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Ahumada ya vive en el limbo


Manuel Ahumada
 La caricatura política en México tiene una larga tradición y, Manuel Ahumada, monero crítico, pertenecía a ésta. El Conde de Saint Germain dedica estas letras al fallecido Ahumada, que como buen monero crítico, pasa inadvertido en la información relevante.

Estimado boss del Performance:

Después de los buenos deseos que todo mundo prodiga al principio del año, poco a poco el desarrollo de esta vida caótica me ubica en la realidad. Es más, creo que más rápido de lo que esperaba. Me sincero. Me siento como un boxeador en el round 12 al que lo tunden sin piedad contra las cuerdas. Lo malo que, entre golpe y golpe, ya no está Sulaimán para que arregle la pelea.

Sólo reviso recibos y recibos y todos están con singulares aumentos que dibujan una sonrisa a Videragay en ese rostro lleno de cráteres. Luz, agua, gas, predial, los boletos de ADO de mi viaje reciente, comidas y bebidas en general, todo, todo, todo ha subido. Mientras en la televisión los spots con gente de sonrisa boba repiten el guión que “gracias a las reformas que necesitaba el país, todo bajará de precio”. 

No acabo de reponerme cuando a través de las redes sociales empieza a circular que Ahumada, el monero, falleció a la joven edad de 57 años. ¡Chale!, como dijeran sus personajes de La vida en el limbo.

Sé, boss, que este espacio que me concede es para comentar sobre la producción de los medios de comunicación locales, pero es tan escasa y poco gratificante, que prefiero dedicar estas letras al buen Ahumada que, como buen monero crítico, pasa inadvertido en la información relevante.

Nació en la Ciudad de México el 27 de enero de 1956 en la clasemediera colonia Narvarte. A ciencia cierta no sé si verdaderamente nació o aterrizó de alguna galaxia lejana para conocer la vida en la tierra a través del rock and roll de los Beatles, de Jimmy Hendrix, de Frank Zappa.

Viajó por las surrealistas calles de la ciudad con Ánimas, su personaje invisible vestido sólo con gabardina y sombrero, imaginó que las combis y el Metro eran naves espaciales, la noche un universo para viajar de la mano de ángeles y astronautas, y admirando a las adolescentes y mujeres llenas de erotismo, sueños y amor.

La caricatura política en México tiene una larga tradición que nace en el siglo XIX y que ha venido pasando de generación en generación. Pero sólo es uno el camino que agrupa a los mejores dibujantes, caricaturistas, analistas y críticos que incomodan al poder. Esa línea viene desde El hijo del Ahuizote, publicación fundada en 1885 que se convertiría en la férrea crítica al porfirismo, donde José Guadalupe Posadas tuvo notables participaciones.

Grabado, dibujo, pensamiento crítico, humor, síntesis informativa, son algunos de los elementos de los grandes caricaturistas, como Santiago R. de la Vega, Villasana, José Clemente Orozco, Antonio Vanegas Arroyo, el Chango Cabral, Andrés Audiffed, Hugo Tilghmann, José Chávez Morado, Abel Quezada, Rius, Naranjo, Helioflores, Magú, El Fisgón, Hernández, Helguera, Rocha, sólo por citar algunos.

A ese salón de la fama imaginario de moneros pertenece Ahumada, sólo que él, además de su permanente crítica al poder, imprimió a su obra un estilo poético y formó historias que vimos desarrollarse en La Garrapata, el suplemento Másomenos del Unomásuno, Histerietas de La Jornada, El Chahuistle, donde deambularon sus narraciones gráficas a través de La vida en el limbo y, finalmente, su última estación, El Chamuco, donde publicaba Metro Utopía.

Célebre es su Juan Diego quien despliega su ayate, y en lugar de la Guadalupana se plasma la clásica figura desnuda de Marilyn  Monroe como apareció en la portada de Playboy.

Ahumada era un maestro del trazo, del grabado, de la poesía gráfica y el humor negro. Underground por convicción, vivía en un mundo paralelo al nuestro que a la vez nos lo hacía sentir cercano, propio. Solo, siguió el camino de alguna vía láctea sin mala leche y decidió habitar con sus ángeles, sus astronautas, sus pobladores del limbo, para no publicar más y dejarnos con el recuerdo y la contemplación de su obra.
Acababa de escribir esto, boss, trataba de sacudirme los golpes que da la vida y apoyarme en las cuerdas para rehacerme cuando de pronto me entra como ráfaga el 1-2. Primero un gancho al hígado con la muerte de Juan Gelman y después un zurdazo seco al mentón con la desaparición de José Emilio Pacheco. ¡Ya que paren la pelea, por favor!





Por Conde de Saint Germain

Scorsese, las mujeres y la vida


The Wolf of Wall Street
En el presente artículo Luis Bugarini  nos habla sobre el logro de Scorsese con El lobo de Wall Street, una sátira cargada de humor negro que retrata la debacle financiera de la economía estadounidense.
La geografía de Martin Scorsese es la gran manzana. Es el centro del enigma. Ahí transcurren las formas huidizas de la modernidad, y el sesgo estrambótico de una pasión que se distribuye al resto del globo. Todos somos Nueva York. Es una sensibilidad urbanística y sensorial que puede rastrearse desde Mean streets (1973) ‒una de las grandes películas del cine moderno‒, y que avanza a paso firme hasta llegar a Los infiltrados (2006). Pero en Scorsese todo es un salto al vacío.
Así lo confirma El lobo de Wall Street (2013), una sátira cargada de humor negro que retrata la debacle financiera de la economía estadounidense al verse burlada desde emisiones bursátiles respaldadas por activos sobrevaluados, esto es, vender caramelos por diamantes. Lo sé: otro tejido de palabrerías especializadas lejos del consumidor que asiste al cine a presenciar una escena romana de la era posmoderna. Pero esto fue un hecho real. Entender la trama de la película es integrarse a las formas cáusticas del hecho histórico.
La denominada “desregulación” en el ámbito de la inversión especulativa ocasionó que los expertos de sistema financiero se aprovecharan de nichos específicos para burlarse de las entidades reguladoras y, una vez ahí, actuar desde segmentos de negocios que parecían de ensueño. Paraísos con rendimientos fuera de serie. El director Scorsese hace por entender el andamiaje financiero, y nos entrega una película con ribetes de clásica desde su exhibición. No es fácil decir esto, pero es lo más parecido a la verdad.
Quien tuvo desconfianza de las dotes histriónicas de DiCaprio puede retractarse. Es buen momento. Ha ganado técnica de actuación, lo mismo que entrega a los papeles extremosos. Será la experiencia y los papeles centrales que ha tenido. Porque en esta película Scorsese paga tributo a su admiración del Fellini de Roma, en su profusión y excesos, y se esmera en lograr esa película que haga voltear la vista al cinéfilo de hueso más colorado. Aquí sobra la testosterona y las exhibiciones del binomio dinero-exceso. En la pantalla no hay límites.
Jordan Belford (1962) es la vida real que se retrata en la pantalla. Un visionario con altísimas dotes de líder, que no limitó esfuerzos en entregarse a cumplir el sueño de verse millonario. Lejos de lo anecdótico, Scorsese acierta y manufactura un producto fílmico que reta a la moralidad convencional y se instala en la frontera del gusto exquisito y a la par desencantado. Estamos ante la película que será incomprendida, pero que suscita el entusiasmo y hasta la devoción religiosa. El cine se escapa del entretenimiento.
Es difícil lograr una película que pueda retratar el laberinto de los mecanismos financieros de Wall Street y que no duerma al espectador. Lo intentó Oliver Stone sin éxito en Wall Street (1987) y su secuela Wall Street (2010). Las explicaciones y detalles son tan extensos que esta metafísica no reconocida de las relaciones económicas concluye por apabullar y se resume en una larga interrogante. Películas que terminan sin concluir. El lobo de Wall Street es una película que reta al espectador y lo pone a prueba con hechos reales. Un instante de la producción anual de Hollywood que merece una mirada atenta.

El lobo de Wall Street, de Martin Scorsese. Actuaciones de Margot Robbie, Leonardo DiCaprio, Jonah Hill, Matthew McConaughey y Jean Dujardin. Estados Unidos, 2013. Duración: 180 minutos.



El agua de Alma Vargas




Inaugurada a fines de enero en la Galería Universitaria Ramón Alva de la Canal, Agua de Alma Vargas está conformada por ocho piezas de materiales diversos que evocan el el presente y el futuro del vital líquido unido al destino humano. Omar Gasca escribe: “Las obras siguen una tendencia que ya es propia de la autora y que consiste en perpetrar una difícil búsqueda de lo insólito y en matizar o resignificar objetos encontrados”.
Prueba de sus buenos oficios, puestos al servicio de conceptos que evaden la rutina, la gratuidad tan común, las modas de lo banal y la chiripa, Alma Vargas pasa por la talla en mármol, la instalación, el video y algo más para hablarnos con el agua y desde ella en sus tres estados de ese grave hecho que lastima los entornos naturales del presente y el devenir, que perturba la supervivencia de las especies y que atraviesa la apatía, la negligencia y la ignorancia tanto como la ausencia de políticas y sanciones que impidan su despilfarro; es decir, de la indolencia, que tan bien refiere la insensibilidad, la falta de afectación o de conmoción acerca de quien carece ya del indispensable líquido y de los que en el futuro peligrosamente dependerán de él. 
Pero lo ético y lo estético de esta maniobra no incluyen aleccionamientos, panfletos ni complementos textuales de algún orden veladamente sentencioso –y menos a modo de manifiestos fallidos– y, a cambio, lo líquido, sólido y gaseoso o vaporoso se nos presenta como relaciones lúdicas, de formas y materiales insinuantes, a veces de metáforas, que de alguna manera celebran la naturaleza y virtudes de esta sustancia (que otros prefieren llamar elemento) cuya formidable categoría, tan de todos los días, pasa frecuentemente inadvertida. 
Las obras –pocas para una exposición individual y muchas si la intención fuera reducir a lo esencial– siguen una tendencia que ya es propia de la autora y que consiste en perpetrar una difícil búsqueda de lo insólito y en matizar o resignificar objetos encontrados, en hacer tropos o giros retóricos a partir del material y en servirse de sus habilidades para las hechuras finas, todo ello a propósito de comunicar posturas, reflexiones, ideas en torno a lo que para ella se asocia con la noción de artista en cuanto ser capaz de aportar, de introducir una visión peculiar acerca de lo que nos atañe como individuos sociales. 
Focos, fibras para lavar los trastes y fondos de botella de tereftalato de polietileno (mejor conocido como PET) son algunas de las materias primas que de lado emparientan a las obras con el arte povera, que conocemos así desde 1967 con Jujol, Merz y Beuys, entre otros, y que se distingue por el empleo de materiales considerados pobres y de muy fácil obtención. 
Lo otro es aprovechar las constantes, pues se trata de productos anteriores –alguno remasterizado– y recientes en los que el agua es protagonista o pretexto o contexto, con la oportunidad de darse todos ni más ni menos que en esta húmeda y humeada (algo hay que hacer con los escapes) y llena de coches y atorada Ciudad de las Flores (¿dónde están?) y en época de frentes fríos o nortes ocasionales o inexorables o lo que sea que cale, eso sin agregar los imprevistos tautológicos, recursivos y pleonásmicos.  
El tema y las intenciones no son nuevos. Pero aunque la obra de Vargas roza, borda y a veces gravita entre las formas y postulados del Enviromental Art y el Eco-Art, sus inquietudes provienen de lecturas propias y conscientes de la realidad, y sus modos de hacer de un conjunto de estrategias que podrían llamarse alquímicas por cómo transforma o inviste los materiales de una suerte de personalidad sugerente, a veces, sí, con involuntarios rasgos y rezagos de esa cierta obviedad crítica que con tanta facilidad podemos atribuir a varios artistas que nos decían en los cincuenta y sesenta de dos a tres veces lo mismo, bastante a la manera de “las chicas de la página tres”, es decir las de la Page Three del tabloide inglés The Sun, que luego parecería replicado en el defeño Ovaciones de la tarde: fotografía en bikini de modelo femenina, en la playa y con pelota, con pie de foto que rezaba: “muchacha con bikini, en la playa, con pelota”; algo no muy distante de lo que hacen Deborah Thomas y su EcoArtLA, ese círculo de artistas agrupados en torno a la crisis ambiental, reunidos cándidamente para decirnos menos, mucho menos y sobre todo menos dramáticamente lo que todos los días nos dicen las noticias: estamos destruyendo la naturaleza. 

Con los mismos temas y a veces en los mismos espacios nos encontramos con muchos despropósitos (valga el eufemismo para “chupar con los labios y la lengua la leche de los pechos”), porque con qué facilidad hoy decimos por todos lados lo que ya sabemos todos, y además mal, sin sabor, sin técnica, sin retórica ni nada y con nada. Por eso vale la pena acercarse a la obra de Alma Vargas que, de entrada, desde el 22 de enero ofrece en la Alva de la Canal algo que un buen número de artistas ha olvidado: hablar de una preocupación.




Por Omar Gasca


Tlacotalpan: historia de un encuentro


Las fiestas de la Candelaria en Tlacotalpan, Veracruz, es considerada una de las tradiciones populares más arraigadas en el país. Eduardo Sánchez Rodríguez destaca aquí su importancia histórica a partir de los estudios que sobre el son jarocho en la región del Sotavento veracruzano han realizado los investigadores Ricardo Pérez Monfort y Antonio García de León.



Tlacotalpan es la cuna
de las mujeres más bellas,
donde alumbra más la luna
y el cielo con más estrellas,
por eso yo a Dios le pido
que me regale una de ellas.

“Se acercan los primeros días de febrero, y la Virgen de la Candelaria cumplirá otro de sus múltiples onomásticos. La orilla del Papaloapan se prepara para recibir a los familiares diseminados por todo el país, a los jaraneros y bailadoras de las rancherías y pueblos de río adentro; a los visitantes distinguidos y a todo aquel que pasa por el festejo queriendo ver al toro y tomarse algún torito de limón, cacahuate o de coco”.
Esta sugestiva entrada narra el ambiente de la fiesta mayor de La Perla del Papaloapan, magistralmente descrita por Ricardo Pérez Monfort en su libro Tlacotalpan, La Virgen de la Candelaria y los sones (Fondo de Cultura Económica, 1992). Crónica que condensa su asistencia ininterrumpida al Encuentro de Jaraneros desde 1981, al Tercer Festival de Jaraneros (así se llamaba entonces), organizado por la Casa de la Cultura de Tlacotalpan y Radio Educación, hasta 1987. Es muy interesante la forma en que dos historias se entrelazan en las celebraciones de la virgen de las Candelas: la propia de este hermoso pueblo cuenqueño, y la del son jarocho, música representativa de la región sur de Veracruz llamada Sotavento veracruzano. Pero sigamos con Pérez Monfort:
Pueblo pesquero, ganadero y agricultor, Tlacotalpan vive hoy en día el recuerdo de su esplendor de fines del siglo pasado [XIX]. Orgullosa de haber sido en alguna ocasión la capital que se resistía a la ocupación francesa. Su historia está íntimamente ligada al río Papaloapan. Por allí se vieron salir los barcos construidos en sus astilleros para repeler a los piratas ingleses a finales del siglo XVIII. La explotación de la madera para hacer los bajeles de guerra dio a Tlacotalpan extraordinarios carpinteros y ebanistas. Centro comercial de la cuenca del Papaloapan, alimentó a realistas e insurgentes durante la Independencia. Y a mediados del siglo pasado recobró su importancia, una vez derrotados los franceses, para ser la ruta entre la costa y los pueblos de la sierra oaxaqueña. Junto con el monocultivo de la caña, la ganadería tlacotalpeña es célebre tanto en la creación de grandes fortunas como en la creación literaria. Y claro, pueblo de río, pueblo de pescadores. El río provee al pueblo de alimento, pero también de desastres. Las grandes inundaciones aparecen en la historia como una catástrofe casi cotidiana. El ferrocarril sustituyó las vías fluviales de navegación, dejando a Tlacotalpan vestida y alborotada. [pp. 17-26.]
Cuestión vital de esta historia es la cercanía del puerto de Veracruz, que durante siglos fue el punto de cruce, de entrada y salida de mercancías de todo tipo, de oleadas constantes de inmigrantes; principalmente españoles del sur de la península y de las Islas Canarias, que vinieron a trabajar en la burocracia virreinal o a buscar fortuna, y negros africanos llegados como mano de obra esclava. Cada uno con sus propios ritos, costumbres, música, danzas, lírica y formas de alimentarse, que al  interactuar con las de los habitantes originarios crearon culturas propias regionales que, mientras se adentraban en las tierras interiores, quedaron sujetas a ritmos más pausados. En el Sotavento, las influencias musicales fueron decantándose hacia la integración colectiva de un mundo predominantemente rural.
A finales del siglo XVIII, de acuerdo con Antonio García de León en su libro Fandango. El Ritual del mundo jarocho a través de los siglos (Conaculta/Ivec/Programa Cultural del Sotavento, 2006),
las regiones fueron adquiriendo poco a poco su propia identidad y hubo un gran proceso de popularización de la música y las danzas; de separación contextual a todos los niveles, un movimiento que indicaba la emergencia de fuerzas inéditas en la sociedad borbónica de su época, pero que estaba determinado por una transformación relevante de las identidades culturales. Estas expresiones festivas, reproducidas en los círculos del gran comercio, se expandieron provocativamente, desafiando al Estado y la Iglesia, teniendo desde entonces, sobre todo para los criollos y mestizos, un sentido reivindicativo de lo propio, cumpliendo funciones políticas de reafirmación nacional que rebasaban por supuesto su carácter puramente lúdico. Por eso, hablar de la música regional implica la necesidad de colocarse en el tiempo histórico, que es el principal propiciador de las configuraciones nacionales”. [p. 18.]
El largo proceso de acrisolamiento cultural vivido por los diferentes grupos humanos que confluyeron en el Sotavento maduraron hasta que, a mediados del siglo XVIII, surgió  una música claramente representativa de esa región geográfica llamado son jarocho. Región donde “todo el mundo se sabe un verso, y si no, tiene la capacidad de componerlo al vuelo; desde los ganaderos ricachones hasta el humilde pescador. Las sextetas, cuartetas y décimas flotan en el aire  llanero de la misma manera que la humedad y el calor. El verso trae la moraleja, la chispa del momento, el refrán o el homenaje. Con él se abre y se cierra la plática. Es el elemento de identificación” (Pérez Monfort, p. 69), pero no debemos dejar de diferenciar al son jarocho, como música tradicional, y al fandango, ritual creado para fortalecer los lazos comunitarios de ese mundo rural.
Fandango: lugar de encuentro
García de León, destacado sonero y antropólogo oriundo de Jáltipan, comparte que “el territorio social y lúdico de la fiesta del fandango, que persiste hasta hoy en varios entornos del centro y sur de Veracruz, constituye precisamente un ejemplo de la fijación de ciertas prácticas culturales en el sentido de la larga duración, de la maduración de una identidad regional. Esta fiesta –el fandango de tarima– y el género del son jarocho, se fueron afirmando como distintivos sólo hasta las postrimerías del mundo colonial; recreando sus propias improvisaciones, forjando sus particularidades y abriéndose espacios entre lo profano y lo religioso. El fandango resume de muchas maneras y en varios planos la historia del Sotavento y los lenguajes que maduraron desde tiempos coloniales: la lírica amorosa –que es su principal expresión–, la expansión ganadera, las relaciones sociales, los arquetipos culturales, el comercio colonial, la marinería, las guerras y destierros, la picaresca, las creencias y los mitos” (p. 18). Es en el avance de ese proceso que, para mediados del siglo XIX, se establece el protocolo del fandango que rige hasta nuestros días. Continúa García de León:
Así, la identidad jarocha se fue acunando en una costa tropical, húmeda y poco poblada, con regiones pantanosas, de llanuras ganaderas de monte bajo o surcadas por las cuencas de varios ríos que desembocan sus aguas en el Golfo de México, y cuya población más característica eran los campesinos y vaqueros mestizos descendientes de la triple raíz indígena, africana y europea. Su manera de hacer música y divertirse con ella se fue expandiendo por el litoral central del Golfo de México, en un entorno que coincide con el más inmediato mercado interior, el puerto, con su vasto hinterland: desde Veracruz hasta la barra de Nautla, hacia el norte –el Barlovento–, y por el sur, hasta la región de Huimanguillo, es decir, la región aledaña al puerto, la cuenca del Papaloapan, los lomeríos volcánicos de Los Tuxtlas y la cuenca del Coatzacoalcos. El fandango fue entonces la fiesta que daba identidad al mundo de los blancos, mestizos, negros y mulatos que compartían la cultura local sin identificarse ni con los peninsulares ni con los indios, que creaban una cultura propia a partir de los pueblos camineros, antiguas cabeceras ahora mestizadas y que conservaban, en muchos casos, sus barrios aborígenes, sus repúblicas de indios. [p. 19.]
Otra particularidad que tiene el jarocho mexicano es ser el producto regional de un devenir histórico, económico y social cuyas características  compartió con otras regiones del Caribe español, y que lo hacen muy parecido, en cuanto a su música, con el guajiro cubano, el jíbaro portorriqueño o el llanero venezolano. Con ello se afirma el grito de guerra de los investigadores de la africanía en México: ¡Veracruz, también es Caribe!
Como puede verse, el fandango está integrado a la vida cotidiana en el sur de Veracruz, y  su población es una entusiasta participante en los festejos de sus fiestas patronales; pero casi siempre se ha desarrollado en un ámbito local, intimista, con invitación a los jaraneros y bailadores de los poblados cercanos. Pero fue en Tlacotalpan, a fin de los años setenta, cuando la celebración de la Candelaria eran la feria, los toros y los fandangos, que algunos músicos e instituciones organizan “concursos” de jaraneros y decimistas pero, ante las protestas por los resultados, para el tercer año se decidió cambiar el formato al de “festival”, y finalmente al de “encuentro”, lo que proyectó a Tlacotalpan y al son jarocho al ámbito nacional. Desde sus inicios, la sede del Encuentro de Jaraneros es la hermosa Plaza Doña Martha, que data de la época del virreinato; en ese entonces llamada Plazuela de Plateros. Durante la Independencia se convierte en la Plaza Matamoros, pero su actual nombre lo debe a doña Martha Tejedor de Chelesque, distinguida dama que dedicó sus tardes y gran parte de su tiempo a arreglar la plaza con plantas, colocar farolas y pintar sus bancas. Así, el pueblo comenzó a llamarla Plazuela de Doña Martha. Actualmente, es el destacado grupo de son jarocho local Siquisirí el encargado de organizar los encuentros. 
Sin duda, el Encuentro de Jaraneros de Tlacotalpan ha sido muy importante en la popularización del son jarocho, propiciando los encuentros en otras localidades del sur de Veracruz y que haya fandangos en diversas ciudades de México; que este presente en las comunidades chicanas de Estados Unidos, en búsqueda de identidad. Además, es valorado y reconocido cada vez más por las facultades de música, donde se imparten talleres. Sin duda, esta música es la más vigorosa de las músicas regionales de nuestro país, y el Encuentro de Jaraneros de Tlacotalpan es la vitrina que nos muestra lo que está sucediendo con esta música. Imagine, paciente lector, mi sorpresa cuando en un encuentro un grupo argentino presentó su disco de son jarocho tradicional. Debemos, como buenos veracruzanos, conocer y respetar el legado cultural que nos ha sido heredado. Asistamos con alegría a las próximas fiestas de la Candelaria, a disfrutar del XXXV Encuentro de Jaraneros y Decimistas.  





Por Eduardo Sánchez Rodríguez 


No se irán: Gelman y Pacheco


Juan Gelman
Sólo unos días de diferencia, del mes de enero, los separarían de la muerte. Amigos entrañables, vecinos cercanos y lectores devotos uno del otro, los poetas Juan Gelman (Buenos Aires, 1938) y José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939) hicieron de vida y poesía una vocación que va más allá de las palabras. Omar Gasca se ocupa de ambas en estas líneas para trazar la trascendencia de estos autores en el ámbito cultural de Hispanoamérica.
Pacheco lo dijo de Gelman; ahora hay que decirlo sobre los dos: no volverán pero tampoco se irán nunca. Dan ganas de decir cosas como ésta, de la Elegía primera de Miguel Hernández a Federico García Lorca: “Muere un poeta y la creación se siente / herida y moribunda en las entrañas. / Un cósmico temblor de escalofríos / mueve temiblemente las montañas, / un resplandor de muerte la matriz de los ríos.” Pero diciendo lo menos, lo mínimo, no podemos sino someternos a una clarísima realidad: han muerto dos de los poetas más importantes de la segunda mitad del siglo XX; personalidades modestas, generosas, sensibles y dueñas de una sinceridad a toda prueba, rara virtud. De Gelman el mismo José Emilio Pacheco dijo que su vida “… fue una lucha incesante contra el crimen de estado, la violencia, la injusticia. También resultó una batalla con el lenguaje, combate que le permitió hacer lo que nunca se había escrito ni se volverá a escribir. Su existencia estremecida por todas las tempestades tuvo la recompensa de hallar algo que ya casi no existe: un final feliz”. 
Recordamos al Gelman de Violín y otras cuestiones, En el juego en que andamosGotán, Los poemas de Sidney WestSalarios del impío e Incompletamente, entre otras obras; al Gelman de los premios Nacional de Poesía en Argentina, Juan Rulfo, Iberoamericano de Poesía Ramón López Velarde, Reina Sofía de Poesía y Cervantes; pero también al Juan Gelman padre de Marcelo y suegro de Claudia, desaparecidos en 1976, él de 20 años, ella de 19 y con siete meses de embarazo, hechos sobre el que en una carta a su nieto o nieta (no se sabía entonces) el propio poeta argentino que se exilió en México escribiría: “Han pasado 13 años desde que los militares dejaron el gobierno y nada se sabe de tu madre. En cambio, en un tambor de grasa de 200 litros que los militares rellenaron con cemento y arena y arrojaron al río San Fernando, se encontraron los restos de tu padre…”  Macarena Gelman, la nieta, aparecería 23 años después en Montevideo, Uruguay.  Había nacido en un hospital militar y luego fue entregada a un policía, que la registró como hija propia, por supuesto sin el apellido que hoy ya lleva.  “Sentado al borde de una silla desfondada”, / –dirá Gelman en Mi Buenos Aires querido– “mareado, enfermo, casi vivo, / escribo versos previamente llorados / por la ciudad donde nací. / Hay que atraparlos, también aquí / nacieron hijos dulces míos / que entre tanto castigo te endulzan bellamente. / Hay que aprender a resistir…”
El poeta, ensayista, traductor, novelista, cuentista, periodista y profesor universitario José Emilio  Pacheco se fue algo después, no sin haber dado lugar, con su obra, al rumor en pasillos, academias, tertulias y talleres de que se trataba del gran escritor de nuestro país, y a ese respeto al que conducen con toda certeza aquellos que no buscan el reflector y más bien lo eluden.  “Un escritor sin protagonismos”, llamó Monsiváis a este escritor que llegaría a decir: “Son ustedes los que con su bondad han inventado mis libros a partir de esas mitades que están en la página a la espera de ser concluidos por la inteligencia y la imaginación de quien los lee.”
Recibió también varios premios: Cervantes, Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, José Donoso, Octavio Paz, Pablo Neruda, Ramón López Velarde, Alfonso Reyes y José Asunción Silva, entre algunos más.  Tradujo a Wilde, Benjamin, T. S. Eliot y Tenesse Williams, entre otros, pero son sin duda sus textos poéticos, sus novelas y cuentos su obra más importante: Los elementos de la noche, El reposo del fuego, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Irás y no volverás, Islas a la deriva, Desde entonces, Los trabajos del mar, Miro la tierra…, sus libros de poemas; sus novelas: Morirás lejos y Las batallas en el desierto, y sus tres libros de cuentos: La sangre de Medusa, El viento distante y El principio del placer.  En efecto, recordamos su participación en la historia de El castillo de la pureza, de Arturo Ripstein, esa película basada en hechos reales con fotografía de Alex Phililps y actuaciones de Claudio Brook, Rita Macedo, Diana Bracho y María Rojo, así como el hecho de ser considerado como uno de los más influyentes autores de la generación de los Cincuenta o generación de Medio Siglo, entre otros junto a Juan García Ponce, Sergio Galindo, Salvador Elizondo y Carlos Monsiváis, éste el gran polígrafo, muerto en 2010, quien sobre Pacheco diría: “El clima prevaleciente en la poesía de Pacheco, muy en especial a partir de No me preguntes cómo pasa el tiempo, es el pesimismo que, en este caso, es una guía poética (excluir del texto las apoyaturas del optimismo, rehusarse al brío autoritario) y una alternativa profética. El presente ya contiene el porvenir, es su cómplice directo, el que prepara las devastaciones y las catástrofes de los descendientes.” 
No se irán nunca, pero extrañaremos a esa especie: escritores que además de un gran oficio tienen algo que decir, algo propio, insólito, peculiar, lo que les asegura, sin buscarlo, no sólo un puesto en la historia sino uno en el lector competente (Eco), en su capital incorporado (Bordieu), es decir, en el plano de sus emociones y en sus referentes intelectuales.
Aunque es cierto: “Me da mucho gusto –diría Pacheco con motivo de la entrega del Premio Cervantes a Elena Poniatowska–, porque en México es poco apreciada la literatura mexicana. Los escritores siempre dejan bien a México fuera de México.”

Gasca: Artista, crítico y poeta –casi inédito.




Por Omar Gasca


Visiones de José Emilio Pachecho


José Emilio Pacheco, Juan García Ponce y Juan Vicente Melo
Amigos entrañables, Juan Vicente Melo y José Emilio Pacheco cultivaron una amistad que se remonta a la infancia, en el puerto de Veracruz, punto del primer encuentro de los futuros escritores cuyas trayectorias literarias corrieron en líneas paralelas que se hallaron en más de una ocasión. Como muestra de ello y a manera de ejemplo, reproducimos, gracias a los buenos oficios de Juan Javier Mora-Rivera, los siguientes textos del narrador veracruzano sobre dos libros fundamentales en la bibliografía del poeta Pacheco y uno más para celebrar su medio siglo de vida.  


Un libro de amor: Los elementos de la noche

En la colección Poesía y Ensayo que dirige Jaime García Terrés para la Imprenta Universitaria, José Emilio Pacheco reúne, con el título de Los elementos de la noche, poemas escritos entre 1958 y 1962, la mayor parte de los cuales se hallaban dispersos en varias publicaciones y sujetos, por tanto, a la suerte imprevisible que corren nuestras revistas y suplementos literarios. (Con criterio antológico que no olvidaba las condiciones tipográficas, la revista Nivel recogió –número 28, 25 de abril de 1961– algunos, excelentes poemas de Pacheco acompañados de unas estimulantes frases de Rosario Castellanos. En esta ocasión, la muestra era suficiente para conocer a Pacheco, para seguir sus pasos y poder adivinar o suponer el sitio que ya ocupa en el panorama actual de nuestra literatura. Sin embargo, Los elementos de la noche tendrá que ser, obligadamente, la publicación que señale el paso primero, la piedra inicial de la trayectoria poética de este muy joven escritor, cuya precocidad no ha dejado nunca de provocar envidia).
El nombre de José Emilio Pacheco no es, desde luego, extraño al público y a la crítica que frecuentan la literatura mexicana. Por el contrario: se le tiene por un escritor de prestigio. Dueño de una riqueza verbal y de un oficio sorprendentes, Pacheco incursiona, desde hace mucho tiempo y con una asiduidad digna de imitación, por la poesía, la crónica literaria, el cuento. Una sección en la Revista de la Universidad de México (“Simpatías y diferencias”), ocasionales notas sobre textos y autores lo califican como infatigable lector, poseedor de una cultura literaria vasta y sólida, herencia adquirida del repetido trato con la obra de Alfonso Reyes, autor a quien admira casi tanto como a Octavio Paz y Jorge Luis Borges. Cierto es que en esas páginas sueltas impera la información y el riesgo crítico se halla subordinado a la reconstrucción de hechos y fechas, al recuerdo o a la cita textual de numerosas lecturas. Pareja a esta actividad, Pacheco ha cultivado el cuento, la prosa poética, esa abstracción que se ha dado en llamar, por definición, el “texto”: en 1958, y bajo el amparo de los “Cuadernos del Unicornio” que una vez animó Juan José Arreola, apareció La sangre de Medusa, título de ficción que agrupaba dos “textos” clara e irremediablemente influidos por la fascinación de Jorge Luis Borges, quien no ha dejado de señalar su presencia en los siguientes ensayos de Pacheco. Recibidos siempre con más simpatías que diferencias, estos trabajos (crónica, cuento) dominaron en algún tiempo toda la atención de su autor y hasta postergaron su experiencia poética, renglón vital y, a mi juicio, terreno propicio que siempre le ha permitido expresarse plenamente por representar un acceso al encuentro consigo mismo, a su propio descubrimiento.
Estimo que, ante todo y sobre todo, José Emilio Pacheco es un poeta. Un excelente poeta. Lo prueba repetidamente el libro que hoy publica con extremo rigor y autocrítica severa: la selección de poemas traduce exactamente su intención y nos revela algo (o mucho) más de lo que esos mismos (y otros) poemas ofrecían aisladamente. En ellos se encuentran, desde luego, el espléndido dominio del lenguaje, la sorprendente facilidad con que se domina a las palabras, la sumisión que éstas muestran al unirse entre sí, al acompañarse, al convertirse en ritmo fluido, musical, muy puro, en todo momento justo. Pero esta condición de la poesía de José Emilio Pacheco, siempre a un paso de la retórica y siempre libre de ella, al igual que la luminosa perfección formal, mantenía ocultos un romanticismo y una pasión que la lectura fragmentaria no dejaba suponer. Ahora, reunidos, esos poemas son ya otra cosa: se complementan al mismo tiempo que se constituyen en sistema cerrado, en un todo, en intercambio de señales, en preguntas y respuestas. Se desvanece el hielo que presidía la habilidad de su construcción; aparece, con pudor, una pasión secreta que es sinónimo de nostalgia, conciencia del desastre, silencio.
Los elementos de la noche es un libro de amor, el recuento de los actos, las sensaciones, las consecuencias de un amor que se ha convertido en la terminación del mundo. Por una parte, la conciencia, la certidumbre del desastre (Mientras avanza, el día se devora / y sus ruinas se esparcen sobre un reino asolado… Pero tu nombre llega lacio y gastado como una promisión que no se cumple… El sol se desvincula y ya no late y es un clamor desértico… Los mundos atraviesan la sorpresiva fecha, / y dejan como estela, como ruinosa huella, / los instintos del polvo). Por otra, la añoranza del tiempo primero, del origen de todas las cosas, la búsqueda del linaje (Todo lo que has perdido, concluyeron, es tuyo / Es tu sola heredad, tu recuerdo, tu nombre… En lo alto del día / eres aquel que vuelve / a borrar de la tierra la oquedad de su paso… La edad de piedra petrifica el misterio. Y la ceniza, oh tierra, siente nostalgia del incendio…) El amor –o sea el tiempo, el paraíso también perdido– buscará refugio y consuelo en el “silencioso estruendo del olvido”, en el “acre sabor de lo que muere y lo que comienza”, en el símbolo de una infancia demolida como el castillo de arena edificado en la playa cuando el poeta tenía nueve años, pero también en el rostro nocturno de las cosas (Se apaga el ruido: áspera la noche / ya vulnera mi voz, arrasando sus símbolos), en la fidelidad última al desastre (Porque hoy el día amaneció de cobre / y era su advenimiento / la multitud del término.) Sin embargo, y pese a que repetidas veces se afirme que es “inútil el lamento, inútil la esperanza, el desterrado adjetivo del viento”, la causa –objeto del amor, o sea de la pérdida del paraíso, del fin del mundo, de la abolición del tiempo– se mantiene viva, cierta, soledad que desea ser compartida (Mas tú, señora, creces sobre ese largo acotamiento, / sobre el filo desnudo de ese acontecer que nos llega de lejos… Alguien que no eres tú / vive esa vida / para que tú la vivas).
Los elementos de la noche es un libro definitivo para su autor y para la literatura mexicana. El libro más hermoso que ha dado nuestra joven poesía. Uno de los más importantes que se han escrito en los últimos años. No nos preocupamos por relatar exhaustivamente las influencias, las voces que en él se encuentran: a esa ingrata e inútil tarea preferimos la de ocupar nuestra oreja con la voz con que el autor nos habla. No nos preocupemos amenazando, exigiendo a José Emilio Pacheco la superación en libros futuros: a ese afán inquisidor preferimos la decisión de acompañar al poeta en su peregrinaje sobre la tierra, a participar de la resurrección de las cosas y del nombre que otorga a lo que había muerto.
La poesía y la fidelidad del deterioro: El reposo del fuego
En 1958, y bajo los auspicios de Juan José Arreola, apareció, en la colección Cuadernos del Unicornio, el primer título de José Emilio Pacheco: La sangre de Medusa. El autor contaba, entonces, con asombrosos y envidiables diecinueve años de edad. Ahora, a punto de cumplir los 27 publica El reposo del fuego (Fondo de Cultura Económica, colección Letras Mexicanas), libro definitivo para el autor y para la joven poesía mexicana. Entre uno y otro Pacheco –lector infatigable– se dedicó a escribir cuentos, otros poemas, artículos, y múltiples, generalmente anónimas secciones en las que se reflejaban, claramente, una cultura asombrosa producto de eso que, un crítico, llamaba “desmedido olor a biblioteca”.
Otros dos libros aparecen en ese lapso (en el que impera una feroz autocrítica): El viento distante (ficción) y Los elementos de la noche (libro de poemas que compendia, además, algunas de las excelentes traducciones de John Donne, Baudelaire, Rimbaud y Quasimodo), José Emilio Pacheco es, ante todo y sobre todo, un poeta, un excelente poeta, El viento distante (que ha corrido buena fortuna, no sólo porque dos de los cuentos en él incluidos han sido llevados al cine por Salomón Laiter y Manuel Michel) nos revelaba a un poeta obsesionado por la prosa. Desde luego, se advertía en ese libro –como en otros “textos” dispersos en varias revistas– una de las más sobresalientes cualidades de este autor, el espléndido dominio del lenguaje, la sorprendente facilidad con que domina las palabras, la perfección formal de la estructura. Preferimos, sin embargo, Los elementos de la noche, ese libro de poemas que ya anunciaban –sería más justo decir: subrayaban– al gran poeta que es, hoy, con El reposo del fuego.
Libro de amor, recuerdo de las sensaciones y consecuencias de un amor que se ha convertido en la terminación del mundo –como una vez atrevidamente afirmamos– Los elementos de la noche señalaba una temática que en El reposo del fuego se advierte con toda claridad obsesivamente casi como un leiv motiv que no puede desaparecer porque es el factor determinante del poema, de ese poema cerrado que constituye todo el libro. Desastre, deterioro, “el febril desdibujo de la muerte”, en un continuo e incesante “devorar” todo lo existente, la añoranza del tiempo perdido, la búsqueda del linaje, “el silencioso estruendo del olvido” y –ante todo– la fidelidad a la certidumbre de esa demolición, a “la secreta eficacia con que el polvo devora el interior de los objetos”, aparecían como palabras, temas, circuitos cerrados, insistencias, en Los elementos de la noche y son también, entre otros, nuevos, los que presiden El reposo del fuego. Sólo que la belleza formal –siempre espléndida– se despoja de una cierta frialdad que antes dominaba y era demasiado fácil no advertir (tal vez porque Pacheco, insistimos, dominaba el lenguaje como pocos escritores de habla española); las influencias (o preferencias (si se quiere) han sido superadas, convertidas en voz propia –la de Borges, para no ir más lejos; no así la de Octavio Paz que muchos se afanan por achacarle y que este libro no encontramos por ninguna parte–; la contradictoria ambigüedad que siempre presidía sus anteriores poemas –muerte, vida, afirmación, negación, alto, siga, útil, inútil, amor, desamor, nacimiento, desastre– se revela y se rebela más acremente, más “corrosivamente” como afirmara Juan García Ponce a propósito de El reposo del fuego.
Estas líneas no pretendían ser una nota crítica. Había pensado en una entrevista o, si se quiere, en una plática (venciendo el temor de “compartir” con ilustres personajes dedicados a este ilustre género). Así, el lector encontraría el exacto sentido de la poesía de Pacheco, eso que García Ponce, nosotros y todos los lectores esperamos en el sentido que tiene el oficio de escribir, la necesidad de escribir, la fatalidad de escribir (como es el caso del autor de El reposo del fuego). Pero José Emilio Pacheco, huidizo, con una modestia que transcurre entre la autenticidad y la falsa alarma, se negó amablemente a este tipo de cosas en este tipo de ficciones. No podemos, sin embargo, dejar que pase inadvertida la importancia de El reposo del fuego, un libro excelente, hermoso, cerrado, doloroso, terriblemente afirmativo en su constante negación. Ya en Los elementos de la noche había preguntado, si “todo nos fue dado / como tributo o dualidad del polvo”. Hoy, en El reposo del fuego, el polvo pasa a ser llama que todo lo consume, en cuyo dolor encontramos que si “el tiempo es polvo; sólo la tierra da su fruto amargo, / el feroz remolino que suspende / cuanto el hombre erigió / quedan las flores y su orgullo de círculo / tan necias que intentan renacer, / darse el aroma / y nuevamente en piedra revestirse”, o sea el “otro que lleva a solas todo el dolor del mundo, todo el miedo”. Entre Los elementos de la noche y El reposo del fuego se halla todo el dolor de afirmarse en la negación como impera una madurez que descarta el fácil cartabón de situar a Pacheco entre los más deslumbrantes poetas formales. Poesía escrita desde dentro, poesía comunicable El reposo del fuego marca una trayectoria clara, lógica y –por tanto, aunque parezca inaudito– contradictoria, en un escritor que todavía tiene muchas y más cosas que decirnos.
Poema vivo El reposo del fuego es un libro que muchos quisieran haber escrito como pregunta y respuesta. Al menos quien tartamudea estas torpes líneas.
Cincuenta años de JEP
A José Emilio Pacheco, en sus primeros cincuenta años de vida.
Como todos los seres dizque humanos, los poetas también celebran sus cumpleaños: algunos cincuenta años, otras setenta y cinco u ochenta y cinco, los más se ufanan en que recuerde el primer centenario de su nacimiento. Nadie escapa a ese ritual, llámese (entre los mexicanos) José Emilio Pacheco, Octavio Paz, Luis Cardoza y Aragón (que nació en Guatemala pero como si hubiera honrado todavía más a nuestro país naciendo en algún sitio de México), Alfonso Reyes… Cierto es que, por razones políticas o meramente temporales, esas recordaciones muchas veces olvidan un carácter estrictamente literario o, si se quiere, hasta anecdótico para incurrir en el mero compromiso. En reciente artículo, Gustavo García señalaba esas celebraciones oficiales como forma de una “cultura globera y pirotécnica”. Indicaba, entre otros, el caso de Ramón López Velarde, “quizá el poeta más importante de nuestro siglo en muchísimos sentidos”, cuyo centenario de nacimiento (el pasado año) coincidió con el cambio presidencial, crisis, oposiciones y menesteres varios que mantuvieron esa fecha en “saludable discreción, en la reedición de excelentes investigaciones, a las que se agregaron alguna nueva”. Le fue bien a López Velarde –asienta García–, “si comparamos aquel año de Ramón López Velarde que inventó Luis Echeverría y que afligió al poeta con una película dizque biográfica, Vals sin fin, que figura en las listas del oprobio”.
Gustavo García nos permite disfrutar del banquete que representa el centenario natal de Alfonso Reyes (Don para los amigos) que se efectúa en este 1989 que tantas sequías ha ocasionado (con otras calamidades como temblores, incendios, ciclones y cicloncitos, abejas africanas, inconformidades salariales, deuda externa, fraudes electorales por todas las provincias que en la ex Nueva España han sido, visitas continentales y ultramarinas, etcétera): ahí están, afirma con razón, los abundantes tomos de sus obras completas “esperando lectores”: ahí están “sus frases convertidas en lugar común radiofónico” (“La región más transparente del aire”). Y nosotros nos atreveríamos a añadir las cancelaciones de timbres –o estampillas·postales–, programas televisivos dignos de Octavio Paz, cápsulas radiofónicas, cursos, conferencias, premios que abarcan todos los géneros “literarios” habidos y por haber, mesas redondas, espectáculos teatrales… Mas afirma Gustavo García en ese artículo:
Ahora ya no sólo hay nuevo presidente sino todo un ejército de intelectuales incorporados a la nómina oficial por las vías tradicionales o por el engendro del régimen, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, y ¡ay! de aquel que no festeje a Don Alfonso.

Ojalá que ese “compromiso”, esa “obligatoriedad” no entorpezca la celebración de los primeros cincuenta años de vida del poeta José Emilio Pacheco, gracias a cuya obra podemos ufanarnos de estar vivos y, por tanto, de seguir escribiendo. La sangre de Medusa, El viento distante, Morirás lejos, El reposo del fuego, Los elementos de la noche, No me preguntes cómo pasa el tiempo, Fin de siglo, Irás y no volverás, Islas a la deriva, Tarde o temprano, Los trabajos del mar, El principio del placer, Las batallas en el desierto, tanto títulos más incluyendo la Antología del Modernismo, la edición de El otoño recorre las islas de José Carlos Becerra, el diario de Federico Gamboa, las traducciones-adaptaciones del Diccionario de ideas de Massimo Bontempelli, El cerco de Numancia de Miguel de Cervantes, la Epístola: in carcere et vinculis (De Profundis) de Oscar Wilde, los trabajos con Mario y el hipnotizador, Lluvia, El doble, Los viajes de Gulliver, sin olvidar Un tranvía llamado deseo, muchas páginas de Salvador Novo, las Historias naturales de Jules Renard, su intervención en Poesía en movimiento, los guiones cinematográficos y un ejemplarmente envidiable periodismo literario (“Simpatías y diferencias”, “Calendario”, “El minutero”, “Inventario”) y en estos días Ciudad de la memoria consiguen que renazca el amor.
El cumpleaños de José Emilio Pacheco no deja de ser fiesta para todos (por lo menos para mí.)

Por Juan Vicente Melo