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Ocho años


Retrato de grupo: Redacción de Performance con colaboradores y amigos durante el brindis del Día de Reyes, 2013
Colaborador asiduo de este medio, Luis Enrique Rodríguez Villalvazo repasa la situación actual del quehacer cultural en Veracruz en su contexto natural: la violencia. “Si en periodismo político  no hay opciones –escribe el autor–, en el periodismo cultural no hay otro referente que Performance”.
A diferencia del siete, las referencias al carácter simbólico del ocho son limitadas (no pienso hacer la relatoría aquí de mi decepción al guglearlo para tratar de encontrar una respuesta enigmática que sirviera de hilo conductor a este relato, aunque debo reconocer que una página llamó en particular mi atención, y fue aquella que describe la personalidad a partir del número que te corresponde al hacer un cálculo con base en la fecha de nacimiento y ofrece alternativas para emparejarte con alguien cuyo número sea compatible) y no ofrecen verdaderas opciones como para vincular este aniversario con una suerte de halo místico.
Lo enigmático sí es la persistencia de quienes encabezan un proyecto periodístico como Performance, en un medio que se caracteriza por la facilidad con que se pergeñan elogios zalameros a la medida, trajes que encandilan al rey para que deambule desnudo por la plaza pública mostrando sus pudibundeces y que en ello sustentan un “prestigio” que, dicen, los sostiene. Lejos de lo que Tony Judt argumentaba cuando decía que los periodistas –en particular los periodistas de investigación, género del cual Veracruz sufre de anemia– eran los únicos críticos eficaces del poder.
En los ocho años más recientes, Veracruz ha transitado por un incremento en la violencia generada por el narcotráfico a una especie de calma chicha –en la acepción primigenia del término– en la que la angustia transita soterrada siguiendo la ruta de las carreteras federales que cruzan por la entidad, que se derrama en veredas y caminos de tercer orden. El cambio de partido en el poder no ha significado una variación en ningún sentido en la política de seguridad.
Son ocho años en los que las “opciones políticas” en Veracruz se han deslavado. Una izquierda sectaria y demasiado proclive, dúctil, a la negociación, sin capacidad de aprovechar el envión que les significó la figura de Andrés Manuel López Obrador, quien aporta su cuota destructiva; el panismo ensimismado, rumiando soberbia y fracturado en grupúsculos. El PRI, rehén de una generación de jóvenes políticos, forjados bajo la sombra de un echeverrismo tropicalizado, parto con fórceps de quienes no acabaron de formarse y por lo cual la nodriza ha vuelto para acabar de encaminar a los pequeños cuervos.
En el último cuatrimestre los jóvenes que vieron en la elección presidencial de 2012 una ventana a la cual asomarse y reclamar su espacio en este tinglado, han vuelto al anonimato; parafraseando a José Cruz, letrista de Real de Catorce, no cambiaron el mundo ni incendiaron el sol, no hubo una primavera árabe, ni siquiera un verano peligroso. El Submarcos asomó la capucha, pero volvió a esconderse bajo los élitros de Durito, ante la andanada que le propiciaron por su aparición oportunista.
En ocho años Xalapa se ha transformado para mal en una ciudad desordenada, en ocasiones sucia, en permanente deterioro, asfixiándose entre pegotes de una modernidad  mal entendida y que recusa su pasado arquitectónico, un paisaje cada vez más limitado, ganado a fuerza de edificios grises en su tono y en su diseño. La consigna es meter bloques verticales de concreto y tablaroca por todos lados.
En materia de cultura en ocho años las cosas parecen no variar. Si en periodismo político no hay opciones, en el periodismo cultural –al menos en lo que se refiere a Xalapa y la zona conurbada Veracruz-Boca del Río, pues reconozco mi ignorancia sobre lo que ocurre en otras ciudades del estado en este sentido– no hay otro referente que Performance. Sigo insistiendo en que el asunto aquí radica en lo poco redituable que resultan, económica y políticamente hablando, las empresas culturales.
Con la llegada del Hay Festival se revitalizó una parte de la escena xalapeña, pero se sigue careciendo del factor que vincule a la ciudad con el festival. Aún no adquiere la carta de identidad y en consecuencia a muchos les sigue siendo ajeno, severamente elitista, a pesar de los guiños como el de la edición 2012 con la participación de Café Tacuba.
En ese contexto ha crecido Performance, entre esos avatares se han movido sus editores. Son ocho años de luchar con la pantera hasta domeñarla, pero sin uncir el yugo en el cuello, sólo lo suficiente como para posar la mano en su lomo y percibir a la bestia cuando ronronea.

Salud.♦





Por Luis Enrique Rodríguez Villalvazo







De conciertos didácticos


Orquesta Sinfónica de Xalapa
Luego de una serie de conciertos didácticos que se vieron completamente desdibujados por la terrible acústica del gimnasio universitario Miguel Ángel Ríos, la Orquesta Sinfónica de Xalapa (OSX) volvió al auditorio de la Escuela Normal Veracruzana para presentar un concierto integrado por las siguientes piezas: “Marcha y ballet” de la ópera Aída, de Giuseppe Verdi; “Preludio y muerte de amor”, de Tristán e Isolda, obra de Richard Wagner (en su versión para soprano y orquesta), y Sinfonía número 6, Patética, de Piotr I. Tchaikovsky. Un programa, en sí, con piezas de diversos estilos y gran calidad estética, pero algo común, si lo vemos desde una perspectiva más general: ¿no es acaso la Sinfonía número 6 una de las obras más interpretadas por las asociaciones sinfónicas de México? La Filarmónica de la UNAM, por ejemplo, la tocó el 17 de febrero en la Sala Netzahualcóyotl, y entre dicha orquesta y la Sinfónica de Xalapa la han interpretado por lo menos cinco veces en los más recientes cuatro años (en contraste, digamos, con la suite Lulu de Berg, que generalmente brilla por su ausencia en los repertorios). La discusión es importante, pues es la OSX –junto con la Facultad de Música y Radio Universidad Veracruzana– quien tiene, al menos en esta ciudad, la mayor responsabilidad en el fortalecimiento y ampliación del criterio musical del público.
Volviendo a nuestra reseña, hay que decir que, desde el punto de vista interpretativo, el concierto resultó muy afortunado –aunque hay que señalar algunos puntos: la Marcha triunfal y ballet fue ejecutada, ya desde su mismo primer acorde, con gran textura, fuerza y dinamismo: una manera deslumbrante de comenzar. Sin embargo, Preludio y muerte de amor no mantuvo la consistencia de la pieza susodicha: es verdad que la sección de violoncelos y contrabajos fue muy precisa, y que, en varios momentos de la partitura, las violas y violines también lograron un contrapunto magnífico; aun así, ciertos pasajes, sobre todo de los alientos, no dieron la impresión de absoluta seguridad interpretativa que se obtiene sólo cuando uno se ha familiarizado completamente con una obra y, por tanto, la ejecuta casi como un movimiento natural de su cuerpo. Con la presencia de la soprano, se generó una nueva disyuntiva: Sarah Sipill cantó uniendo un timbre delicado con una potencia vocal profunda, combinación de indudable valor estético; no obstante, la orquesta no se pudo vincular con ella de modo cabal: hubo un tenue pero importante desfase (tonal, tímbrico, y aun de tempi) entre voz e instrumentos. Con dicha compenetración, la pieza habría sonado maravillosamente: ¿faltó tiempo para ensayos?
El intermedio no nos vino muy bien, porque nos sacó de ritmo; así, no fue sino hasta la entrada de los timbales en el primer movimiento de la Sinfonía número 6 de Tchaikovsky que recuperamos la capacidad de concentración. A partir de allí, notamos que la orquesta estaba fluyendo nuevamente en su apropiado cauce, como en la pieza inicial. Por ejempo: el Allegro con grazia lució con gran brillantez,  mientras que el par de tutti del Allegro molto vivace alcanzó una perfecta sincronía, con lo que quedaron resaltados sus agradables valores rítmicos. Igualmente formidable resultó el Adagio lamentoso, cuya lobreguez depende en gran medida de los violoncelos –instrumentos que se mostraron particularmente “conectados” en aquella noche. Finalmente, el encore, una de las Enigma variations de Edward Elgar, supo prolongar este mismo sentido de interioridad espiritual.♦

Por Héctor Miguel Sánchez

Las simulaciones de la estética




Tierra a la vista, muestra escultórica Rafael Pérez y Pérez, está conformada por obras con fuertes vínculos con lo popular pero acentuados con los sellos que su autor destaca: festividad, ironía, irreverencia. En este artículo, Manuel Velázquez afirma de este artista: “Hay toda una industria del pasado que simula y valida la autenticidad del simulacro. Sus esculturas ponen en perspectiva cómo es posible manejar un criterio de ‘autenticidad’ a partir de la apropiación, buscando que lo artificial sea auténtico”. Todo marzo en el Jardín de las Esculturas.
El desarrollo urbano, la concentración de la población en las ciudades y el crecimiento industrial incidieron en la progresiva crisis de la cultura popular tradicional. Ello contribuyó a gestar una cultura que nace del cruce entre lo culto y lo popular, influyendo en la creación de hibridaciones culturales como el kitsch.
Rafael Pérez y Pérez elabora una estética sincrética que reclama la participación de elementos surgidos de la marginalidad, “reciclados” y resemantizados. En esta elaboración de la imaginería en su obra se comparte el concepto de kitsch asumiéndolo conscientemente, mirando las experiencias de formas poco prestigiosas, rechazadas por su cursilería desde el lado del “arte culto”. Su exposición Tierra a la vista, presente a partir del mes de marzo en el Jardín de las Esculturas de Xalapa (Ivec), está compuesta por delicados barcos y “niños dioses” que navegan en barcas sobre olas de tonos de azul.
Las obras de este artista no tienen una identidad única, son el resultado de la influencia de diversos aportes y procedencias; una manifiesta heterogeneidad cultural que se vale de los símbolos más diversos para rescatar una peculiar visión de la memoria colectiva. Objetos elegidos o encontrados, registro de lugares visitados que le han dejado huella; como Colombia, Guatemala, Canadá, Cuba, por decir los más recientes, fueron referentes significativos para Pérez y Pérez. Los elementos de que se vale, la actitud irónica y descomplicada, no dejan de darle un aire festivo, irreverente y carnavalesco a algunas de sus obras.
Esta revalorización de lo trivial y lo kitsch es vista por muchos como una forma de la apropiación de objetos vulgares y baratos; pero son verdaderas creaciones, interpretaciones que se nutren en sus propias tradiciones que sin ningún sentido peyorativo les reconoce autenticidad. La obra de este artista tiene una connotación que lo vincula con lo popular, con elementos que forman parte de su propia identidad. Estos elementos le permiten aprehender aspectos básicos de la cultura local. De allí que lejos de rechazarlos, los usa; constituyéndose en parte de una poética no exenta de ironía y metáfora.
Para la realización de sus piezas, Pérez y Pérez utiliza elementos de la iconografía religiosa, despojándolos de su carácter ideológico, solicitando una confrontación a partir de propuestas plásticas. Sus “niños dioses” nacen de la infinita complejidad de los procesos sincréticos y de transculturación; de la confrontación en un mismo escenario (la obra), de elementos paradójicos como lo vulgar y lo sofisticado, lo “simulado” y lo auténtico, lo local y lo universal, lo popular y lo elitista, lo banal y lo trascendental. Sus trabajos son una especie de síntesis entre los estereotipos del kitsch y símbolos de contenido religioso. Ambos han confluido en su obra convirtiéndola en algo particular, que no deja de estar relacionada a ciertas búsquedas de identidad.
Pérez y Pérez tiene una particular estrategia para aproximarse a diversos tópicos vinculados con la cultura popular y específicamente con el tema de la identidad, preocupado por poner en evidencia la simulación generalizada que caracteriza a nuestra época, que salta sin problema de lo real a lo aparente. Hay toda una industria del pasado que simula y valida la autenticidad del simulacro. Sus esculturas ponen en perspectiva cómo es posible manejar un criterio de "autenticidad" a partir de la apropiación, buscando que lo artificial sea auténtico. El apego en su obra a la imaginería salida del arte popular no es un dejo nostálgico para volver a los orígenes, sino producto de una interacción cultural que pervive, forma parte de su cotidianidad y, como tal, se integra a su entorno cultural, a su obra.♦




Por Manuel Velázquez





Neruda al cachureo


¡Quiúbo tú, Raciel D. Martínez Gómez saluda a Pablo Neruda en Valparaíso
Entre las huellas de Whitman y Los Andes Raciel Martínez halló al poeta Neruda, en su propia tierra. Valparaíso, Santiago, Isla Negra y Viña del Mar representan los vínculos emblemáticos del poeta chileno con su patria. Raciel celebra aquí al hedonista más que al poeta: “me fascinó por su forma de vivir tan lúdica. Me imagino los fiestones con gente disfrazada en el marco de un Pacífico revuelto entre las rocas y con suculentos platos de mariscos, acompañados de un mareante pisco”.

La Sebastiana
Valparaíso
La Sebastiana se llama la casa donde vivió el poeta chileno Pablo Neruda en el rocoso y escarpado puerto de Valparaíso.
Neruda deseaba una casa ni tan lejos ni tan cerca del mundo urbanizado y del ambiente provinciano de un puerto como Valpa a mediados del siglo pasado. 
Pablo temía el mar, el navegar, nadar no sabía, pero los frutos que de él emergían los disfrutaba, como el caldo de congrio –también la paila marina por excelencia, la merluza o la reineta con verduras aliñadas con suaves aceites y vinagres o un guachinanguito relleno de mariscos con una cama de papas y una sábana de queso.
Sentía Pablo el cansancio de Santiago, la capital, por ello quería una casa, una casita, sí, muy especial en esta ciudad llena de cerros harto caprichosos, que Neruda veía como permanentemente despeinada –de hecho Valparaíso tiene un aire de clochard en cada rincón.
En 1959 le encargó a unas amigas que le consiguieran una vivienda con algunas características: no podía estar muy arriba ni muy abajo de dichos cerros, además que fuese barata, próxima al comercio, y, ¡ah, sobre todo! que los vecinos fuesen invisibles.
Y las amigas lo consiguieron. 
En el Cerro Bellavista, hoy en día a la altura del centro financiero de Valparaíso, en la calle Ferrari y la Avenida Alemania, se ubica una casa de cinco pisos que todo parece menos una vivienda: da la sensación, en el recorrido espléndidamente diseñado por la Fundación Neruda, de estar en un museo, aunque no, más bien en la casa de un juguetero, o de un coleccionista de rarezas, antigüedades y ocurrencias varias.
El barrio donde se encuentra actualmente la casa se ha convertido en un sencillo pero inspirado homenaje a la poesía. Las casas enseñan en sus fachadas poemas inscritos como si fueran su nomenclatura –los escriben en una plaquita de losa que enseñorea e identifica a cada puerta en cuando menos la rúa de Ferrari.
Hay un Parque de los Poetas con estatuas al tamaño real de Pablo Neruda, parado, como saludando –alto por cierto, patón–, de Gabriela Mistral sentada, seria, adusta incluso, y Vicente Huidobro, también recargado en una banca y tirándote el brazo para que en confianza recibas un gesto como trazando uno de sus caligramas.
Asimismo, se puede comer lírico, poético pues, en Oda Pacífico, un restaurante gourmet; ahí puede uno deleitarse con unos pulpos grillados con crounche de salmón, y no perderse por favor los postres con maracuyá. 
También hay cafecitos chics en la onda "yoga y yogurt", como Donde Lucas, en donde se come un pastel de jaiba muy delicatessen –para mayores informes consúltelos en Facebook.
Decían que Neruda bromeaba con la casa, al señalar que salió perdiendo al comprar puras escaleras y terrazas.
Y, en efecto, La Sebastiana es más escaleras que casa.
Así como Pablo tuvo el don de la pausa, me lo imagino cachurear por los pueblos y por Santiago para descubrir los objetos que transformarían el estilo decimonónico por un indescriptible eclecticismo que va de la refuncionalización de puertas rescatadas de una reciente demolición, los grabados de barcos, un caballito de tiovivo, un ave rosa disecada que trajo de Colombia hasta una soberbia fotografía de Walt Whitman, uno de sus poetas más admirados junto a Arthur Rimbaud.
Y quizás su cachureo más sensible fuese su sillón de cuero donde escribía con tinta verde y al que bautizó como “La nube”, una de las tantas cosas que rescataba del olvido para inventarles una memoria.

Pablo el cosista
Santiago
El novelista chileno Jorge Edwards dice que hay dos casos extremos de escritores obsesionados por cambiar los interiores de sus casas.
Uno de ellos es José Donoso, el autor de Casa de campo, compulsivo para añadir estantería, alfombra y vajillas. 
Y el otro es precisamente Pablo Neruda, quien acumulaba los objetos de forma menos clásica que Donoso y, es más, se advierte un carácter más lúdico para decorar casi con estilo surrealista sus moradas.
Incluimos por supuesto en esta compulsión decorativa la casa de Isla Negra en donde Neruda, con su tono bromista para causar sorpresa, a las cosas les ponía nombre.
Los bautizos en todo caso se relacionaban con las coyunturas fiesteras del poeta, que no dudaba en nombrar cosa alguna y de pretexto organizaba una pachanga.
Aunque habrá que aclarar que la reunión de cosas nerudiana, siempre conllevó una razón museística a la manera de un empedernido coleccionador, como lo muestran sus mascaronas de proa, sus máscaras –la del teatro No japonés son exquisitas–, las conchas marinas y las botellas.
Cuenta Edwards que cuando Pablo Neruda tuvo que instalarse en el segundo piso de la mansión de la avenida de la Motte-Picquet, donde estaba la embajada de Chile en París, Francia hizo lo propio hasta que no dejó el recinto diplomático como una barroca feria mexicana.
Recordemos que Neruda pasó largas temporadas en México –en una de ellas fue cónsul general de 1940 a 1943, donde vuelve a escribir el Canto general y casose también aquí con La Hormiguita–, nación que lo influye culturalmente como lo demuestra un rarísimo cuadro que conjunta al cóndor con el zopilote allá en Isla Negra. 
La relación con México data largo y con aristas de todo tipo, tan sólo evoquemos que inmediatamente después del golpe de Estado en 1973, el presidente Luis Echeverría Álvarez habría ordenado al embajador Gonzalo Martínez Corbalá traer a Neruda a nuestro país. Martínez Corbalá, un día antes de la muerte del poeta, lo visitó y lo vio enfermo; sin embargo, no estaba en estado catatónico, como lo registra el parte oficial. Lo afirmado por Martínez Corbalá abre la tesis que sospecha del crimen de Neruda.
En fin, lo anterior comprueba la parte mexicana que tenía Pablo...
En su poema dedicado a La Sebastiana, Pablo Neruda dota a la casa de vida propia. 
Dice que crece y habla, que tiene ropa colgada en sus andamios, como ensortijado cabello apenas mojado. Y no duda en extrapolar cualquier mitología para describir este inesperado puerto: "y como por el mar la primavera / nadando como náyade marina".
La casa ha estado en medio de la controversia. 
Primero sufrió destrozos derivados de los allanamientos de la dictadura durante el golpe de Estado. Lo mismo ocurrió con sus otras dos casas, ubicadas en la capital, Santiago, y en Isla Negra.
La viuda Matilde Urrutia la cerró y durante 18 años quedó como una casa fantasma. 
Y fue abierta por la Fundación Neruda, encabezada por exfuncionarios pinochetistas que persiguieron en su tiempo al Premio Nobel de Literatura. La Fundación muchas veces ha sido señalada de malversaciones de sus fondos. Empero, el tema es que la casa ya está reabierta y recibe de 600 a 800 visitantes a diario, y 300 cuando es temporada baja.
Todos esos objetos prueban el mote con el que se autobautizó Pablo: decía que era un cosista por naturaleza.

Milagrosa mascarona
Isla Negra
María Celeste es una mascarona de proa que Neruda tuvo como pieza consentida en su casa de Isla Negra. La vivienda es plurifuncional por donde se le enfoque: es museo pero también, literalmente, opera como un mapa del largo Chile. La tostada pieza de madera tiene su historia, la cubre un velo de misterio que el poeta gustaba de ensalzar. Y tan fue así, que el propio Salvador Allende la quería para su propiedad. 
"Me la ha tratado de arrebatar", escribió en Confieso que he vivido.
Aunque pequeña, a Neruda tal vez por eso le sedujo, le otorgaba origen francés y experiencia mínima, ya que según aseguraba, apenas había navegado las aguas del Sena –porque, dedujo, pertenecía a un navío de menor tamaño.
Con un vestido del Segundo Imperio, María Celeste parece volar. Y sus ojos son de loza, lo que explica el milagro de la mascarona. 
Sí, María Celeste llora, o semeja hacerlo, todos los inviernos. Neruda escribió que la madera tostada quizás tuvo alguna impregnación que recoge la humedad y por ello escurren las lágrimas.


Confieso que no me gusta
Viña del Mar
Tengo que confesar, a manera de coda, que no me gusta la poesía de Neruda. Acaso lo que me provoca más ruido es su militancia que ralentizó su obra. Poco sé del pleito con Octavio Paz. Sin embargo en este viaje recuperé al personaje que, por cierto, en los registros fílmicos que presenta la Fundación Neruda se muestra a un poeta generoso con las influencias mayores –baja la mirada para referirse a Huidobro–, con los escritores contemporáneos y con glorias de la provincia.
El personaje me fascinó por su forma de vivir tan lúdica. Me imagino los fiestones con gente disfrazada en el marco de un Pacífico revuelto entre las rocas y con suculentos platos de mariscos, acompañados de un mareante pisco.
Sabía vivir en el alambre y lo hacía con una energía cuasi infantil.
Me sorprendieron también en Isla Negra los colmillos de narval, ubicados en la cola de la casa. De niño siempre pensé que era mitológico este cetáceo, pero cuando los vi en fotografías, se convirtió en uno de mis animales predilectos.
Asimismo está colgado el smoking con el que recibió el premio Nobel, y no deja de causarme respeto su figura.
Al final adquirí uno de sus libros últimos, de los menos conocidos. El título es: Geografía infructuosa y lo edita Losada, de Argentina, en 1972, un año antes de su muerte. Se lee una poesía muy decantada, sumario existencial que deja las huellas de Whitman, como este trozo de su poema "Donde se escoge el pasado":

En cambio en aquel sitio
sin nadie, con océano y arena,
perdido, con mi traje
de soledad, mirando
sin ver, lo más lejano
en la distancia que borra las flores,
allí soy, continuo,
como si el tiempo hubiera detenido
en lo remoto mi fotografía
apasionada en su inmovilidad.

Compré entonces mi pingüino de lapislázuli con pico de cobre para completar mi cachureo global, que incluye un ceviche limeño –con camote y elote–, una gorra de Los Andes y así ya estoy a mano con Neruda: ¡Qué padre poesía, pero más padre vivía! ♦



Por Raciel D. Martínez


¿Imaginan a ese viejo caballero bailando como adolescente?


Rubén Bonifaz Nuño con un cigarrillo en la mano.
Ignacio Trejo Fuentes dictó una conferencia en torno a Rubén Bonifaz Nuño, el poeta cordobés que falleciera el último día de enero. El homenaje fue organizado por el Instituto Veracruzano de Cultura, a través de su Departamento de Publicaciones, el pasado 15 de marzo en la sede del Ivec en el puerto de Veracruz. Este es el texto del crítico y novelista quien fue un colaborador muy cercano de don Rubén en la UNAM. El autor recuerda: “Cuando se publicó el calendario de Gloria Trevi, donde aparecía desnuda antes de sus conocidos desórdenes, le regalé una copia a Rubén, y determinó que me aumentaran el sueldo”.
Para iniciar este homenaje a don Rubén Bonifaz Nuño quiero hacer tres advertencias: 1) no vengo a disertar sobre su obra poética ni ensayística ni de sus admirables traducciones (que lo hagan los especialistas): vengo a contar anécdotas;  2) empezaré contando cosas que, al parecer, no tienen nada que ver con Rubén pero servirán  –espero–  para contextualizar lo que he de decir; y 3) predominará mi punto de vista, el “yo” (el yoyo).
Hace muchos años, fui a Xalapa para acompañar a María Elvira Bermúdez en la presentación de su libro de cuentos Encono de hormigas (el título procede de un verso del poeta Ramón López Velarde).  Se acuerdan quién fue María Elvira, ¿o no? Fue la primera abogada litigante, lo que era difícil: ¿qué hacía una dama en medio del muladar de los juzgados? Fue, también, integrante del grupo que consiguió el voto de las mujeres en México, lo que no es poca cosa. Periodista, crítica literaria especialista en novela policiaca (publicó la estupenda novela Diferentes razones tiene la muerte y creó a la primera detective mujer de nuestras letras). Pues bien, en la cena  dijo que le encantaría visitar el puerto de Veracruz, y nuestro amigo novelista Octavio Reyes (Cangrejo) propuso que él podría llevarla, conmigo, a este puerto maravilloso. Al día siguiente, abordamos el auto de Octavio previamente avituallados de cervezas, y María Elvira pidió que le avisáramos cuando estuviéramos a punto de llegar. Lo hicimos, y ella se acurrucó en el piso del auto, nos pidió que la lleváramos a una playa determinada y se puso a llorar. Era, contó, que siendo jovencita y se casó, su esposo la trajo de “luna de miel” a Veracruz.
Por mi parte, he venido al puerto más de treinta veces. Una de ellas cuando obtuve el Premio Internacional de Ensayo Literario Sergio Galindo que organizaron aquí. Luego de la ceremonia de entrega del premio, fuimos a beber en casa de Sergio, y nos acompañó Juan Vicente Melo, otro veracruzano célebre y admirable.
Me costaría trabajo enumerar a los escritores veracruzanos (que no “jarochos”, pues estos son sólo los oriundos del puerto en el que ahora estamos, así como los “cariocas” no son todos los brasileños, sino sólo los originarios de Río de Janeiro) que he tenido el honor de conocer o haber leído, pero aseguro que son decenas. (Jalisco, Veracruz y el Distrito Federal son las entidades que aportan el mayor número de literatos al país.) Lo que es admirable es la cantidad de historias que se ubican en el puerto de Veracruz. ¡Una maravilla! ¿Y qué tiene esto que ver con Rubén Bonifaz Nuño, a quien hoy celebramos?  Que el poeta es veracruzano, de Córdoba.
Lo conocí en lecturas y conferencias en mi época de estudiante en la UNAM, a finales de los 70 y principios de los 80 (empieza a funcionar el yoyo), pero me hice amigo suyo cuando en los 90 trabajé en la Dirección de Publicaciones de la UNAM, que dirigía Vicente Quirarte (es chilango, pero parece jarocho). Malévolamente, se decía que Rubén era el auténtico director de Publicaciones (y de toda la Universidad), y llegaba las tarde de los jueves no para trabajar sino tan sólo para hacer tertulia. Elegante como era (ya saben que tenía trajes espléndidos, que usaba chalecos y leontina), empezaba a contar chistes (teníamos un reto: a ver quién inventaba chistes), y delante de Vicente, de Ignacio Osorio (q.e.p.d.) y su esposa, ponía su disco de Gloria Trevi (“Quiero tener el pelo suelto”) y se ponía a bailar. Yo bailé más de tres veces con él. ¿Se imaginan a ese viejo caballero bailando como un adolescente? Cuando se publicó el calendario de Gloria Trevi, donde aparecía desnuda antes de sus conocidos desórdenes, le regalé una copia a Rubén, y determinó que me aumentaran el sueldo. Al salir de la reunión de los jueves, Rubén y sus amigos iban a cenar a La Lechuza, magnífica taquería, y lo acompañaban el también maravilloso poeta veracruzano Francisco Hernández, Jorge Esquinca, Guillermo Fernández, Marco Antonio Campos, Sandro Cohen y multitud de admiradores de Rubén.
En esos tiempos (sigue el yoyo), Rubén me encargó dos tareas, una buena y otra no tanto. La buena es que determinó actualizar los libros de la Bibliotheca Scriptorvm Graecorvm et Romanorvm Mexicana que él había ideado, diseñado y producido. Me dijo: “Maestro Trejo, usted se encargará del texto de la cuarta de forros de las nuevas ´camisas´”. Yo, encantado. ¿Se imaginan lo que es leer a Platón, a Catulo, a Menandro, a Hipócrates, a  Cicerón, a Euclides, a Horacio, a Salustio et al y que te paguen por ello? No había Internet, Google y esas cosas, pero me hacía de enciclopedias y me encerraba en mi casa a estudiar a los clásicos grecorromanos, y le llevaba a Rubén mi texto. Le hacía correcciones y enviaba los libros a la imprenta. Como saben, las obras de esa colección se hacen, en linotipo, en el idioma original y en español, precedidos por prólogos hechos por especialistas. ¡Qué honor, qué agasajo!  Ha sido una de las épocas maravillosas de mi vida profesional.
La encomienda no tan grata que me hizo Rubén fue editar los discursos del, en ese tiempo, rector de la UNAM. Me dijo: “Ya hice la corrección de estilo, usted encárguese de la producción, porque los redactores y correctores de Publicaciones son unos inútiles. Y es el trabajo del rector”, dijo y me entregó un altero así de alto de manuscritos. Qué lío. ¿Saben lo que es leer un discurso sobre plantas naturales, o sismógrafos, o matemáticas, etcétera? Y varios de esos discursos estaban escritos en inglés. “Marqué” los originales, y cuando me entregaron galeras las leí y corregí tres veces. ¡Qué martirio! El día en que Rubén convocó para cerrar y dar el visto bueno a los discursos del rector, puse el Vb a los textos y fui a la junta. Estaban, además de Rubén, Vicente Quirarte, el jefe de la Imprenta Universitaria, otro funcionario y el inútil jefe de correctores (eran más de quince). Firmaron el “tírese” (yo no había visto la portada ni la página legal y esas cosas), cuando el inútil observó: “Está mal escrito el nombre del autor”. El rector era José Sarukán o Saruhkán o Zaruhucán. Y sí, su nombre en la portada estaba mal escrito. Rubén ordenó que se corrigiera el error y señaló, aparte: “Si no hubiese sido por ese pendejo, nos corren a todos”.
Luego ocurrió lo de Lucía Méndez. Saben quién es, ¿no? Era (creo que es) cantante y actriz. Rubén se enamoró de ella, a tal grado que decía a sus amigos: “De nueve a diez, entre semana, no me hablen: estoy viendo la telenovela donde aparece Lucía”.
Yoyo: trabajaba yo con Fernando Valdés en la Editorial Plaza y Valdés, y le propuse a aquél hacer una colección de poesía. Loco como era y sigue siendo, aceptó. Determiné que el principal objetivo (así hablan los editores) era conseguir material de Octavio Paz. Si él me aceptaba, aceptarían todos. “¿Cómo le hago”, me pregunté, y me acordé que el ego determina todo. Puse a la colección Las Peras del Olmo (título de un libro de don Octavio.) Y tras vueltas y vueltas (no hablo de revistas, sino de travesías), el poeta me dio poemas. “¿Y a quiénes más va a incluir en la colección?”, me preguntó el que todavía no era Premio Nobel. Inventé: “A Rubén Bonifaz Nuño y a Elías Nandino”. Habló maravillas de Rubén e hizo pedazos a Nandino: “Es muy buen hombre, pero no es poeta”, dijo. (En otra visita, despedazó a Alfonso Reyes, y si quieren y hay tiempo, al final les platico lo que dijo.)
Bonifaz Nuño me dio Pulsera para Lucía Méndez, sonetos dedicados a la cantactriz. La colección fue un éxito, los ejemplares (2000) se vendían a cinco pesos, y el hábil  editor los colocó en todas las librerías. Llamó la atención el libro del veracruzano: “¿Por qué un poeta de su tamaño escribe versos a una mediocre?” Hubo respuesta: Lucía Méndez entrevistó, para dos programas, a Rubén. No recuerdo si para Televisa o para el Canal 13. El cuaderno se vendió como si fuera whisky.
¿Sabían ustedes que Rubén Bonifaz Nuño fue un enamorado empedernido, más que Gabino Barrera (que no Barreda)? Murió soltero,  por decisión propia. Tuvo novias y amantes al por mayor, entre sus amigas, ayudantes y alumnas. ¿Cómo, supongo, las damas iban a resistir las puñaladas que el poeta les ensartaba con sus versos amorosos? (Uno de los mayores en la materia, y he leído a muchos.) Uno de sus libros contiene una de las dedicatorias más enigmáticas: “Aquí debería estar tu nombre”. Supe el nombre de la destinataria, pero ya no me acuerdo.
Dije que Rubén era generoso, que me dio Pulsera para Lucía Méndez. Agrego que a Miguel Ángel Hernández Rubio (q.e.p.d.), de Guadalajara, le entregó poemas para una de las plaquetas de Toque de Poesía, así nomás, sin lana de por medio. El Mike se inflaba de orgullo.
Puedo pasar horas y horas hablando de Rubén Bonifaz Nuño, aunque sólo quiero decir que nunca pude hablarle de tú, supongo que debido a mi absoluto respeto por él. En consecuencia, después de intentarlo (¿nos hablamos de usted o de tú?) él me llamó siempre “maestro” y yo, a él, “doctor”. Y para rematar el yoyo, voy a leer para ustedes un texto que escribí y publiqué hace no sé cuántos años, “Caravanas con poema ajeno”, y que es, desde luego, un homenaje a Don Rubén. Al terminar, si ustedes quieren y alcanza el tiempo, podemos charlar.♦





Por Ignacio Trejo

Sergio Pitol: Ochenta gozosos años


Sergio Pitol

En agosto de 2006 se honró en Xalapa, Veracruz, a Sergio Pitol por haber ganado el Premio Cervantes. Amigos y familiares suyos, académicos veracruzanos, lectores de todas las edades se unieron a la celebración que se condensó en un libro de entrevistas que permanece inédito y del que se glosan algunas de esas conversaciones. De aquellas alegrías a las que ahora vive el ilustre autor xalapeño sólo hay un parpadeo. Permanece el cariño y el afecto, permanece sonriente el autor nacido el  18 de marzo de 1933.

A Sergio Pitol sus amigos lo honran siempre con palabras porque esas palabras los unen desde hace tantos años y porque, gracias a ellas, quedan, a manera de fresco, momentos compartidos, gozosos, dolorosos, como es ese eterno movimiento llamado vida. Si el escritor veracruzano tiene pasión por la trama, en este coro de voces el lector hallará la trama afectiva que lo tiene tan feliz y orondo a sus 80 años. Sus amigos, pitolérrimos, lo honran así:
Su editor en Anagrama, Jorge Herralde
No puedo olvidar aquella fiesta organizada por La Luna de Madrid, la revista y portavoz de “la movida” española, en el hotel Palace, memorable y loquísima, con gran oferta de sexo y sustancias varias en los lavabos, y con las Azúcar Moreno, teloneras aún de Los Chunguitos, deslumbrando al personal. Allí estaba Sergio a finales de los 60, en Barcelona. Como luego estuvo en París, Lanzarote, Sevilla, Cádiz y en Praga, donde actuaba de embajador, un disfraz competente.
Y ahora lo encuentro finalmente aposentado en Xalapa, en sus tierras veracruzanas, donde tiene un montaje como de pequeña nobleza rusa: una cocinera y su hermana como ayudante, con su hijo pequeño, y  además un chófer. Y naturalmente el rey de la casa es su perro Sacho. Y como detalle exótico, los célebres jardines de Pitol con dacha incorporada, que no están junto a la casa, donde suelen estar los jardines de la gente corriente, sino a varios kilómetros de Xalapa, una excursión que vale la pena, unos jardines magníficos con bambúes gigantescos, y con sus jardineros de plantilla.
La nuestra es una amistad de muchos años alegrada con tantísimas conversaciones sobre literatura y sobre tantos favoritos mutuos, empezando por Witold Gombrowicz en los años 60, a quien tradujo admirablemente, hasta Antonio Tabucchi, anteayer.
Pitol dirigió la serie Los Heterodoxos de Tusquets, una colección espléndida con autores y títulos inesperados que nuestro sabio amigo se iba sacando de los muchos sombreros de sus lecturas. Y como colaborador de Anagrama siempre tuvo sugerencias inapelables y bienvenidas como En torno a las excentricidades del cardenal Pirelli del excéntrico Ronald Firbank, Criados y doncellas de la no menos excéntrica Ivy Compton-Burnett o Caoba de Boris Pilniak.
Además, he tenido el honor de publicar cinco novelas y un libro de cuentos suyos, hasta llegar a la summa magnífica que es El arte de la fuga, uno de los textos mayores de la literatura latinoamericana de nuestro tiempo. Un libro en el que, significativamente, el autor escribe: “Hoy ha sido un día bendecido por la risa”. Para mí, la risa es un rasgo inseparable de la relación con Pitol. En mi recuerdo, nos hicimos amigos para siempre una Nochevieja en Barcelona, en 1970, en casa de Luis Goytisolo. Una fiesta que narró Pepe Donoso en Historia personal del boom, con cuatro superestrellas como García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y el propio Donoso.
Recuerdo que, ya con muchas copas, empezamos con Sergio a comentar la jugada: una situación como muy cordial y festiva, pero en realidad bastante tensa y recelosa, con el caso Padilla de por medio. Rápidamente empezamos a desbarrar, a “mamar gallo”, como diría Gabo, y escuché por primera vez, creo, las inimitables carcajadas de Sergio, su corrosivo sentido del humor, la vocación por el disparate.
Su amiga desde la infancia, Edna Salmerón Scully, quien cada vez que puede le cocina chiles en nogada para agasajarlo
Aunque yo no fui al kínder con él, mis hermanos y yo visitábamos a Sergio y conocimos toda la casa familiar, los mayores patinaban con Ángel, que es su hermano y que ya es más grande, y Sergio y yo jugábamos y platicábamos. Inclusive mi abuela me decía: “A mí me gusta Sergio para casarte con él”. Pero nuestras vidas tomaron otro rumbo. Al morirse mi abuelo cambiaron las cosas en el ingenio y a mi abuela le dan una casa en una de las colonias. Ellos vivían en lo que es el casco de la hacienda y yo jugaba a la comidita y, de hecho, acabo de terminar mi libro de gastronomía donde están las recetas para guisar  “bisteces de metate” y el famoso “tapado de pollo”. Quiero hasta el alma a Sergio. Siempre estábamos afuera de su casa. Yo jugaba a la comida y él estaba conmigo platicando porque los demás eran mayores que nosotros. Estaba como aparte. Yo hacía la comidita y él me acompañaba. Cuando murieron sus papás yo siempre me preocupé porque mi amigo Sergio estuviera acompañado y jugara siempre. Siempre lo veo con mucho afecto.
Juan Villoro, narrador y cronista, explica el lugar de Pitol en la literatura mexicana
La obra de Pitol fue muy original e incluso muy extraña para nosotros, y durante mucho tiempo la crítica no supo cómo ubicarla.
Cuando él publica en 1970 El tañido de una flauta es un momento en que todo mundo habla de novela social porque acaba de pasar el 68. Los escritores están volcados en el realismo mágico o en la reconstrucción realista de la realidad, y de repente esta novela tiene que ver con muchos tiempos: un festival de cine en Venecia, un cineasta japonés que hace una película que tiene que ver con un mexicano fracasado pero que al mismo tiempo se fue a vivir a Nueva York, entonces hay como muchos lugares y muchas formas del arte que se discuten y se comentan. Y esto era difícil de apreciar entonces porque ponía en juego distintos géneros y procedimientos. Pero hoy en día, yo creo que muchos escritores están haciendo exactamente lo mismo que Pitol. Algunos son muy famosos, como Enrique Vila-Matas, Claudio Magris, W. G. Sebald, que combinan la memoria, la crónica, la ficción. Todos hablan de libros que existen y también de otros que podrían existir y de otros que no sabemos si pueden existir o no. Mezclan los sueños con las acciones, entonces estos géneros híbridos uno de sus precursores es Sergio Pitol desde El tañido de una flauta que está muy claro. Primero lo empezó a hacer en el género de la novela, y luego se desentendió de la novela y escribe libros sin género preciso como El arte de la fuga o El mago de Viena. Yo creo que Sergio fue un precursor y fue una de las cosas que se juzgó mucho en el Premio Cervantes porque a mí me tocó estar en el jurado. Esa fue una de las razones para darle el galardón. Había candidatos muy fuertes: Juan Goytisolo, Juan Marsé, Alfredo Bryce Echenique, Mario Benedetti, era un año muy competido y una de las cosas que señaló Rodrigo Fresán y que tiene mucha razón es que ahora se escribe de manera muy natural y libre como Pitol escribía en los años 60 y principios de los 70. La gente lo consideraba una extravagancia y Pitol abrió un camino muy grande. Enrique Vila-Matas sería muy difícil de entender sin Pitol, yo creo que por eso le tiene mucha gratitud, aparte el afecto personal.
Es muy importante pensar que Sergio Pitol es un autor muy arraigado en México, que escribe de José Vasconcelos a partir de las lecturas que hacían de él sus tíos y tías, la lectura que él hizo de Ulises criollo, su tránsito de Xalapa a la ciudad de México, cuando estudió Derecho. Ha escrito mucho de pintura mexicana, ha editado libros de pintores de muy distintas generaciones, desde Olga Costa hasta pintores muy recientes. Al mismo tiempo, una de sus lecciones es: lo local sólo significa si puede ser universal. Proust nos fascina como le fascina a un japonés o a un ruso, y Sergio escribe ese tipo de novelas donde no sólo se ocupa de lo local sino que también de cómo lo local va hacia otros lados, pero siempre está en el ambiente mexicano. Por ejemplo, en el Festival de Venecia no se ocupa de los grandes artistas sino de una burócrata mexicana pretenciosa, que está manejando dinero del Estado que Sergio llama La Falsa Tortuga. A su vez, el apodo de La Falsa Tortuga alude a Lewis Carroll por una sopa que dan en Inglaterra, por una sopa que te dicen que es de tortuga y no es de tortuga. Entonces el apodo es muy cosmopolita, pero la figura es una figura ridículamente mexicana. Y así El desfile del amor es una interpretación de la historia de México, lo que pasó en el año 1942, pero al mismo tiempo es una historia muy cosmopolita porque eso que pasó en el año 42 fue la diáspora de exiliados europeos que habían llegado a México huyendo del nazismo y se habían quedado en la colonia Roma de la ciudad de México, en varios edificios donde se hablaba yidish, húngaro y polaco. Era un México muy cosmopolita donde también estaba el exilio republicano español, entonces en ese ámbito suceden algunas novelas de Pitol. Él quiere recordar ese momento en la historia de México, que también tiene que ver con la política local, pero que está rodeada de extranjeros. En  ese sentido su obra está llena de esos vasos comunicantes. A nosotros nos dio a conocer  a casi cien autores del polaco, del ruso, del inglés y el francés. Y al mismo tiempo, él ha trasladado a la literatura mexicana a latitudes donde no había llegado, ya sea porque ahí sitúa a sus personajes o porque ha escrito de literatura mexicana para el interés de lectores de otras partes.
Ahora todos esperamos ansiosos esa novela que está escribiendo y que está ubicada en el siglo XIX en Veracruz, cuando Veracruz era el puerto de entrada a México y era sumamente cosmopolita. Pero quizás lo que parece más interesante de esa novela es que ya la perdió dos veces y cada vez que pierde algo le va muy bien. Primero dejó el manuscrito en un hotel de Madrid hace como tres años y él había estado en Barcelona y Madrid y no sabía dónde había dejado el manuscrito. Lo dejó en un hotel que, por cierto, acaba de cerrar y era un hotel muy literario porque allí, en una época, vivió Ernest Hemingway. Era el hotel Suecia y era tan literario que la camarera llegó al cuarto y vio un bonche de hojas, unas doscientas hojas garrapateadas, otra camarera hubiera pensado que eran basura, pero como sabía que allí se hospedaban muchos escritores las guardaron durante dos meses hasta que Sergio se acordó de lo que había pasado y la novela fue recuperada por Ricardo Cayuela, y se la mandó a Sergio por DHL, pero llegó la novela a su casa y la volvió a perder. Esta vez en su casa. Es un manuscrito que se le pierde y lo recupera y eso me parece el mejor de los indicios porque su literatura está hecha de confusiones y pérdidas. Por ejemplo, el famoso recorrido que  menciona Vila-Matas y que yo también escribí, de que él llegó a Venecia y no sabía dónde había puesto sus anteojos, en realidad los había dejado en su maleta, pero visitó Venecia con mala vista, entonces le pareció una ciudad súper espectacular, fantasmagórica, espectral y esa “ceguera” lo llevó a tener unas excursiones parecidas al cine expresionista, y fue interesantísimo gracias a que no podía ver bien. Le pasa lo mismo que en el texto El oscuro hermano gemelo, que está en una cena y hay una persona que está cerca del oído con el que él no oye bien, que es el oído izquierdo, entonces las cosas que le vienen de ese lado no las puede escuchar bien, entonces empieza a escuchar palabras sueltas y a inventar una historia que es maravillosa, ciertamente mucho mejor que la historia real que se estaba contando allí. Entonces estas pérdidas a él lo potencian mucho y yo creo que el manuscrito es muy buen augurio que lo haya perdido.
Enrique Vila-Matas, hincha del Barcelona, realiza un viaje vertical hacia el nacimiento de su amistad con el autor de El desfile del amor
Sergio Pitol fue la primera persona que me habló como si yo fuera un escritor cuando en realidad yo sólo había publicado un librito de amateur, Mujer en el espejo, publicado por Tusquets en España en 1973, a mi regreso del servicio militar en África. Me habló como si me viera ahora, que sí me siento un escritor. Se anticipó a todos.
La influencia de un escritor como Pitol se notará a través del tiempo, muy suavemente, no de golpe, sino con lentitud, pero hará estragos, de pronto será algo fulminante. Estoy seguro de que no alcanzaré a verlo. Ocurrirá en el tiempo. De pronto todo el mundo será pitoliano. Y para saber cómo será ese mundo no es necesario abrir bien los ojos, sino escuchar bien porque aquellos que son pitolianos se ríen de una manera infinitamente seria.
Sé que corre la versión de que algún día podríamos escribir un libro conjunto, pero aclaro que en realidad será a seis manos. Ya una vez contábamos con lo que podríamos llamar un tercer hombre. Ese otro se llamaba Orlac, pero se perdió en la niebla de Varsovia, una noche de agosto del 73.
Que Sergio sea Premio Cervantes me entusiasma porque si algo puede sublevarme, son ese tipo de escritores que, debido a que quieren funcionar bien en la cultura de masas, se presentan como  hombres sencillos, personas que de ninguna manera deben ser vistas como intelectuales. Ellos escriben historias por el placer de contarlas, y punto. Sobre todo nada de asustar a la clientela.
En oposición a estos lacayos del mercado, a estos neopopulistas  de la cultura de masas, va emergiendo una tradición culta y con gusto por el complot y por  lo clandestino que rechaza la inocencia narrativa y comparte la certeza de que el mundo ya ha sido narrado, pero que el misterio de la escritura permanece y exige todavía una nueva vuelta de tuerca y nuevas formas y estructuras para las novelas; una tradición culta y cervantina y reflexiva en torno a lo literario.
Laura Demeneghi, quien realizó un documental sobre la vida y obra de su tío, se acuerda de aquellos años cuando de niña le decían que su tío era embajador y ella pensaba que en realidad era el rey de Europa
Mi tío tiene mucho parecido con mi papá. Y aunque son primos hermanos ellos se consideran hermanos. Mi papá lo considera su hermano mayor. Gracias a mi tío es que mi papá empezó a leer desde muy chico. Se llevan nada más tres años. Y yo tengo una relación súper estrecha con mi tío y con el tío que es papá de mi papá. Entonces desde chica era ir a Córdoba y escuchar cómo era la vida en Potrero y la nona Catalina, entonces jamás vi a mi tío, ni lo veo ahora, como una figura, más bien lo veo como un tío, del cual me parezco mucho, tengo muchas similitudes con él en la forma en la que vemos la vida, en el cariño a los animales, en no tener tantos apegos. Él tiene una filosofía muy budista y a él no le interesa la fama. Su pasión es la literatura, es obvio, pero a él no le late que le pidan un autógrafo, que le tomen fotografías, trata siempre de alejarse. Y creo que esa actitud es bastante chida. Con mi tío hablo mucho de mi bisabuela, la nona Catalina. Ella era la mamá de mi nono Agustín. Y aunque nunca la conocí, era una señora increíble, con un carácter muy fuerte, y con un sentido del humor increíble, que se queda viuda muy joven, que viene de Italia en plena revolución y que aparte tiene que sacar adelante a dos hijos. Mi tío Sergio se quedó huérfano a los cuatro años y ella es una señora que los saca adelante sin nada, sin dinero, sin apoyo y en un país extranjero. A mí me marcó mucho la vida de mi tío Sergio, de mi tío Ángel y la de su hermanita que se llamaba Cristina, que también se murió a los dos años.
Cementerio de tordos retrata muy bien lo que se vivía en la familia en aquel momento. La trama está inspirada en la vida que tuvo mi tío en Potrero. Tomemos en cuenta que cuando él vivía allí, él había perdido a sus padres, vivía con su tío, que es mi abuelo, y como era muy chico no entendía por qué su padre había muerto y por qué él estaba ahí. Niño ruso, que es la primera parte del documental que rodé, rinde homenaje a esa época donde mi tío se enfrenta a la pérdida de sus padres. También conseguimos entrevistar a su primera maestra, Rosita Rincón, y ella nos contó cómo mi tío era súper tímido e introvertido, y cómo se refugiaba mucho en ella, en las clases de inglés y geografía porque quizás también la veía como su mamá.
Tiempo cercado lleva al académico Mario Muñoz a considerar que este primer libro de cuentos funda todo el sistema narrativo de Sergio Pitol
Este libro es de 1959 y Sergio tenía 25 años cuando lo publica. Ya desde entonces son notables sus cuentos. El libro lo edita José de la Colina en una colección que se titulaba La aventura y el orden, y este libro tuvo muy mala distribución porque sólo se colocaron como cien ejemplares en las librerías y muy escasos lectores lo leyeron, según lo declara el propio Sergio en El mago de Viena. Y ahora bien, la editorial que publica este primer libro era una editorial del poeta Elías Nandino porque Sergio había trabajado en la revista Estaciones que precisamente dirigía Nandino, y José de la Colina, si no estoy mal informado, también formaba parte de ese cuerpo de redactores, por lo tanto, en esa época José de la Colina, que también era muy joven, quedó al frente de esta colección que así se llamaba al principio y no tuvo más fortuna, creo que el único título que se publicó fue Tiempo cercado.
Yo tengo un ejemplar pero no aparece registrado el número de ejemplares, pero no llegaba a 500 ejemplares. Comenta Sergio en alguna ocasión que si acaso aparecieron una o dos reseñas, y una de ellas era de José Emilio Pacheco, que publicaba en la revista Estaciones donde por cierto José Emilio ya avizoraba un futuro bastante prometedor para el entonces joven escritor, sin embargo, Sergio considera que ese libro no cumplió con las expectativas que él se había fijado.
Este libro tiene una característica muy especial porque la mayoría de los siete cuentos  trascurren en ese espacio mítico que Sergio creó y que es el pueblo de San Rafael, desde luego en el contexto veracruzano y leyendo estos cuentos hay una especie de continuidad cronológica en el sentido histórico porque el cuento que relata las vicisitudes de Victorio Ferri, el texto más conocido de Sergio, en lo que se refiere a cuentos, tiene lugar en el porfiriato y uno de los últimos cuentos que están allí reunidos ya se desarrolla en la década de los años 50 en el periodo en el que el libro fue publicado, y salvo este texto, todos los demás ocurren en el contexto de San Rafael, a través de ese contexto advertimos la revolución mexicana, la guerra cristera, el proceso de disolvencia de los feudos, precisamente cuando la famosa familia Ferri comienza a cambiar de estatus social, de ser latifundistas pasan a ser grandes inversionistas de capital y tenemos una cuestión muy interesante en este primer volumen y es que el estilo de Sergio ya se puede apreciar, ese estilo elíptico, que tiene, a mi modo de ver, vacíos de información que el lector tiene que completar, es un libro donde también se van prefigurando los aspectos carnavalescos y la caracterización de sus heroínas. Además aparece otra constante y que es la enfermedad. Aquí hay niños enfermos hasta personajes mayores afectados por distintos problemas de salud. Por ejemplo, nos encontramos los niños con afecciones mentales, uno que cae en la locura en el texto “Semejante a los dioses”, otro también que está prefigurando un desequilibrio mental que es “Victorio Ferri cuenta un cuento”. Hay mujeres trastornadas como la Jesusa del cuento “Los Ferri”. Amelia Otero es otra protagonista que después de cometer un supuesto asesinato porque en realidad el texto no descubre qué fue lo que sucedió, al aparecer muerto su amante a ella se le encuentra trastornada. Por lo consiguiente la locura es otro elemento que también aparecerá en textos posteriores de Sergio.
San Rafael es el disfraz de la región de Huatusco. Es una zona cafetalera de tierra caliente y los cuentos tienen una innegable influencia de William Faulkner. Esto es muy significativo porque en Colombia Gabriel García Márquez estaba creando su mito de Macondo, y Sergio, a su vez, estaba creando el mito de San Rafael, que por cierto en libros posteriores ya no lo vuelve a retomar.
Y lo más interesante es que en el segundo libro que publica Infierno de todos, editado en 1964 por la Universidad Veracruzana en la colección Ficción, varios de los cuentos del primer volumen van a pasar a formar parte del segundo y otros son definitivamente eliminados.
Quedan en ese volumen “Victorio Ferri cuenta un cuento”, “Semejante a los dioses”, “Los Ferri”, y el mismo título del libro, Tiempo cercado, va a dar a su vez titulación a un cuento que en el primer libro no aparece pero que en este segundo libro será un texto nuevo pero con el título de “Tiempo cercado”. De alguna manera es un homenaje al primer libro y después hay otros cuentos que no estaban figurando en el primer libro y que ya Sergio los redacta, a mi entender, en su largo primer viaje europeo, que lo hace por barco y esto es importante de destacar porque según las declaraciones del propio Sergio, cuando apareció su primer libro y a consecuencia de que no tuvo buena recepción, hubo un periodo más o menos de dos a tres años en que dejó, literalmente, de escribir. Eso sí, continuó leyendo mucho pero vino una especie de desencanto por la escritura porque en ese momento él consideraba que no tenía posibilidades de escritor, por lo mismo que sus amigos próximos tampoco se entusiasmaron por los textos del primer libro. De manera que el segundo incluyó algunos que a Sergio le parecieron importantes del primer libro, salvables, e incluye nuevos textos. Aunque cabe hacer notar que desde este segundo libro y en adelante los textos que Sergio retoma y que reedita en títulos posteriores, siempre los rehace. Siempre hace cambios, modificaciones sustanciales.
Gilberto Gutiérrez Silva, líder de Mono Blanco, ensaya una canción y van engarzándose los versos
Para mí la obra de Sergio Pitol suena a vivencias, a imaginación, a cotidianeidad. Su escritura es una melodía de nostalgia de lo vivido y de lo que a uno le gusta y de lo que uno quisiera tener. Si pudiera darle un regalo no sería un libro ni una canción. Sería una naranja.♦

Por Arturo Mendoza Mociño