin embargo y varias otras publicaciones críticas cubrieran prolijamente el caso, no sorprende. Lo asintomático y peligroso para el duartismo son las editoriales en La Razón, una de ellas firmada por el propio director, Pablo Hiriart, y la columna de Ricardo Alemán intitulada “Veracruz: ¿por qué?” http://www.periodicocorreo.com.mx/opinion/144497-itinerario-politico-del-18-de-febrero-2014.html
Ambos periodistas han sido vinculados con poderosos grupos de priistas —a uno de ellos se le asocia incluso con el ex presidente Carlos Salinas de Gortari. Coincidentemente ambas columnas de periodistas tan reconocidos apuntan a la fragilidad del gobierno de Veracruz y la dificultad del mandatario para controlar las finanzas y los grupos delictivos. Alemán concluye su columna con una pregunta: “Algo no está bien en Veracruz. ¿Por qué?”

La lección que ha dejado el caso del asesinato de Gregorio Jiménez no apunta sólo a la presión que el manejo de la información causa en Veracruz, sino también a que eventualmente el gobernador Javier Duarte estaría siendo evaluado en el ámbito nacional, sea por el PRI o por el gobierno federal, y que la conclusión es que su mandato más que beneficiar puede perjudicar a largo plazo.




Por José Homero





La fábrica de la muerte


Edgar Tamayo
Desde Huntsville, el corredor de la muerte del estado de Texas, Eduardo Espina recapitula en torno a la pena capital en el vecino país del norte, donde fue ejecutado un mexicano el pasado 22 de enero. Espina, poeta uruguayo y profesor de la Texas A&M University se refiere a Edgar Tamayo, “un condenado con nombre y apellido de pintor de cuadros, perdió su última batalla legal tras pasar 20 años en prisión”.

En Huntsville, Texas, comienza la nada. Se la puede ver desde lejos, antes incluso de que en la carretera aparezca el cartel: “Centro de la ciudad a 10 millas”. En Huntsville, Texas, la nada y la muerte son sinónimos de algo más que carece de nombre. Llegan juntas para librar del albedrío, porque aquí vienen a morir gente, destinos y nombres, aunque no lo quieran. A la vida la matan con pócimas letales; a los nombres, que un día fueron de personas, con el borramiento de los recuerdos, acto apresurado por la idea siempre repetida cuando el ejecutado comienza a entrar en el pasado  y se escucha decir, “de eso ya no se habla”.  Y las pocas voces que se oyen desaparecen pronto mezcladas con el desconsuelo. Hay protestas por parte de quienes se oponen a la pena de muerte, instantes de dolor, hay impostados alivios carentes de permanencia, pues al regresar a sus hogares la familia del ejecutado y la familia de la víctima, lutos tan iguales y tan diferentes, regresan a un vacío que ni siquiera la ausencia de palabras podrá reparar. A pesar de todo, igual la realidad obliga a que el olvido venga. Es el peor de todos los olvidos posibles: un olvido intencional, hecho a prepo, tal vez para no tener que negociar más con la injusticia y la falta de respuestas ante lo acontecido. ¿Por qué nosotros?
Huntsville queda a una hora y media al noroeste de la central de la NASA. “Houston, tenemos un problema”. En Huntsville, a los problemas los resuelven ejecutándolos. La NASA hace posibles los viajes al espacio, a los planetas cuando comienzan a ser parte del distante infinito. Y la cárcel donde más gente se ejecuta en el mundo posibilita el ascenso rápido a donde al ejecutado le toque ir: Cielo, Purgatorio o Infierno (porque también a estos podemos imaginarlos en alguna parte alta, no en agazapadas profundidades para disimular la presencia de condenados). A los culpables les toca ir donde les toque (ellos serán los primeros en saberlo), y los inocentes van directamente al cielo de los hombres, porque en Huntsville la duda sobre la dudosa culpabilidad de algunos ejecutados nunca queda aclarada. Para qué. Podría redimensionar el sentido de culpabilidad.
Los restaurantes tienen el plato del día. En Huntsville hay días en que la realidad tiene un menú especial, aquellos cuando un preso es ejecutado. La ciudad parece otra. Si bien nunca parece ser una ciudad completa, hay días, cuando las venas de alguien son recorridas por una sustancia letal, en que la ciudad parece más incompleta. Hasta el ruido falta. El silencio que se oye –y antes se percibe– es la voz de la muerte diciendo que anda merodeando por ahí. Nadie la ve, pero todos le prestan atención. Ha venido para eso.
En los jardines de algunas casas colocan pequeños carteles en blanco y negro que dicen: “Today Execution”, haciendo pública la oposición a la pena de muerte. Es casi lo único que pueden hacer para intentar terminar con una atrocidad maquillada de legalidad, pues hasta ahora todos los intentos por eliminar la pena de muerte han fracasado. En este aspecto, algunas veces la vida ha empatado (cuando se logró detener una ejecución), pero nunca ha conseguido ningún triunfo, y menos el triunfo definitivo, que sería la abolición de la puesta en práctica del ojo por ojo y diente por diente. Por el momento, este Auschwitz autorizado por “la ley” continúa produciendo cadáveres a ritmo impresionante. Sus cosechas son regulares.
El miércoles 22 de enero la ciudad volvió a presentar ese aspecto fantasmagórico que tienen siempre aquellos días cuando alguien va a ser ejecutado, por más que sus habitantes están acostumbrados a convivir con la muerte como los brasileños conviven con el carnaval. Aquí no todos celebran la muerte del otro, pero la mayoría apoya la ley del talión. “Si mató a alguien, debe pagar con la misma moneda”, me dice alguien nativo de Huntsville, mientras pasea un perro pitbull. Luego da argumentos, pero no vienen al caso. Son los mismos que el ser humano viene utilizando desde que su lado barbárico se instaló en la realidad. Podemos ir al espacio en las naves de la NASA que no queda tan lejos de aquí, y al mismo tiempo somos capaces de mantener tradiciones bestiales como el homicidio en nombre de la ley. En la Edad Media podría llegar a entenderse, pero no, y de allí su radical inaceptabilidad, en tiempos cuando el próximo destino es Marte y está a la vista. En Huntsville, los días de ejecución, la realidad es una galaxia aparte, con sus fúnebres constelaciones esparcidas por todas las calles de una ciudad preparada para convivir con la vida y la muerte como si fueran la misma cara de dos monedas diferentes.
Es invierno, y oscurece más temprano. Hoy, en la vida, todo oscurece más temprano. La noche viene muy fácil. En el poema de García Lorca, el torero muere a las cinco de la tarde. Aquí a los condenados los ejecutan cuatro horas más tarde. Entre las nueve y las nueve y media de la noche, la muerte hace calistenia antes de entrar a la cancha. Su presencia es sepulcral incluso antes de que el muerto deje de respirar. Las palabras no pueden describir aquello que la vida no sabe explicar. Se queda corta, como cuando le toca describir los grandes triunfos futboleros, salvo que aquí debe hablar de la derrota de la razón, de la condición humana. ¿Cómo hacerlo? Hay quienes pueden, se atreven porque pueden o porque les pagan, más no sea para decir lo mismo de siempre. Por eso la ciudad en días de ejecución se llena de periodistas venidos de todas partes, como si se tratara del campeonato mundial de la muerte y todos conocieran el resultado del partido final de antemano.
El miércoles 22 de enero, la fábrica de la muerte produjo una nueva víctima. El mexicano Edgar Tamayo, un condenado con nombre y apellido de pintor de cuadros, perdió su última batalla legal tras pasar 20 años esperando lo que finalmente ocurrió, porque no podía dejar de ocurrir, pues perdón y compasión son dos palabras que cayeron en desuso. La muerte en este lugar de interrupciones definitivas viene acompañada de un agónico preámbulo, de una tortura para quien transcurre la posdata de su vida enjaulado en un limbo que tiene todos los ingredientes como para ser en verdad el infierno más temido. De ahí que los condenados ven a la muerte como un alivio, como la liberación final.
A las ocho de la noche del último miércoles en la vida de Tamayo, los guardias encargados de la cámara de la muerte verificaron que las correas de cuero grueso que mantienen al preso inmóvil durante la ejecución estuvieran en buenas condiciones. Dieron el OK. También en las condiciones esperadas estaba la cama donde la víctima pasa de una pesadilla prolongada al sueño eterno. A las nueve el preso fue llevado al último espacio terrestre que ocupó. Fue acostado; no mostró resistencia. Los naipes estaban echados y los buenos perdedores saben que para aceptar la derrota no hay mejor cómplice que el silencio. Le preguntaron si quería declarar algo, dejar documentadas para el anecdotario sus últimas palabras. No habló, nada dijo. Con un movimiento de cabeza dio a entender que no, que ya había dicho todo lo que tenía para decir en este mundo. Sabía a lo que iba. Tenía los brazos vendados: por ellos habló su condición, la última realidad de ese momento.
Quince minutos después recibió la primera dosis del compuesto químico intravenoso para el cual no hay antídoto. Nueve minutos más tarde, a las nueve con 26 minutos, le inyectaron la segunda y definitiva dosis. “No hay veneno, sino dosis” (Paracelso). En Huntsville todo es dosis intolerable, atroz. Sin aspavientos, emitiendo un silencio más que sepulcral que retumbó varias leguas a la redonda, Tamayo sintió cómo sus signos vitales comenzaron a apagarse, igual que una fogata bajo la lluvia. A las nueve con 32 el médico “estatal” lo declaró muerto. Afuera de la prisión, un grupo de gente que no llegaba a ser multitud recibió la noticia de la muerte ajena de maneras diferentes. Hay quienes dicen que a esa hora vieron pasar un alma callada, pero nadie supo en qué dirección iba.



Por Eduardo Espina

Juan Gelman: La poesía es una palabra calcinada


Juan Gelman [Foto: Pascual Borzelli Iglesias]
Juan Gelman (1930-2014) nos dijo adiós a principios de enero. El gran poeta de origen argentino radicó en México las dos últimas décadas de su vida tras vivir una existencia trágica en su patria. “Juan Gelman lo ha resistido todo y lo mantiene vivo, esperanzado, el fuego fatuo, el milagro, la sangre, la magia de la poesía, de la que él es uno de sus más celosos guardianes e insignes representantes de América Latina”, escribió Dionicio Morales en esta entrevista que el autor tabasqueño incluyó en su más reciente libro: Retrato a lápiz. Obra escogida, publicado en 2010 por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco.


Hace casi 30 años, en la esquina de Juárez y Bucareli, en la Ciudad de  México, frente a la famosa estatua El Caballito, que ahora da de coces en la explanada de la calle de Tacuba, frente al Palacio de Minería, estaba un café llamado Kikos, siempre lleno de periodistas y desocupados que no es lo mismo, y una famosa librería bien surtida que a menudo ponía en barata grandes cantidades de libros editados en el Cono Sur, sobre todo en Argentina, con una industria editorial muy fuerte que nos salvaba heroicamente de las traducciones y ediciones, en su mayor parte lamentables y censuradas, que nos llegaban de España. Una tarde compré un libro, El juego en que andamos, de un tal poeta argentino Juan Gelman, publicado en 1959 cuando él tenía 29 años, y que por esa época andaba por los 34. Me atrapó desde la primera hojeada que le di, me aprendí algunos poemas de memoria –tenía 20 años y acababa de descubrir, tardíamente, la literatura, la poesía que decía a la menor provocación. Todavía recuerdo unos versos: Cómo será, pregunto, / cómo será tocarte a mi costado.

Al paso de los años a veces tenía noticias de Gelman, ya fuera por su poesía o por su militancia política o por su oficio de periodista, vocaciones genuinas que vividas como él lo ha hecho, honran a los hombres. Hace cinco años reside entre nosotros, ignorado por muchos y silenciado por otros. Recuerdo su asombro cuando lo conocí en la casa de la también poeta Elena Jordana, en la compañía de, entre otros, Guillermo Fernández y de la esposa de Juan, Mara, cuando le mostré ese libro y pedí que me lo autografiara. No podía creer que yo tuviera ese ejemplar y más se sorprendió cuando le conté la historia. A veces conocer a los autores decepciona pero con Juan Gelman pasó todo lo contrario: como con Jaime Sabines, Efraín Huerta o Carlos Pellicer, su personalidad responde a su obra, la reafirma, la ensancha.

Nacido en Buenos aires en 1930, ha publicado como 20 libros de poesía no quiero ser exacto y varias antologías. Ha sido es periodista profesional, traductor, jurado del Premio Casa de las Américas, en Cuba. Ha vivido en Roma, París, Ginebra, España, México. Se le otorgó el Premio Internacional de Poesía Mandello, Italia, 1980. Participó en espectáculos poéticos, escribió dos libretos para óperas y ha grabado varios LP con el músico Juan Carlos Cedrón. Ha sido miembro del Partido Comunista Argentino y del grupo guerrillero Montoneros. Todavía se ha dado tiempo, sudor y lágrimas para soportar largas temporadas en la cárcel de su país, un exilio de l4 años y, lo que es peor, vivir huérfano de su hijo a quien la dictadura militar de Argentina asesinó vilmente, lo mismo que a su joven esposa con varios meses de embarazo. Juan Gelman lo ha resistido todo y lo mantiene vivo, esperanzado, el fuego fatuo, el milagro, la sangre, la magia de la poesía, de la que él es uno de sus más celosos guardianes e insignes representantes de América Latina.

Lo primero que le pregunto es acerca de su infancia, si es cierto que esa época marca para siempre. Responde que puede ser y no. La infancia es el país más habitable que conoció y acepta que hay muchas cosas olvidadas. Cuando tenía tres años su padre estuvo enfermo por mucho tiempo y su madre le recordó, tiempo después, que solía ponerse triste y esconderse debajo de la mesa. Cuando se lo contaba creía olfatear nuevamente los olores que había debajo de esa mesa, treinta años después. Uno recuerda más bien las cosas dichosas que en la infancia son muchas. Empezó a escribir a los siete años enamorado de una Vicenta de nueve a quien le mandaba poemas que copiaba de Almafuerte como suyos. Más tarde se dio cuenta que Almafuerte no lo reflejaba y empezó a garabatear sus propios poemas, bueno, versos. A los ocho años contaba ya las sílabas para escribir y empezó a leer poesía.

Tenía un hermano mayor, hijo del primer matrimonio de su padre. Toda su familia es rusa menos él, que nació en Buenos Aires. La primera vez que escuchó versos fue de boca de su hermano dichos en ruso cuyo autor era nada menos que Pushkin; todavía recuerda algunos de memoria. Su hermano tenía una biblioteca de libros baratos pero de gran literatura, no sólo rusa sino también francesa, inglesa. Ahí aprendió muchas cosas. Mientras su hermano salía a trabajar asaltaba la biblioteca y tenía el buen cuidado de colocarlos en su lugar original para que su hermano no se diera cuenta, ya que había algunos libros, que por su edad, no era conveniente que leyera. A los 14 años, en un crepúsculo de domingo, tuvo fiebre y se quedó en casa leyendo Humillados y ofendidos, de Dostovievski. Quedó muy impresionado.

Sus padres eran ucranianos, judíos. Su madre era hija de un rabino y su padre carpintero. Su padre tuvo dos emigraciones. Participó en la revolución de 1905, la que derrotó el zarismo, escapó de Moscú y llegó a Génova de donde salía un barco para Nueva York y otro para Buenos Aires; tomó el primero, que viajaba a Buenos Aires. Ahí trabajó como obrero, se afilió al naciente partido socialista, participó en huelgas; era de los extranjeros malditos para la oligarquía argentina. En la emigración, en su mayoría, los italianos fueron al campo pero los polacos, rusos, los de Europa Central, iban destinados a los servicios y a la industria. Cuando se produce la revolución de 1917, él regresa con la esperanza de participar activamente en la revolución que siempre había soñado aunque no era bolchevique ni social revolucionario. Llega en 1918 pero a los 10 años de estar ahí se desilusiona porque con el estalinismo todos los atisbos de democracia habían sido borrados. Regresa a Argentina y siempre padeció la desilusión de que la revolución rusa se degradara. Ahora esto es evidente pero no en aquellos años. Su padre fue un gran simpatizante del lado republicano durante la Guerra Civil Española. Esperaba ansioso el periódico de la noche para ver las noticias y enviaba a Juan, con sus siete u ocho años, a comprarlo a la calle a pesar del invierno feroz. Todo el sector de la población, no solamente los emigrantes, vivió la Guerra Civil Española como propia, como tantos países de América Latina.

Gelman recuerda que en el barrio Villacrespo, en la esquina de su casa, había una enorme pinta que decía: “No pasarán”. Le interrumpo para decirle que No pasarán es el nombre de una publicación de Octavio Paz que él ha quitado de su bibliografía. Me escucha pero sigue hablando. No era necesario ser comunista para estar del lado de los republicanos. Eso marcó sus inquietudes en el terreno político porque el desasosiego social ya lo tenían en el barrio que no era precisamente rico. Su militancia política empieza a los 15 años, como la de nuestro José Revueltas, con el que  guarda más de una coincidencia. Supo más de su padre por su madre que por él mismo. Cuando en 1957 realiza su primer viaje a Moscú conoce a unas tías, a quienes su padre no veía en 30 años, que le enseñaron una casa de madera y le dijeron que de ahí escapó su padre en 1905 cuando lo perseguía la policía del zar. Él no le contaba nada de eso. Así como hablaba mucho con su madre, con su padre tenía una falta de diálogo bastante espesa; le resultaba difícil hablar con él, y no porque fuera un padre particularmente severo. Son silencios que se establecen sin saber por qué. Cuando Juan regresó de ese viaje su padre estaba jubilado y empezó a vivir una nostalgia muy fuerte. Cinco años después falleció. Los rusos, dice, tienen un sentimiento especial, muy fuerte, sobre su tierra, como los españoles. Así era su padre. Cuando lo visitaba le pedía que le repitiera, palabra por palabra, el encuentro con la hermana que, dentro de una familia numerosa de 12 o 13 miembros, era su preferida.

Juan Gelman estudió química y la abandonó rápido cuando se dio cuenta de que la cosa no era por ahí. De pronto tuvo conciencia de que iba a necesitar un oficio, trabajar de algo para poder vivir y escribir su poesía, de lo que no se puede vivir. Quizás el único que lo logró fue Pablo Neruda pero no César Vallejo. Su padre no sabía nada de poesía pero era culto, obrero revolucionario que estudiaba economía, historia, y leía gran literatura; no lo alentaba en su vocación de poeta pero no le disgustaba. En cambio su madre le dijo: “Lo que vos necesitás es una profesión”. “Eso, Dionicio, era el sueño de todos los emigrantes”. Cuando vio publicado su primer libro se llenó de satisfacción pero no pudo evitar preguntarle: “¿Y qué vas a sacar de esto?”.

Si hay algún poeta que esté presente en la obra y en la vida de Gelman es César Vallejo, el gran cholo. Lo encuentra en 1947, a los 17 años; a los 15 había leído a Kafka y a los 18 Ulises de Joyce. Pero el descubrimiento de Vallejo le produjo un impacto muy grande. Se resiste a hablar de influencia. Piensa que existe un tipo de afinidad con ese autor en el momento, antes y después de leerlo. Cita una frase de Lezama Lima: las influencias no son efectos de causas, sino son efectos que iluminan causas. Nadie nace por generación espontánea y esa continuidad extraordinaria que existe en la poesía es algo que consuela mucho, se da por impregnación, por silencios, y va por muchas vías. Uno puede decir, sin burlarse de nadie, que también está influenciado por el abarrotero de la esquina. “Bueno, tú me entiendes”, agrega. Cuando menciona a Raúl González Tuñón, gran poeta argentino, clave en su formación, le comento que es uno de los pilares en la obra de Efraín Huerta. ¿Neruda? Es un gran poeta pero le llega más Vallejo, que va por otro camino. Cree que si algún autor dice más que otro es porque tiene un gran poder de transformación en el lector y porque de alguna manera hay una afinidad previa. Pound dice algo interesante: la poesía es algo que cuaja en muchas cosas que están alrededor de uno, como cuando cae un chorro de agua sobre la arena y cuaja en la arena. Todos estamos rodeados de arena.

Al mismo tiempo que hizo sus pininos poéticos leyó mucha poesía. Hizo una vida de barrio porque vivía en uno donde había una raza muy gruesa; se iba a bailar, a noviar. Para él el tango siempre fue una manera de conversar, no con palabras sino con los cuerpos, relación a partir de la cual empezaban las palabras, si es que había cierta correspondencia. El tango siempre habla de pérdidas, esencialmente de una mujer y en la imagen de ella se simbolizan otras muchas pérdidas. Él lo ve con cierta ironía y dice que se debe tomar el tango como viene y no al pie de la letra. En este sentido le interesó el habla popular porque cree que son los pueblos los que hacen el idioma y cada lengua es una cosmovisión, un modo de ver al mundo. Las cosmovisiones no pueden traducirse. En España y América Latina hay una cantidad de matices que forman parte de un modo muy particular de ver el mundo, incluso dentro de cada país, como en Argentina, donde palabras que se usan en el interior se desconocen en la capital. Tiene la impresión de que en América hay un español naciente enriquecido por fenómenos del habla popular.

Se siente un poeta urbano, no hay duda, pero el término coloquial le parece un calificativo lleno de equívocos porque en realidad remacha es el pueblo el que crea el idioma y ese idioma responde a una visión del mundo. No cree en etiquetas porque, como dice, son los profesores que se convierten en gendarmes de las definiciones. “¿Te sientes argentino?”, le pregunto. Responde que él quisiera saber qué es un argentino. Él es un cuento urbano que vivió muchos años en Argentina y tiene varias patrias: Francia, Buenos Aires, la lengua, y a estas alturas no sabe bien qué es el ser nacional. No hay que pensar en ello como cosa cristalizada sino en algo que está en movimiento. A insistencia mía sobre si es argentino, como se deduce por su obra, acota que eso sucede o no, se da o no, no es algo que uno se proponga. Cuenta una anécdota al respecto: en 1970 publica su libro Los poemas de Sidney West, uno de los más celebrados, y aparece en Argentina como Traducciones III porque antes había traducido a un inglés y a un norteamericano, claro, inventados por él; en estas páginas conserva a un poeta norteamericano que habla tal vez del oeste, con nombres y ciudades inglesas. Su edición causó revuelo. Los críticos del Partido Comunista Argentino, del cual lo expulsaron porque se fue, dijeron que eso mostraba una vez más cómo los corridos o expulsados se pasaban al lado enemigo. Le reprocharon que escribiera New York y no Rosario, Cab Cunningham y no José Pérez. González Tuñón descubrió en esos poemas un espíritu porteño, un aire de la ciudad de Buenos Aires, pese a que en apariencia ocurra en el lejano oeste. Se pueden hacer poemas mencionando a Corrientes y Esmeraldas, la esquina céntrica más famosa de Buenos Aires, que sean perfectamente franceses.

En su libro En abierta oscuridad (Siglo XXI, 1992), su primera antología personal, Juan Gelman selecciona material escrito durante 30 años. Aunque sabemos que la gran poesía no tiene edad, no hay fechas ni nombres de los libros que indiquen de cuáles están tomados los poemas. Algunos lectores pueden confundirse a pesar de la aclaración previa. Él declara que en realidad su intención fue hacer otro libro, y se hace partícipe de la opinión de Edmundo Jabes, poeta egipcio en lengua francesa, en el sentido de que cuando se tiene bastante obra publicada se debe hacer una antología que no sea “académica” sino que sea “otro” libro. Lo intentó y dice que fracasó. ¿Por qué? Porque la poesía, dice, es un fracaso un maravilloso fracaso, digo yo que lo impulsa a seguir escribiendo en la imposibilidad del alma. Aquí se apoya en Dylan Thomas cuando escribe que ningún poeta insistiría en ese ardiente oficio de la poesía si no fuera porque espera encontrar el milagro, y agrega con Chesterton, que lo verdaderamente milagroso de los milagros es que a veces se producen.

En esta antología predomina el material escogido de su libro Los poemas de Sidney West, actitud que revela su descarada predilección. Sí, es cierto, el libro todavía le gusta más que otros. Reconoce que cuando mira lo que ha escrito, no sólo años después sino al momento de terminarlo, siente una gran insatisfacción pues conoce la distancia entre todo lo que escribe la mayoría y lo que él escribe. La poesía es un oficio muy difícil y no se puso la mano en el corazón para dejar fuera de su antología varios libros donde habla del amor, de lo urbano, de Cuba, de política, de humanismo. Su autocrítica le lleva a decir que le resultó difícil juntar tantos poemas 125 páginas; no es un chiste, recalca, es cierto.

La revolución cubana lo marcó como a tantos intelectuales progresistas de Latinoamérica cuando pertenecía al Partido Comunista. Acepta que este partido nunca fue revolucionario pero hay que admitir que ha sido un consecuente bombero de la revolución. Cuando aparece la nueva Cuba con una revolución en español, con Martí detrás, con propuestas espléndidas, humanistas, se sintió sacudido. Dentro del partido empezaron a vislumbrar otros caminos y a plantear en la organización su inconformidad con la línea dura imperante que terminó con la expulsión de algunos de sus miembros, Juan Gelman entre ellos. Se queda un rato pensativo, quizá porque los recuerdos de Cuba se le agolpan. Sí, Cuba lo marcó. Recuerda su estancia en 1962, en una reunión internacional de periodistas, y la alegría liberada de los hombres, mujeres y niños. Aunque el cubano es de por sí alegre, reflejaba en el rostro y en las actitudes un nuevo florecimiento. Fue asombroso y de esa época data un libro de poemas suyos, testimonio de lo que vivió y sintió. El artista, como cualquier persona insiste, lo que tiene es una cosmovisión dentro de la cual la política, la ideología, el intimismo, es sólo parte de ella ya que está hecha de muchas cosas más. Se puede ser un revolucionario y participar, como René Char, en la resistencia francesa, joderse la vida contra los nazis y no escribir un solo poema con referencia alguna. Sustraerse a su entorno depende de cada quien. Eso, a lo mejor, explica el juicio que existe contra Ferdinand Célin y Ezra Pound, grandes escritores que apoyaron el fascismo o fueron fascistas; también se puede ser un gran abanderado de las revoluciones del mundo y ser un pésimo poeta o escritor.

El tema de la política lo apasiona tanto como la poesía. No lo interrumpo. Se remite a la cuestión del tema. Cree que estos hechos no definen una obra de arte y suelta una perogrullada: con el mismo tema se puede hacer una obra de arte o una porquería: el amor, la amistad, la política. El tema de la poesía es la poesía y por eso puede hablar de todo. González Tuñón decía que la poesía es como la paz, una e indivisible, y no debe hacerse lo que un grupo de poetas hicieron en los años sesenta él entre ellos: descartarla por sus temas, por metafísica, amorosa, mística; eso era, admite, una actitud, con perdón de la palabra (por el tono de su voz me doy cuenta que expía sus culpas.) Ahora sucede al revés: no se considera poesía la que habla de política, de las injusticias en que vive la sociedad.

Las dos son posiciones estalinistas, de donde se deduce que grandes intelectuales que presumen de liberales lo son, así como los que desde la derecha ejercen estas posiciones. No hay que asombrarse de que el estalinismo tenga tanto que ver con la derecha. Le pido una respuesta a mi pregunta de por qué escribe pero lo aprisiono con dos propuestas: ¿por insatisfacción o por acuerdo con la vida? Me apeno de acorralarlo y lo dejo en libertad. Acepta mi planteamiento y responde que por insatisfacción, aunque después termina con un: “En realidad no sé”. Prosigue: Uno escribe para agotar una obsesión cualquiera que esta sea; de todos modos siempre se queda insatisfecho. En el fondo se trata de una sola obsesión: dar con esa palabra calcinada que es la poesía. Ese es su caso.

¿Cómo llegó a los místicos siendo ateo? Los leyó en la escuela y también después, porque San Juan de la Cruz no sólo le parece un gran poeta sino el más grande que tenemos en la lengua castellana. La relectura se produjo desde otro lugar durante su largo exilio de 14 años en Roma, París, Ginebra; sentía mucho la pérdida de su país. Esa realidad fue la única que tenía en medio de las otras lenguas en que vivió la pérdida de amigos, compañeros muertos por la dictadura militar, familiares; eran presencias ausentes muy fuertes, lo siguen siendo, no se han atenuado. Cuando releyó a los místicos sintió que en ellos había el deseo de una presencia ausente que quizá era Dios, pero en Gelman era el país, la presión, el anhelo de lo perdido. Además influyó mucho su exilio. Por esos años leyó la cábala más a conciencia. Con José Ángel Valente, gran poeta español, hablaba de estos temas y de la visión exiliada de la vida, de la historia, de uno mismo, que descubrió en la cábala; en el fondo los místicos dicen que uno es un exiliado sobre la tierra. Un cabalista marroquí explicaba que cada uno de nosotros está sostenido de una cuerda que Dios sujeta en sus manos y que cuando Dios quiera la suelta; si en vez de Dios ponés muerte, aclara, es exactamente lo mismo. La poesía judeoespañola de los siglos XII, XIII y XIV, le impresionó por su característica exiliar. En San Juan el lenguaje hace que esa vivencia, ese deseo, se transparente en su palabra, aunque no sea voluntad de él; él no sólo dice lo que dice sino dice lo que calla, como bien señala Valente, a lo que Juan agrega que también calla lo que dice. Ese es el ideal de Gelman respecto a la poesía.

Su exilio comenzó en 1975, en las postrimerías del gobierno de Isabel Perón, continuó con la dictadura militar y siguió bajo el primer gobierno civil que hubo en su país y que presidió Alfonsín. No podía regresar a Argentina porque bajo la dictadura le iniciaron varios procesos y aunque mucha gente le pidió el desestimiento al presidente entre ellos Carlos Fuentes, Alfonsín no quiso hacer nada, quizá, piensa, por la teoría de los dos demonios inventada por Ernesto Sábato, en la que equiparaba a los que luchaban por la justicia de su país con los dictadores militares, poniéndolos en la misma balanza. Al final se resolvió desde el punto de vista judicial porque el tribunal federal rechazó los fundamentos del juicio.

Es pregunta obligada los cambios de los últimos años en el mundo de los sistemas socialistas. Se apresura a contestar, con un “disculpáme” de por medio, que esos no eran sistemas socialistas, eran otra cosa. ¿Qué cosa? En el fondo era una burocracia partidista que manejaban todos estos países con una capa burocrática bastante extendida que defendió sus privilegios en detrimento de los pueblos. Su caída le parece una   consecuencia lógica de ese fracaso. Era una especie de gigante con pies de barro; piensa sobre todo en la Unión Soviética, ahora ex. Ese fracaso no es el naufragio del socialismo real y no quiere decir que hayan desaparecido los motivos para seguir pujando por un mundo justo, libre y realmente democrático. El Consejo Episcopal Mexicano afirmó que cuando una democracia está privada de ese contenido de justicia, es un totalitarismo disfrazado. Cuando escucha hablar de que se han perdido las utopías, no está de acuerdo; es utópico pensar que las utopías se han terminado, viviendo la historia, el pensamiento humano. Las utopías nacen a cada rato y es probable que su razón consista en su fracaso para dar paso a una utopía mejor. ¿O nueva? Sí. No está desencantado de las utopías, sigue creyendo que al mundo hay que cambiarlo, que las razones para bregar por un sitio mejor todavía existen, incluso se han acentuado en nuestros países, concretamente en Argentina donde cada día hay más pobreza, injusticia, dolor. Como sabemos que en México la clase media ha desaparecido para mal, claro le interrogo sobre qué ha pasado en su país con ella. Hay un cambio en la estructura social, ha desaparecido una parte de la clase obrera, han sido despedidos y echados a la calle, la situación económica es muy dura, no tienen espacios, salvo en la economía que se llama informal, no estructurada. Ha habido un proceso de empobrecimiento de la clase media que en algunos sectores llegó incluso a la proletarización. No ha desaparecido del todo, hay un sector muy rico y otro que está al borde. Todavía tienen peso político, peso social.

Desde que conozco a Juan Gelman, a pesar de su gran sentido del humor, de su feliz estancia en México, de su agitado trabajo periodístico y de los viajes frecuentes, siempre me llama la atención su mirada, sus ojos oceánicamente tristes, aunque sonría o ría abiertamente. Le hablo de ello y se ruboriza, se altera, se entristece, sobre todo cuando cito a Vallejo y le digo que como él lleva la resaca de todo lo vivido empozada en el alma y reflejada en el rostro. El silencio es largo, profundo. Me doy cuenta de mi dislate. Se toma su tiempo y aclara que tiene muchos motivos de tristeza interior y exterior, como cualquier persona, pero eso no le quita que viva esperanzado y consolado. Para él la poesía es un gran consuelo. Recuerda un poema chino, anónimo, escrito hace 3500 años: Un pastor cuida el rebaño, con un frío intenso, lejos de su mujer que está en el hogar imagina, al lado del fuego, cosiendo; el último verso dice: “Él escucha el ruido de sus tijeras bajo la noche profunda”. El hecho que ese poema se haya escrito hace tantos años y todavía nos emocione quiere decir que hay un tejido humano imposible de romper, una capacidad de belleza imposible de aniquilar. Después, cada cual con sus dolores se las arregla como puede.

Aunque no le gusta hablar de su obra, le menciono que, a mi parecer, desde sus primeros libros se nota un cambio entre uno y otro, temática y formalmente, un proceso que aunado a su sabiduría le ha dado una gran significación no sólo en las letras argentinas sino en la que se escribe en castellano. Aventura hipótesis. Alguien le dijo que cada libro suyo era distinto al anterior como forma, aunque las obsesiones se repiten. Ya nos ha dicho que escribe para agotar una obsesión. Admira en poetas como Eliot y Lezama Lima su capacidad para hacer una crítica muy precisa sobre la poesía, sobre el mecanismo de la escritura. Él se considera incapaz de ello. Los cambios termina en cada caso, es decir en cada libro, fueron necesarios.

Por último, le pido que me hable del largo y extraordinario poema Carta a mi madre, publicado en 1989 y escrito desde el exilio. Fija su mirada en la botella de tequila y murmura: “La carne es débil pero yo soy más”; le acompaño con otra copa. Su madre fallece en 1983. A partir de ciertos momentos no pudo seguir trabajando como periodista en Europa y empezó a ganarse la vida como traductor. Estaba en Ginebra cuando escribió ese poema que originalmente era muy extenso y estaba escrito en forma de carta. Lo terminó en dos noches. Vivió una especie de esquizofrenia, laboraba con normalidad pero como si estuviera ausente. Cuando terminó esa carta no sabía quién era. Se dirige a mí y afirma: “Esto, sos la primera persona a quien se lo comento. ¿Sabés qué hice? Me fui a la fotografía a sacarme una foto para estar seguro de que era real, para ver qué cara tenía, cómo era, porque ni en el espejo me daba cuenta”.

La carta la guardó durante mucho tiempo ya que no podía acercarse a esa descarga. Lo hizo una vez que estaba casi seguro de la realidad, porque al año siguiente se murió cuatro veces en cuatro paros cardíacos. La carta tenía 60 cuartillas y después la convirtió en poema. Carta a mi madre, a mi juicio ya que Juan no quiere seguir hablando, no sólo es un poema brutal, desgarrador, intenso, amoroso, tierno; también es una acendrada biografía y un maravilloso testamento humano y literario.


Juan Gelman piensa radicar definitivamente en México. A Argentina regresa de vez en cuando a ver a su hija y al nieto. Este mes viaja para revisar, presentar, promocionar la edición de su obra completa que publica Seix Barral y su deseo es vivir entre nosotros hasta que Dios y el día esté lejano, diría Porfirio Barba Jacob tire de la cuerda.